El peso de la libertad
Hay decisiones que, vistas desde fuera,
parecen sencillas. Basta con abrir un catálogo y
dejarse abrumar por los números: vatios, par motor, capacidad de batería. Todo
suma, todo promete. La libertad, según parece,
cabe en una ficha técnica bien ordenada, limpia, convincente.
Pero la montaña nunca ha entendido de
catálogos. Ni de promesas bien impresas.
Porque con la bici —conviene recordarlo de vez
en cuando— no siempre se pedalea.
En nuestras rutas por Guadarrama el camino
cambia de humor sin avisar. Lo que hace un momento era
fluido y agradecido se quiebra de pronto en escalones, se encajona entre
piedras, se cierra en un sendero estrecho o nos obliga a detenernos ante una
valla, una portilla o un arroyo crecido.
Ahí el motor calla. Y en
ese silencio repentino, casi incómodo, la bicicleta deja de ser eléctrica o
muscular: pasa a ser, simplemente, peso.
- Peso que hay que levantar con cuidado.
- Peso
que hay que girar buscando el equilibrio.
- Peso
que se hace presente en los brazos y en la espalda cuando el terreno manda más
que la máquina.
Es entonces cuando la montaña empieza a hacer
preguntas. No lo hace con palabras, sino con gestos: Con
pendientes mal colocadas, con apoyos inciertos, con pasos que obligan a
decidir. Preguntas que no aparecen en ninguna tienda:
¿Quién
lleva a quién en realidad? ¿Hasta dónde llega tu fuerza
cuando la ayuda desaparece? ¿Eres dueño de la bici… o
dependes de ella?
Una batería grande tranquiliza, no hay duda. Da
margen, da seguridad, amplía horizontes y reduce miedos. Pero
también añade kilos. Y esos kilos no siempre se
notan subiendo, con el motor empujando en silencio.
Aparecen después: cuando hay que levantar la
bici un poco más de lo previsto, cuando toca maniobrar en un paso torcido, cuando
el grupo avanza y la asistencia se ha quedado atrás, detenida en ese límite de
los 25 km/h que la montaña ignora por completo.
Ahí el cuerpo entra en escena sin pedir permiso
Porque la libertad en la montaña no depende
solo de la máquina que llevamos, sino del cuerpo que la acompaña: de las
piernas, sí, pero también de los brazos, de la espalda y del centro que nos
sostiene cuando el equilibrio se vuelve frágil; de la autosuficiencia para no
depender siempre de una mano amiga, aunque sepamos que está ahí.
De eso se habla poco. Quizá
porque no se puede embalar. Quizá porque no se puede
vender.
Con el tiempo uno aprende que no gana la bici
más potente ni la que promete llegar más lejos. Gana
la que se adapta a nuestra manera real de rodar. A los
obstáculos que sabemos que acabarán apareciendo. A la
compañía con la que compartimos el camino. Y,
sobre todo, al cuerpo que tenemos hoy, con su memoria, su experiencia y sus
límites.
Porque aquí no salimos a cazar cifras ni a
justificar decisiones. Salimos a seguir sintiendo la
vida sobre dos ruedas.
A
aceptar que la libertad —como casi todo lo importante— pesa.
Y que
aprender a llevar ese peso también forma parte del camino.
Domingo, 18 de enero de 2026
El domingo volveremos a encontrarnos, musculares y e-bikes, allí donde el camino decide por nosotros, lejos de teorías y números. Una salida tranquila, conocida y compartida, para rodar, parar cuando haga falta y disfrutar del gesto sencillo de pedalear juntos.
La última vez, Enrique se llevó un recuerdo en un dedo de la mano. En esta ocasión, mejor que lo único que nos llevemos sean risas.
Hora de encuentro habitual: 8,45
Lugar de encuentro: Calle Badalona en Galapagar
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