domingo, 11 de enero de 2026

Cuando el frío nos puso en marcha

 

Senderos desde Navalafuente

Navalafuente no es solo un punto de partida; es un lugar que reconoce nuestros pasos. Un refugio adoptado para celebraciones y una promesa de caminos que ya sentimos como propios.

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Allí nos reencontramos más abrigados de lo habitual, con los –2 ºC que nos dejaba la borrasca Goretti. La mañana no invitaba a detenerse, sino a buscar ese calor que llega cuando el cuerpo entra en movimiento.

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Éramos nueve frente al invierno: Ángel, Enrique, Ernesto, Fer, Jesús, Juan, Luis Ángel, Santi y Alfonso. Nos une esa certeza aprendida con los años: el esfuerzo compartido acaba poniendo cada cosa en su sitio.

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Juan había salido antes. El resto seguimos su estela por el Camino de Miraflores, enlazando pronto con el Camino de las Viñas. Quizá por las ganas o por el frío, la marcha se acelera pese a los toboganes, aunque quienes conocemos estos tramos sabemos que es un espejismo: pronto será la propia montaña la que acabe dictando el ritmo.

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Cruzamos el puente del tren sin detenernos, dejando atrás esa melancolía que siempre acompaña a las viejas estructuras ferroviarias, con sus huellas de infinitos sueños. Tras reagrupar, nos adentramos en una preciosa senda que comienza a ganar altura con decisión.

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El terreno se inclina mientras seguimos el curso del arroyo de los Tejos, que fluye allá abajo, a nuestra izquierda, recordándonos con su murmullo que, mientras el agua busca el valle, nosotros buscamos la cumbre.

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El desnivel crece y el terreno se rompe en zanjas que exigen precisión. Nada se regala aquí: cada metro es una pequeña victoria.

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Alcanzamos la Cañada Real Segoviana. Hay una nobleza silenciosa en estas vías pecuarias: caminos que no pertenecen a nadie y nos pertenecen a todos.

Bajo nuestras ruedas late la memoria de la trashumancia, y parece que la propia historia nos empuja mientras afrontamos ese tramo por encima del 10 % que nos lleva al techo de la ruta (1.282 m).

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Me uno a quienes ruedan en cabeza: Ángel y Enrique, o Enrique y Ángel —que tanto monta, monta tanto— si no fuera porque uno devuelve la charla a pesar del esfuerzo y el otro prefiere vigilar sus pulsaciones… No diré quién es quién.


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Valoré desviarnos hacia la Senda Partebielas. Su nombre lo dice todo: porcentajes de desnivel que no dan tregua, más propios para e-bikes con la batería y la potencia a tope. Sin embargo, decidí descartarla…


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Senda Partebielas”, “Senda Ultraflow”… nombres bautizados por otros ciclistas para identificar senderos que carecen de ellos en los mapas, pero que en nuestro lenguaje definen el alma de lo que pisamos.

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En el punto más alto de la ruta nos detenemos: reagrupamos, pausa de hidratación y alguna foto. Allí nos sorprende Galo, que ha salido a nuestro encuentro. A Juan aún no lo alcanzamos, seguramente inmerso en sus pensamientos y en la compañía de su “muscular”.

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La recompensa llega en la Senda Ultraflow, que nos lleva con suavidad hacia Bustarviejo, pueblo frontera entre el valle y la alta montaña, de canteros y ganaderos, que nos ve pasar con agrado. Ahora sí, el grupo se ha reunido al completo.

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Puede que el Cerro del Pendón (1.544 m), viejo conocido y sufrido en otras lides, aguardara hoy nuestra visita; sin embargo, no todos los compañeros lo recuerdan con el mismo cariño. 

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Hay cumbres que se graban en las piernas antes que en la memoria, y hoy hemos preferido dejar su silueta como testigo mudo de nuestro paso, sin entrar en sus dominios.

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Nuestro avance nos lleva a la laguna de Navalengua, un espejo efímero que la borrasca ha dejado como regalo en la dehesa. Es un punto de contraste: mientras algunos capturamos la belleza del reflejo, otros pasan de largo, prefiriendo no romper el ritmo ahora que el terreno concede un respiro.

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Valdemanco nos tienta con las laderas de Mondalindo y el puerto del Medio Celemín. Lugares que otras veces nos han puesto a prueba, pero hoy la sonrisa se dibuja en el grupo al pasar de largo. Hay una victoria silenciosa en saber declinar un desafío.

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Entramos en zona de senderos revirados, de lanchas de piedra, y escalones que salvamos con destreza, mientras los caminos más anchos aún crujen bajo nuestras ruedas por el hielo. Quedan atrás el Camino del Narrillo, el de Cabanillas, el Lanchar de la Condesa y el arroyo de Sacedón.

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Un último repecho en Cabanillas de la Sierra y un sendero single nos confirma que el viaje está llegando a su fin. Rodamos ya con la calma de quien ha cumplido con la montaña, dejando que la inercia nos devuelva a Navalafuente.

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Al cargar las bicis queda esa satisfacción tranquila de haber disfrutado de senderos con nombre propio y de haber esquivado, por una vez, a los grandes colosos.

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Llegan las cervezas, la charla, las risas y la invitación adelantada de Luis Ángel por su cumpleaños. Al final, es esto lo que permanece: diez amigos que han compartido una mañana de invierno, el aire limpio de la Sierra y la certeza —simple, suficiente— de haber cumplido una semana más con la vida y con el camino.


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