Aprender a levantarse
A veces me da por recordar rutas que creía
olvidadas. Días de sol cayendo a plomo y otros en los que
la lluvia parecía querer borrarlo todo a nuestro paso. He
tenido caídas de esas tontas… y otras de
las serias, de las que dejan marca en el chasis y en la memoria.
Antes de ser ciclista fui futbolista. De
ahí me traje el gusto por el esfuerzo y una buena colección de esguinces, sobrecargas y algún susto. Pero
las cicatrices de verdad, las que se ven y se cuentan entre amigos, me las
ha ido regalando la bicicleta.
Con los años uno acaba aceptando lo que trae
el camino. Hay días para morder el polvo y otros para
convivir con lo que queda después del golpe. El
cuerpo no olvida: la barbilla abierta, la oreja colgando, aquel “cuerno” del
manillar clavado en el muslo o el golpe seco al patinar en el hielo.
Y también, cómo no, ese momento absurdo de
verte atrapado en un zarzal, mientras una ardilla te observa desde una rama con
cara de no entender nada, preguntándose qué haces ahí abajo lleno de espinas.
Pero, al final, esas heridas son lo de menos. Lo
que se queda es otra cosa: el miedo que aprendes a llevar contigo, la risa tonta que te
sale cuando ya ha pasado el susto y esa cabezonería nuestra que te hace volver
a la bici incluso antes de que el médico te dé permiso.
No es solo cosa mía. Es algo que compartimos todos los que seguimos sumando años y kilómetros sin perder las ganas. Cada golpe deja su huella; a veces no se ve, pero está ahí, bien guardada. Son cicatrices que no se quedan solo en la piel, viven en algún sitio más adentro. Hablan de lo que hemos sido y de lo que seguimos siendo.
Casi sin darte cuenta, esas marcas te enseñan
a mirar distinto el camino: cada pedalada, cada silencio de la montaña, cada
conversación a media respiración cuando la cuesta aprieta. Porque
al final, la ruta nunca son solo kilómetros.
Son historias que se quedan grabadas. Cicatrices que se cuentan —o se callan—, pero que ya no se borran. Son tuyas… y también nuestras. Compartidas, como todo lo bueno.
Domingo, 19 de Abril de 2026
A fin de cuentas, cada cicatriz —visible o no—
nos recuerda que seguimos en marcha. El
camino no se detiene. Y siempre hay una pedalada
más.
Nuestro amigo Fer, al que hemos visto
disfrutar y caerse más de una vez, nos propone una nueva visita a La Mariposa.
Hora de encuentro: 8,45
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