Hay rutas que ya habitan en la memoria y otras que se diseñan con mucho mimo sobre el papel
La de este domingo pertenece a las segundas;
de esas que he ido trazando palmo a palmo, reconociendo en la pantalla cada
sendero e imaginando, casi sintiendo, el terreno bajo las ruedas.
El objetivo estaba claro: llegar hasta el embalse
de La Maliciosa. Se lo debíamos a esa lámina
de agua paciente, y yo también a mis compañeros. Pero
el trazado hoy es diferente, buscando la sorpresa dentro de lo conocido. Y, en
verdad, la hubo.
Partimos desde Cerceda. Allí,
con el ánimo alto, nos reunimos los sospechosos habituales: Andrés,
Ángel, Gonzalo, Jesús, Juan, Luis Ángel, Pedro, Raúl, Santi y Alfonso. Un
grupo dispuesto a cobrarle a la mañana su promesa de buen tiempo. Contamos,
además, con el regalo de Fer que, aunque no podía rodar, se acercó para
fundirse con nosotros en un abrazo de salida.
El día amanece con una temperatura agradable,
pero bajo cielos que no nos dejarán ver el sol en todo el trayecto. Los
primeros kilómetros nos reciben con el rastro de las últimas lluvias: charcos
que salpican la marcha y nos obligan a buscar la trazada limpia mientras
avanzamos hacia nuestro primer reto: la subida al Mirador de Moralzarzal,
solo para ir calentando.
Sin embargo, pronto empezamos a cruzarnos con
ciclistas que lucen dorsales, subiendo y bajando con esa urgencia de quien se
prepara para competir. La Sierra hoy no está sola.
Ya estamos en el Cerro del Telégrafo
(1331 m), un lugar que hemos compartido con el viento, la lluvia, el frío e
incluso el calor intenso. Con esta cumbre nos une una
vieja amistad. Allí arriba siempre pienso en
señales remotas, en mensajes que cruzaban montes mucho antes que nosotros.
Ahora nos toca descender. El "Camino del Somier" será siempre, para muchos de nosotros, el camino del somier. Poco importa que hace años sustituyeran aquella puerta improvisada de alambres viejos por la actual. La memoria ciclista es terca y fiel a sus nombres originales.
Un descenso de casi dos kilómetros por
cortafuegos nos lanza directos hacia Becerril de la Sierra, donde la
competición nos corta el paso. Nos topamos de frente con la
organización de "La Rocosa MTB", el Campeonato de Madrid de
XCM. Los
senderos que debían ser nuestros estaban tomados por la cinta de balizamiento y
el esfuerzo ajeno, obligándonos a replantear el destino sobre la marcha.
Nos ha costado llegar hasta el embalse de
Navacerrada, donde nos detenemos un instante para contemplar el espejo de
agua. Luce
generoso. Verlo así transmite una paz necesaria, pero la
prueba deportiva nos impide seguir el track previsto, convirtiendo nuestro
avance en un laberinto de tramos cortados.
Lo mejor, rodear el embalse y atravesar la
localidad. Por el camino, un pinchazo y algún extravío,
mientras el reloj sigue acumulando minutos para algunos compañeros con
compromisos.
Iniciamos nuevo ascenso, esta vez hacia el embalse de La Maliciosa, a muy buen ritmo mantenido por todos y sin detenernos a rastrear el estruendo del agua. Siento alivio al superar el punto que, en la anterior ocasión, marcó nuestro retorno.
Cruzamos el puente sobre el río Navacerrada
y, más adelante, cuando aumenta el desnivel, la Fuente de la Beceilla
nos ofrece agua, pero solo Jesús se detiene por un instante. Aún
queda el tramo exigente hasta el Collado de Majaespino, un nombre que
evoca antiguos majanos y espinos resistentes al viento.
Las rampas, sin ser extremas, saben buscar el
cansancio exacto y tras el último esfuerzo, aparece el embalse de La
Maliciosa (1408 m), ese espejo irregular donde el agua guarda la luz como
un tapiz de recuerdos, suyos y nuestros. Hoy,
pletórico, mostrando su mejor imagen.
No puede faltar la foto de grupo con este
escenario, aunque confieso que siempre es una batalla perdida conseguir que
todos sonrían a la vez a la cámara.
En curva nos desviamos hacia la Vereda de
Mataelpino y, antes de llegar al pueblo, cruzamos la M-617. No
puedo remediarlo, busco con la mirada aquel rincón donde un espino me arrancó
un trozo de maillot. Un pequeño tributo que se
quedó en el monte. Nos restan pocos kilómetros. El
Alcornoque de Prado Guerrero intenta saludarnos, pero ya solamente pensamos en
un rápido rodar hacia el final, ni lo vemos.
Lo que queda es otra cosa: la sensación de
haber atravesado un territorio que no solo se recorre con las ruedas, sino
también con lo que cada uno trae dentro.
Me invade una euforia serena: por haber
sintonizado con la bicicleta como hacía tiempo, por comprobar con alivio que la
nueva medicación no ha podido con mis ganas y, sobre todo, por el orgullo que
siento hacia mis compañeros. Han aceptado cada kilómetro
extra y cada metro de desnivel —llegando a esos 1043 m finales— con la
elegancia de quien sabe que lo importante no es la meta, sino el viaje.
Como siempre, el mapa solo marca el camino,
pero es la amistad la que le da sentido a cada pedalada.
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