La calle del encuentro amanece con esa luz limpia que solo el Valle del Lozoya sabe dar a primera hora. No somos muchos, estamos: Enrique, Juan, Luis Ángel, Pawel, Pedro, Rafa, Raúl y Alfonso.
Saludos con naturalidad, ajuste de cascos sin
prisa, el último toque de lubricante a la cadena y, tras ese pequeño ritual que
ya forma parte de la salida, iniciamos el pedaleo desde Rascafría. No
hace falta ser multitud para que el camino tenga sentido.
Los primeros metros de callejeo, camino de la
Iglesia de San Andrés, sirven para encontrar el ritmo. La
bicicleta responde bien, el aire aún conserva el frescor de la mañana y el
valle comienza a abrirse poco a poco entre sombras y claros mientras avanzamos
por el Camino de las Matillas, que será nuestro compañero de viaje durante los
primeros kilómetros.
Dejamos atrás las últimas casas de Rascafría y
pronto el terreno empieza a pedir atención. La
pendiente aparece sin estridencias, recordándonos que la jornada ha venido a
buscar altura.
Vamos ganando metros, con calma, hasta alcanzar
el Mirador del Embalse de Pinilla tras el primer esfuerzo sostenido. El
agua queda allá abajo, pero el sol de frente convierte el paisaje en una lámina
de luz donde los detalles se resisten a aparecer. Aun
así, la amplitud del valle basta para detener la mirada unos instantes.
Las continuas variaciones de la pendiente obligan a quienes pedalean con bicicletas musculares a adaptar el ritmo una y otra vez. Nadie parece tener prisa. La mañana invita más a disfrutar del camino que a mirar el reloj.
Sabía que pasaríamos cerca del Rebollo de la Mata del Pañuelo (1495 m), un viejo roble melojo conocido en la zona, pero atento al pedaleo y a la pendiente no llegué a verlo. Quedó atrás sin foto, escondido entre la vegetación y el esfuerzo.Seguimos subiendo y, a través del walkie, propongo un pequeño desvío hasta el Mirador Calderuelas. Es una parada breve, pero siempre merece la pena.
Es allí donde destaca la torre de vigilancia forestal que durante años ha presidido este rincón de la sierra y que aún mantiene su lugar pese a que, unos metros más atrás, entre la vegetación, se alza otra más moderna, más alta y con mayor alcance. Ambas observan el mismo paisaje desde generaciones distintas.
Al abandonar la zona, entre pilas de pinos
cortados y un entramado metálico para el ganado, llegamos al cruce donde en
otras ocasiones hemos continuado hacia la Fuente de las Calderuelas. Esta
vez dejamos ese camino a un lado.
La propuesta toma otro rumbo y elegimos la
pista que se encarama ladera arriba, que ya desde los primeros metros deja
claras sus intenciones. La altura aún no está ganada
y la montaña parece invitarnos a seguir subiendo.
El camino se vuelve algo más exigente rodando
hacia el Alto Lozoya, ganando metros de desnivel que no ofrecen
descanso, pero los cuerpos ya han encontrado su cadencia y el esfuerzo empieza
a formar parte natural de la mañana.
Sin sombras, pero con una temperatura benévola
para la altura y un airecillo que se agradece, alcanzamos el punto más alto de
la ruta. Los GPS no terminan de ponerse de acuerdo:
1898 metros, 1904 quizá.
Rodeados de piornos en flor y escuchando el
agua descender hacia el valle, disfrutamos de esa sensación especial que
siempre acompaña a las cumbres alcanzadas por el propio esfuerzo.
Apenas llevamos una docena de kilómetros y la mayor parte del desnivel acumulado ya ha quedado atrás. A partir de aquí la montaña afloja el gesto y comienza a insinuar el largo descenso que nos espera, dispuesto para ser disfrutado.
Veo a mi derecha la pista que surge hacia el Puerto de las Calderuelas (1966 m). Guardo en mi memoria ese desvío... quizá para alguna otra mañana.
Hacemos una breve parada en la Fuente del Cancho del Cuervo, curiosamente con el caño sellado, junto al arroyo de Santa María que no nos niega agua fría y directa.
Seguimos descendiendo, muy rápidos, hacia el paso del Cerro del Diablo, un tramo que obliga a mantener la concentración más que a buscar épica. Ahí sigue esa formación rocosa tan particular: El Carro del diablo, cuenta la leyenda, aunque a mí me parece más una tortuga.Unos metros más adelante, nos recibe el monolito de la Puerta
del Reventón, una de las Puertas de la Sierra de Guadarrama.
A partir de este punto, la ruta cambia de
carácter. El descenso nos lleva hacia el Puente sobre el
arroyo de la Umbría y desvíos hacia el Puerto de Cotos, que hoy solo
recordamos.
Nos detenemos en el Mirador de los Robledos,
con ese monolito tan particular, homenaje a las Guardias Forestales que velan
por el monte, por todos; con el valle desplegado bajo la luz de la mañana.
La parada es más larga, fotos de grupo y cada
cual quiere también la suya propia, antes de continuar dejando a un lado la
Lagunilla de anfibios, que aparece silenciosa entre la vegetación y en la que
solo Pawel repara.
Se detiene nuestra marcha porque tenemos que
cruzar la Carretera de Navacerrada, la M-604. Desde
allí, la Colada del Camino de las Vueltas nos conduce hasta la ribera del río
Lozoya, que no disimula su alegría al vernos.
El tramo siguiente es una sucesión de agua que
fluye alegre entre la piedra. Pozas, pequeñas cascadas y risas
de niños jugueteando en el cauce.
Siempre hay algún senderista amable que se
ofrece a hacernos una foto de grupo. Antes
de partir, Enrique se toma unos minutos para contemplar el agua y el ir y venir
de quienes disfrutan de ella. No parece tener ninguna prisa.
| Foto: Pedro |
El Puente de la Angostura, nuevas pozas escondidas entre la arboleda, y el murmullo del río como fondo constante. En algunos puntos el grupo se detiene de forma natural, ya sea para cruzar con cuidado, para hacer una foto o simplemente para quedarse un momento mirando el agua.
Seguimos adelante en suave descenso, sin acelerarnos, compartiendo con senderistas el disfrute del entorno, con esa sensación
de lugar detenido en el tiempo que tienen algunos rincones del valle.
Más adelante, la Presa del Pradillo se destapa entre los pinos, reteniendo la abundante agua con calma, pero atrayendo
en su entorno a numerosos excursionistas. A mi
lado Rafa, que ya sabe cuándo necesito una mano amiga.
El regreso se aproxima al cruzar el Puente
sobre el Arroyo del Aguilón y entrar en la zona de Las Presillas,
donde la presencia de senderistas y familias marca el cambio de ambiente. El
río se abre, el valle se ensancha y la ruta empieza a suavizar su carácter.
Antes de cerrar el recorrido pasamos por el Puente
del Perdón, un punto que siempre invita a una breve pausa sin necesidad de
palabras. Desde ahí, los últimos kilómetros nos llevan
hasta la última parada.
Apoyamos las bicicletas en zona de sombra, el
sonido del Lozoya aún presente en la cabeza mientras nos tomamos unas merecidas
cervezas. Una vez más, el camino hizo lo que siempre
hace cuando se le deja: reunirnos sin exigir nada a cambio.
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