Hay semanas en las que uno abre el calendario
y, casi sin darse cuenta, descubre que no solo marca días, también impone otro
compás.
Julio nos ha alcanzado con ese calor que ya se
ha instalado y con rutas que buscan la sombra casi con urgencia.
A ello se suman circunstancias conocidas: el
cansancio acumulado de la temporada —quizá más de cabeza que de piernas—, la
llegada de los nietos y un tiempo que, sin desaparecer, se fragmenta de otra
manera.
Pronto empezarán a notarse algunas ausencias
de compañeros que disfrutan de unas merecidas vacaciones. Nada
de eso es nuevo. Ya lo hemos vivido antes.
Como el año pasado, el cuerpo pide una pausa. No una pausa de distancia, sino de ritmo.
Seguiré saliendo en bicicleta, aunque será la
vida familiar la que marque ahora la disponibilidad. Este
verano serán otros quienes tomen la iniciativa.
Puede que las rutas largas y exigentes cedan
protagonismo durante unas semanas. No desaparecen; simplemente dejan
espacio a salidas más breves, más ligeras, más improvisadas. A
veces incluso sin demasiada planificación, buscando simplemente el momento en
que el calor afloja.
El grupo lo entiende sin necesidad de
demasiadas palabras. Hay quien propone, quien
ajusta, quien se suma cuando puede, y quien mantiene viva la llamada del camino.
Es un paréntesis. Un
tiempo en el que el calendario afloja y las rutas encuentran nuevos impulsos,
mientras yo ruedo como uno más, sin reloj y con la libertad de salir cuando
encaja.
Lo esencial sigue siendo el movimiento. No
los kilómetros, sino el simple hecho de reconocerse en el camino y en quienes
lo comparten.
Y eso, por suerte, sigue intacto.