Cuando el pinar vuelve a ser refugio
El calor volvía a apretar con fuerza y,
precisamente por eso, la propuesta de este domingo resultaba especialmente
oportuna.
Buscábamos una ruta de pinares, arroyos y
fuentes; uno de esos recorridos donde la Sierra todavía sabe regalar sombra y
frescor, incluso con agosto recién estrenado.
La elección no era casualidad. Estos
pinares ya habían aparecido dos veces en AlfonsoyAmigos: primero en No hay problema, como una exploración llena de dudas y rectificaciones junto a
Andrés; después en Donde el camino se abre con paciencia, convertido ya
en un descubrimiento compartido con el grupo.
La salida de hoy completa, al menos de momento, esa pequeña trilogía de caminos, agua y sombra.
Punto de encuentro y arranque
Junto al Embalse del Pontón Alto nos reunimos esta mañana: Andrés, Ángel, Asanta, Fer, Juan, Pawel, Raúl y Alfonso. El verano y las vacaciones siguen dispersando al grupo, pero los que coincidimos hoy tenemos claras las prioridades: buscar sombra, escapar del bochorno y volver a disfrutar de esos senderos que ya sentimos un poco nuestros.
La ruta: sombra, agua y pedaleo
El calor aprieta desde primera hora, pero en
cuanto dejamos atrás las zonas más abiertas el pinar impone su ley. Después
de cruzar con precaución la Carretera de Madrid, la temperatura parece cambiar
de golpe y el pedaleo se vuelve mucho más agradecido.
La pista forestal del Nogal de las Calabazas
nos acompaña mientras superamos el puente Negro sobre el arroyo de la
Chorranca. Más adelante toma el relevo la carretera
forestal que conduce hacia la Cueva del Monje y la Pradera de las
Vaquerizas.
Poco antes de llegar a la cueva se nos une
Juan Carlos, un murciano en tierras segovianas que nos acompañará durante el
resto de la jornada. La broma surge enseguida: ha
aparecido justo a tiempo para no perderse la foto de recuerdo.
Dejamos atrás el puente de los Quebrados y el
primero de los bancos de madera del recorrido. Me
detengo un momento junto a Raúl y aprovecho para hacerle una foto sentado,
disfrutando de esa pausa breve que el lugar casi obliga a concederse.
Más adelante, junto a la fuente Cruz de
Alastas, llega otra parada: Raúl rellena el bidón mientras el resto
aprovechamos para reagruparnos antes de continuar la subida.
También llegan los repechos que obligan a apretar los dientes y a sudar la camiseta, pero el bosque suaviza la dureza del esfuerzo. En días como hoy uno comprende que algunas salidas no permanecen en la memoria por sus grandes desniveles, sino por algo mucho más sencillo: la combinación exacta de sombra, agua y buena compañía.
La Pradera de las Vaquerizas —que ya hemos
conocido con lluvia y con nieve— nos invita a detenernos un momento, aunque la
pausa dura poco: enlazamos enseguida con el descenso de la vereda de la
Canaleja, hoy más limpia y divertida de lo habitual, aunque algunas raíces obligan
a extremar la atención.
Hacemos una breve parada junto al puente del
arroyo del Cancho y continuamos después hasta la fuente de la Cantina. Sí,
Raúl vuelve a coger agua… y acaba ayudando también a alguno más.
Después de superar el Puente del Telégrafo, el track nos marca desvío hacia el arroyo de Minguete, pero propongo ascender un poco más hasta enlazar con el GR-10.1, dejando para otra ocasión la exigente subida hacia la Fuente de la Reina.
El tramo siguiente resulta todavía más divertido: varios kilómetros zigzagueantes en los que las bicicletas se inclinan de un lado a otro, esquivan raíces y pequeños obstáculos y nos conducen poco a poco hacia el río Eresma y el puente de los Vadillos.
De regreso a casa
Mientras volvemos, me resulta inevitable comparar las tres visitas a estos caminos: la exploración a ciegas, el primer recorrido compartido y este reencuentro en pleno bochorno estival.
Cada salida tiene su propio carácter, pero
todas dejan una sensación parecida: hay senderos que terminan formando parte de
la memoria del grupo sin necesidad de grandes cumbres ni de panorámicas
extraordinarias. Les basta el rumor de un
arroyo y un puñado de amigos dispuesto a seguir compartiendo pedales.
Aunque quizá hoy haya hecho falta algo más.
Al llegar al río Eresma nos esperan
unas charcas formidables y la tentación resulta irresistible: varios compañeros
meten los pies en el agua helada y Andrés acaba entrando entero, chapoteando
como un crío mientras las risas se contagian al resto. Vuelve a la bicicleta
visiblemente más fresco que los demás, sin darle demasiada importancia a
terminar la ruta mojado.
Y, como toda buena jornada merece un último
capítulo, acabamos sentados alrededor de unas cervezas. La
primera ronda corre por cuenta de Pawel, que celebra hace poco su cumpleaños y
acepta encantado la tradición no escrita de invitar a los compañeros después de
una ruta de verano.
Quizá esa sea la verdadera fortuna de días como este: saber que, cuando el calor aprieta y el ruido del mundo se hace demasiado intenso, todavía existen caminos donde el frescor nos espera con paciencia.
Y eso es, exactamente, lo que hoy hemos vuelto a encontrar bajo estos pinares.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por dejar vuestros mensajes.
Son importantes para nosotros.