domingo, 30 de agosto de 2026

El día que cambiamos de planes

Un pasador olvidado, una ruta improvisada y alguna sorpresa más

A las ocho y media de la mañana, La Pradera de Navalhorno amanece tranquila. Tiempo de sobra para bajar la bicicleta del coche, respirar el aire fresco y preparar los bártulos con calma.

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Poco después llega Ángel y hace lo propio. Al rato aparece Rafa. Todo parece en orden, la mañana promete... hasta que Ángel rebusca en el maletero del coche, mira su bicicleta y se le muda el gesto: se ha dejado en casa el pasador de una de las ruedas.

Mal empezamos.

La solución parece sencilla, pero volver a por él y regresar a la Pradera no encaja en los planes de nadie. Durante unos minutos, viendo el panorama, Ángel da la jornada por perdida antes incluso de haber dado la primera pedalada.

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Los demás llegan algo más tarde, después de cumplir con su habitual “parada en boxes” en San Rafael para tomar un café con porras. Somos nueve: Andrés, Ángel, Enrique, Fer, Luis Ángel, Jesús, Rafa, Raúl y Alfonso.

Les explicamos la situación y, casi sin darnos cuenta, el destino de la mañana empieza a dar un vuelco. Rafa, además, nos dice que necesitaría estar de vuelta sobre las doce y media.

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Por lo que después nos cuentan, durante el café han hablado de la dureza de la ruta prevista y, sobre todo, de esa subida a La Camorca que no parece despertar demasiado entusiasmo entre algunos.

Es Luis Ángel quien pone una idea sencilla sobre la mesa: lo importante no es el mapa, es montar juntos, sea por donde sea.

—¡Vámonos todos a Zarzuela!

Dicho y hecho. Ángel tiene allí su casa, así que la solución pasa por acercarnos, recuperar el pasador e improvisar el resto de la mañana.

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Sin track que seguir ni mapa trazado, nos ponemos en marcha confiando una vez más en Ángel, que se conoce cada palmo de este terreno.

El sol aprieta y el recorrido ofrece pocas sombras, aunque la temperatura ha dado un respiro y corre una brisa agradecida.

Vamos hilando caminos hacia Villacastín, la Ermita del Cubillo y Navas de San Antonio. El ritmo es tranquilo —quizá demasiado para las prisas de Ángel por llegar a la hora acordada—, pero sin ruta trazada hay que aguzar el ingenio en cada cruce.

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Más de uno pide calma: hoy hemos salido a improvisar, no a jugar a perdernos.

Por aquí, por allá, la ruta va cobrando vida propia.

Hasta que la bicicleta de Fer decide reclamar su cuota de protagonismo.

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El cambio empieza a hacer de las suyas. Salta cuando no debe, se traba cuando menos toca y Fer pelea contra el mando hasta que la mecánica dice basta.

Esta vez es él quien se queda descolgado. Raúl se ofrece a hacerle compañía, pero Fer prefiere quedarse solo intentando averiguar qué le está pasando al cambio.

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No hay tiempo que perder: apretamos el paso para acortar el bucle y permitir que Ángel llegue cuanto antes al coche para ir a rescatarle.

La ruta pierde el tono contemplativo y se acelera. Dejamos atrás los caminos descubiertos a salto de mata y apretamos los dientes hasta el final.

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Llegamos todos menos Fer y ponemos rumbo a Casa Campana. Ángel sale disparado con el coche al rescate, Rafa se despide a prisa para cumplir con su reloj, y los demás nos acomodamos a pedir unas cervezas y refrescos mientras esperamos.

Ángel y Fer todavía tardarán un rato en llegar.

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Hoy no hemos hecho la ruta que llevábamos dibujada en la mente. Hemos hecho otra…

Y hemos vuelto a montar juntos.


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