domingo, 21 de junio de 2026

La llegada del verano nos cogió en ruta desde San Rafael

Sombras, agua y senderos

Durante buena parte del año buscamos el sol en los claros y en las zonas altas, pero cuando junio se acerca a su fin y el calor aprieta desde primera hora, aprendemos a mirar el bosque de otra manera.

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La sombra deja de ser un accidente del camino para convertirse en compañera. Los pinares se vuelven más acogedores, las fuentes imprescindibles y los lugares de descanso adquieren un valor distinto.

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Partimos, como tantas veces, desde San Rafael, con la sensación de que el calor irá ganando terreno a medida que avance la mañana. De nuevo un grupo reducido, pero con las ganas intactas: Ángel, Asanta, Fer, Pedro, Raúl y Alfonso.

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Apenas unos metros y ya nos detenemos: la rueda de Ángel ha perdido aire. La bomba de última generación suena con ese zumbido que empieza a ser muy reconocible.

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Peña del Águila aparece como primera referencia, aunque esta vez solo nos concede una foto rápida. Desde allí, el ascenso por la Cañada Leonesa nos eleva de forma progresiva, enlazando tramos que, sin ser duros, exigen mantener la cadencia.

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La primera fuente del día nos recibe con su frescor. El Collado del Hornillo llega como punto natural de reagrupamiento, sea cual sea el número de compañeros.

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No hay aquí grandes vistas ni monumentos, y sin embargo el Hornillo tiene ese peso discreto de los lugares atravesados tantas veces que terminan formando parte de la memoria del grupo.

Me alegra ver que han limpiado la fuente del Hornillo, aunque en estas fechas apenas ofrezca un pequeño hilo de agua.

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Los senderos siguen siendo los de siempre; solo los restos de talas recientes alteran un paisaje que conocemos bien.

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Nos detenemos para abandonar la ruta habitual y tomar el sendero sinuoso que conduce al refugio Al Filo, construido con troncos y aún desconocido para algunos. Con el arroyo de Valle Enmedio cerca, propongo desviarnos del track previsto.

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Un corto ascenso por una pista pedregosa nos permite cruzar más arriba el arroyo y enlazar con otro de esos senderos que todavía conservan sabor a descubrimiento.

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Superamos el camping Valle Enmedio y, con el sol ya dejándose notar, nos dirigimos hacia el embalse de Cañada Mojada, uno de esos lugares que ya sentimos como de la familia.

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A derecha e izquierda van quedando caminos que conocemos bien y que nos llevarían a otros recorridos. Seguimos hasta una fuente que apenas deja escapar un hilo de agua, suficiente para recordarnos lo mucho que se agradece en estas fechas.

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Buscamos el amparo de la vegetación más densa cerca del arroyo Chuvieco. A estas alturas de la mañana, cada tramo donde las copas de los pinos se cierran sobre nuestras cabezas se recibe como un regalo.

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Hacemos una parada junto al refugio de Las Esquinillas, con su aspecto de búnker, sorprendentemente limpio y fresco por dentro.

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La mañana avanza y el calor empieza a pesar… para algunos más que para otros. Ya no se trata solo de sumar kilómetros o desnivel, sino de gestionar el esfuerzo, de saber cuándo apretar y cuándo dejar correr la bicicleta.

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Somos nosotros quienes rompemos el silencio del bosque con nuestras conversaciones; el resto lo ponen el viento entre los pinos y el murmullo de arroyos como el de los Hoyos.

Alternando un corto esfuerzo con un descenso rápido alcanzamos la cotera entre Segovia y Ávila.

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El Camino del Ingeniero nos espera y parece preguntar: ¿hacia San Rafael o hacia El Espinar? Solo nos ha dado tiempo de limpiar hacia El Espinar…

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Tomamos esa dirección y me lanzo sendero abajo. Curvas conocidas, alguna rama caída, alguna piedra suelta y la bicicleta encontrando su sitio entre ellas. Durante unos minutos, no existe nada más.

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Cuando el terreno se inclina de verdad y los frenos reclaman atención constante, cedo el paso a mis compañeros.

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El regreso hacia San Rafael se intuye cercano, pero la sierra siempre guarda un último repecho o un sendero revirado antes de dejarte volver al punto de partida. Volvemos por caminos conocidos, aunque nunca recorridos de la misma manera.

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La fuente de Las Barrancas se agradece casi más que las cervezas del final. Apetece sentarse y decir: hasta aquí hemos llegado.

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Aún queda ese último tramo que nos devuelve al inicio con el pulso acelerado. Ahora sí, las cervezas ponen el punto final a la ruta.


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