Día de fiesta, amigos y final de jornada con granizo
El domingo nos encontró en La Estación de
San Rafael, en un ambiente distinto al habitual.
Coincidía la jornada con la celebración de FEMUKA y, aunque a primeras horas todavía no se escuchaba el bullicio de música y gente por las calles, ya se percibía un aire poco frecuente para quienes solemos iniciar aquí nuestras rutas en silencio y con calma.
Había poco movimiento; los vecinos más curiosos
no habían madrugado, pero los adornos que nos rodeaban dejaban claro que era un
día festivo en el pueblo.
Poco a poco fuimos llegando: Andrés,
Ángel, Enrique, Eva, Fer, Jesús, Juan, Luis Ángel, Patrick, Pawel, Rafa, Raúl y
Alfonso.
Nos fuimos saludando sin prisa, disfrutando
del momento, mientras las bicicletas esperaban pacientes y el grupo terminaba
de tomar forma entre conversaciones cruzadas y preparativos.
La mañana tenía desde el inicio un carácter
algo distinto, más social que deportivo, más de encuentro que de exigencia.
Antes de abandonar La Estación, Fer quiso
guiarnos por algunas de sus calles para que pudiéramos contemplar el trabajo
que los vecinos realizan a lo largo del año y que estos días luce repartido por
todo el pueblo.
Después nos adentramos en la Garganta del Río Moros, cuyos accesos cierran a final de mes para quienes no dispongan del correspondiente permiso. Era, en cierto modo, la última oportunidad de recorrer esa zona antes del cierre estival.
Las instalaciones de La Panera ya
estaban abiertas, dejando pasar a los más madrugadores y también a nuestro
grupo, que esta mañana avanzaba con más calma de lo habitual.
La ruta, sencilla y bien conocida, iba a
quedar en un segundo plano desde el primer momento. No
era un día para descubrir caminos nuevos ni para buscar referencias distintas
en la sierra, sino para rodar por terreno familiar y aprovechar esos kilómetros
que permiten conversaciones que el ritmo de otras salidas rara vez deja
mantener.
Los caminos —los de siempre— siguen ahí y las
ganas de pedalear también, pero cada vez es más difícil reunir al mismo grupo
alrededor de ellos. Por eso las ocasiones en que
conseguimos coincidir adquieren un valor especial.
A la vista, el embalse de El Espinar —o
del Vado de las Cabras—, mostraba un buen nivel de agua… casi mejor no mirar
hacia la presa del Tejo.
Seguimos sin prisas, pero nos cuesta acompasar
la marcha con el horario previsto para el regreso. Últimamente,
las piernas no están muy acostumbradas a los paseos.
Hacemos una parada en la fuente de La
Chispa para aquellos que siempre prefieren un trago fresco, y desde ahí
descendemos hasta la puerta de Las Campanillas.
Aprovechamos para dar un rodeo y enseñar un
sendero single, entretenido y divertido, aunque quizá no alcance la categoría
de trialera.
Después, un saludo al Cristo del Tío Cheli,
un pequeño altar popular en mitad del bosque, siempre bien adornado, e
iniciamos el último descenso.
Al llegar a La Estación, ahora sí, parece
haber despertado todo el pueblo. El
mercadillo, las voces, las batucadas empleándose a fondo y el bullicio de la
gente con ganas de pasarlo bien.
Intercambio de felicitaciones, lavado de caras
y búsqueda de unas cervezas. Ya sentados a la mesa, se nos
olvida que hemos llegado muy pronto y acabamos convirtiendo los aperitivos en
el inicio de la comida. Y hambre no nos falta.
Risas, raciones que van llegando y música que
no se detiene en el ambiente, mientras a nuestro alrededor mucha gente se anima
a bailar, ajena a nosotros. La sobremesa avanza sin
prisa, y hay también tiempo para la tarta y el canto de felicitación a Fer.
Fue mientras tomábamos los cafés cuando el
cielo se encapotó. Sonaron un par de truenos y
la lluvia empezó a caer con fuerza, creciendo en intensidad hasta convertirse
en un granizo grueso. Nos tocó guarecernos a toda
prisa, pero sin perder las sonrisas.
Vaya final de jornada, de esos que se
recuerdan más por el momento compartido que por lo que cae del cielo. Fer
lo recordará por su celebración… y nosotros, desde luego, también.
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