Regreso a casa tras la ruta. En el coche escucho una canción cuyo estribillo repite una y otra vez: Look around you.
Y esas palabras, de repente, rescatan lo que acaba de pasar: al terminar la ruta he mirado a mi alrededor y he visto caras —no sé si cansadas, pero desde luego satisfechas— que no perdían la sonrisa.
Tal vez la más cansada fuera la mía, que sigo reñido con una tensión que quiere volar sola, pero hoy ese agotamiento me ha traído un consuelo extraño. Es un cansancio de los buenos, de los que no pesan porque nacen de haber habitado las horas de verdad, no solo de verlas pasar.
Dicen que la montaña siempre espera. Pero a
veces es el destino el que te obliga a volver sobre tus pasos para que comprendas
cuánto has cambiado.
Hace apenas unas semanas, Valdemorillo nos recibió con un chirimiri impertinente que quiso hacerse mayor y nos cortó las alas. Aquel día rodamos bajo un cielo de plomo y la incertidumbre de quien mira las nubes temiendo su enojo. Hoy, sin embargo, la mirada era otra.
Ahí estábamos Andrés, Ángel, Enrique, Ernesto, Jesús, Juan, Rafa, Raúl, Santi y Alfonso. Bastante
menos abrigados, por cierto, porque la mañana se ha portado y nos ha regalado
una cara casi primaveral.
Eso sí, echamos de menos a los que hoy, por
percances, lesiones o viajes, se han quedado lejos del manillar. Ausencias
que se notan, pero que te acompañan en cada pedalada: el grupo siempre es mucho
más que la suma de sus bicicletas.
La Cruz del Cristo de la Sangre nos
observa desde su pedestal de granito y parece alegrarse de vernos allí de nuevo,
dispuestos a completar lo que dejamos a medias. Tal
vez sin prisas —¿he dicho sin prisas? —, saboreando el aire limpio como quien
apura un buen vino.
Avanzamos por caminos conocidos, amplios, con
el paisaje aguardándonos a la vera de la senda como un viejo amigo. Destacaba
la nitidez del cielo y la sorpresa de un terreno que parece haber absorbido
gran parte de las abundantes lluvias.
En el camino, cruzamos los puentes sobre los
arroyos de Fuentevieja y de la Moraleja, donde el agua corre generosa,
recordándonos el invierno que queremos dejar atrás, pero sin convertirse en
esos temidos barrizales que otras veces nos han frenado.
Rodamos juntos durante un buen rato, manteniendo esa charla que solo se interrumpe cuando el desnivel asoma. Pero hoy el grupo se siente fuerte y lo demuestra en cada recodo, en cada rampa que la ruta nos va mostrando.
En un momento dado, miro a mis compañeros y
pregunto: “¿No vamos muy rápido?”. Solo recibo
caras de incredulidad como respuesta. A
estas alturas, está claro que ya no controlo yo el ritmo: lo controla la
ilusión de todos cada domingo.
Si hoy hay pocas fotos, que nadie me lo tenga
en cuenta: con esta marcha endiablada, cada vez que intentaba sacar la cámara
el grupo ya estaba dos curvas por delante. Mejor
seguir pedaleando y guardar las imágenes en la memoria.
En la crónica de octubre de 2025 —alcanzando
el Cerro de San Pedro— ya lo decía: “Estoy asustado… he creado monstruos”. Ruta
tras ruta se confirma el buen estado físico del grupo. Hoy,
con una sucesión interminable de toboganes y repechos que solo el perfil puede
reflejar, la marcha se ha mantenido a muy buen ritmo.
Incluso tuvimos un pequeño extravío de Andrés
y Rafa, que nos obligó a detenernos. Pero lejos
de ser un contratiempo, nos regaló un momento de reposo necesario, un alto en
el camino para reconocer el paisaje y retomar el aliento.
Al final, no se trataba solo de completar el track,
sino de volver a mirarnos. La montaña nos ha devuelto lo
que la lluvia nos quitó y lo ha hecho con buen talante, con el gusto de
habernos visto disfrutar.
Valdemorillo ya no nos debe nada… y las
cervezas, por supuesto, quedaron pagadas.
Horas después, ya en casa, la canción seguía repitiendo
en mi cabeza: Look around you. Y sí…
bastaba con recordar lo vivido para saber que la mañana había merecido la pena.