Ruta MTB en la Sierra de Guadarrama desde Navalhorno
La convocatoria anunciaba una ruta exigente, con algunos tramos duros que superar, pero también una de las más generosas en fuentes de cuantas recorremos por la sierra.
Agua y esfuerzo: dos compañeros habituales de
nuestras salidas, que hoy volverían a encontrarse en el camino.
Desde la Pradera de Navalhorno iniciamos la marcha bajo una mañana agradable para pedalear. Hoy nos hemos juntado un buen grupo: Andrés, Ángel, Enrique, Fer, Juan, Luis Ángel, Pawel, Rafa, Raúl y Alfonso.
La salida tuvo un pequeño contratiempo antes
incluso de dar la primera pedalada. Mi
GPS se negó a cargar el track previsto y, aunque varios compañeros intentaron
ayudarme a resolverlo, decidimos simplemente confiar en la experiencia
compartida del grupo, sin más complicaciones.
Por delante nos esperaban muchos senderos
conocidos, numerosos arroyos que cruzar y una larga sucesión de manantiales que
irían marcando el ritmo de la jornada. Algunas
fuentes aparecían junto a la senda; otras exigían un pequeño desvío. No
era necesario detenerse en todas, pero saber que estaban ahí formaba parte del
encanto.
La ruta transcurría además bajo la sombra del
monte, un detalle siempre agradecido cuando el verano empieza a hacerse notar.
Los primeros kilómetros nos llevaron hasta el
Cerro del Picadero. Desde allí continuamos hacia
el Puente de Navalacarreta y el río Eresma, por terrenos
removidos y descensos que hoy afrontamos con bastante más naturalidad que años
atrás.
El perfil parecía amable sobre el papel, casi
llano en algunos tramos, pero pronto quedó claro que era una impresión
engañosa. Senderos, raíces, continuos vadeos y pequeños
repechos obligaban a mantener la atención y a ganarse cada metro avanzado.
No faltaron tampoco los pequeños incidentes
que forman parte de cualquier jornada de montaña. Un
palo se cruza inesperadamente en las ruedas de Pawel; un ruido que asusta. No
hubo caída, pero sí una avería que obligó a detenernos unos minutos. Con
la ayuda de Ángel, el problema quedó resuelto y la marcha pudo continuar.
La subida al Cerro del Puerco, durísima, volvió a recordar que la sierra no regala nada. Allí nos esperaba una de las trincheras mejor conservadas de la zona, un lugar que habría merecido una fotografía de grupo.
Sin
embargo, tras la dureza del ascenso, algunos prefirieron seguir avanzando antes
que dejar caer de golpe las pulsaciones.
Los cruces de agua señalaban cambios de ritmo. Los altos, en cambio, dejaban claro, a cada pedalada, que la sierra nunca se deja recorrer sin exigir su justo tributo de esfuerzo.
Más adelante tomamos la pista de la Fuente de
los Neveros y después el sendero del Salto del Corzo. Ninguno
de los dos parecía dispuesto a facilitarnos la tarea. El
desnivel fue creciendo poco a poco, con porcentajes que asustaban, estirando al
grupo y obligando a cada uno a encontrar su propio ritmo.
Alcanzamos después un pequeño alivio. A
nuestra izquierda quedaba el duro desvío hacia la Silla del Rey, allá
arriba, en el Moño de la Tía Andrea. La
tentación estaba servida, pero la sensatez acabó imponiéndose. Todavía
quedaban repechos suficientes como para no buscar dificultades añadidas.
Al sentarme a escribir esta crónica pensé en
anotar el nombre de todos los arroyos que habíamos cruzado durante la ruta. La
intención duró poco. Cuando empecé a repasarlos
comprendí que la tarea tenía pocas posibilidades de llegar a buen puerto. Fueron
demasiados.
El agua apareció una y otra vez a lo largo de
la mañana. En la Fuente de la Chorranca algunos
aprovechamos para rellenar los bidones. Raúl,
más diligente que el resto, también cargó agua para Andrés y para mí. Bajaba
fresca, como si acabara de brotar en ese mismo instante.
No era una parada especialmente larga, pero sí una de esas que terminan formando parte del recuerdo de la jornada.
Hubo también tiempo para una fotografía junto
a una pequeña cascada del arroyo de Peñalara.
Mientras tanto, algunos compañeros ya habían
alcanzado la Cueva del Monje y nos esperaban sentados a la sombra. La
propuesta de hacer allí la habitual foto de grupo apenas tuvo recorrido. Los
más madrugadores en llegar avisaban de que el calor apretaba en aquel rincón
donde el aire se había paralizado. Nadie
pareció dispuesto a discutirlo demasiado.
Reanudamos la marcha.
Tras repetir algunos tramos, alcanzamos el cruce con la pista forestal de Majalapena. Allí
comenzó de forma definitiva el camino de regreso, con la sensación de que la
mayor parte del trabajo ya estaba hecho.
El duro esfuerzo fue un precio asumido con
naturalidad y dejó claro que algunos compañeros han estado entrenando duro; a
mi entender, están más que listos para el reto que se han marcado.
Ahora la ruta ya ha quedado atrás, aunque
todavía resuena en nosotros. No hace falta recordar cada
kilómetro para saber que algo se movió —en las piernas, en la conversación, en
ese modo tan nuestro de avanzar juntos, aunque cada uno lleve su propio pulso—.
La promesa del jueves se cumplió a su manera,
como siempre hace la montaña: sin avisar, sin explicarse, dejándonos justo lo
que necesitábamos, y aún con ese eco que nos acompañó hasta el final del día.
El domingo terminó donde terminan muchas de nuestras rutas: alrededor de una mesa, compartiendo refrescos y aperitivos, esta vez en el Kiosco El Frontón.
Mientras comentábamos la mañana y repasábamos
anécdotas, el cielo empezó a cambiar de humor. Primero
llegaron unos truenos lejanos. Después la lluvia. Y
casi sin transición, una intensa granizada que nos obligó a refugiarnos bajo
las sombrillas.
Allí, apretados para dejar sitio a todos, entre fotografías, bromas y risas, encontramos el verdadero cierre de la jornada. La montaña había puesto el recorrido, las fuentes, los arroyos y los esfuerzos. El granizo se reservó el último gesto. Nosotros nos limitamos a recibirlo juntos.