domingo, 14 de junio de 2026

Del agua al granizo

Ruta MTB en la Sierra de Guadarrama desde Navalhorno

La convocatoria anunciaba una ruta exigente, con algunos tramos duros que superar, pero también una de las más generosas en fuentes de cuantas recorremos por la sierra.

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Agua y esfuerzo: dos compañeros habituales de nuestras salidas, que hoy volverían a encontrarse en el camino.

Desde la Pradera de Navalhorno iniciamos la marcha bajo una mañana agradable para pedalear. Hoy nos hemos juntado un buen grupo: Andrés, Ángel, Enrique, Fer, Juan, Luis Ángel, Pawel, Rafa, Raúl y Alfonso.

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La salida tuvo un pequeño contratiempo antes incluso de dar la primera pedalada. Mi GPS se negó a cargar el track previsto y, aunque varios compañeros intentaron ayudarme a resolverlo, decidimos simplemente confiar en la experiencia compartida del grupo, sin más complicaciones.

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Por delante nos esperaban muchos senderos conocidos, numerosos arroyos que cruzar y una larga sucesión de manantiales que irían marcando el ritmo de la jornada. Algunas fuentes aparecían junto a la senda; otras exigían un pequeño desvío. No era necesario detenerse en todas, pero saber que estaban ahí formaba parte del encanto.

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La ruta transcurría además bajo la sombra del monte, un detalle siempre agradecido cuando el verano empieza a hacerse notar.

Los primeros kilómetros nos llevaron hasta el Cerro del Picadero. Desde allí continuamos hacia el Puente de Navalacarreta y el río Eresma, por terrenos removidos y descensos que hoy afrontamos con bastante más naturalidad que años atrás.

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El perfil parecía amable sobre el papel, casi llano en algunos tramos, pero pronto quedó claro que era una impresión engañosa. Senderos, raíces, continuos vadeos y pequeños repechos obligaban a mantener la atención y a ganarse cada metro avanzado.

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No faltaron tampoco los pequeños incidentes que forman parte de cualquier jornada de montaña. Un palo se cruza inesperadamente en las ruedas de Pawel; un ruido que asusta. No hubo caída, pero sí una avería que obligó a detenernos unos minutos. Con la ayuda de Ángel, el problema quedó resuelto y la marcha pudo continuar.

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La subida al Cerro del Puerco, durísima, volvió a recordar que la sierra no regala nada. Allí nos esperaba una de las trincheras mejor conservadas de la zona, un lugar que habría merecido una fotografía de grupo. 

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Sin embargo, tras la dureza del ascenso, algunos prefirieron seguir avanzando antes que dejar caer de golpe las pulsaciones.

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Los cruces de agua señalaban cambios de ritmo. Los altos, en cambio, dejaban claro, a cada pedalada, que la sierra nunca se deja recorrer sin exigir su justo tributo de esfuerzo.

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Más adelante tomamos la pista de la Fuente de los Neveros y después el sendero del Salto del Corzo. Ninguno de los dos parecía dispuesto a facilitarnos la tarea. El desnivel fue creciendo poco a poco, con porcentajes que asustaban, estirando al grupo y obligando a cada uno a encontrar su propio ritmo.

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Alcanzamos después un pequeño alivio. A nuestra izquierda quedaba el duro desvío hacia la Silla del Rey, allá arriba, en el Moño de la Tía Andrea. La tentación estaba servida, pero la sensatez acabó imponiéndose. Todavía quedaban repechos suficientes como para no buscar dificultades añadidas.

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Al sentarme a escribir esta crónica pensé en anotar el nombre de todos los arroyos que habíamos cruzado durante la ruta. La intención duró poco. Cuando empecé a repasarlos comprendí que la tarea tenía pocas posibilidades de llegar a buen puerto. Fueron demasiados.

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El agua apareció una y otra vez a lo largo de la mañana. En la Fuente de la Chorranca algunos aprovechamos para rellenar los bidones. Raúl, más diligente que el resto, también cargó agua para Andrés y para mí. Bajaba fresca, como si acabara de brotar en ese mismo instante.

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No era una parada especialmente larga, pero sí una de esas que terminan formando parte del recuerdo de la jornada.

Hubo también tiempo para una fotografía junto a una pequeña cascada del arroyo de Peñalara.

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Mientras tanto, algunos compañeros ya habían alcanzado la Cueva del Monje y nos esperaban sentados a la sombra. La propuesta de hacer allí la habitual foto de grupo apenas tuvo recorrido. Los más madrugadores en llegar avisaban de que el calor apretaba en aquel rincón donde el aire se había paralizado. Nadie pareció dispuesto a discutirlo demasiado.

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Reanudamos la marcha.

Tras repetir algunos tramos, alcanzamos el cruce con la pista forestal de Majalapena. Allí comenzó de forma definitiva el camino de regreso, con la sensación de que la mayor parte del trabajo ya estaba hecho.

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El duro esfuerzo fue un precio asumido con naturalidad y dejó claro que algunos compañeros han estado entrenando duro; a mi entender, están más que listos para el reto que se han marcado.

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Ahora la ruta ya ha quedado atrás, aunque todavía resuena en nosotros. No hace falta recordar cada kilómetro para saber que algo se movió —en las piernas, en la conversación, en ese modo tan nuestro de avanzar juntos, aunque cada uno lleve su propio pulso—.

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La promesa del jueves se cumplió a su manera, como siempre hace la montaña: sin avisar, sin explicarse, dejándonos justo lo que necesitábamos, y aún con ese eco que nos acompañó hasta el final del día.

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El domingo terminó donde terminan muchas de nuestras rutas: alrededor de una mesa, compartiendo refrescos y aperitivos, esta vez en el Kiosco El Frontón.

Mientras comentábamos la mañana y repasábamos anécdotas, el cielo empezó a cambiar de humor. Primero llegaron unos truenos lejanos. Después la lluvia. Y casi sin transición, una intensa granizada que nos obligó a refugiarnos bajo las sombrillas.

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Allí, apretados para dejar sitio a todos, entre fotografías, bromas y risas, encontramos el verdadero cierre de la jornada. La montaña había puesto el recorrido, las fuentes, los arroyos y los esfuerzos. El granizo se reservó el último gesto. Nosotros nos limitamos a recibirlo juntos.


jueves, 11 de junio de 2026

La cadencia de las palabras

El pasado domingo, mientras avanzábamos desde el Alto del León hacia La Fuenfría, hubo momentos en los que apenas se escuchaba nada. El sonido de las ruedas sobre la tierra, alguna conversación dispersa entre compañeros y el viento moviéndose entre los pinos. Lo habitual en una mañana de bicicleta por la sierra.

Y, sin embargo, nunca es una mañana cualquiera.

Hay un instante, después de los primeros kilómetros, en el que el cuerpo encuentra su ritmo. La respiración se acompasa, las piernas giran sin esfuerzo aparente y la bicicleta parece seguir sola. No siempre ocurre en el mismo lugar ni a la misma hora. Simplemente sucede.

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Mientras pedaleaba el domingo pensé que escribir se parece mucho a eso.

También las palabras tienen su propia cadencia. Hay días en los que se resisten, como una subida que no acaba nunca. Otras veces aparecen una detrás de otra, sin que apenas tengamos que ir a buscarlas. Como si llevaran tiempo esperando el momento adecuado.

Quizá por eso la bicicleta y la escritura me han acompañado tantos años. No porque me lleven a ningún sitio concreto, sino porque me obligan a respetar el ritmo de las cosas.

La montaña no tiene prisa. Los senderos que recorrimos siguen ahí desde mucho antes que nosotros y seguirán cuando ya no pasemos por ellos. Lo único que podemos hacer es atravesarlos a nuestra manera, dejando que cada pedalada encuentre su equilibrio.

Con las palabras pasa algo parecido.

Una frase no siempre aparece cuando la llamamos. A veces hay que esperar, escuchar, seguir avanzando hasta que encuentre su lugar, igual que el ciclista que mantiene la marcha sin pensar demasiado en el próximo kilómetro.

Tal vez sea eso lo que busco cada vez que salgo a rodar por la sierra, y también cuando me siento ante una página en blanco: Encontrar ese ritmo sereno que no llama la atención, que no necesita hacerse notar, pero que sostiene el camino.

Una pedalada detrás de otra.

Una palabra detrás de otra. 

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 Domingo, 14 de Junio de 2026

Este domingo saldremos de nuevo a la sierra, en busca de ese ritmo que solo aparece cuando las ruedas empiezan a girar, cuando el cuerpo se acomoda y el camino empieza a hablar en su propio lenguaje. 

Recorrido de 35 Kms aprox. Y 861 m, de desnivel acumulado, que pueden resultar engañosos. Encontraremos tramos largos y exigentes. Comprobad los Waypoint


Hora de encuentro: 8,45 

Lugar de encuentro: Aparcamiento Bo Nuevo - Real Sitio San Ildefonso


domingo, 7 de junio de 2026

Entre el Alto del León y la Fuenfría: una ruta por caminos conocidos

Hemos quedado en el Paseo Rivera de San Rafael. Allí sigue el monumento a Rafael Alberti, con la placa de homenaje dándonos la espalda, a pesar de que ha sido testigo de nuestros encuentros desde los primeros tiempos de AlfonsoyAmigos.

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Mientras nosotros cambiábamos de bicicletas, de rutas y hasta de preocupaciones, él permanecía allí, ajeno a todo, acompañando el inicio de tantas mañanas. Quizá por eso apenas reparamos ya en su presencia. Forma parte del paisaje, como los pinos que bordean el paseo o la silueta de Cabeza Reina al fondo.

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La ruta de hoy tampoco es nueva. Sus caminos están grabados en la memoria del grupo desde hace años. Los hemos recorrido en todas las estaciones, con frío y con calor, entre conversaciones interminables o envueltos en ese silencio que a veces acompaña las primeras pedaladas.

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Cada cruce, cada subida, guarda recuerdos de otros domingos que regresan sin necesidad de ser llamados.

Pero los caminos tienen esa manera peculiar de permanecer. Son los mismos y no lo son. Reconocemos las curvas, las fuentes, los pinares y las sendas, pero cada regreso añade una mirada distinta. Quizá porque el tiempo también deja su huella en quienes vuelven a recorrerlos.

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Con ese pensamiento preparamos las bicicletas los que hemos acudido: Juan, Raúl y Alfonso. Poco importa cuántos seamos finalmente. Hay rutas que nunca han necesitado grandes números para justificar su presencia en el calendario. Basta con el deseo de volver a rodar por lugares que, de algún modo, también forman parte de nuestra propia historia.

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Dejamos atrás el Paseo Rivera y el asfalto pronto cede el paso a la tierra. El camino nos sale al encuentro como un viejo saludo.

AlfonsoyAmigosLas primeras rampas nos obligan a encontrar el ritmo desde el principio. La subida hacia el Alto del León no admite demasiadas distracciones, aunque el paisaje siempre encuentra la forma de reclamar una mirada.

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Como ya ocurrió hace unas semanas, es Raúl, nuestro único representante de las bicicletas musculares, quien marca el paso de la jornada. Más de una vez Juan y yo tendremos que esforzarnos para volver a darle alcance.

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El Camino de los Lomitos nos recibe después con esa mezcla de sombra, pinar y recuerdos que acompaña siempre a los lugares conocidos.

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Con el embalse de los Irrios a la vista, nos detenemos un instante para una fotografía. El nivel del agua vuelve a llamar la atención por lo escaso. Una imagen que contrasta con el recuerdo de otros años y otras primaveras.

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La mañana avanza tranquila mientras alcanzamos la Fuente de la Peñota. No hay necesidad de hablar continuamente. Algunos caminos admiten también el silencio y permiten que cada uno pedalee acompañado por sus propios pensamientos.

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A lo largo de la mañana nos esperan varias fuentes, todas ellas con algo que nunca debería faltar en una ruta serrana: agua. La Peñota, la Piñuela, Antón Ruiz y la fuente del Infante nos irán recibiendo con caudal abundante y agua fresca. No necesitamos más.

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Comenzamos después el descenso por el Camino de la Solana. Allí nos encontramos con grupo de quince o veinte jinetes que ocupa buena parte del camino. Reducimos la velocidad al mínimo y esperamos el momento adecuado para adelantarles.

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Todo transcurre con naturalidad, sin prisas y con respeto mutuo. Durante unos minutos compartimos el mismo espacio ciclistas y caballos, cada uno adaptándose al ritmo del otro.

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La ruta vuelve a ganar altura por la zona de los Campamentos en dirección al Hospital de la Fuenfría y al viejo refugio/residencia de Peñalara.

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Es en este tramo donde volvemos a coincidir varias veces con un mismo ciclista al que ya habíamos adelantado en ocasiones anteriores. Avanza con esfuerzo evidente, balanceando la bicicleta al ritmo de la respiración, pero manteniendo su empeño en seguir ascendiendo.

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En un momento determinado, un vehículo de la guardería forestal le da alcance, llegando a utilizar la bocina para solicitar paso. La reacción del ciclista es inmediata y visiblemente molesta.

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Lo que parecía una situación menor deriva en un tenso intercambio de gestos y palabras. Apenas dura unos minutos, pero deja tras de sí una sensación extraña en un entorno donde casi todos acudimos buscando precisamente lo contrario.

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Nosotros continuamos nuestro camino hacia el Puerto de la Fuenfría. No es una ruta para descubrir lugares nuevos. Quizá por eso permite prestar más atención a otras cosas: a los recuerdos que regresan cuando uno vuelve a recorrer senderos tantas veces transitados.

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Raúl pedalea con la confianza de quien conoce bien sus fuerzas y sabe dosificarlas. Juan alterna las conversaciones con largos silencios, con el motor apagado, atento al camino y al paisaje.

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Yo me limito a acompañar el ritmo de la mañana, disfrutando de esos lugares de siempre…, aunque sin perder de vista ese porcentaje que me avisa de lo que me resta de batería.

Yo lo taparía con esparadrapo —me dice Raúl sonriendo.

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Hacemos una parada en el Mirador de la Reina; no podía ser de otra forma. Desde allí, el valle se extiende bajo nosotros con esa amplitud que siempre invita a demorarse unos minutos. El descanso resulta suficiente para que, en esta ocasión, crucemos el puerto de la Fuenfría sin detenernos.

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En la fuente del Infante hacemos la última parada de la mañana. En el collado de Marichiva apenas nos detenemos el tiempo justo para cruzar la puerta que nos devuelve a tierras segovianas.

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La ruta termina devolviéndonos a San Rafael después de atravesar algunos de esos lugares que forman parte de nuestra historia colectiva: el Alto del León, la Fuenfría, Marichiva y, por supuesto, la Garganta del Río Moros.

Nombres conocidos que siguen apareciendo en nuestras salidas como viejos compañeros de viaje.

Los caminos permanecen. Somos nosotros quienes volvemos a ellos siendo, cada vez, un poco distintos.