Un camino conocido, unas fuentes diferentes y una imagen difícil de olvidar
Septiembre ha llegado casi sin avisar. Agosto quedó atrás hace apenas unos días y la vuelta a la rutina empieza a hacerse notar. Unos ya la han retomado; otros todavía apuran sus últimos días. Nosotros seguimos encontrando buenas razones para volver a la montaña.Esta mañana, en Revenga, nos reunimos
Alfonso, Andrés, Ángel, Enrique, Fer y Santi. A nosotros
se une Galo, que ha llegado en bici desde El Espinar. Siete
amigos y por delante una nueva mañana de montaña.
¿He dicho siete…? Cuando
ya estamos dispuestos a arrancar, llega Nacho, que ha apurado el sueño al
máximo. Pero
no es el único: mientras esperamos a que se prepare, aparecen Ernesto y
Pawel.
Ahora sí.
La primera referencia vuelve a ser la antigua Casa
de Esquileo y Venta de Santillana. Sus
ruinas permanecen allí, vencidas por el tiempo.
Cuesta no pensar en todo lo que ha sucedido
alrededor de estas piedras. Hubo un tiempo en que aquí
había actividad, viajeros, pastores, animales y conversaciones. Hoy
apenas quedan muros y recuerdos, pero nosotros seguimos adelante.
En la Fuente de San Pedro hay compañeros que
hacen una primera parada para reponer los bidones, sin saber que no tendremos
demasiadas oportunidades más adelante. El
agua fresca siempre encuentra una buena excusa para detener una bicicleta.
Después, la Cruz de la Gallega y el
camino hacia la Fuente de los Pastores, donde el terreno empieza a ganar altura
y el grupo se estira. Pero sabemos que acabará juntándonos la excusa de
una fotografía.
De nuevo en marcha. Unos
encuentran su ritmo con facilidad; otros prefieren tomárselo con algo más de
calma. No
hay prisa… bueno, para algunos. Sabemos
que más adelante volveremos a encontrarnos. Galo,
que ha compartido con nosotros este primer tramo, se despide en este punto y
continúa su camino.
El camino nos lleva hacia La Camorquilla,
uno de esos lugares que, después de tantos años, han dejado de ser simplemente
un punto más en el recorrido. Nos desviamos para acercarnos
a ella y, cuando llegamos, el valle de Valsaín vuelve a abrirse ante nosotros.
Peñalara, las Cabezas de Hierro, Siete Picos y
el Montón de Trigo aparecen una vez más en el horizonte. Los
mismos nombres, las mismas montañas y, sin embargo, nunca exactamente el mismo
paisaje. Las hemos visto cambiar con las estaciones,
bajo el sol del verano, envueltas en niebla y, alguna vez, cubiertas de nieve. Quizá
por eso seguimos volviendo.
Hoy apenas conseguimos la fotografía deseada. Hemos
coincidido con un grupo de andarines y todos quieren su foto. Habrá
que volver.
Desde aquí el camino avanza entre la Majada
del Cochino y la Majada del Escorial, junto al nacimiento del arroyo de las
Pamplinas. El paisaje hace que el esfuerzo pase casi
inadvertido y, poco después, alcanzamos la Fuente de la Reina, otro de
esos lugares que forman parte de nuestra particular geografía ciclista.
Hemos llegado hasta aquí muchas veces y, sin
embargo, nunca parece una parada rutinaria. La
fuente, que tantas veces nos ha dado consuelo con su agua fresca, hoy nos duele
verla haciendo un último esfuerzo: apenas sale agua y, además, sale sucia.
Retomamos la marcha y, unos metros antes de tomar el desvío, aparecen las ruinas de la antigua Venta de la Fuenfría. Durante siglos un lugar de paso para viajeros, arrieros e incluso comitivas reales que cruzaban la Sierra. Hoy, apenas unas piedras desperdigadas y algún resto de muro nos recuerdan que aquí hubo un lugar lleno de vida.
Tomamos el desvío junto a las antiguas ruinas
y el camino comienza a perder nivel. Ahora
toca disfrutar de la bajada, aunque sin confiarse demasiado: una piedra, una
raíz o una curva pueden recordarnos en cualquier momento que seguimos en la
montaña.
El descenso nos conduce hasta la Fuente de Palominos, donde volvemos a reagruparnos con la esperanza de conseguir agua. Apenas nos ofrece un hilillo. La falta de agua es evidente.
Continuamos por el camino de Cabezagatos,
rodando con tranquilidad y reservando fuerzas para lo que todavía queda. El
grupo vuelve a estirarse. Los que van delante saben que
les tocará esperar y los que vienen detrás saben que, tarde o temprano,
volverán a encontrarse con los demás. Una
pequeña coreografía que repetimos tantas veces que ya forma parte de nuestras
rutas.
El terreno nos lleva hasta el arroyo del
Horcajo, que desciende desde las laderas del Montón de Trigo. Superamos
el paso sin problemas y, al otro lado, comienza uno de esos tramos que ya
conocemos de sobra: el Camino Forestal de Empalado, que desde hace
años llamamos «matahombres».
Aquí la pendiente aprieta y, durante unos
setecientos metros, cada uno se concentra en sus pedales, en la rueda que lleva
delante y en encontrar el mejor sitio para superar el desnivel. Esta
vez no nos reunimos todos arriba; algunos aguardamos a los más rezagados. Recuperamos
el aliento y aparece alguna sonrisa de satisfacción.
Vadeamos después el arroyo del Retamar, al pie
del Collado de Río Peces, y nos internamos en el Pinar de la Acebeda. Aquí
la ruta cambia de carácter. El bosque nos envuelve y las
bicicletas avanzan entre árboles, sombras y pequeños repechos que ya no parecen
tener demasiada importancia.
Durante un buen rato dejamos de pensar en
pendientes, kilómetros, desniveles. Simplemente
rodamos. El pinar tiene algo especial, quizá por la
sombra, el silencio, el olor de la tierra y de los árboles, o simplemente
porque llevamos muchos años pasando por aquí y ha terminado siendo parte de nuestra
memoria.
Después llega la Senda de la Desesperada, que
siempre encuentra alguna manera de recordarnos que el monte no entiende de
nombres amables. Tomamos el Camino Forestal
Río Peces y dejamos atrás el Puente de Vado de Arrastraderos.
Comenzamos un descenso rápido por el Camino a
Cabezagatos. La mañana empieza a quedarse atrás y todavía
nos queda camino hasta Revenga, pero lo más importante ya está hecho.
Tomamos un desvío por la Senda del
Acueducto y nos plantamos junto al embalse de Puente Alta para la
última fotografía.
Pero lo que vemos nos deja sin palabras.
Sus aguas están al nivel más bajo que hemos
conocido en muchos años.
Durante la mañana hemos pasado junto a fuentes
que intentaban disimular la realidad y hemos cruzado arroyos cuyo caudal
tampoco era el de otras veces. Hasta llegar aquí han sido
pequeñas señales que quizá preferíamos no interpretar.
Ahora ya no hay forma de mirar hacia otro
lado.
Hace pocos días llorábamos por el monte herido
por los incendios. Hoy volvemos a mirarlo y
encontramos otra herida: la falta de agua. Son dos formas distintas de
perder lo que queremos, pero las dos duelen cuando conocemos estos caminos,
cuando hemos bebido de sus fuentes y hemos cruzado sus arroyos tantas veces.
Nos vamos, sin embargo, con la satisfacción de
una buena mañana. Hemos vuelto a encontrarnos,
hemos compartido caminos, conversaciones y risas; hemos esperado a los que
venían detrás y hemos vuelto a reunirnos delante.
Volvemos hacia Revenga. La
ruta termina, pero queda esa imagen en la memoria, una de esas que uno guarda
sin saber muy bien por qué y que, con el tiempo, acaba adquiriendo otro
significado.
Ojalá la próxima vez que pasemos por aquí tengamos que esforzarnos para recordar cómo encontramos Puente Alta este domingo.