jueves, 30 de abril de 2026

Acorde a su edad

Hay frases que parecen no decir nada y, sin embargo, dejan un poso extraño

El otro día, al salir de una revisión médica, leí en el informe:
“Resultados acordes a su edad.”

No había alarma en esas palabras. Al contrario, sonaban a normalidad, a ese territorio donde todo encaja dentro de lo previsto. Y, aun así, al doblar el papel y guardarlo en el bolsillo, me acompañó una leve incomodidad. Como si, de repente, me hubieran colocado en una estantería ya clasificada y etiquetada.

Acorde a su edad

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Hay en esa frase una forma de simplificar. Como si todo lo vivido, lo cuidado, lo peleado en silencio y lo disfrutado quedara reducido a una medida común. A una media estadística que no distingue matices.

Pensé en la bicicleta. En esas mañanas de invierno en la sierra, cuando el frío te muerde la cara antes incluso de empezar a pedalear. En el esfuerzo que aún reconoce cada subida, en el pulso que se acelera no solo por la pendiente, sino por la emoción del paisaje.

Y en las horas ante el ordenador: ese otro entrenamiento silencioso donde la mente busca sus propios puertos.

Pensé, en definitiva, en todo lo que no cabe en una cifra.

La edad es una medida útil, sí. Un atajo que orienta, que compara, que incluso tranquiliza a quien firma el informe. Pero deja fuera algo esencial: la forma en que cada uno habita su propio tiempo.

Porque no todos los años pesan igual. Ni todos los cuerpos cuentan la misma historia. Ni todos los días se viven con la misma intensidad, aunque por fuera se parezcan.

Quizá por eso aquella frase, siendo correcta, se me quedó corta. No porque no sea cierta, sino porque no dice quién soy.

Mientras volvía a casa, con el informe en el bolsillo, pensé que uno aprende a convivir con lo que la medicina mide… y con lo que no mide. Ese territorio invisible en los informes, donde sigue transcurriendo la vida.

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Tras los mensajes recibidos:

Me comenta un sanitario que, “acorde a su edad” es una etiqueta de éxito clínico: significa que no hay patologías y que el desgaste es el esperado.

Sin embargo, para el deportista que se siente joven sobre la bicicleta, suena a techo de cristal o a invitación al conformismo. Al final, las estadísticas no saben nada de las ganas de pedalear.

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El domingo habrá ausencias —es el Día de la Madre—, y yo acudiré con ganas acumuladas, confiando en que el cuerpo responda como la cabeza ya imagina.

domingo, 26 de abril de 2026

La aventura de Trillo

Trillo, nuestro destino de hoy, se hizo esperar, pero finalmente pudimos realizar esta ruta tantas veces comentada y propuesta en los últimos meses.

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Nuestro punto de inicio fue el pequeño pueblo alcarreño de Chillarón del Rey, en Guadalajara. Allí nos reunimos Andrés, Enrique, Fernando, Jesús, Juan, Lourdes, Miguel Ángel, Nacho, Patrick, Raúl, Santi y Luis Ángel. 

 




Crónica: Luis Ángel  
Tuvimos un inconveniente inicial: Santi había olvidado el pasador de su rueda trasera en El Espinar. Cuando todo parecía perdido para él, un vecino del pueblo le dejó el de una de sus bicicletas para que pudiera hacer la ruta con nosotros. Increíble, pero cierto.

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La mañana era más fresca de lo previsto, y los primeros seis kilómetros transcurrieron por carretera hasta enlazar con la senda o pista forestal que ya nos llevaría, sin interrupción, hasta Trillo.

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Todos sabíamos que sería una ruta sin grandes desniveles ni subidas importantes, pero con muchos kilómetros que, a la larga, podían pasar factura.

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Esta pista recorre toda la ribera del río Tajo, lo que nos permitió ir contemplando sus meandros y grandes herraduras que, gracias a las lluvias de este invierno, presentaban un estado esplendoroso.

Los colores del agua en sus remansos ofrecían tonos que todos comentamos, como si pertenecieran a otras latitudes muy alejadas de Guadalajara.

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El grupo se fue fragmentando en diferentes unidades, provocado sobre todo por las ganas de algunos de detenerse a hacer fotos y contemplar con más calma la naturaleza descrita.

El trazado no ofrecía mayores complicaciones, salvo algunas rampas importantes al inicio y al final del recorrido, aunque de escasa longitud.

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Con un ritmo constante fuimos llegando a Trillo. Antes de entrar en el pueblo, pudimos comprobar cómo se entremezclaban las imágenes de una naturaleza magnífica con los reactores de la central nuclear de Trillo, una convivencia que resulta, cuando menos, una curiosa contradicción entre bosque, río y la evolución energética de nuestro tiempo.

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Ya en el pueblo, hicimos una parada para tomar algo en una terraza situada en un entorno muy característico, con cascadas y zonas pintorescas en pleno centro urbano. El entorno, dominado por el sonido del agua, le daba al descanso un ambiente casi inesperado.

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A esas horas, el calor, sin ser sofocante, ya hacía que la temperatura fuese notable.

La vuelta fue más rápida. Era una ruta de ida y vuelta, no circular. De nuevo, hubo diferentes grupos: algunos imprimieron más ritmo a la vuelta y otros prefirieron seguir disfrutando del paisaje del río en su curso hacia el embalse de Entrepeñas.

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Aunque las fotografías son magníficas, siempre ocurre que no hacen justicia a las maravillas del paisaje contemplado. Aun así, sirven como testimonio de una ruta especial. Son solo una parte, nunca el todo, de lo vivido sobre el terreno.

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Ya en el tramo final, algunos comprobaron que, aunque la ruta no puede calificarse de dura, esos 68–70 kilómetros y 800 metros de desnivel dejaron huella en las piernas, agravado por el calor ya intenso de mediodía.

Finalmente llegamos de nuevo a Chillarón, por carretera también, como al inicio, lo que contribuyó a ese desgaste acumulado.

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Y como siempre en este tipo de jornadas largas, quedaba una de las partes más importantes: compartir mesa entre todos. Ambiente inmejorable para una ruta que se hizo esperar mucho tiempo, pero que, sin duda, superó las expectativas. El cansancio se diluía en la conversación y en la sensación compartida de haber vivido un buen día de bici.

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Como broche final, de camino a Madrid y El Espinar, los que no teníamos prisa por el regreso pudimos acercarnos al mirador del Olivar para contemplar las vistas del embalse de Entrepeñas, pantano que recoge las aguas del río Tajo y que durante toda la mañana habíamos recorrido en ambos sentidos.

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Cobran especial importancia estos desplazamientos: es cierto que son largos, con muchos kilómetros y despertares muy tempranos, pero a la postre dejan un recuerdo magnífico e imperecedero de lo que es nuestro grupo, de los lugares que visitamos y de nuestras señas de identidad: amistad, naturaleza y bici.

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jueves, 23 de abril de 2026

A un paso de Trillo

Trillo vuelve a asomarse al calendario. Quedó atrás hace unas semanas por la lluvia, como si el camino decidiera esperar su momento. Y ahora regresa, disponible, casi invitando. 

Pero esta vez no es el cielo el que duda. Soy yo.

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Quizá tenga que ver con ese vértigo reciente que aún no termina de marcharse. O, mejor dicho, algo en mí que no acaba de fiarse. 

La cabeza empuja —como siempre—, recordándome que no es una ruta larga ni especialmente dura, que el cuerpo parece haber vuelto a su sitio… Pero alrededor, en voces que me quieren bien, aparece otra medida más prudente. No tanto por la ruta en sí, sino por lo que la rodea: el viaje, la distancia, el riesgo de que algo vuelva a descolocar el equilibrio lejos de casa.

He aprendido a reconocer esas señales que no hacen ruido, pero pesan: una ligera desconfianza al pensar en el coche y esa prudencia que no siempre admite discusión. Y ahí me quedo, en ese punto incómodo donde las ganas sobran, pero falta la claridad.

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Mis compañeros sí estarán. Deben estar. Es su momento, la ocasión está ahí, y no hay razón para desaprovecharla. Ya habrá otros domingos, para coincidir de nuevo.

Me los imagino en la salida, el gesto habitual de ajustarse el casco, las bromas de siempre, un ligero aroma a café… y las bicis buscando su sitio en el sendero. Esa coreografía que tan bien conozco y de la que pronto volveré a formar parte.

Mi bicicleta seguirá esperando, limpia y a punto. Ella también entiende que no todas las salidas empiezan dando pedales; algunas comienzan en esa conversación silenciosa entre lo que uno quiere y lo que conviene.

El domingo seguirá su curso con ellos en ruta y conmigo en otra orilla, más quieta, pero no ajena.

Disfrutad de la ruta. Yo me quedo aquí vigilando que el suelo no se mueva bajo mis piesNos vemos muy pronto. Un abrazo fuerte. 

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Pero el camino no se detiene. Tuvimos a Raúl en Torrelodones, a Fer en San Rafael y ahora son Luis Ángel y Miguel Ángel quienes están deseosos de enseñarnos esos caminos y paisajes que ellos ya han disfrutado.

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Hay un rutón a la vista y, sobre todo, la oportunidad de compartir mesa después de los pedales. Restaurante Cuevas La Sinagoga

Hora de encuentro: 9,00 

Lugar de encuentro: Plaza Mayor – Chillarón (Guadalajara)


lunes, 20 de abril de 2026

La extraña ruta de La Mariposa “Filomena”

 

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El pasado día 12, al finalizar la ruta del Pantano de San Juan, surgió la idea. 

 Crónica: Fer

Luis Ángel comentó: “Podíamos hacer el domingo que viene La Mariposa. Te la conoces al dedillo y hace mucho que no la hacemos”.
Raúl añadió que sí, que adelante. Alfonso dijo —ya le conocemos— que luego se repetiría en los meses de verano, que siempre hay rutas que vuelven a lo largo del año. Yo mismo también lo veía bien, y Andrés y Santi terminaron de animar.

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Antes de la convocatoria del jueves, el miércoles por la tarde salí con la eléctrica a recorrer y revisar el trazado.

Todo iba bien… hasta que empecé a descender hacia Peguerinos desde el Collado Hornillos.

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Ahí cambió todo.

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Mis ojos empezaron a ver algo que la cabeza no terminaba de asimilar: ramas por todos lados, pinos tumbados, caminos ensanchados por maquinaria de arrastre… un destrozo difícil de explicar.

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A esos cuatro kilómetros los bauticé como La Filomena humana: una mezcla de la Filomena de 2021 —naturaleza en estado puro, aún sin limpiar— y otra más reciente, de 2026, provocada por la mano del hombre. Y me temo que será la propia naturaleza la que tenga que recomponerlo todo.

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Fui quitando ramas y abriendo paso, dejándolo ciclable. Aun así, en grupo siempre aumenta el riesgo, pero no dudé de que se podía hacer: al fin y al cabo, eran solo cuatro kilómetros… y en plazas peores hemos toreado.

Y la ruta salió adelante.

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En el punto de encuentro nos juntamos Andrés, Juan, Luis Ángel, Rafa, Raúl, Santi y yo, Fer.
Se echaron en falta algunos compañeros, unos en Sevilla viendo la final del Atleti (¡Aúpa Atleti, una lástima!), y otros por motivos personales.

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Siempre ha sido —y seguirá siendo— una gran ruta, con ese punto especial, ese “picante” que la hace distinta. Tiene de todo: tramos de apretar hacia arriba y bajadas que también exigen lo suyo.

Pero esta vez no pudo ser.

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Antes de llegar a la Casa de la Cueva, Andrés rompió el cambio y no había posibilidad de continuar. Decidimos dar la vuelta y desandar lo recorrido. Una pena, porque la ruta prometía, pero a veces es lo que toca.

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Aun así, me quedo con la satisfacción de haberla enseñado, poco a poco, a casi todo el grupo en distintas etapas.

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Siempre será un placer preparar rutas para este grupo, aunque ya las conozcamos de memoria. Esta la haremos completa en breve.

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Gran mañana, buen ambiente, buena climatología.

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No terminamos la ruta… pero nos ganamos las cervezas.


domingo, 19 de abril de 2026

San Rafael: la ruta que no se detiene

Cuando el cuerpo impone un paréntesis

La bicicleta lista desde hace días, como quien deja preparado un viaje pequeño pero necesario. La ruta en la cabeza, los nombres de siempre, ese punto de encuentro que no necesita reloj porque ya lo marca la costumbre.

Pero esta vez no.

El viernes, en una consulta cualquiera, el mundo se me vino un poco abajo. Sin aviso. Sin lógica. Un vértigo seco, de los que no permiten hacerte el fuerte. Luego vinieron las pruebas, las luces blancas, las indicaciones de que no te levantes todavía. Y ese susto reciente, todavía demasiado cerca, que hace que todo se mire de otra manera.

No fue nada grave, dicen. Y uno quiere creerlo.

Ayer me recolocaron por dentro, como si alguien hubiera movido con cuidado piezas que no se ven. Desde entonces todo va más despacio. El cuerpo, la cabeza, incluso el ánimo.

Mientras escribo estas líneas, los compañeros ya estarán en camino. Quizá subiendo algún tramo conocido, quizá deteniéndose junto al monumento a la Mariposa. Otros, más lejos, cambiaron la sierra por Sevilla y por una final que se decidió en los penaltis, como una moneda al aire. La ruta sigue a lo suyo.

Y yo aquí, parado.

Cuesta aceptar estos paréntesis. Todo sigue —como si nada— y uno se queda fuera. Quizá también haya que escuchar esto. Aunque ahora no sepamos cómo.

Mañana, cuando nos llegue el relato de los que hoy coronaron San Rafael, os contaremos cómo fue la ruta desde sus ojos. Hoy me toca escuchar al cuerpo.