domingo, 22 de marzo de 2026

Entre pinos y amistad por La Jarosa

El lunes siempre amanece con el eco de las pedaladas del día anterior

Queda una inercia suave que invita a mirar atrás, a recoger con cuidado lo que la montaña quiso dejarnos. Poco importa si el cielo lució azul o si la niebla jugó al escondite; lo que permanece es la huella… y la conversación que la acompaña.

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Así lo recuerdo:

Nos reunimos en un lugar ya conocido. El ritual se repite sin esfuerzo: saludos, bicicletas apoyadas unas junto a otras, pequeños ajustes y esa pausa breve antes del primer pedal, donde conviven la expectación y el respeto por lo que vendrá.

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Hay quienes llegamos con tiempo, por el gusto de preparar sin prisa. Otros madrugan aún más, fieles al café compartido que abre el día.
Aunque faltaron algunos, allí estábamos los que pudimos compartir la mañana: Ángel, Enrique, Juan, Luis Ángel, Pedro, Raúl, Samuel y Alfonso.

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Hoy, gran parte de las miradas se centraron en Juan, que estrenaba una Trek Fuel EXe y una chaqueta a juego que parecía formar parte de la bicicleta —o quizá fue la bici la elegida por la chaqueta—. Durante toda la ruta se le notó eufórico, disfrutando, recordándonos que cada salida trae también novedades que celebramos juntos.

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Tras los saludos, siempre hay una frontera invisible al comenzar. Esta vez, ni siquiera los mapas parecían ponerse de acuerdo: ¿Estamos en Collado Villalba o en Alpedrete? Da igual. Hay lugares que no necesitan nombre cuando ya forman parte de nuestras aventuras.

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Los primeros kilómetros nos resultan familiares de otras rutas recientes. Caminos ya recorridos, donde las ruedas parecen encontrar solas el camino: Salimos de Alpedrete, cruzamos Las Cabezuelas y ponemos rumbo a Guadarrama. Pero pronto el trazado se abre, se bifurca, y la ruta empieza a tomar un pulso distinto, alejándose de lo conocido.

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La carretera y su asfalto, inevitable durante un tramo, se hace larga. Nunca terminamos de acostumbrarnos a ese ruido ajeno, a la prisa de otros. Por eso el alivio llega casi como un pequeño premio cuando, tras una larga subida, aparece el embalse de La Jarosa, lleno, sorprendentemente lleno, como si hubiera decidido mostrarse en su mejor versión.

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Pedaleo pendiente del compañero que marcha delante, de los coches con los que compartimos asfalto y, como fotógrafo, lamento no poder parar el tiempo para captar la imagen.
Lo bordeamos hasta detenernos un instante en La Jarosa II. Alguna barrita antes de atacar lo más duro del día; quizá sobra algo de ropa.

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A medida que ganábamos altura, el murmullo del arroyo de los Álamos y el crujir de las ramas se colaban entre nosotros. Los nidos de orugas ya se dejan ver, pequeños recordatorios de la vida que surge en cada rincón.

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La mañana se va haciendo a base de subidas que no conceden demasiado. Hay momentos en los que el aliento se queda corto y otros en los que una broma lo aligera todo.

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Avanzamos con la esperanza de que la siguiente curva esconda unos metros de alivio, un respiro. Pero hoy la montaña no da cuartelillo. Agachamos la cabeza y seguimos pedaleando, sin hacer caso a esa vocecita que susurra al oído: “Para, para, para…”

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En el punto más alto nos detenemos. Suspiramos profundo. No hace falta decir nada. El aire es limpio, la temperatura justa, el cielo abierto. Miramos alrededor y, sin buscarlo, entendemos por qué seguimos saliendo juntos semana tras semana.

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Podríamos quedarnos aquí toda la mañana.

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Desde aquí ya todo bajada, ¿verdad?

Bueno, todavía hay algún repecho. Nos acercamos al arroyo de la Chorrera y a la zona de La Gamonosa, que ahora sí nos dejará libres para descender.

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La bajada de verdad llegó como siempre: rápida, viva, con esa mezcla de control y abandono que tanto engancha. Algún senderillo divertido, hasta el Cruce de las Conejeras, perdiendo altura con la sensación de haber aprovechado el día.

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Hubo un suspiro de alivio general al comprobar que la cuesta de hormigón —tan conocida como odiada— hoy la hacíamos de bajada, Cruzamos el túnel bajo la N-VI y, tras rodear el embalse de las Encinillas, adentrarnos en Guadarrama… ¡uff! zona urbana con mucho ambiente por las calles.

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Curioso, cuando menos, el regreso por Alpedrete siguiendo el trazado de un recorrido más propio de un paseo dominical. Así es.
Al final, el objetivo se ha cumplido: regresar pronto… y con la sensación de haberlo hecho bien.

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Los números quedan ahí —42 kilómetros, 810 metros de desnivel, 3 horas y 28 minutos—, pero lo que de verdad cuenta es haber compartido el esfuerzo, las pausas y ese hilo invisible que nos mantiene unidos.

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La semana próxima habrá nuevas ausencias, pero ya hay quien sueña con la próxima ruta.




jueves, 19 de marzo de 2026

La extraña pareja del Guadarrama

De como dos ardillas se abonaron al grupo 

En la Sierra no es raro cruzarse con bichejos: liebres, corzos, algún jabalí madrugador o las típicas ardillas que cruzan el camino como flechas. Pero lo de estas dos rompe todas las estadísticas.

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Una es de un marrón intenso, pura chispa inquieta, juguetona, asomada entre las ramas. La otra, de pelaje gris, más pausada, con esa elegancia distraída de quien se sabe observado, pero no tiene ninguna prisa.

Dicen que se conocieron una de esas mañanas duras subiendo por La Fuenfría, con el granizo golpeando la cara y todo bicho viviente buscando refugio bajo los robles. Quizá compartieron hueco en un tronco o un puñado de piñones mientras pasaba la tormenta. Quién sabe.

El caso es que han decidido aparecer en nuestro radar.

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Las vimos hace poco cerca de Navacerrada, mientras preparábamos las bicis entre risas, aroma de café caliente y ese frío que te espabila de golpe. Apoyé el cartel sobre el musgo y, de pronto, allí estaban: asomadas sobre el metal de AlfonsoyAmigos, hombro con hombro, como si estuvieran repasando la convocatoria de la ruta.

Míralas… —soltó alguien—. Al final se nos abonan al grupo.

Y algo de razón tenía. Son dos ejemplares distintos que han hecho del mismo bosque su casa. Desde entonces, han aparecido varias veces en nuestros relatos.

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Ya sabéis que no les gusta mucho mojarse. Las habéis visto compartiendo un paraguas en una rama para capear la lluvia, o mirando nostálgicas por la ventana mientras diluviaba, esperando, como nosotros, a que el tiempo diera una tregua para salir… Eso sí, cuando se ponen revoltosas, hasta han llegado a cogerme la cámara.

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No dan pedales —todavía—, pero nos recuerdan algo sencillo: en este grupo cada uno llega con su historia, su ritmo y sus manías. Y, aun así, de alguna manera, siempre terminamos rodando juntos.

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Domingo, 22 de Marzo de 2026

Como este fin de semana habrá celebraciones por el Día del Padre, hemos preparado una ruta que nos permita disfrutar de lo que nos gusta sin alejarnos demasiado de casa. Queremos estar de vuelta a tiempo para los abrazos y las cañas en familia, pero sin perdonar nuestra ración de montaña. 

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Hora de encuentro: 🕣 8,45

Lugar de encuentro:📍Aparcamiento junto al Parque Dehesa de la Villa - Collado Villalba 


jueves, 12 de marzo de 2026

Cuando la bicicleta ya está en el garaje

En un grupo como el nuestro, donde casi todo se dice pedaleando, compartir un gesto de aprecio ante los demás es importante… pero encierra una pequeña paradoja.

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Para algunos, reconocer a los demás abiertamente es natural, una forma de celebrar y fortalecer vínculos. Para otros, esos gestos parecen tener más valor en la esfera privada.

Sin embargo, el comentario que aparece tras una crónica no es un aplauso individual ni una búsqueda de protagonismo; es, sencillamente, otra forma de hacer piña. Es el hilo que mantiene unido al grupo cuando la bicicleta ya está guardada en el garaje.

A veces se escucha aquello de que "estamos aquí para pedalear, no para andar con florituras", como si el simple hecho de rodar juntos ya lo dijera todo. Y en parte es verdad. En nuestro grupo, esa conexión se sella con una costumbre que nos acompaña desde el principio: el cruce de abrazos al inicio y al final de cada ruta.

Es curioso observar a quien llega por primera vez. Suele tender la mano con la formalidad del saludo social, pero enseguida ese gesto se transforma en un abrazo de bienvenida. Un pequeño rito que nos marca y que, curiosamente, no sería el mismo si nos cruzáramos por azar en la acera de cualquier calle. Es un abrazo que sabe a tierra y a hermandad.

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Pero ¿es suficiente ese silencio del gesto?

A veces, incluso con la fuerza de ese abrazo, hace falta una palabra que lo termine de asentar. El aprecio se siente en cada pedalada, lo sé, pero también se reconoce en esas líneas que se leen y se comparten después.
Con las prisas o la costumbre podemos llegar a pensar que el silencio basta. Pero cuando el reconocimiento aparece de forma espontánea —en una frase a mitad de una subida o ese comentario que llega tras leer la crónica—, todo cobra más sentido.

Y así, aunque el abrazo nos una al salir y al llegar, a veces es esa palabra escrita en la calma del regreso la que sigue sosteniendo al grupo, recordándonos que la compañía permanece incluso cuando la bicicleta descansa.

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Domingo, 15 de Marzo de 2026

Y cuando las palabras ya han hecho su recorrido, es el momento de volver al camino y nuestro amigo Andrés nos lanza esta propuesta:

Hora de encuentro: 8,45

Lugar de encuentro: Calle Menacho, esquina Nacional VI - San Rafael


domingo, 8 de marzo de 2026

¿Quién teme a Regina?

Desafiando a la borrasca en los senderos de Valmayor

Hay quien ve una borrasca con nombre propio en el mapa del tiempo y da el domingo por perdido. Se encierra en casa, pone la cafetera y observa los cristales empañados con el alivio del que se sabe a salvo.

El grupo desafiando a la borrasca Regina en los senderos de Valmayor

Nosotros, en cambio, publicamos la convocatoria el jueves bajo un cielo color arcilla que no auguraba nada bueno. Pero el destino era Valmayor, nuestra zona fetiche, y allí, entre el polvo sahariano y el viento caprichoso, las nubes siempre parecen jugar a otra cosa.

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Este domingo, al levantarme, la lluvia golpeaba con ganas los cristales. Hay rutas que se ganan en ese instante: cuando apagas la alarma y decides plantarle cara al nombre que le hayan puesto a la borrasca de turno. Hay algo magnético en nuestras citas; siempre preferimos comprobar nosotros mismos si el lobo —o en este caso, Regina— es tan fiero como lo pintan.

Y fuimos: Andrés, Enrique, Ernesto, Jesús, Luis Ángel, Rafa, Raúl, Santi y Alfonso.

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Empezamos con calma tanteando el terreno y esquivando charcos, pero pronto soltamos frenos bajando hacia Navalquejigo.

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Allí nos llevamos el sobresalto del día cuando un perro suelto, fuera de sí —quizá asustado por nuestro paso—, le lanzó un viaje a Jesús y le marcó el gemelo con un colmillo. Un lance feo que pudo ser peor pero que, tras la lógica preocupación por el compañero, decidimos dejar atrás para no perder el ritmo.

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Tuvimos un paso complicado al vadear el arroyo Ladrón, justo por debajo del embalse de Las Lagunas, lo que nos puso a prueba antes de enfilar hacia Valmayor.

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Todos disfrutamos recorriendo las sendas que nos acercan al embalse, bastante más crecido de lo recordado en años. Esa crecida nos obligó a improvisar alternativas sobre la marcha para esquivar las zonas inundadas, pero mereció la pena.

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Ver a los cormoranes y las gaviotas dueños de las rocas, tan tranquilos, nos confirmó que habíamos acertado viniendo. Y nosotros, mientras tanto, disfrutando de un privilegio raro: ¡Ni gota, ni gota! El grito de guerra de los que terminamos secos a pesar de los malos augurios. Parece que Regina se achicó al vernos llegar.

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Atravesamos la zona urbana de Galapagar y rodamos por terrenos que Raúl se conoce de memoria. No escatimó al proponernos algún sendero "disfrutón" e incluso descender hasta el Puente de la Alcanzorla, sobre el río Guadarrama.

Puente de la Alcanzorla, sobre el río Guadarrama

Ese arco musulmán, vestigio del siglo IX, parte de la antigua vía militar andalusí que unía Toledo con el valle del Duero, impresiona: ahí sigue ese arco de herradura aguantando el tipo frente a las embestidas del tiempo.

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Dejamos atrás la historia y seguimos devorando kilómetros por La Navata. Los toboganes del terreno marcaron un ritmo de esos que no matan, pero que te obligan a llevar el pulso alegre.

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Entre que la ruta volaba y que mi cámara empieza a pedir la jubilación —ya no sabe ni dónde enfocar con tanto trote—, esta vez las fotos escasean.

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Pero no hizo falta más. Volvemos a casa con las piernas calientes, el gemelo de Jesús en proceso de cura y esa satisfacción que solo conocemos quienes no nos quedamos en el sofá cuando el cielo amenaza.

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Al final, Regina resultó ser mucho ruido y pocas nueces. O quizá es que, cuando rodamos juntos, hasta las borrascas se lo piensan dos veces antes de estropearnos el domingo. Mientras otros esperan a que escampe, nosotros ya estamos de vuelta.

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Valió la pena cada pedalada.