Sombras, agua y senderos
Durante buena parte del año buscamos el sol en
los claros y en las zonas altas, pero cuando junio se acerca a su fin y el
calor aprieta desde primera hora, aprendemos a mirar el bosque de otra manera.
La sombra deja de ser un accidente del camino
para convertirse en compañera. Los pinares se vuelven más
acogedores, las fuentes imprescindibles y los lugares de descanso adquieren un
valor distinto.
Partimos, como tantas veces, desde San
Rafael, con la sensación de que el calor irá ganando terreno a medida que
avance la mañana. De nuevo un grupo reducido,
pero con las ganas intactas: Ángel, Asanta, Fer, Pedro,
Raúl y Alfonso.
Apenas unos metros y ya nos detenemos: la
rueda de Ángel ha perdido aire. La
bomba de última generación suena con ese zumbido que empieza a ser muy reconocible.
Peña del Águila aparece como primera
referencia, aunque esta vez solo nos concede una foto rápida. Desde
allí, el ascenso por la Cañada Leonesa nos eleva de forma progresiva,
enlazando tramos que, sin ser duros, exigen mantener la cadencia.
La primera fuente del día nos recibe con su
frescor. El Collado del Hornillo llega como
punto natural de reagrupamiento, sea cual sea el número de compañeros.
No hay aquí grandes vistas ni monumentos, y
sin embargo el Hornillo tiene ese peso discreto de los lugares atravesados
tantas veces que terminan formando parte de la memoria del grupo.
Me alegra ver que han limpiado la fuente
del Hornillo, aunque en estas fechas apenas ofrezca un pequeño hilo de
agua.
Los senderos siguen siendo los de siempre;
solo los restos de talas recientes alteran un paisaje que conocemos bien.
Nos detenemos para abandonar la ruta habitual
y tomar el sendero sinuoso que conduce al refugio Al Filo, construido
con troncos y aún desconocido para algunos. Con
el arroyo de Valle Enmedio cerca, propongo desviarnos del track
previsto.
Un corto ascenso por una pista pedregosa nos permite cruzar más arriba el arroyo y enlazar con otro de esos senderos que todavía conservan sabor a descubrimiento.
Superamos el camping Valle Enmedio y,
con el sol ya dejándose notar, nos dirigimos hacia el embalse de Cañada
Mojada, uno de esos lugares que ya sentimos como de la familia.
A derecha e izquierda van quedando caminos que
conocemos bien y que nos llevarían a otros recorridos. Seguimos
hasta una fuente que apenas deja escapar un hilo de agua, suficiente para
recordarnos lo mucho que se agradece en estas fechas.
Buscamos el amparo de la vegetación más densa
cerca del arroyo Chuvieco. A
estas alturas de la mañana, cada tramo donde las copas de los pinos se cierran
sobre nuestras cabezas se recibe como un regalo.
Hacemos una parada junto al refugio de Las
Esquinillas, con su aspecto de búnker, sorprendentemente limpio y fresco
por dentro.
La mañana avanza y el calor empieza a pesar…
para algunos más que para otros. Ya no
se trata solo de sumar kilómetros o desnivel, sino de gestionar el esfuerzo, de
saber cuándo apretar y cuándo dejar correr la bicicleta.
Somos nosotros quienes rompemos el silencio
del bosque con nuestras conversaciones; el resto lo ponen el viento entre los
pinos y el murmullo de arroyos como el de los Hoyos.
Alternando un corto esfuerzo con un descenso
rápido alcanzamos la cotera entre Segovia y Ávila.
El Camino del Ingeniero nos espera y
parece preguntar: ¿hacia San Rafael o hacia El Espinar? Solo
nos ha dado tiempo de limpiar hacia El Espinar…
Tomamos esa dirección y me lanzo sendero
abajo. Curvas
conocidas, alguna rama caída, alguna piedra suelta y la bicicleta encontrando
su sitio entre ellas. Durante unos minutos, no
existe nada más.
Cuando el terreno se inclina de verdad y los
frenos reclaman atención constante, cedo el paso a mis compañeros.
El regreso hacia San Rafael se intuye cercano,
pero la sierra siempre guarda un último repecho o un sendero revirado antes de
dejarte volver al punto de partida. Volvemos
por caminos conocidos, aunque nunca recorridos de la misma manera.
La fuente de Las Barrancas se agradece
casi más que las cervezas del final. Apetece
sentarse y decir: hasta aquí hemos llegado.
Aún queda ese último tramo que nos devuelve al inicio con el pulso acelerado. Ahora sí, las cervezas ponen el punto final a la ruta.