Una ruta exigente hacia las Tres Provincias
Mientras tomo el café, abro la puerta de la
calle. La
mañana ha amanecido fresca. Dudo si abrigarme más o
confiar en que, tras las primeras pedaladas, agradeceré haber salido ligero de
ropa.
Es sábado. No es
nuestro día habitual para salir, pero hoy la bicicleta espera y habrá que ver
quién acaba compartiendo camino.
La incertidumbre de siempre se despeja cuando
nos encontramos: Andrés, Ángel, Enrique,
Ernesto, Nacho, Pawel y Alfonso.
Sin demoras, damos comienzo a la ruta desde el mismo lugar al que esperamos regresar para compartir unas cervezas. Pero todavía tenemos mucha mañana por delante.
De San Rafael a El Espinar nos esperan unos kilómetros de camino y carretera, de fácil y rápido rodar, donde Andrés marca el ritmo. Tanto, que parece el más animoso de todos, incluso cuando tomamos el desvío hacia La Mata de Santo Domingo.A lo lejos distinguimos su viejo arco de
piedra, los restos de la antigua ermita de Santo Domingo, que guarda memoria de
los primeros asentamientos en estas tierras. No
nos acercamos esta vez. Arco
de la Ermita de Santo Domingo
Reconozco que hacía tiempo que no rodaba por aquí.
El
verano no es la época más propicia: no hay sombras y todo está muy seco, pero
eso ya no es novedad.
Nuestro amigo, que sigue en cabeza, nos
confirma que la puerta que en tantas ocasiones encontramos con candado, hoy nos
permite el libre paso.
Hacia las Tres Provincias
Tenemos por delante el ascenso por la Vereda
de la Isabela, que desemboca en el caserío del mismo nombre. Pero,
como en otras ocasiones, giramos a la izquierda hacia la Vereda de los Serrano.
El
terreno se endurece y gana desnivel.
Kilómetros atrás tuvimos la impresión de que pasaríamos
calor, pero, mientras luchamos con un firme muy roto, aparece una brisa fría de
cara que, si bien alivia la temperatura, ralentiza la marcha.
Resulta difícil avanzar en grupo: cada cual elige su
mejor ritmo y yo me pego a Enrique, que sabe marcar el adecuado.
Ernesto ya pregunta por alguna fuente y, poco
más adelante, a nuestra izquierda, aparecen el Refugio de la Majada de los
Lobos (1.508 m) y su pilón, que apenas da agua, pero alcanza para llenar algún
bidón.
La ruta nos lleva hasta el mojón de Las
Tres Provincias (1.568 m), en la Dehesa de La Cepeda. Estamos
en un enclave madrileño, perteneciente a Santa María de la Alameda, aunque aquí
Madrid se da la mano con Segovia y Ávila.
El desvío exigente
Ofrezco la posibilidad de una ruta alternativa
que nos aliviaría de algún kilómetro duro, pero la negativa es unánime.
¡Bravo! Seguimos
adelante.
Oculto a la vista, salvo que te acerques a su
encuentro, se mantiene en pie un viejo puente de piedra, de estilo románico y
de época medieval. Tenemos muchas fotos de hace
años en ese punto, pero hoy no nos detenemos.
Rodamos por pistas muy pedregosas, que
castigan las piernas tanto en las subidas como en las bajadas, hasta alcanzar
la puerta que nos saca del enclave.
Poco más adelante, en una zona de búnkers, hay
otro pilón, este más generoso. En lo alto alcanzamos una
encrucijada de caminos ya habitual en nuestras salidas, pero hoy tomamos un
trazado diferente hacia el Refugio de las Esquinillas (1.590 m), en un entorno
muy agradable.
La propuesta que hago a mis compañeros a
partir de aquí es exigente: apenas un sendero de vacas que se adentra en el
bosque, sinuoso y con un desnivel duro pero salvable. Cierro
el grupo, viendo con orgullo cómo avanzamos en fila india, buscando el mejor
trazado.
Con la sensación de haber exigido demasiado,
digo en voz alta:
—Las cervezas corren por mi
cuenta.
Y es Pawel quien responde al instante:
—¿Por qué? ¡Si está
genial!
¡Bravo y bravo!
Aparecemos en la zona de Las Lagunillas, que parecen ansiar la lluvia, y nos acercamos a la puerta de la cotera, en el Collado de las Lagunas (1.675 m).
Camino de las Municiones
Iniciamos el descenso por el Camino de las
Municiones, bastante limpio. En un suspiro perdemos de
vista a Enrique y a Nacho; el resto bajamos a otro ritmo.
Avanzo bien, o eso creo, hasta que algo falla:
un pedal choca al salvar un obstáculo, gira el manillar, el pie no encuentra
dónde apoyarse y empiezo a caer de lado, sin remedio.
Por suerte, quedo encajado entre unas rocas
que me impiden rodar ladera abajo, aunque la e-bike queda sobre mí dejándome
inmovilizado.
El primero en llegar es Ernesto. Para
tranquilizarle, le digo que estoy bien: —Apártame la bici de encima.
Se suman Ángel y Pawel, y hace falta la ayuda
de los tres para sacarme del agujero. Quedan
a la vista los arañazos y el casco dañado (los moratones y los dolores ya darán
la cara en casa).
Han sido dos kilómetros intensos, pero volvemos a estar todos juntos para afrontar los últimos descensos que, no por conocidos, dejan de ser complicados.
Completamos 36 kilómetros con la sensación de haber
recorrido muchos más. Cansados, pero muy
satisfechos. No he oído ni una sola queja… o, si las ha
habido, han sido en voz muy baja.
A muy buena hora, sentados ante unas cervezas
y refrescos, caen un par de rondas. Con
la euforia y la adrenalina a flor de piel, empiezan a surgir las propuestas
para próximas salidas.
Ángel se acuerda de mi caída y comenta:
—Con lo grande que es, pero
cuando le he visto ahí metido… ¡parecía el Niño Jesús en el pesebre!
Todos ríen. Yo, desde luego, también.