Entre caminos difíciles y viejos encuentros
Mientras algunos compañeros todavía tienen
recientes los recuerdos de su escapada a Santa Pola, volvemos a encontrarnos
con los caminos de siempre.
Esta vez toca San Rafael, desde donde nos
adentraremos en unos montes que nunca terminan de agotar sus posibilidades.
En esta ocasión nos reunimos Andrés, Enrique,
Fer, Pawel, Rafa, Santi y Alfonso. La
propuesta de Andrés nos lleva hacia los montes situados al sur de San Rafael,
con la intención de alcanzar La Cepeda, el enclave madrileño situado en tierras
que nos acercan a los límites de Madrid, Ávila y Segovia.
Sabemos que Enrique tiene prisa para regresar
y eso se nota desde los primeros kilómetros. Rodamos
rápido hacia El Espinar y, junto al instituto, tomamos la Vereda de Santa
Quiteria en dirección al Boquerón.
Pero llega la primera sorpresa. El
camino se bifurca a ambos lados del arroyo y Santi me confirma que el grupo ha
tomado el de la derecha.
¡Nooooo!
Hace tiempo que no paso por allí, pero
recuerdo perfectamente lo que nos espera. Un
sendero complicado, más propio de andarines, con grandes escalones y pasos en
los que cargar con una e-bike no resulta precisamente cómodo. Apenas
consigo distinguir ya las cabezas de los compañeros que marchan delante.
Santi y yo nos quedamos retrasados, avanzando
como podemos. Rafa se detiene en la zona de paso más
complicado para ofrecerme ayuda. Se lo
agradezco de veras, aunque bastante tiene él con manejar su propia bicicleta.
Después de recorrer apenas 1,2 kilómetros,
decido que no merece la pena continuar por allí: lo estoy pasando mal. Aviso
por el walkie de que me doy la vuelta y regreso hasta la bifurcación. ¿Y
ahora qué?
Tengo una e-bike y, aunque casi siempre la
llevo en Eco, hoy decido ponerla a prueba. Emprendo
la subida por la pista que conozco bien, alcanzo el cruce con el Camino del
Ingeniero y más adelante localizo sin dificultad el estrecho sendero que me
llevará hasta la puerta metálica de la cotera que separa Segovia de Ávila. La
bicicleta responde y consigo llegar bastante antes de lo que esperaba.
Intento comunicarme por el walkie. Dudo
que me escuchen, pero, sorprendentemente, consigo contactar con los compañeros.
Están
en el cruce de Las Tres Provincias. Me
dicen que Santi todavía no ha llegado y que Fer ha tenido algún problema
mecánico. Me esperan.
No queda otra que seguir adelante.
Me encanta esta zona y la mañana acompaña. Cruzo
el pequeño arroyo cuyo nombre todavía no tenemos claro, quizá sea el de Los
Tientos, y supero el repecho que me conduce a la loma.
Después llega el descenso por el sendero que
bordea La Boca del Infierno, donde nace el arroyo Boquerón. El
nombre del lugar despierta mi curiosidad. Algún
día tendré que averiguar de dónde viene, aunque no parece anunciar nada
especialmente agradable. Tal vez algún lector me
ayude.
Junto al mojón de Las Tres Provincias me
esperan los compañeros. Estamos en un lugar bastante
singular: La Cepeda, ese enclave madrileño que queda rodeado por tierras de
Ávila y Segovia. No todos los días tenemos la
oportunidad de pedalear por un territorio con estas particularidades.
Fer y Santi todavía no han llegado y los
intentos de contactar con ellos no dan resultado. Finalmente
decidimos continuar por el Camino de Peguerinos, pasando junto al Refugio de la
Majada de los Lobos, que esta vez dejamos atrás sin detenernos.
Tras atravesar varias puertas, afrontamos un
rápido descenso por una pista rota y pedregosa hasta llegar a una nueva
encrucijada. Enrique toma el camino de la derecha sin
detenerse y vamos tras él, lanzándonos por una bajada vertiginosa que bien
conocemos en ambos sentidos.
Al superar otra puerta, pregunto cuál es la
intención y me dicen que bajar hacia el Camino de la Talanquera. Pero,
ya me conocen, propongo una alternativa. Recuerdo
una pista bastante exigente, con algún tramo de fuerte desnivel, por la que
rodábamos hace años y que hoy nos permitirá recorrer de nuevo otro rincón de
estos montes. Varios compañeros no la conocen y vamos bien
de hora. ¡Pues a trepar toca!
Es el Camino del Cerro Boyal, que nos
recompensa con buenas vistas hacia los alrededores y, especialmente, hacia el
Cerro del Caloco.
Los mapas indican que continuamos por la Vereda del Guijo. La vegetación ha crecido bastante, sin llegar a cerrar el sendero, que es perfectamente practicable y nos permite disfrutar del recorrido sin necesidad de echar pie a tierra.
La Vereda de la Talanquera nos ve llegar con
una amplia sonrisa y nos conduce hacia El Espinar. Desde
allí regresamos a San Rafael por el mismo camino que utilizamos al comenzar la
mañana.
Hemos terminado muy pronto y, a pesar de ello,
Enrique aprovecha para despedirse, mientras los demás nos quedamos a tomar unas
merecidas cervezas. A Fer y Santi no los
volveremos a ver el resto de la mañana.
Más tarde sabremos que coincidieron, tardaron
casi una hora en solucionar la avería y juntos decidieron seguir adelante.
Pero hay algo más que merece la pena contar. No
somos los únicos que regresamos de ruta. Otro
grupo de ciclistas comparte ya el final de la mañana. Al
vernos, levantan inmediatamente la mano para saludarnos.
Son amigos con los que hemos compartido
caminos hace ya bastante tiempo. Me
alegra volver a encontrarlos y comprobar que el saludo conserva la misma
cercanía de siempre.
Hay encuentros que no necesitan grandes
gestos. Basta
con reconocerse, intercambiar una sonrisa, unas palabras y saber que todavía
nos une algo.
Y eso también forma parte de nuestras rutas.
































































