domingo, 31 de mayo de 2026

Del Alto Lozoya al río vivo

La calle del encuentro amanece con esa luz limpia que solo el Valle del Lozoya sabe dar a primera hora. No somos muchos, estamos: Enrique, Juan, Luis Ángel, Pawel, Pedro, Rafa, Raúl y Alfonso.

Saludos con naturalidad, ajuste de cascos sin prisa, el último toque de lubricante a la cadena y, tras ese pequeño ritual que ya forma parte de la salida, iniciamos el pedaleo desde Rascafría. No hace falta ser multitud para que el camino tenga sentido.

Rascafría

Los primeros metros de callejeo, camino de la Iglesia de San Andrés, sirven para encontrar el ritmo. La bicicleta responde bien, el aire aún conserva el frescor de la mañana y el valle comienza a abrirse poco a poco entre sombras y claros mientras avanzamos por el Camino de las Matillas, que será nuestro compañero de viaje durante los primeros kilómetros.

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Dejamos atrás las últimas casas de Rascafría y pronto el terreno empieza a pedir atención. La pendiente aparece sin estridencias, recordándonos que la jornada ha venido a buscar altura.

Vamos ganando metros, con calma, hasta alcanzar el Mirador del Embalse de Pinilla tras el primer esfuerzo sostenido. El agua queda allá abajo, pero el sol de frente convierte el paisaje en una lámina de luz donde los detalles se resisten a aparecer. Aun así, la amplitud del valle basta para detener la mirada unos instantes.

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Las continuas variaciones de la pendiente obligan a quienes pedalean con bicicletas musculares a adaptar el ritmo una y otra vez. Nadie parece tener prisa. La mañana invita más a disfrutar del camino que a mirar el reloj.

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Sabía que pasaríamos cerca del Rebollo de la Mata del Pañuelo (1495 m), un viejo roble melojo conocido en la zona, pero atento al pedaleo y a la pendiente no llegué a verlo. Quedó atrás sin foto, escondido entre la vegetación y el esfuerzo.

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Seguimos subiendo y, a través del walkie, propongo un pequeño desvío hasta el Mirador Calderuelas. Es una parada breve, pero siempre merece la pena.

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Es allí donde destaca la torre de vigilancia forestal que durante años ha presidido este rincón de la sierra y que aún mantiene su lugar pese a que, unos metros más atrás, entre la vegetación, se alza otra más moderna, más alta y con mayor alcance. Ambas observan el mismo paisaje desde generaciones distintas.

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Al abandonar la zona, entre pilas de pinos cortados y un entramado metálico para el ganado, llegamos al cruce donde en otras ocasiones hemos continuado hacia la Fuente de las Calderuelas. Esta vez dejamos ese camino a un lado.

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La propuesta toma otro rumbo y elegimos la pista que se encarama ladera arriba, que ya desde los primeros metros deja claras sus intenciones. La altura aún no está ganada y la montaña parece invitarnos a seguir subiendo.

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El camino se vuelve algo más exigente rodando hacia el Alto Lozoya, ganando metros de desnivel que no ofrecen descanso, pero los cuerpos ya han encontrado su cadencia y el esfuerzo empieza a formar parte natural de la mañana.

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Sin sombras, pero con una temperatura benévola para la altura y un airecillo que se agradece, alcanzamos el punto más alto de la ruta. Los GPS no terminan de ponerse de acuerdo: 1898 metros, 1904 quizá.

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Rodeados de piornos en flor y escuchando el agua descender hacia el valle, disfrutamos de esa sensación especial que siempre acompaña a las cumbres alcanzadas por el propio esfuerzo.

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Apenas llevamos una docena de kilómetros y la mayor parte del desnivel acumulado ya ha quedado atrás. A partir de aquí la montaña afloja el gesto y comienza a insinuar el largo descenso que nos espera, dispuesto para ser disfrutado.

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Veo a mi derecha la pista que surge hacia el Puerto de las Calderuelas (1966 m). Guardo en mi memoria ese desvío... quizá para alguna otra mañana.

Hacemos una breve parada en la Fuente del Cancho del Cuervo, curiosamente con el caño sellado, junto al arroyo de Santa María que no nos niega agua fría y directa.

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Seguimos descendiendo, muy rápidos, hacia el paso del Cerro del Diablo, un tramo que obliga a mantener la concentración más que a buscar épica. Ahí sigue esa formación rocosa tan particular: El Carro del diablo, cuenta la leyenda, aunque a mí me parece más una tortuga.

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Unos metros más adelante, nos recibe el monolito de la Puerta del Reventón, una de las Puertas de la Sierra de Guadarrama

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A partir de este punto, la ruta cambia de carácter. El descenso nos lleva hacia el Puente sobre el arroyo de la Umbría y desvíos hacia el Puerto de Cotos, que hoy solo recordamos.

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Nos detenemos en el Mirador de los Robledos, con ese monolito tan particular, homenaje a las Guardias Forestales que velan por el monte, por todos; con el valle desplegado bajo la luz de la mañana.

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La parada es más larga, fotos de grupo y cada cual quiere también la suya propia, antes de continuar dejando a un lado la Lagunilla de anfibios, que aparece silenciosa entre la vegetación y en la que solo Pawel repara.

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Se detiene nuestra marcha porque tenemos que cruzar la Carretera de Navacerrada, la M-604. Desde allí, la Colada del Camino de las Vueltas nos conduce hasta la ribera del río Lozoya, que no disimula su alegría al vernos.

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El tramo siguiente es una sucesión de agua que fluye alegre entre la piedra. Pozas, pequeñas cascadas y risas de niños jugueteando en el cauce.

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Siempre hay algún senderista amable que se ofrece a hacernos una foto de grupo. Antes de partir, Enrique se toma unos minutos para contemplar el agua y el ir y venir de quienes disfrutan de ella. No parece tener ninguna prisa.

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Foto: Pedro

El Puente de la Angostura, nuevas pozas escondidas entre la arboleda, y el murmullo del río como fondo constante. En algunos puntos el grupo se detiene de forma natural, ya sea para cruzar con cuidado, para hacer una foto o simplemente para quedarse un momento mirando el agua.

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Seguimos adelante en suave descenso, sin acelerarnos, compartiendo con senderistas el disfrute del entorno, con esa sensación de lugar detenido en el tiempo que tienen algunos rincones del valle.

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Más adelante, la Presa del Pradillo se destapa entre los pinos, reteniendo la abundante agua con calma, pero atrayendo en su entorno a numerosos excursionistas. A mi lado Rafa, que ya sabe cuándo necesito una mano amiga.

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El regreso se aproxima al cruzar el Puente sobre el Arroyo del Aguilón y entrar en la zona de Las Presillas, donde la presencia de senderistas y familias marca el cambio de ambiente. El río se abre, el valle se ensancha y la ruta empieza a suavizar su carácter.

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Antes de cerrar el recorrido pasamos por el Puente del Perdón, un punto que siempre invita a una breve pausa sin necesidad de palabras. Desde ahí, los últimos kilómetros nos llevan hasta la última parada.

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Apoyamos las bicicletas en zona de sombra, el sonido del Lozoya aún presente en la cabeza mientras nos tomamos unas merecidas cervezas. Una vez más, el camino hizo lo que siempre hace cuando se le deja: reunirnos sin exigir nada a cambio.

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jueves, 28 de mayo de 2026

Negociación Silenciosa

La bicicleta llevaba varios días apoyada en el mismo sitio del garaje. No era abandono. Tampoco olvido. Más bien una forma de espera que no incomodaba a ninguno de los dos.

Bajó aquella mañana sin una decisión tomada. A veces ocurría así:  Miraba la bici, pasaba la mano por el sillín como quien comprueba que todo sigue en su sitio… y volvía a subir.

Pero ese día no subió.

Se quedó un momento quieto, con la puerta del garaje medio abierta y una luz gris entrando desde la calle. Había llovido durante la noche; lo suficiente para que el aire tuviera ese olor limpio que siempre le había gustado, aunque ya no supiera muy bien por qué.

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Pensó en la ruta del domingo anterior. O en la ausencia de ella. No quiso darle forma. Las cosas importantes, últimamente, prefería no nombrarlas demasiado.

Ajustó el casco sin prisa. Luego lo dejó sobre el manillar.

Hoy no hace falta —murmuró, sin saber muy bien a quién se lo decía.

No todas las salidas empiezan pedaleando. Algunas empiezan así, detenidas en una especie de negociación silenciosa entre el cuerpo y algo más difícil de explicar.

Subió la persiana del todo. La calle estaba casi vacía y un par de coches pasaron despacio, como si ellos también respetaran el ritmo extraño de la mañana.

Aparecieron recuerdos de otras mañanas parecidas. Antes siempre había prisa: por llegar, por cumplir, por no quedarse atrás. Esa forma de estar en la bici ahora le resultaba ajena, como si perteneciera a otro tiempo.

Apoyó la mano en el cuadro. La bicicleta seguía siendo la misma. O quizá no. Empujaba más, eso sí. Respondía mejor. Pero quien la sostenía ya no era el mismo.

Sonrió apenas, con esa media sonrisa que no busca confirmación.

Durante mucho tiempo había pedaleado midiendo: la fuerza, el ritmo, la distancia. Incluso la alegría, si es que eso se puede medir. Siempre había algo que ajustar, algo que contener.

Ahora, en cambio, lo difícil era lo contrario: dejarse ir.

Salió finalmente a la calle sin hacer ruido. Como si no quisiera romper nada.

Los primeros metros fueron torpes, pero enseguida volvió la sensación conocida: el equilibrio justo, el leve balanceo, el mundo colocándose en su sitio al ritmo de las pedaladas.

No hubo pensamiento para la ruta ni para la llegada. Ni siquiera para si aquello tenía sentido. Simplemente pedaleó.

Y por primera vez en mucho tiempo, no hubo necesidad de mirar atrás.

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Domingo, 31 de Mayo de 2026

Algunas rutas terminan en el momento en que regresamos a casa… y otras empiezan mucho antes, en silencio, mientras todavía dudamos si abrir del todo la puerta del garaje. 

Este domingo volveremos a intentarlo por nuevos caminos, compartiendo kilómetros, esfuerzo y esa vieja costumbre de seguir pedaleando juntos. 

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Hora de encuentro: 🕣 8,45

Lugar de encuentro:📍Calle la Mina - Rascafría (Madrid)


domingo, 24 de mayo de 2026

Entre puentes medievales y senderos revirados: Regreso al Valle del Lozoya

La ruta regresa a nosotros disfrazada de conocida

Todo parece ocupar el lugar de otras veces: caminos, pinares, puentes sobre el Lozoya… pero hoy el día habla con otra voz.

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Llego el primero al punto de encuentro. Siempre disfruto de esa calma previa, de ese tiempo extra para preparar la bicicleta mientras saboreo la alegría de ver llegar a los compañeros.

Nos juntamos Juan, Pedro, Raúl y un servidor.
Hace dos años estrené bicicleta en este mismo escenario; hoy, con una montura diferente, el entorno se descubre ante mí con otra mirada.

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Avanzamos e inevitablemente rescatamos la memoria de la ocasión anterior, buscando instintivamente las diferencias en el trazado: menos agua, pero bastante más calor.

Las altas temperaturas aprietan ya, aunque el valle todavía conserva algunos grados menos, tanto que dudo si ponerme los manguitos antes de salir.
Por suerte, el cielo permanece a medias cubierto y terminamos agradeciendo esa tregua silenciosa mientras empezamos a pedalear.

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Una puerta aquí, otra allá… la próxima vez las contaré. Pedro y Raúl se van alternando casi sin decirlo, como si el gesto ya fuera parte del recorrido. Más adelante, cuando el cansancio empieza a notarse, el relevo se vuelve inevitable. Las portillas van abriendo paso a las dehesas que nos acompañan durante buena parte de la ruta.

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El Camino Natural del Valle del Lozoya hacia Canencia nos acerca al Puente de Matafrailes (siglos XIV-XV), sobre el arroyo de Canencia, donde hacemos una breve parada para la foto.

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Unos kilómetros más allá, cruzamos el Puente del Congosto, de la Baja Edad Media. Encajonado sobre una estrecha garganta del río Lozoya, nos regala el sonido del agua brava y ese alivio fresco que el cuerpo siempre agradece cuando el calor aprieta y se busca un respiro.

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Coronamos el Mirador del Valle (1108 m) y nos detenemos unos minutos. El embalse de Pinilla se extiende espectacular en el horizonte.

Mirador del Valle

Bicicletas apoyadas unas junto a otras, fotos y miradas queriendo retenerlo todo… pequeñas pausas que no interrumpen la ruta, sino que la sostienen.

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Embalse de Pinilla

El trazado nos guía bordeando el embalse, que luce pletórico, antes de afrontar los tramos más exigentes: casi cinco kilómetros de continuo ascenso hacia el Collado de los Espinosos (1321 m).

Aquí el aire es más ligero, aunque abajo el verano ya ha empezado a imponerse.

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Nos hemos juntado cuatro amigos con tres e-bikes y una sola bicicleta muscular. Hay que quitarse el sombrero ante Raúl: en la mayor parte de la ruta ha sido él quien ha marcado el ritmo, evitando que se notara diferencia alguna entre unas máquinas y otras. Pundonor y piernas a partes iguales.

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Tras el collado iniciamos un rápido descenso hacia Navarredonda, donde Raúl, siempre sediento, aprovecha para cargar agua, y continuamos hacia el Mirador de San Mamés.

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A partir de aquí, el paisaje alterna pinares, claros y senderos cada vez más rápidos y entretenidos.

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Cruzamos de nuevo dehesas donde el ganado pace tranquilo. Las vacas y yeguas apenas se inmutan a nuestro paso, mucho más atentas a los terneros y potrillos recién nacidos que empiezan a poblar estos hermosos prados verdes.

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Tras superar un repecho conocido y un cruce de caminos, afrontamos ese kilómetro duro que sirve de peaje para alcanzar el refugio de montaña. Sabemos que desviarnos hasta la Chorrera de San Mamés nos restará tiempo, pero la visita termina imponiéndose.

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Y merece la pena: el agua baja todavía con fuerza suficiente para romper el silencio del pinar y obligarnos a contemplarla unos minutos más de lo previsto.

Chorrera de San Mamés
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Al reanudar la marcha, el calor ya se deja notar, pero la recompensa es inmediata. Comienzan los momentos más divertidos de la mañana.

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Los descensos se suceden por senderos estrechos y muy revirados, dejándonos disfrutar casi como críos, enlazando curvas una tras otra sin necesidad de pedalear. Bajamos rápidos, muy pegados, confiando ciegamente en la trazada y en la pericia del compañero que rueda delante.

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A nuestra izquierda, el embalse de Riosequillo aparece y desaparece siguiendo los giros del trazado, como si jugara también a acercarse y alejarse de nosotros.

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La última parte nos lleva hacia el entorno de la Poza y la Reguera del Caz, por la Colada de la Solana. Aquí el cauce ha desaparecido, dejando paso a una densa vegetación que casi engulle el sendero que recorremos por intuición.

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Al cruzarlo, es imposible no sonreír al recordar a nuestro amigo Fer, rebozado en barro en este mismo punto y lavándose en el arroyo Robles.

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En una última parada, los compañeros no dejan de repetir lo mismo con una sonrisa de oreja a oreja:

—¡Vaya rutón nos hemos marcado…!

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Rodamos rápidos por la Cañada de la Cerrada de Garay, dejando atrás la Ermita de Santiago en Gargantilla de Lozoya, del siglo XV.

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Pero las últimas callejas reclaman su cuota de protagonismo. Hasta este momento apenas habíamos encontrado algún charco despistado y parecía que nos íbamos a salvar.

Sin embargo, en esta zona el terreno parece incapaz de absorber toda el agua recibida durante la primavera.

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Nada que ver con la ocasión anterior, pero aun así no nos queda más remedio que terminar manchándonos de barro pegajoso y sucio, y lo que es peor, también las bicicletas si queremos seguir adelante. Si me detengo para una foto el suelo me espera.

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Al fin y al cabo, el barro en las piernas no es más que el trofeo que nos recuerda que la verdadera amistad, como las buenas rutas, siempre deja huella.

O, al menos, una buena historia que contar.