La bicicleta llevaba varios días apoyada en el mismo sitio del garaje. No era abandono. Tampoco olvido. Más bien una forma de espera que no incomodaba a ninguno de los dos.
Bajó aquella mañana sin una decisión tomada. A
veces ocurría así: Miraba
la bici, pasaba la mano por el sillín como quien comprueba que todo sigue en su
sitio… y volvía a subir.
Pero ese día no subió.
Se quedó un momento quieto, con la puerta del
garaje medio abierta y una luz gris entrando desde la calle. Había
llovido durante la noche; lo suficiente para que el aire tuviera ese olor
limpio que siempre le había gustado, aunque ya no supiera muy bien por qué.
Pensó en la ruta del domingo anterior. O en
la ausencia de ella. No quiso darle forma. Las
cosas importantes, últimamente, prefería no nombrarlas demasiado.
Ajustó el casco sin prisa. Luego
lo dejó sobre el manillar.
—Hoy no hace falta —murmuró,
sin saber muy bien a quién se lo decía.
No todas las salidas empiezan pedaleando. Algunas
empiezan así, detenidas en una especie de negociación silenciosa entre el
cuerpo y algo más difícil de explicar.
Subió la persiana del todo. La
calle estaba casi vacía y un par de coches pasaron despacio, como si ellos
también respetaran el ritmo extraño de la mañana.
Aparecieron recuerdos de otras mañanas
parecidas. Antes siempre había prisa: por llegar, por
cumplir, por no quedarse atrás. Esa
forma de estar en la bici ahora le resultaba ajena, como si perteneciera a otro
tiempo.
Apoyó la mano en el cuadro. La
bicicleta seguía siendo la misma. O quizá no. Empujaba
más, eso sí. Respondía mejor. Pero quien
la sostenía ya no era el mismo.
Sonrió apenas, con esa media sonrisa que no
busca confirmación.
Durante mucho tiempo había pedaleado midiendo:
la fuerza, el ritmo, la distancia. Incluso la alegría, si es que eso se puede
medir. Siempre
había algo que ajustar, algo que contener.
Ahora, en cambio, lo difícil era lo contrario:
dejarse ir.
Salió finalmente a la calle sin hacer ruido. Como
si no quisiera romper nada.
Los primeros metros fueron torpes, pero
enseguida volvió la sensación conocida: el equilibrio justo, el leve balanceo,
el mundo colocándose en su sitio al ritmo de las pedaladas.
No hubo pensamiento para la ruta ni para la
llegada. Ni siquiera para si aquello tenía sentido. Simplemente
pedaleó.
Y por primera vez en mucho tiempo, no hubo necesidad
de mirar atrás.
Domingo, 31 de Mayo de 2026
Algunas rutas terminan en el momento en que
regresamos a casa… y otras empiezan mucho antes, en silencio, mientras todavía
dudamos si abrir del todo la puerta del garaje.
Este domingo volveremos a intentarlo por nuevos caminos, compartiendo kilómetros, esfuerzo y esa vieja costumbre de seguir pedaleando juntos.
Hora de encuentro: 🕣 8,45
Lugar de encuentro:📍Calle la Mina - Rascafría (Madrid)