domingo, 15 de febrero de 2026

El agua, la montaña y el paso del tiempo

Buscando un respiro entre avisos de tormenta

La convocatoria en Moralzarzal nació de la prudencia: alejarnos de los avisos climatológicos y buscar un respiro entre alertas, aunque late una intención arriesgada al sugerir llegar hasta el embalse de La Maliciosa.

Hay domingos en los que no se sale solo a pedalear. Se sale también a comprobar que la montaña sigue ahí, que el cuerpo responde, y que el ánimo, aunque a veces camine despacio, encuentra su sendero.

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En el punto de encuentro van apareciendo los primeros abrazos. Faltan compañeros, aunque sus coches los delatan: unos churros demorados retrasan la salida. Finalmente, nos reunimos: Ángel, Asanta, Enrique, Jesús, Juan, Luis Ángel, Rafa, Raúl y Alfonso.

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Juan, que una vez más se atreve con su bicicleta muscular, se ha adelantado, pero a los pocos minutos le damos alcance: su cambio ha dicho basta. Por muchas manos dispuestas y baterías de repuesto, debe regresar. Lo lamentamos todos, pero nadie tanto como él.

Estas cosas, pequeñas e inevitables, te recuerdan que la ruta nunca es solo el recorrido previsto: es también lo que se tuerce, lo que se pierde y lo que se cuida.

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El reto silencioso

Las primeras pedaladas nos acercan al Mirador de la Dehesa de Arriba. La foto aquí es ineludible. Al fondo, la sierra nos muestra sus picos nevados, medio velados por nubes, y lanza un reto silencioso: “Os espero”.

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Descendemos por el sendero trialerillo, convertido hoy en cauce improvisado, hasta reunirnos en la Cañada Real Segoviana. Intentamos el desvío hacia Cerceda, pero las huellas profundas de vehículos pesados en el barro nos obligan a recortar y seguir adelante.

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La máquina y el hombre

El domingo pasado, la bicicleta y yo éramos dos extraños tanteando un terreno hostil. Ella, impaciente y algo desajustada; yo, con sesenta y nueve inviernos a la espalda, intentando descifrar su lenguaje electrónico bajo nubes amenazadoras.

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Pero hoy es distinto. La máquina ya conoce mi peso y el tacto de mis manos y, sobre todo, yo ya no soy el mismo: estreno mi década de plata. Aun así, siento que todavía no nos entendemos del todo: la asistencia quizá demasiado baja me obliga a un esfuerzo que acabaré pagando.

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Ascendemos hacia el Chaparral de las Viñas, disfrutando arriba de sus senderos revirados entre vegetación alta y descendemos luego hasta esas peñas que nos sirven siempre de mirador espectacular. Es el decorado natural para la foto de grupo, y ese “book” que me regala Rafa para mi colección personal.😉

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Desde aquí, vemos el castillo de Manzanares el Real, superviviente al paso de los siglos y, más allá, el embalse de Santillana despliega su espejo de agua, recordándonos que la historia y la naturaleza comparten la misma mirada.

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A ratos se levanta un aire que no llega cálido. Arrancamos hacia una zona que suele encharcarse; la encontramos muy rota, pero la superamos sin problemas.

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Cruzamos el puente de piedra sobre el río Samburiel, uno de los principales afluentes del río Manzanares, que nace cerca del pico de La Maliciosa; hoy con sus aguas muy crecidas, casi superando la piedra.

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Seguimos por el Cordel de Campuzano, junto al arroyo del mismo nombre, dejando que el murmullo del agua acompañe al de nuestras ruedas. Es un espectáculo: todo corre y desborda, buscando tierras más bajas.

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El agua sonaba como una conversación antigua. A veces parecía acompañarnos, otras advertirnos. Y uno pedalea distinto cuando el paisaje no solo se ve, sino que también se escucha.

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Entre arroyos y repechos

Más adelante, enlazamos con la Colada de Mataelpino a Manzanares el Real, un camino que nos lleva suavemente hacia el valle, mientras la sierra permanece como testigo silencioso de nuestra ruta.

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Mataelpino nos regala sus repechos duros, tan suyos. El exceso de agua nos obliga a abandonar algunos tramos de sendero y remontar por encima de Vista Real. Mis compañeros no han dejado de darme consejos para aprovechar mejor mi máquina, y yo presto atención, aprendiendo con cada pedalada.

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El arroyo de Peña Jardera es testigo de nuestro paso por el Camino del Dedo (GR-10). Miro a mis compañeros y admiro su destreza en pasos complicados y más aún la de quienes, con muscular, redoblan el esfuerzo.

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La retirada a tiempo

Enfilamos hacia La Maliciosa, pero yo no voy bien. Un mareo leve y la sensación de bajada de tensión me obligan a reconocer que hoy no es día para apurar.

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Sé que algunos compañeros aceptarían el desafío del embalse, pero vamos pasados de hora y mi cara lo dice antes que mis palabras. Alguien propone regresar y nadie pone reparos.

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Tomamos, hoy en descenso, el divertido sendero entre pinos que discurre pegado a la M-607 y retomamos el track previsto, avanzando rápidos por vías pecuarias que hacen buenas migas con charcos y lagunas.

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En Becerril de la Sierra, el río Navacerrada no se deja vadear, obligándonos a buscar el puente de madera unos cientos de metros más arriba. Y sin casi darnos cuenta, ya estamos de nuevo en Moralzarzal.

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El mejor cierre

Algo más de 42 km y 828 m de desnivel acumulado, un sol que se ha agradecido y el gusto de invitar a mis compañeros a unas cervezas por mi reciente cumpleaños.

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Cerramos la jornada con el cansancio en las piernas, la risa compartida y los charcos salpicando recuerdos. La montaña, a su manera, nos recuerda que siempre hay un reto nuevo.

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La sierra nos ha dejado marchar, pero no del todo: algo de nosotros se queda en sus senderos, en el brillo del agua desbordada, en el eco de una risa que se mezcla con el viento. El embalse de La Maliciosa nos esperará sin prisa, como esperan las cosas importantes.

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Y nosotros, un poco más viejos, un poco más vivos, seguiremos pedaleando hacia adelante, con la certeza de que cada domingo es una forma de volver a empezar, y que mientras podamos seguir saliendo, el tiempo pasará de otra manera.



jueves, 12 de febrero de 2026

La montaña no tiene espejos

Setenta

Setenta años… y la montaña me sigue llamando por mi nombre.

Setenta no se cumplen: se alcanzan.

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Ayer crucé esa frontera. Lo escribo despacio, saboreando el trazo de las letras, porque sé que no es solo un número: es una estación nueva en un camino que se vuelve más hermoso cuando se eleva.

No llego aquí como quien alcanza una meta y se detiene; llego como quien corona un puerto y, desde la cumbre, descubre que el horizonte se ha ensanchado.

Es una forma distinta de mirar lo de siempre. La bicicleta ya no es solo una máquina; es una prolongación de mí mismo. Los senderos no son solo tierra; son memoria de felicidad. Y la Sierra de Guadarrama, que me observa al fondo, no es un paisaje: es mi casa.

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He estrenado montura estos días, un capricho que es también una promesa. Pero el verdadero estreno no está en el carbono ni en los componentes: está en el ánimo.

En seguir sintiendo ese pellizco cuando el aire frío me golpea la cara. En saber que cada domingo es un regalo que no acepto por costumbre, sino con la gratitud de quien entiende lo que cuesta estar ahí.

La montaña no pregunta la edad. No entiende de calendarios ni de jubilaciones. Ella solo espera.

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Nos aguarda con sus subidas que exigen honestidad, con sus descensos que nos devuelven la juventud por unos minutos y con ese silencio antiguo que ha sido mi mejor confesor en estos últimos años.

Y, sobre todo, me espera con vosotros: esa suerte —nunca pequeña, siempre inmensa— de compartir el esfuerzo y la risa con los amigos.

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En estos días he recibido muchas felicitaciones, palabras generosas y mensajes que me han emocionado más de lo que quizá imagináis. Gracias a los amigos y compañeros de ruta, y también a todos los que habéis pasado por aquí y os habéis detenido un momento para dejarme vuestros buenos deseos. Saber que estáis ahí da aún más sentido a cada salida y a cada línea escrita.

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No quiero pensar en los kilómetros que aún me quedan por recorrer ni perder tiempo en calcularlos. Prefiero quedarme en lo sencillo, en lo esencial: mientras el cuerpo y el alma sigan diciendo “sí”, seguiremos saliendo.

No salgo para celebrar un número en el carné de identidad.
Salgo porque, setenta años después, sigo siendo capaz de escuchar la llamada.

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Domingo, 15 de Febrero de 2026

En relación con vuestras sugerencias, y dado que ayer hubo desbordamientos en Segovia con activación del plan de emergencias por inundaciones —cortes de caminos, zonas anegadas y el río Eresma en alerta naranja/roja—, creo que lo más sensato es evitar esa zona este domingo. 

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Os propongo una alternativa conocida: intentar, si el tiempo lo permite, alcanzar el embalse de La Maliciosa desde Moralzarzal.

Ruta exigente, pero hermosa. Y siempre con la prudencia por delante. 

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Hora de encuentro: 🕣 8.45

Lugar de encuentro: 📍 Calle Valleja, junto al Asador Casa Mariano –Moralzarzal. (O enfrente, junto a la farmacia)

Os espero este domingo. Traigo una década nueva en las piernas y las ganas de siempre en el corazón. 


domingo, 8 de febrero de 2026

El día de las baterías

El bendito olvido del ciclista

El parte anunciaba lluvia, frío y un domingo poco amable, de esos que invitan a quedarse en casa y mirar la Sierra desde lejos pensando: hoy no toca.

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Pero yo tenía más motivaciones. Ignoré los avisos, a sabiendas de que alguien más se animaría a compartir el desafío.

Era día de estreno. Mi nueva bicicleta se mojaría y se ensuciaría por primera vez —no sería la última— y yo necesitaba intimar con ella cuanto antes.

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La memoria selectiva

Afortunadamente, el ciclista tiene una memoria extraña: olvida rápido la dureza de la semana anterior —el barro en la transmisión, el agua en las botas, el temblor en las manos— y recuerda, en cambio, lo otro: el camino compartido, la conversación entre la niebla, la certeza de que siempre merece la pena volver.

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Con esa convicción aparecimos un grupo reducido: Andrés, Enrique, Ernesto, Fer, Jesús, Luis Ángel, Raúl, Santi y Alfonso. Éramos pocos, pero bastaba con ver sus sonrisas madrugadoras para que el día pareciera menos gris.

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Tras el cruce de abrazos, todas las miradas se centraron en la montura. Había curiosidad, alegría y quizá un punto de sana envidia. Fer, cumpliendo nuestro rito particular, fue el primero en dar unas pedaladas orgullosas, como quien bendice la máquina antes de que yo la estrene de verdad.

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El baile del estreno

Entre ajustes de última hora —el cambio electrónico sin sincronizar, alguna roldana rebelde y el olvido del móvil— iniciamos la marcha con retraso. Aprovechamos una de esas ventanas entre borrascas que Enrique detectó para darnos cuartelillo.

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En los primeros minutos, la bici mostró su timidez. No conocía a nadie, y yo tampoco a ella. Aun así, parecía olisquear los charcos y las primeras curvas con curiosidad, lista para descubrir lo que la montaña le tenía reservado.

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La ruta fue rodadora, pero el frío no invitaba a paradas. Al fondo, la Sierra nos observaba con sus picos nevados, enviándonos un aire gélido que intentaba ralentizar nuestro avance. La montaña, silenciosa y blanca, parecía vigilarnos con esa mezcla de dureza y cariño que solo ella sabe ofrecer.

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Si nos hacíamos fotos muy agrupados no era solo por el encuadre, sino por buscar refugio del viento en el grupo. Pero estos amigos están en forma y olvidan que yo voy limitado a 25 km/h. Mientras ellos rodaban con naturalidad, yo me iba conociendo con la bici y sus porcentajes, haciendo fácil una mañana difícil.

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Administrar el aliento

Sentía a la bicicleta feliz, derrochando una energía que se reflejaba en el display de la MasterMind. Cada modo de asistencia es un mundo, casi como si ella tuviera su propio carácter. Yo todavía estaba aprendiendo a escuchar.

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Hubo que acortar. Y el recorte nos empujó a la carretera, ese terreno sin alma que ninguno busca. Pero incluso ahí, rodando juntos, el domingo seguía teniendo sentido antes de volver a buscar los caminos.

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Cerca del embalse de Pedrezuela, Enrique —siempre atento a lo práctico— me ayudó a rebajar la asistencia. Un pequeño ajuste, casi insignificante, pero que en estas bicicletas es como administrar el aliento.

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Allí estaba el embalse, desaguando a borbotones, impaciente por abandonar su prisión de hormigón. El agua salía con una fuerza que recordaba que todo, incluso lo contenido, busca su camino.

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El límite de la energía

El camino todavía tenía algo que decirnos, así que dejamos que las ruedas siguieran contando la historia, con esas prisas propias de los finales de rutas.
Llegamos a los coches y la pantalla sentenció con frialdad matemática: 7% de batería. Había llegado por los pelos.

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La bicicleta se comportó de maravilla: aplomo en lo húmedo, frenos firmes y una amortiguación excelente, aunque mi cuerpo detectó enseguida los cambios de geometría. Como si tuviera que reajustar no solo la máquina, sino mi manera de estar sobre ella.

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Y entonces, el epílogo del domingo. Cuando ya nos disponíamos a celebrar la jornada, mi coche se negó a arrancar: La batería.

Llamada a Fer, que ya se había marchado, pero volvió con los cables de arranque, que por suerte llevaba. Un gesto sencillo, casi doméstico, pero con algo de rescate providencial.

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Así terminó la ruta: con la bici estrenada, el cuerpo entero y amigos siempre dispuestos a echar una mano, compartiendo la alegría del camino… y unas cervezas.

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A veces, la energía que realmente importa no es la que se mide en voltios, sino la que se comparte en el camino.