Hemos quedado en el Paseo Rivera de San Rafael. Allí sigue el monumento a Rafael Alberti, con la placa de homenaje dándonos la espalda, a pesar de que ha sido testigo de nuestros encuentros desde los primeros tiempos de AlfonsoyAmigos.
Mientras nosotros cambiábamos de bicicletas,
de rutas y hasta de preocupaciones, él permanecía allí, ajeno a todo,
acompañando el inicio de tantas mañanas. Quizá
por eso apenas reparamos ya en su presencia. Forma
parte del paisaje, como los pinos que bordean el paseo o la silueta de Cabeza
Reina al fondo.
La ruta de hoy tampoco es nueva. Sus
caminos están grabados en la memoria del grupo desde hace años. Los
hemos recorrido en todas las estaciones, con frío y con calor, entre
conversaciones interminables o envueltos en ese silencio que a veces acompaña
las primeras pedaladas.
Cada cruce, cada subida, guarda recuerdos de
otros domingos que regresan sin necesidad de ser llamados.
Pero los caminos tienen esa manera peculiar de
permanecer. Son los mismos y no lo son. Reconocemos
las curvas, las fuentes, los pinares y las sendas, pero cada regreso añade una
mirada distinta. Quizá porque el tiempo
también deja su huella en quienes vuelven a recorrerlos.
Con ese pensamiento preparamos las bicicletas
los que hemos acudido: Juan, Raúl y Alfonso. Poco
importa cuántos seamos finalmente. Hay
rutas que nunca han necesitado grandes números para justificar su presencia en
el calendario. Basta con el deseo de volver
a rodar por lugares que, de algún modo, también forman parte de nuestra propia
historia.
Dejamos atrás el Paseo Rivera y el asfalto
pronto cede el paso a la tierra. El
camino nos sale al encuentro como un viejo saludo.
Las primeras rampas nos obligan a encontrar el
ritmo desde el principio. La subida hacia el Alto
del León no admite demasiadas distracciones, aunque el paisaje siempre
encuentra la forma de reclamar una mirada.
Como ya ocurrió hace unas semanas, es Raúl,
nuestro único representante de las bicicletas musculares, quien marca el paso
de la jornada. Más de una vez Juan y yo
tendremos que esforzarnos para volver a darle alcance.
El Camino de los Lomitos nos recibe después
con esa mezcla de sombra, pinar y recuerdos que acompaña siempre a los lugares
conocidos.
Con el embalse de los Irrios a la vista, nos detenemos un instante para una fotografía. El nivel del agua vuelve a llamar la atención por lo escaso. Una imagen que contrasta con el recuerdo de otros años y otras primaveras.
La mañana avanza tranquila mientras alcanzamos
la Fuente de la Peñota. No hay necesidad de hablar
continuamente. Algunos caminos admiten
también el silencio y permiten que cada uno pedalee acompañado por sus propios
pensamientos.
A lo largo de la mañana nos esperan varias fuentes, todas ellas con algo que nunca debería faltar en una ruta serrana: agua. La Peñota, la Piñuela, Antón Ruiz y la fuente del Infante nos irán recibiendo con caudal abundante y agua fresca. No necesitamos más.
Comenzamos después el descenso por el Camino
de la Solana. Allí nos encontramos con grupo de quince o veinte jinetes que ocupa buena parte del camino. Reducimos
la velocidad al mínimo y esperamos el momento adecuado para adelantarles.
Todo transcurre con naturalidad, sin prisas y
con respeto mutuo. Durante unos minutos
compartimos el mismo espacio ciclistas y caballos, cada uno adaptándose al
ritmo del otro.
La ruta vuelve a ganar altura por la zona de
los Campamentos en dirección al Hospital de la Fuenfría y al viejo refugio/residencia
de Peñalara.
Es en este tramo donde volvemos a coincidir
varias veces con un mismo ciclista al que ya habíamos adelantado en ocasiones
anteriores. Avanza con esfuerzo evidente, balanceando la
bicicleta al ritmo de la respiración, pero manteniendo su empeño en seguir
ascendiendo.
En un momento determinado, un vehículo de la
guardería forestal le da alcance, llegando a utilizar la bocina para solicitar
paso. La
reacción del ciclista es inmediata y visiblemente molesta.
Lo que parecía una situación menor deriva en
un tenso intercambio de gestos y palabras. Apenas
dura unos minutos, pero deja tras de sí una sensación extraña en un entorno
donde casi todos acudimos buscando precisamente lo contrario.
Nosotros continuamos nuestro camino hacia el Puerto
de la Fuenfría. No es una ruta para descubrir
lugares nuevos. Quizá por eso permite prestar
más atención a otras cosas: a los recuerdos que regresan cuando uno vuelve a
recorrer senderos tantas veces transitados.
Raúl pedalea con la confianza de quien conoce
bien sus fuerzas y sabe dosificarlas. Juan
alterna las conversaciones con largos silencios, con el motor apagado, atento
al camino y al paisaje.
Yo me limito a acompañar el ritmo de la
mañana, disfrutando de esos lugares de siempre…, aunque sin perder de vista ese
porcentaje que me avisa de lo que me resta de batería.
—Yo lo taparía con esparadrapo
—me dice Raúl sonriendo.
Hacemos una parada en
el Mirador de la Reina; no podía ser de otra forma. Desde allí, el valle se
extiende bajo nosotros con esa amplitud que siempre invita a demorarse unos
minutos. El descanso resulta suficiente para que, en
esta ocasión, crucemos el puerto de la Fuenfría sin detenernos.
En la fuente del Infante hacemos la última
parada de la mañana. En el collado de Marichiva
apenas nos detenemos el tiempo justo para cruzar la puerta que nos devuelve a
tierras segovianas.
La ruta termina devolviéndonos a San Rafael
después de atravesar algunos de esos lugares que forman parte de nuestra
historia colectiva: el Alto del León, la Fuenfría, Marichiva y, por supuesto,
la Garganta del Río Moros.
Nombres conocidos que siguen apareciendo en nuestras salidas como viejos compañeros de viaje.
Los caminos permanecen. Somos nosotros quienes volvemos a ellos siendo, cada vez, un poco distintos.