jueves, 17 de septiembre de 2026

Antes reíamos más

A veces, al revisar rutas antiguas, me sorprende pensar que antes nos reíamos más.

Así se lo he comentado a alguno de mis compañeros.

Lo dicen las fotografías, las crónicas, aquellos momentos que quedaron atrapados en una imagen y que hoy, al volver a mirarlos, parecen llenos de una alegría que quizá entonces ni siquiera supimos ver.

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Pero, ¿éramos realmente más felices?

Tal vez éramos simplemente más jóvenes.

Teníamos menos kilómetros en las piernas, menos achaques, menos preocupaciones… y también menos heridas en las rodillas. No solo en las rodillas.

Con los años vamos acumulando cosas. Algunas dejan marca y otras simplemente pesan. Cambian nuestras circunstancias, cambian nuestras prioridades y, sin darnos cuenta, cambia también la manera en que afrontamos una ruta, una subida o una conversación.

Quizá por eso, cuando volvemos a mirar aquellas fotografías, echamos de menos algo que no sabemos nombrar. Pensamos que añoramos aquellas rutas, aquellos compañeros o aquellas risas.

Y, sin embargo, seguimos aquí.

Seguimos saliendo. Seguimos encontrando un camino, una subida que afrontar, un paisaje que fotografiar y algún motivo para reírnos.

No reímos menos. Quizá ahora reímos sabiendo todo lo que llevamos dentro. Y cuando miramos atrás, puede que no echemos tanto de menos aquellas rutas como a quienes éramos entonces.

Esa versión de nosotros que avanzaba sin darse cuenta de que el tiempo también pedaleaba a nuestro lado. 

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Esta semana cambiamos el domingo por el sábado. Una nueva oportunidad para compartir kilómetros, paisaje y conversación. Nos vemos en el camino.

Hora de encuentro: 8,45 

Lugar de encuentro: Calle Pinar - San Rafael (junto Volvoreta)


sábado, 12 de septiembre de 2026

Una llamada y dos bicicletas

Tenía comprometido el domingo, pero las ganas de montar no desaparecieron. Pensé en salir el sábado, quizá solo, quizá a explorar algún camino. Entonces sonó el teléfono. Era Santa.

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A veces basta con que uno tenga ganas de salir y otro diga: “Voy contigo”.

Ángel llega puntual. Hace fresquito mientras prepara la bicicleta, pero no importa. Se adapta a lo que hagamos, me dice. Yo sé lo que le gusta y procuro plantearle una ruta en la que pueda disfrutar.

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Alcanzamos el Alto del León y tomamos la zona de los toboganes. Dos de ellos son de bajada, pero el recorrido también nos lleva en busca de Peña del Águila, de la Cañada Real Leonesa y del Collado Hornillo.

Una parada en la fuente del Hornillo, que hoy apenas deja escapar un hilo de agua, y seguimos.

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Son terrenos muy conocidos por mí, pero hoy los veo de otra manera, como si pudiera mirarlos a través de sus ojos. A veces va detrás y otras le dejo pasar para no frenarle. Su entusiasmo se contagia y también me anima en los pasos más complicados, celebrando el esfuerzo cuando consigo salvarlos.

Poco más de treinta kilómetros, pero intensos y disfrutones.

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Nos detenemos un momento en el muro de la presa del pequeño embalse de Prado Toril, que hoy también muestra señales de alerta en rojo. Después, más arriba, atravesamos el prado del mismo nombre y me desvío para enseñarle unos búnkeres, trincheras y parapetos que él no había visto. Un pequeño trozo de historia escondido entre los caminos.

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Afrontamos en subida la trialera del arroyo Chuvieco y sus tramos más complicados. Voy siguiendo la estela de Ángel y los dos conseguimos superarlos con satisfacción hasta alcanzar el Collado de Gargantilla.

De nuevo en el descenso, Ángel anda fino y yo me vengo arriba al comprobar que consigo pasar por algunos tramos difíciles en los que otras veces he acabado poniendo pie a tierra.

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Regresamos pronto, pero todavía nos queda mañana.

Unas cervezas, unas hamburguesas y muchas historias de tiempos pasados que se escuchan con agrado: algunas suyas, otras mías.

Quizá eso sea lo mejor de algunas salidas.

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Que empiezan con una llamada, continúan con dos bicicletas y terminan alrededor de una mesa, compartiendo mucho más que una ruta.

A veces basta con que uno diga:
Voy contigo”
 


viernes, 11 de septiembre de 2026

Aquella primera página en blanco

Hay recuerdos que permanecen durante muchos años sin que uno sepa muy bien por qué.

Tenía diecisiete años cuando acudí a una entrevista de trabajo. En algún momento me pidieron que escribiera una redacción de tema libre. Supongo que querían comprobar mi facilidad para expresarme por escrito, mi conocimiento de la ortografía o, sencillamente, cómo era capaz de desenvolverme ante una hoja en blanco.

La situación se me quedó grabada: una hoja delante y la necesidad de empezar sin saber muy bien qué escribir.

Y entonces hice algo que, visto desde hoy, me resulta curioso. En lugar de buscar un tema sobre el que escribir, empecé a describir lo que estaba sucediendo: la hoja, aquel momento, la dificultad de encontrar un comienzo. No sabía entonces que acababa de encontrar una manera de salir del problema.

Han pasado más de cincuenta años y me sigue ocurriendo.

Me siento delante del ordenador. Tengo que escribir algo y, durante unos instantes, no sé qué. Busco una idea, una historia, algo que merezca la pena contar. Nada parece suficiente.

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Hasta que me doy cuenta de que estoy haciendo lo mismo que aquel muchacho de diecisiete años: cuando no encuentro qué escribir, empiezo por escribir sobre no saber qué escribir.

Es curioso comprobar que algunas cosas cambian mucho con los años y otras apenas lo hacen. La hoja de entonces se ha convertido en una pantalla. La entrevista quedó muy atrás. El muchacho de diecisiete años también. Pero el momento de empezar sigue siendo parecido.

Y vuelvo a mirar la pantalla.

Pienso en aquella redacción.

No recuerdo lo que escribí. Recuerdo que no sabía qué escribir. Y que, finalmente, escribí sobre ello.

Aquello pudo ser una pequeña lección aprendida sin darme cuenta: cuando no sabes por dónde empezar, puedes empezar precisamente por eso.

No hace falta tener una gran historia preparada. Basta con poner sobre el papel lo que tienes delante en ese instante: una duda, una historia, una dificultad, incluso el silencio que se ha instalado al otro lado de la pantalla. Después, la propia escritura irá diciendo si había algo más.

Eso es lo que hago ahora muchas veces. Empiezo sin saber exactamente a dónde voy y, mientras avanzo, aparecen ideas o sensaciones que no estaban del todo claras cuando me senté.

A veces descubro que no había nada. Otras, que sí.

Y empiezo a entender por qué aquella escena de los diecisiete años ha permanecido conmigo durante tanto tiempo. No por la redacción. Ni siquiera por aquella entrevista. Sino porque, sin saberlo, encontré una forma de empezar.

Cuando la página está en blanco y no sé qué decir, empiezo por contarlo.

Y después, ya veremos dónde nos lleva.

Cierras el ordenador.

La habitación vuelve a quedarse en silencio. 


domingo, 6 de septiembre de 2026

Septiembre vuelve a la montaña

Un camino conocido, unas fuentes diferentes y una imagen difícil de olvidar

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Septiembre ha llegado casi sin avisar. Agosto quedó atrás hace apenas unos días y la vuelta a la rutina empieza a hacerse notar. Unos ya la han retomado; otros todavía apuran sus últimos días. Nosotros seguimos encontrando buenas razones para volver a la montaña.

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Esta mañana, en Revenga, nos reunimos Alfonso, Andrés, Ángel, Enrique, Fer y Santi. A nosotros se une Galo, que ha llegado en bici desde El Espinar. Siete amigos y por delante una nueva mañana de montaña.

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¿He dicho siete…? Cuando ya estamos dispuestos a arrancar, llega Nacho, que ha apurado el sueño al máximo. Pero no es el único: mientras esperamos a que se prepare, aparecen Ernesto y Pawel.

Ahora sí.

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La primera referencia vuelve a ser la antigua Casa de Esquileo y Venta de Santillana. Sus ruinas permanecen allí, vencidas por el tiempo.

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Cuesta no pensar en todo lo que ha sucedido alrededor de estas piedras. Hubo un tiempo en que aquí había actividad, viajeros, pastores, animales y conversaciones. Hoy apenas quedan muros y recuerdos, pero nosotros seguimos adelante.

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En la Fuente de San Pedro hay compañeros que hacen una primera parada para reponer los bidones, sin saber que no tendremos demasiadas oportunidades más adelante. El agua fresca siempre encuentra una buena excusa para detener una bicicleta.

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Después, la Cruz de la Gallega y el camino hacia la Fuente de los Pastores, donde el terreno empieza a ganar altura y el grupo se estira. Pero sabemos que la excusa de una fotografía acabará juntándonos

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De nuevo en marcha. Unos encuentran su ritmo con facilidad; otros prefieren tomárselo con algo más de calma. No hay prisa… bueno, para algunos. Sabemos que más adelante volveremos a encontrarnos. Galo, que ha compartido con nosotros este primer tramo, se despide en este punto y continúa su camino.

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El camino nos lleva hacia La Camorquilla, uno de esos lugares que, después de tantos años, han dejado de ser simplemente un punto más en el recorrido. Nos desviamos para acercarnos a ella y, cuando llegamos, el valle de Valsaín vuelve a abrirse ante nosotros.

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Peñalara, las Cabezas de Hierro, Siete Picos y el Montón de Trigo aparecen una vez más en el horizonte. Los mismos nombres, las mismas montañas y, sin embargo, nunca exactamente el mismo paisaje. Las hemos visto cambiar con las estaciones, bajo el sol del verano, envueltas en niebla y, alguna vez, cubiertas de nieve. Quizá por eso seguimos volviendo.

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Hoy apenas conseguimos la fotografía deseada. Hemos coincidido con un grupo de andarines y todos quieren su foto. Habrá que volver.

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Desde aquí el camino avanza entre la Majada del Cochino y la Majada del Escorial, junto al nacimiento del arroyo de las Pamplinas. El paisaje hace que el esfuerzo pase casi inadvertido y, poco después, alcanzamos la Fuente de la Reina, otro de esos lugares que forman parte de nuestra particular geografía ciclista.

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Hemos llegado hasta aquí muchas veces y, sin embargo, nunca parece una parada rutinaria. La fuente, que tantas veces nos ha dado consuelo con su agua fresca, hoy nos duele verla hacer un último esfuerzo: apenas sale agua y, además, sale sucia.

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Retomamos la marcha y, unos metros antes de tomar el desvío, aparecen las ruinas de la antigua Venta de la Fuenfría. Durante siglos un lugar de paso para viajeros, arrieros e incluso comitivas reales que cruzaban la Sierra. Hoy, apenas unas piedras desperdigadas y algún resto de muro nos recuerdan que aquí hubo un lugar lleno de vida.

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Tomamos el desvío junto a las antiguas ruinas y el camino comienza a perder nivel. Ahora toca disfrutar de la bajada, aunque sin confiarse demasiado: una piedra, una raíz o una curva pueden recordarnos en cualquier momento que seguimos en la montaña.

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El descenso nos conduce hasta la Fuente de Palominos, donde volvemos a reagruparnos con la esperanza de conseguir agua. Apenas nos ofrece un hilillo. La falta de agua es evidente.

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Continuamos por el camino de Cabezagatos, rodando con tranquilidad y reservando fuerzas para lo que todavía queda. El grupo vuelve a estirarse. Los que van delante saben que les tocará esperar y los que vienen detrás saben que, tarde o temprano, volverán a encontrarse con los demás. Una pequeña coreografía que repetimos tantas veces que ya forma parte de nuestras rutas.

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El terreno nos lleva hasta el arroyo del Horcajo, que desciende desde las laderas del Montón de Trigo. Superamos el paso sin problemas y, al otro lado, comienza uno de esos tramos que ya conocemos de sobra: el Camino Forestal de Empalado, que desde hace años llamamos «matahombres».

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Aquí la pendiente aprieta y, durante unos setecientos metros, cada uno se concentra en sus pedales, en la rueda que lleva delante y en encontrar el mejor sitio para superar el desnivel. Esta vez no nos reunimos todos arriba; algunos aguardamos a los más rezagados. Recuperamos el aliento y aparece alguna sonrisa de satisfacción.

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Vadeamos después el arroyo del Retamar, al pie del Collado de Río Peces, y nos internamos en el Pinar de la Acebeda. Aquí la ruta cambia de carácter. El bosque nos envuelve y las bicicletas avanzan entre árboles, sombras y pequeños repechos que ya no parecen tener demasiada importancia.

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Durante un buen rato dejamos de pensar en pendientes, kilómetros, desniveles. Simplemente rodamos. El pinar tiene algo especial, quizá por la sombra, el silencio, el olor de la tierra y de los árboles, o simplemente porque llevamos muchos años pasando por aquí y ha terminado siendo parte de nuestra memoria.

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Después llega la Senda de la Desesperada, que siempre encuentra alguna manera de recordarnos que el monte no entiende de nombres amables. Tomamos el Camino Forestal Río Peces y dejamos atrás el Puente de Vado de Arrastraderos.

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Comenzamos un descenso rápido por el Camino a Cabezagatos. La mañana empieza a quedarse atrás y todavía nos queda camino hasta Revenga, pero lo más importante ya está hecho.

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Tomamos un desvío por la Senda del Acueducto y nos plantamos junto al embalse de Puente Alta para la última fotografía.

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Pero lo que vemos nos deja sin palabras.

Sus aguas están al nivel más bajo que hemos conocido en muchos años.

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Durante la mañana hemos pasado junto a fuentes que intentaban disimular la realidad y hemos cruzado arroyos cuyo caudal tampoco era el de otras veces. Hasta llegar aquí han sido pequeñas señales que quizá preferíamos no interpretar.

Ahora ya no hay forma de mirar hacia otro lado.

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Hace pocos días llorábamos por el monte herido por los incendios. Hoy volvemos a mirarlo y encontramos otra herida: la falta de agua. Son dos formas distintas de perder lo que queremos, pero las dos duelen cuando conocemos estos caminos, cuando hemos bebido de sus fuentes y hemos cruzado sus arroyos tantas veces.

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Nos vamos, sin embargo, con la satisfacción de una buena mañana. Hemos vuelto a encontrarnos, hemos compartido caminos, conversaciones y risas; hemos esperado a los que venían detrás y hemos vuelto a reunirnos delante.

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Volvemos hacia Revenga. La ruta termina, pero queda esa imagen en la memoria, una de esas que uno guarda sin saber muy bien por qué y que, con el tiempo, acaba adquiriendo otro significado.

Ojalá la próxima vez que pasemos por aquí tengamos que esforzarnos para recordar cómo encontramos Puente Alta este domingo.


jueves, 3 de septiembre de 2026

El motor invisible (y el otro, el de batería)

Reconozco que el concepto de “motor” ha cambiado para mí.

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Y no hablo solo de esa batería que ahora me ayuda a que algunas rampas de la Sierra no me miren con tanta soberbia. Eso es mecánica, vatios y autonomía. Lo justo para entendernos. Hablo del otro motor, el que no se enchufa cuando llego a casa.

Sé que alguno sonreirá al leerme —ya sabéis que en el grupo bromear con el motor ajeno es tradición—, pero mientras mis piernas reciben una ayuda que antes no tenían, mi cabeza sigue haciendo buena parte del trabajo.

Porque lo que realmente me hace levantarme un domingo, con frío o con calor, no es la capacidad de la batería, sino las ganas de salir, de pedalear y de seguir encontrando algo al otro lado del camino.

Y quizá ese sea el motor más importante: el que no se ve ni se puede medir.

Este blog también forma parte de ese motor. Cada ruta, cada fotografía y cada palabra me mantienen conectado a la vida, a los recuerdos de lo que fue y a todo lo que aún espera su turno.

Pedaleo para sentir el camino bajo las ruedas, para descubrir de nuevo lugares que creía conocer y para comprobar que la Sierra todavía puede sorprenderme. Y escribo para que lo vivido no termine cuando guardo la bicicleta: para darle a cada salida un segundo recorrido, esta vez en silencio, a través de las palabras.

Durante años pensé que el motor estaba en las piernas. Después descubrí que también estaba en la voluntad. Y con el tiempo he entendido que hay motores que no sirven para llevarte más deprisa ni para subir con menos esfuerzo, sino simplemente para ayudarte a seguir avanzando.

La bicicleta ofrece asistencia cuando hace falta. La Sierra pone los caminos. Y el blog conserva lo que queda tras haberlos recorrido.

Así que sí, llevo motor. Dos, para ser exactos.

Uno me ayuda a subir las cuestas. 

El otro es el que, todavía hoy, me hace seguir buscando el camino.

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Domingo, 6 de septiembre de 2026

Al final, por mucho que hablemos de motores, hay cosas que solo se entienden cuando volvemos a poner las ruedas en movimiento.


Y eso es precisamente lo que vamos a hacer.

Hora de encuentro: 8:45

Lugar de encuentro: Aparcamiento junto a la vía de servicio en Revenga.