Últimamente, no hay día en que las noticias no mencionen la inteligencia artificial.
Nuevas aplicaciones, máquinas que aprenden,
que escriben, que crean imágenes, que conversan… Cada
poco tiempo surge algo nuevo y, a veces, cuesta seguir el ritmo.
Reconozco que algunas de esas noticias me
generan cierta inquietud.
No sé hasta dónde llegará esta evolución, ni
cómo transformará nuestras vidas en los próximos años, quizá en muy pocos. Puede que ni siquiera sepamos todavía qué preguntas deberíamos hacernos.
Hay otra manera de mirar todo esto.
Tengo 70, y he vivido una transformación
tecnológica que, vista desde mi infancia, habría parecido ciencia ficción.
He pasado de un mundo sin internet, sin
teléfonos móviles y sin GPS, a llevar hoy en la bicicleta un dispositivo que
registra mi recorrido, mi frecuencia cardíaca, el desnivel, la velocidad… e
incluso puede guiarme por un sendero de la Sierra de Guadarrama.
Y aquella bicicleta de nuestra infancia, tan
simple y tan noble, hoy puede llevar un motor, una batería y una tecnología que
nos permite afrontar caminos que antes quedaban fuera de nuestro alcance.
Lo que para un niño de entonces habría
parecido imposible, hoy forma parte de una salida cualquiera en bicicleta.
Por eso, junto a cierta inquietud, surge otra
sensación mucho más poderosa: la curiosidad.
Soy plenamente consciente de que no voy a
conocer el desenlace de muchas cosas que ahora apenas están comenzando.
Y, sin embargo, me gustaría seguir siendo
testigo de lo que venga.
Me interesa saber hasta dónde llegará esta
revolución, qué cosas que hoy parecen imposibles acabarán formando parte de
nuestra vida cotidiana y cómo será el mundo que encontrarán quienes vienen
detrás.
Y quizá por eso me recuerda a cuando
pedaleamos por la montaña.
Subimos una pendiente y, al coronar, aparece
otra loma delante. A veces sabemos por dónde
sigue el camino; otras, no. Desde lo alto intuimos un
valle, un bosque o una pista que se pierde entre los árboles.
No sabemos exactamente qué encontraremos
detrás.
Pero queremos seguir.
Quizá esa sea una de las cosas que no
deberíamos perder con los años: las ganas de descubrir.
Cuando somos jóvenes creemos que tendremos
tiempo para conocerlo todo. Después comprendemos que no
es así. Hay
demasiados caminos, demasiadas montañas y demasiadas cosas que quedarán fuera
de nuestro alcance.
Y entonces podría aparecer la resignación. O podría aparecer la curiosidad. Yo prefiero la segunda, porque hacerse mayor no debería significar dejar de preguntarse qué habrá un poco más allá.
No necesito conocer lo que hay detrás de cada montaña para disfrutar de la que tengo delante.
Quizá algún día llegue un momento en que ya no pueda hacerlo en bicicleta.
Domingo, 27 de septiembre de 2026
Tal vez esa sea la razón por la que seguimos
montando en bicicleta.
Todavía nos apetece descubrir caminos que no conocemos, volver a otros que
creíamos olvidados y comprobar qué queda un poco más allá.
Mientras
haya curiosidad, habrá un motivo para salir.
Hora de encuentro: 🕣 8,45
Lugar de encuentro:📍 Calle Almacenes - Cercedilla