domingo, 17 de mayo de 2026

La ruta de La Mariposa desde San Rafael

Entre Peguerinos, trialeras y cuentas pendientes

Hay rutas que no tienen edad; basta un suave maquillaje y algún retoque para que vuelvan frescas y lozanas.

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La Mariposa” llevaba tiempo revoloteando alrededor del grupo sin llegar a posarse del todo. La primera vez fue una avería. La segunda, la lluvia.
Siempre aparecía algo capaz de dejarnos otra vez con la sensación de ruta pendiente.

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Por eso este domingo tenía un aire distinto incluso antes de empezar. Había cierta curiosidad por comprobar si, esta vez sí, lograríamos completar por fin ese recorrido.

Acudimos 14 curiosos: Andrés, Ángel, Carlos, Enrique, Fer, Fernando, Galo, Jesús, Luis Ángel, Pawel, Rafa, Raúl, Santi y Alfonso. Y aunque la mañana parecía conceder una tregua, algún chubasquero aún daba colorido, como quien todavía no termina de fiarse del todo del cielo ni de la suerte.

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Salimos desde San Rafael y el primer tramo nos llevó, casi sin darnos cuenta, hasta el puente de madera y metal sobre el Arroyo Mayor. El río, bajo y contenido, parecía más tránsito que obstáculo.

Después, el camino comenzó a ganar altura hacia el Mirador de la Peña del Águila, donde el paisaje se abre y siempre termina reteniendo a alguien para una foto.

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El ascenso hasta el Collado del Hornillo es conocido y familiar, cada uno ya sabe dónde aguantar y dónde apretarse. Arriba, punto de cruce y respiro; de esos lugares donde el grupo se recompone antes de volver a dejarse caer por la vertiente.

Los restos de algunas cortas recientes aparecen durante buenos trechos de la ruta, dando pie a que unos tomemos el sendero habitual y otros prefieran bajar por la pista.

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Nos adentramos en una zona boscosa, entre senderos que se entrecruzan, ramas caídas y algún árbol seco que ya se rindió. Avanzamos haciendo regates a cada metro. Incluso el arroyo del Collado del Hornillo y el arroyo de la Aceña quieren jugar con nosotros, poniendo trabas a nuestro paso.

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Aquí apenas entra el sol, lo que le da a la zona un encanto especial. Vamos pendientes del compañero y del GPS, atentos al trazado y, aun así, habrá un par de caídas. Afortunadamente, solo quedaron en algún golpe y el susto.

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Y entonces, casi sin anunciarse, cuando Enrique pregunta aquello de: “pero ¿dónde está?, nos topamos con el Monumento a la Mariposa. Un punto discreto en el mapa, pero con la carga simbólica suficiente como para que uno se detenga y deje reposar las prisas.

Monumento a La Mariposa
Monumento a La Mariposa
Desde ahí, el recorrido vuelve a internarse en estrechos senderos, zonas de lanchas de piedra, repechos cortos y algunos pasos complicados, siguiendo su curso hacia el Albergue Casa de la Cueva.

La Casa de la Cueva
La Casa de la Cueva

¿Nueva foto de grupo?... O casi de grupo. Jesús hace la foto y Fer ya aguarda más adelante, indicando por dónde sigue el trazado, con un descenso técnico hacia el arroyo de Navalacuerda. Habrá quienes optemos por bajar más rápidos por la pista.

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El Embalse de la Aceña, a los pies de Peguerinos, aparece entonces sereno, reteniendo con calma toda el agua que es capaz de guardar, con una calma que invita a bajar un punto el pulso.

Embalse de la Aceña

No estamos todavía todos juntos. Los compañeros van llegando poco a poco y empiezan los comentarios:
Yo voy tirando…”,
Voy a subir muy despacio; te vas a aburrir si me acompañas”,
Me encantan las trialeras, pero aquí lo paso mal…”.

En el fondo, distintas maneras de decir lo mismo: que cada uno subirá a su ritmo.

Embalse de la Aceña
Embalse de la Aceña
Nos esperan algo más de dos kilómetros de ascenso, con el embalse como testigo silencioso de nuestro esfuerzo. Pero lo más duro está aún por llegar y a ninguno se le escapa: las temibles pistas de hormigón, con desniveles que a cada cual ponen en su sitio.

Embalse de la Aceña

Atravesamos la Majada del Viento, que hoy no concede ni una brizna de alivio y deja abiertas las puertas a un sol que quiere hacerse notar. Un breve descanso para reagrupar y… adelante.

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La ruta aún guardaba kilómetros. Avanzamos por el Camino de los Trampales, siempre reteniendo agua… ¿verdad, Pawel? Después, una pista nos aleja del embalse de Cañada Mojada y nos empuja, siempre en ascenso, hacia la fuente de Fernando Benito, donde el agua fresca sabe mejor que nunca.

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Bajamos el ritmo… o no, porque ya sabemos que lo más duro ha quedado atrás y el Collado de la Gargantilla nos aguarda. Pero no conseguimos volver a reunir al grupo. Unos se han despedido y otros parecen tener prisa… o prefieren afrontar el complicado descenso sin compañía.

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Un respiro antes de pasar junto a la fuente de Juan Belver e iniciar el descenso, muy roto, por el camino de los Arteseros, donde cada uno pondrá a prueba su memoria del mejor trazado, con el resto de los sentidos trabajando al cien por cien.

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Algunos pondremos pie en tierra en algún momento, pero también nos sorprenderá vernos capaces de superar zonas muy pedregosas, de fuerte pendiente, que quizá hace tiempo habríamos evitado.

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Junto al puente sobre el arroyo Gargantilla, llegan los suspiros de alivio y de satisfacción… Cruce de sonrisas y felicitaciones.

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Fer todavía se atreve a sugerir que la ruta podría ser un poco más larga, pero la respuesta general es inmediata: “Está bien como está… ¡uf!”


miércoles, 13 de mayo de 2026

El piñón que guardé sin saber por qué

He cambiado de bicicleta, pero no puedo seguir con la nueva sin rendir honores a las que me trajeron hasta aquí... a todas esas compañeras de ruta que me enseñaron a subir, a caer y, sobre todo, a seguir.

AlfonsoyAmigosRebuscando en el fondo de un cajón, entre herramientas viejas y recuerdos de otras rutas, me he encontrado con él: un simple piñón de once dientes. El más pequeño de un casete que ya no gira.

Al sostenerlo, pesa más de lo que debería; y no es por el metal. 

Tiene los bordes gastados, redondeados por algo más que el uso, sin rastro del brillo que tuvo hace años.

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Lo paso entre los dedos y casi puedo sentir la fatiga de aquellas subidas interminables y el crujido de la cadena al tensarse. Conserva el polvo de caminos que quizá ya no existan y el eco de las piedras que hacían vibrar el manillar cuando apenas empezaba en esto.

Sus marcas no son defectos; son cicatrices. Señales de un camino que me ha permitido llegar hasta la bici que hoy tengo entre las manos.

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A menudo nos obsesionamos con el equipo perfecto, con los componentes relucientes y la última tecnología. Pero este pequeño trozo de acero oxidado me recuerda que el valor nunca estuvo en el brillo.

Mientras lo guardo de nuevo, pienso que quizá un día yo también acabe como este piñón: gastado por los años… pero con la mirada puesta en nuevos caminos, aunque sean distintos.

Ahora entiendo que no lo guardé por nostalgia, sino porque en él sigue latiendo una parte de mí que nunca ha dejado de pedalear, incluso cuando la vida apretaba más que cualquier pendiente.

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Después de mirar atrás por un instante, toca volver al camino y seguir sumando rutas.

Sábado, 16 de Mayo de 2026 

Viendo las malas previsiones para el viernes, Enrique nos ha pedido que la pasemos al sábado para aquellos que queráis acompañarle en La Pedriza, con la intención de alcanzar el alto de La Nava. 

Hora de encuentro: 8,45

Lugar de encuentro: Aparcamiento a las puertas del Club Hípico, antes de llegar al aparcamiento de La Pedriza

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Domingo, 17 de Mayo de 2026

La Mariposa nos aguarda.

Hora de encuentro: 8,45

Lugar de encuentro: Paseo Rivera de San Rafael


domingo, 10 de mayo de 2026

Valientes u optimistas incorregibles

Ruta MTB en San Rafael con lluvia y frío en la Sierra de Guadarrama 

Hay muchas formas de negacionismo, pero en el mundo MTB existe una especialmente curiosa: ver previsiones de lluvias intensas, cielos cerrados y avisos desalentadores… y seguir defendiendo la ruta del domingo como si nada.

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El jueves ya advertí que el tiempo venía torcido. Pero no tardó en aparecer esa confianza ciega tan propia de algunos compañeros: “luego seguro que no es para tanto”. Así que la propuesta siguió adelante, afinando horarios y puntos de encuentro como si el sol fuera una certeza.

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Tal vez no sea negacionismo. Quizá sea solo la dificultad de aceptar que la montaña también decide y no entiende de ganas acumuladas durante la semana. O puede que sea justo lo contrario: una forma de resistencia, esa necesidad de creer, hasta el último minuto, que siempre queda una rendija por donde escaparse a los caminos.

Y aprovecharla

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Tiene que ver con estos tiempos raros de cielos cambiantes. Hace años mirábamos menos el cielo; la lluvia era una compañera más, no una amenaza. Pero este año el agua se ha instalado con una constancia agotadora que nos obliga a replantear cada salida.

Este domingo, al final, se reunieron en San Rafael Fer, Luis Ángel y Raúl. La lluvia dejó claro desde temprano que no era día de senderos. Y, aun así, hay algo valioso en ese encuentro. Con el tiempo uno comprende que hay vínculos que ya no dependen exclusivamente de dar pedales.

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La prudencia manda y hay que saber renunciar cuando la montaña se pone seria. Pero incluso en los domingos “perdidos” todavía hay quien aparece para compartir un chocolate caliente mientras el agua golpea los cristales.

La ruta prevista quedó aplazada de nuevo. En su lugar surgió otra, más improvisada, pasada por agua y con el frío ganando terreno. A pesar de todo, los tres volvieron con esa satisfacción que solo entiende quien necesita seguir pedaleando, aunque sea contra la lluvia.

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jueves, 7 de mayo de 2026

El pan y la mano

Había una vez un anciano que, fiel a su costumbre, salía cada día a comprar el pan, sin prisa, bajo el sol o la lluvia, en cualquier estación. Después buscaba siempre el mismo banco del parque y dejaba caer a sus pies algunas migas. Al principio, solamente acudieron palomas, que recogían el sustento y se marchaban.

Con el tiempo, entre el bando gris empezaron a aparecer pequeños pajarillos, más inquietos, más vivos. El anciano, tras tantas mañanas de silenciosa observación, era ya capaz de reconocer a algunos. Temerosos, huidizos, echaban a volar apenas él movía un dedo.

Sin embargo, en una ocasión, un par de esos pajarillos vencieron el recelo. Comieron directamente de su palma y, con el tiempo, permitieron incluso que los acariciara sin huir.

Un día, otro hombre se acercó y le dijo con un suspiro: “Cómo envidio lo que te quieren estos animales”.
El primer anciano alzó su mirada y, con serenidad, le respondió: “No es que unos valgan más que otros; cada uno llega de una manera distinta. Las palomas vienen y se van con el pan. Pero estos pajarillos… estos se quedan.”

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A menudo, cuando preparo nuestras rutas y escribo estas líneas, vuelve a mí la imagen del anciano en su banco.

Cada semana salgo a buscar el “pan” de un nuevo camino, de una aventura que ofrecer. Hay quienes acuden por la belleza del trazado, por el reto de la montaña o por la seguridad de rodar en compañía. Son motivos nobles, y todos hemos sido alguna vez esa paloma que busca el sustento del grupo.

Pero la verdadera magia ocurre cuando, además del track, compartimos ese latido que da sentido al camino. En los momentos de duda aparecen quienes saben que una mano amiga sostiene mucho más que el equilibrio sobre la bici, y que en la ruta lo esencial no es compartir kilómetros, sino permanecer.

Mi mayor recompensa no está en ver el grupo reunido en cada salida, sino en sentir que el camino sigue siendo un lugar donde, sin necesidad de decirlo, nos sentimos arropados.

Este domingo, la mano vuelve a estar abierta. Para quienes buscan el pan, y para quienes ya han hecho de este camino un lugar donde simplemente estar. En la montaña, siempre habrá migas… y un latido que, sin decir nada, nos hace volver.

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Domingo, 10 de Mayo de 2026


Este domingo regresamos a la ruta de La Mariposa para compartir algo más que paisajes. 

La última vez el camino quedó incompleto por la avería de un compañero, y este domingo volvemos para terminar el dibujo que dejamos a medias. 

Hora de encuentro: 8,45

Lugar de encuentro: Paseo Rivera de San Rafael


domingo, 3 de mayo de 2026

Retomar el hilo

Entre la duda del cielo y la certeza del grupo

(Ruta MTB por Abantos y Malagón desde El Escorial en día de lluvia y niebla)

Tras varios domingos de ausencia, el reencuentro con el grupo tenía algo de pequeño regreso a casa.

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El día anterior no había parado de llover y la mañana no pintaba bien. Amanecía gris, sin un solo rayo de sol que animara a salir. El sonido de la lluvia parecía susurrar: “tómate una semana más de descanso”.

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Acudo al punto de encuentro con esa incertidumbre contenida de quien no sabe qué se va a encontrar: si habrá algún compañero que se anime o si, esta vez, la lluvia habrá ganado la partida.

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En unos minutos se aclaran las dudas: en el aparcamiento de El Tomillar, en El Escorial, ya estamos Andrés, Fer, Juan, Nacho, Samuel, Pedro, Raúl y Alfonso. Bastan las miradas, los saludos y esa forma de retomar las rutinas —como si el tiempo intermedio hubiera sido solo una pausa breve— para volver a sentirme bien.

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Las ausencias son normales en estas fechas. El Día de la Madre siempre deja huecos en el grupo, y entre los que estamos se percibe un acuerdo tácito de no alargar la jornada más de lo necesario.

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A mí me preocupa más otra cosa: llevarme bien con los vértigos, lo justo como para estar en la ruta sin más sobresaltos que los que quiera traer la lluvia, si es que aparece.

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Los coches quedan atrás y nosotros iniciamos la marcha tomando altura por la pista ya conocida. Tenemos por delante cuatro kilómetros de ascenso hasta el Mirador de la Penosilla (1261 m), parada obligada para la foto. Un tramo zigzagueante por la ladera de Abantos, en el que el cuerpo va entrando en calor sin darse cuenta. Pero hoy el telón de fondo solo serán nubes.

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Avanzamos a buen ritmo por buena parte de la carretera de Peguerinos a El Escorial, en la ladera de la sierra, dejando atrás la subida y aprovechando un tramo más rodador. A un lado, los miradores hacia el Monasterio apenas abren el paisaje entre nubes y recuerdan la altura alcanzada.

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Más adelante aparece la Fuente de la Concha, siempre discreta, más punto de paso que destino. Hoy paramos a coger agua. He olvidado mi botija en el coche y Raúl no duda en compartir la suya conmigo. Gestos que, en la montaña, valen el doble.

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A partir del kilómetro nueve, la pista vuelve a ganar desnivel de forma constante. Ponemos rumbo al Puerto de Malagón (1590 m). Andrés y Nacho ya salieron ayer a rodar, pero sus piernas no parecen resentirse… de momento.

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Ya en el puerto, el aire fresco arranca un suspiro profundo y relaja las caras. El embalse del Tobar se deja ver a muy buen nivel; la lluvia sigue ausente, pero la niebla empieza a cubrirnos y la temperatura ha bajado de golpe. Hay momentos de duda, pero quienes hoy hacen doblete son los primeros en animar al resto a seguir. El esfuerzo se hace más evidente.

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Hace ya un tiempo que buena parte del camino fue arreglado y, entre el mejor estado del firme y la fuerza de los compañeros, en un abrir y cerrar de ojos estamos junto a la blanca cruz que marca la cima del Abantos (1753 m). Una foto rápida: no queremos quedarnos fríos y el paisaje sigue oculto.

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El objetivo de la ruta era alcanzar el Refugio de La Naranjera, un lugar que siempre nos recibe como si nos conociera, pero la prudencia aconseja no alejarnos más sin la certeza de que el sol pueda abrirse paso.

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La renuncia me da pie a enseñar a los compañeros un descenso nuevo, no exento de pedrolos, por la zona de Los Tientos, desviándonos antes del portillo del pozo de nieve. Recorremos la línea que delimita San Lorenzo de El Escorial de Santa María de la Alameda. 

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Creo que el nuevo tramo les ha gustado, pero tendremos que volver otro día, cuando el paisaje se deje ver, porque merece la pena, os lo aseguro.

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Estamos de nuevo en el puerto de Malagón, pero ahora ya no hay parada. Seguimos adelante, por pista o por alguna senda a la que algunos no quieren renunciar, hasta el desvío hacia las “zetas”. Solo Andrés, que prefiere excusarse, y Juan —por precaución, al haber olvidado el casco en casa— optan por seguir descendiendo por pista.

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La trialera está más asentada que nunca tras las últimas lluvias y pronto pierdo de vista a los compañeros, que disfrutan la bajada. Yo voy más atrás con Pedro, que me escolta ante posibles incidencias… y aparecen: un llantazo contra una piedra me hace perder aire en la rueda trasera. Como era de esperar, pero siempre se agradece, no faltan manos dispuestas a ayudar.

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Cuando apenas nos quedan cuatro kilómetros, se me ocurre comentar: “Y nos hemos librado de la lluvia”, justo cuando una primera gota se estrella contra mis gafas. No queda más remedio que detenerse a comprobar la lealtad del chubasquero.

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Iniciamos un descenso muy rápido, en una especie de contrarreloj con el agua, que va ganando en intensidad. Para cuando llegamos a los coches, ya es un auténtico chaparrón. Samuel volverá a casa en bicicleta, soportando la ira de los cielos.

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El resto, con una cerveza en la mano, dejamos que escampe mientras compartimos risas. Una circular ya conocida, aunque la montaña nunca repite una ruta del todo.

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La salida estaba marcada por una atención especial a las sensaciones. Sin dramatismos, solo atento a lo que el cuerpo transmitía. Y, sin embargo, todo fue encajando, como si la continuidad no se hubiera roto del todo.

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Al final, lo que queda no es la lista de lugares recorridos, sino esa sensación de haber retomado un hilo que sigue ahí, esperando a ser recogido de nuevo en la siguiente salida.

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Gracias a los compañeros, que no dejaron de estar pendientes de mí durante todo el camino.