domingo, 8 de marzo de 2026

¿Quién teme a Regina?

Desafiando a la borrasca en los senderos de Valmayor

Hay quien ve una borrasca con nombre propio en el mapa del tiempo y da el domingo por perdido. Se encierra en casa, pone la cafetera y observa los cristales empañados con el alivio del que se sabe a salvo.

El grupo desafiando a la borrasca Regina en los senderos de Valmayor

Nosotros, en cambio, publicamos la convocatoria el jueves bajo un cielo color arcilla que no auguraba nada bueno. Pero el destino era Valmayor, nuestra zona fetiche, y allí, entre el polvo sahariano y el viento caprichoso, las nubes siempre parecen jugar a otra cosa.

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Este domingo, al levantarme, la lluvia golpeaba con ganas los cristales. Hay rutas que se ganan en ese instante: cuando apagas la alarma y decides plantarle cara al nombre que le hayan puesto a la borrasca de turno. Hay algo magnético en nuestras citas; siempre preferimos comprobar nosotros mismos si el lobo —o en este caso, Regina— es tan fiero como lo pintan.

Y fuimos: Andrés, Enrique, Ernesto, Jesús, Luis Ángel, Rafa, Raúl, Santi y Alfonso.

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Empezamos con calma tanteando el terreno y esquivando charcos, pero pronto soltamos frenos bajando hacia Navalquejigo.

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Allí nos llevamos el sobresalto del día cuando un perro suelto, fuera de sí —quizá asustado por nuestro paso—, le lanzó un viaje a Jesús y le marcó el gemelo con un colmillo. Un lance feo que pudo ser peor pero que, tras la lógica preocupación por el compañero, decidimos dejar atrás para no perder el ritmo.

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Tuvimos un paso complicado al vadear el arroyo Ladrón, justo por debajo del embalse de Las Lagunas, lo que nos puso a prueba antes de enfilar hacia Valmayor.

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Todos disfrutamos recorriendo las sendas que nos acercan al embalse, bastante más crecido de lo recordado en años. Esa crecida nos obligó a improvisar alternativas sobre la marcha para esquivar las zonas inundadas, pero mereció la pena.

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Ver a los cormoranes y las gaviotas dueños de las rocas, tan tranquilos, nos confirmó que habíamos acertado viniendo. Y nosotros, mientras tanto, disfrutando de un privilegio raro: ¡Ni gota, ni gota! El grito de guerra de los que terminamos secos a pesar de los malos augurios. Parece que Regina se achicó al vernos llegar.

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Atravesamos la zona urbana de Galapagar y rodamos por terrenos que Raúl se conoce de memoria. No escatimó al proponernos algún sendero "disfrutón" e incluso descender hasta el Puente de la Alcanzorla, sobre el río Guadarrama.

Puente de la Alcanzorla, sobre el río Guadarrama

Ese arco musulmán, vestigio del siglo IX, parte de la antigua vía militar andalusí que unía Toledo con el valle del Duero, impresiona: ahí sigue ese arco de herradura aguantando el tipo frente a las embestidas del tiempo.

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Dejamos atrás la historia y seguimos devorando kilómetros por La Navata. Los toboganes del terreno marcaron un ritmo de esos que no matan, pero que te obligan a llevar el pulso alegre.

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Entre que la ruta volaba y que mi cámara empieza a pedir la jubilación —ya no sabe ni dónde enfocar con tanto trote—, esta vez las fotos escasean.

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Pero no hizo falta más. Volvemos a casa con las piernas calientes, el gemelo de Jesús en proceso de cura y esa satisfacción que solo conocemos quienes no nos quedamos en el sofá cuando el cielo amenaza.

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Al final, Regina resultó ser mucho ruido y pocas nueces. O quizá es que, cuando rodamos juntos, hasta las borrascas se lo piensan dos veces antes de estropearnos el domingo. Mientras otros esperan a que escampe, nosotros ya estamos de vuelta.

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Valió la pena cada pedalada.


jueves, 5 de marzo de 2026

El ritmo de la biela, el pulso de la pluma

Cada ruta, un relato en sí mismo

Toda ruta ciclista nace con la estructura de un buen libro: un punto de partida y ese destino que nos aguarda tras el horizonte.


En el camino aparecen desafíos que ponen a prueba nuestra voluntad, paisajes que cambian como los capítulos de una novela y nudos de dificultad que exigen nuestro mejor esfuerzo. Hay un desarrollo, un clímax —ese último aliento en la rampa definitiva— y un desenlace: el abrazo final, las cervezas o, simplemente, el regreso a casa que cierra el círculo. En esencia, cada salida es una pequeña historia que merece ser contada.

Con los años, he aprendido a mirar el sendero con ojos de cronista. El ciclismo ha terminado siendo mi gimnasio literario, ese lugar donde, en cada salida, afino la mirada para distinguir qué instante merece quedarse.

Así que, la próxima vez que me veas pedaleando, no busques solo a un ciclista quemando calorías. Voy atento a lo que sucede y a lo que se escapa, actuando como reportero de lo efímero, deteniendo el tiempo con mi cámara para que un rayo de luz entre los pinos no se pierda en el olvido.

En cada repecho ordeno frases y construyo párrafos; en cada parada ejerzo de notario, dando fe de nuestro esfuerzo, de las risas y de esa camaradería que solo se entiende cuando se comparte el polvo del camino.

Busco el ritmo de la crónica mientras desciendo, como quien ajusta la respiración antes de la siguiente subida. Porque el legado de estos, ya dieciséis años, no reside solo en las piernas o en los kilómetros: está en la tinta que corre por mis venas, en el objetivo que captura vuestra esencia y en el papel que, fielmente, siempre espera mis palabras.

Pedalead con ganas y levantad la vista en las cumbres; yo intentaré que lo vivido no se disuelva al caer la tarde.



Domingo, 8 de Marzo de 2026

Quería ser fiel a mi cita de los jueves a pesar de la incertidumbre que nos genera la borrasca Regina, que parece venir con el chubasquero y las botas de agua puestas.

Es ese 'vicio' del ciclista que, aun sabiendo que viene agua, no pierde la esperanza de encontrar un hueco para salir.

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Os dejo la convocatoria, pero estaremos pendientes de comprobar, hora tras hora, si el cielo nos abre sus puertas o nos las deja entornadas.

Nos quedamos en terreno amigo.

Hora de encuentro: 8,45

Lugar habitual de encuentro: Calle Granada - Galapagar


domingo, 1 de marzo de 2026

La Maliciosa: el día que la Sierra nos cambió el guion

Hay rutas que ya habitan en la memoria y otras que se diseñan con mucho mimo sobre el papel

La de este domingo pertenece a las segundas; de esas que he ido trazando palmo a palmo, reconociendo en la pantalla cada sendero e imaginando, casi sintiendo, el terreno bajo las ruedas.

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El objetivo estaba claro: llegar hasta el embalse de La Maliciosa. Se lo debíamos a esa lámina de agua paciente, y yo también a mis compañeros. Pero el trazado hoy es diferente, buscando la sorpresa dentro de lo conocido. Y, en verdad, la hubo.

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Partimos desde Cerceda. Allí, con el ánimo alto, nos reunimos los sospechosos habituales: Andrés, Ángel, Gonzalo, Jesús, Juan, Luis Ángel, Pedro, Raúl, Santi y Alfonso. Un grupo dispuesto a cobrarle a la mañana su promesa de buen tiempo. Contamos, además, con el regalo de Fer que, aunque no podía rodar, se acercó para fundirse con nosotros en un abrazo de salida.

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El día amanece con una temperatura agradable, pero bajo cielos que no nos dejarán ver el sol en todo el trayecto. Los primeros kilómetros nos reciben con el rastro de las últimas lluvias: charcos que salpican la marcha y nos obligan a buscar la trazada limpia mientras avanzamos hacia nuestro primer reto: la subida al Mirador de Moralzarzal, solo para ir calentando.

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Sin embargo, pronto empezamos a cruzarnos con ciclistas que lucen dorsales, subiendo y bajando con esa urgencia de quien se prepara para competir. La Sierra hoy no está sola.

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Si hace apenas unas fechas disfrutamos de la adrenalina descendiendo por su trialera, hoy el guion es distinto. Ascenderemos con la pausa que ofrece la pista, saboreando el ascenso y dejando que la montaña se fije en nuestras espaldas.

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Casi sin darnos cuenta, saludamos de pasada a Moralzarzal antes de emprender una nueva subida hacia las Laderas de Matarrubia, mientras el Pico Martillo nos observa. Un poco más de desnivel. ¡Vamos allá!, pero reservad fuerzas. Nos aguardan cinco kilómetros en los que la conversación interior se impone y cada uno negocia con su propia respiración. No hay épica, solo constancia.

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¿Es posible que nos detengamos en el mirador de La Maliciosa? Parece que hoy lo consigo, aunque las nubes bajas nos impiden disfrutar de la vista de las cumbres nevadas. No conviene demorarse; la ruta aún guarda preguntas.

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Ya estamos en el Cerro del Telégrafo (1331 m), un lugar que hemos compartido con el viento, la lluvia, el frío e incluso el calor intenso. Con esta cumbre nos une una vieja amistad. Allí arriba siempre pienso en señales remotas, en mensajes que cruzaban montes mucho antes que nosotros.

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Ahora nos toca descender. El "Camino del Somier" será siempre, para muchos de nosotros, el camino del somier. Poco importa que hace años sustituyeran aquella puerta improvisada de alambres viejos por la actual. La memoria ciclista es terca y fiel a sus nombres originales.

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Un descenso de casi dos kilómetros por cortafuegos nos lanza directos hacia Becerril de la Sierra, donde la competición nos corta el paso. Nos topamos de frente con la organización de "La Rocosa MTB", el Campeonato de Madrid de XCM. Los senderos que debían ser nuestros estaban tomados por la cinta de balizamiento y el esfuerzo ajeno, obligándonos a replantear el destino sobre la marcha.

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Nos ha costado llegar hasta el embalse de Navacerrada, donde nos detenemos un instante para contemplar el espejo de agua. Luce generoso. Verlo así transmite una paz necesaria, pero la prueba deportiva nos impide seguir el track previsto, convirtiendo nuestro avance en un laberinto de tramos cortados.

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Lo mejor, rodear el embalse y atravesar la localidad. Por el camino, un pinchazo y algún extravío, mientras el reloj sigue acumulando minutos para algunos compañeros con compromisos.

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Iniciamos nuevo ascenso, esta vez hacia el embalse de La Maliciosa, a muy buen ritmo mantenido por todos y sin detenernos a rastrear el estruendo del agua. Siento alivio al superar el punto que, en la anterior ocasión, marcó nuestro retorno.

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Cruzamos el puente sobre el río Navacerrada y, más adelante, cuando aumenta el desnivel, la Fuente de la Beceilla nos ofrece agua, pero solo Jesús se detiene por un instante. Aún queda el tramo exigente hasta el Collado de Majaespino, un nombre que evoca antiguos majanos y espinos resistentes al viento.

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Las rampas, sin ser extremas, saben buscar el cansancio exacto y tras el último esfuerzo, aparece el embalse de La Maliciosa (1408 m), ese espejo irregular donde el agua guarda la luz como un tapiz de recuerdos, suyos y nuestros. Hoy, pletórico, mostrando su mejor imagen.

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No puede faltar la foto de grupo con este escenario, aunque confieso que siempre es una batalla perdida conseguir que todos sonrían a la vez a la cámara.

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Ya de regreso, por un camino más al sur, alcanzamos el collado de los Escondidos; un lugar que guarda entre sus piedras historias de huidos y senderos de estraperlo, recordándonos que estos parajes que hoy recorremos por placer fueron una vez rutas de supervivencia. La cuesta es empinada, a veces rota, con arena o gravilla suelta. ¡Ojo a los resbalones!, grito al ver a Juan perderse por delante de mí.

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En curva nos desviamos hacia la Vereda de Mataelpino y, antes de llegar al pueblo, cruzamos la M-617. No puedo remediarlo, busco con la mirada aquel rincón donde un espino me arrancó un trozo de maillot. Un pequeño tributo que se quedó en el monte. Nos restan pocos kilómetros. El Alcornoque de Prado Guerrero intenta saludarnos, pero ya solamente pensamos en un rápido rodar hacia el final, ni lo vemos.

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Lo que queda es otra cosa: la sensación de haber atravesado un territorio que no solo se recorre con las ruedas, sino también con lo que cada uno trae dentro.

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Me invade una euforia serena: por haber sintonizado con la bicicleta como hacía tiempo, por comprobar con alivio que la nueva medicación no ha podido con mis ganas y, sobre todo, por el orgullo que siento hacia mis compañeros. Han aceptado cada kilómetro extra y cada metro de desnivel —llegando a esos 1043 m finales— con la elegancia de quien sabe que lo importante no es la meta, sino el viaje.

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Como siempre, el mapa solo marca el camino, pero es la amistad la que le da sentido a cada pedalada.