Una ruta dura, nuevos caminos y una mañana para recordar
Lo desconocíamos, pero este domingo se
celebraba en Cercedilla la XXXIX edición de la Carrera de las Dehesas, con sus
tres modalidades.
Aparcar en nuestro punto de encuentro habitual
resulta imposible, así que no queda más remedio que hacerlo en una zona pública
habilitada. Quienes no pueden pasar sin el primer café
tendrán que tomarlo con más rapidez de lo acostumbrado, para no demorar nuestra
partida.
Hasta allí vamos llegando, como tantas veces:
Ángel, Enrique, Fer, Juan, Luis Ángel, Nacho, Pawel, Pedro, Rafa, Raúl y
Alfonso. No hace falta decir mucho. El
saludo, la mirada y el gesto de los últimos ajustes contienen todo lo
necesario.
La temperatura acompaña, el aire se mueve sin prisa y la montaña nos brinda un comienzo amable. Ya habrá tiempo para que las piernas nos recuerden que la amabilidad nunca dura demasiado.
Apenas hemos avanzado un kilómetro cuando aparece el cartel del Camino del Calvario. Ese nombre despierta recuerdos de otras rutas, algunas duras, otras épicas y todas con algo que contar. No hace falta que nadie diga nada. Sabemos lo que significa.El camino se empeña en hacernos entrar en calor mientras nos acercamos al embalse de Navalmedio. Los muros de piedra de la presa destacan entre los árboles, aunque el agua apenas se deja ver. Hace tiempo que no venimos por aquí y, sin embargo, los parajes resultan familiares.
Seguimos el cauce del río Navalmedio y Enrique
y Pawel ya se han destacado.
La parada junto al Pino de la Cadena es
inevitable. Su historia ya forma parte de la sierra y
también de nosotros. En 1924, Nicolás María de
Urgoiti recibió, bajo este árbol, la noticia de la muerte de su padre. El
pino iba a ser talado; él decidió comprarlo y salvarlo, colocando alrededor de
su tronco la cadena que todavía hoy lo abraza.
Ha sido testigo de muchas rutas de
AlfonsoyAmigos y no puede faltar una foto actual. El
árbol sigue creciendo y, con él, la cadena que lo abraza y nuestra historia.
Retomamos la marcha y dejamos a la izquierda
el desvío que da pie a la broma recurrente:
—¿Cambiamos el trazado y
subimos a La Bola del Mundo?
Siempre hay alguno que sonríe y dice estar
dispuesto.
Avanzamos hasta cruzar la carretera de
Villalba a Navacerrada y recorremos 600 metros antes de desviarnos a la
izquierda, junto a la fuente del Ventorrillo, que ofrece un hilo de agua. La
mañana sigue avanzando y nosotros con ella.
Casi cuatro kilómetros de ascenso por buena
pista forestal, con tramos al 12 y al 13 %. Es un
tipo de subida que no admite prisas: te obliga a encontrar tu ritmo, a escuchar
cómo responden las piernas y a aceptar la exigencia de cada tramo. El
grupo se estira, pero no se rompe; cada uno busca su manera de avanzar mientras
el bosque se abre y se cierra a nuestro paso.
Cuando alcanzamos el Mirador de las Canchas
(1751 m), entendemos de inmediato que el esfuerzo ha merecido la pena. No es
solo la vista —que siempre sorprende, aunque la conozcas—, sino esa sensación
de haber llegado a un lugar que te recibe con calma. El
aire es distinto y la sierra se despliega ante nosotros.
No podemos marcharnos sin las fotos de
recuerdo. Es algo sencillo, casi un ritual, pero quizá
por eso mismo tiene algo especial. Las
bicicletas apoyadas, las miradas cómplices y nosotros delante del paisaje. Una
foto más para esa colección que, sin darnos cuenta, lleva tantos años
creciendo. Seguimos aquí.
Hemos alcanzado el punto más alto de la ruta y
podríamos pensar que, a partir de ahora, todo será bajada. Pero
la sierra nunca se entrega tan fácilmente.
Dejamos atrás el Mirador de las Canchas. Las
bicicletas ruedan con alegría mientras la pista pierde altura.
Poco después encontramos el Mojón de la
Puerta de la Maliciosa. Frenamos casi por obligación,
como si el propio lugar nos pidiera el alto. Una
foto de grupo reducido y el tiempo justo para mirar alrededor. Otro
lugar que queda incorporado a nuestra memoria de los caminos.
Junto al puente del Regajo del Pez abandonamos
la pista principal, que ahora se convierte en un sendero limpio que sigue el trazado
del río Navacerrada. Es un tramo que invita a
disfrutar con precaución. El bosque se estrecha, esta
vez no escuchamos el rumor del agua, y, casi sin darnos cuenta, terminamos ante
la presa del Ejército del Aire.
El descenso por la zona de Los Almorchones nos
lleva hasta el cruce con la M-607, donde podríamos recortar considerablemente el
recorrido. Pero… no hemos venido a buscar atajos.
Seguimos hacia Mataelpino por el camino del Cerrillo
del Caño, disfrutando de un tramo rápido y cómodo que anima a apretar la
marcha.
—¿No nos estamos alejando mucho
de Cercedilla? —pregunta Luis Ángel.
La pregunta tiene sentido. Después
de los kilómetros que llevamos, sabemos que todavía tenemos que regresar y el
trazado parece llevarnos cada vez más lejos. Pero
todo está previsto.
El regreso lo haremos por vías pecuarias y
zonas que no solemos recorrer. Otra manera de descubrir
caminos que, aunque estén cerca, todavía no forman parte de nuestras rutas
habituales.
La Ponderosa de la Sierra y El Berrocal van
quedando atrás cuando ponemos rumbo a Becerril de la Sierra y al embalse de
Navacerrada. El paisaje se abre y el grupo recupera un
ritmo cómodo, alternando conversación y silencio mientras seguimos acumulando
kilómetros.
Bordeamos un embalse que jamás hemos visto con
tan poca agua y que ahora muestra playas inmensas.
—¿Qué tal? —pregunto a Ángel.
—Ruta dura, pero me está
gustando mucho.
Luego me dirijo a Enrique. Su
respuesta llega rápida y sin explicaciones:
—Sobrado.
Seguimos hacia la zona urbana de Navacerrada,
con ese contraste siempre curioso entre la calma y el ritmo del pueblo, animado
por su enorme rastro y el mercadillo.
Nuestro avance nos lleva hacia el Collado de
la Peña del Guijo y, más adelante, la ermita de San Isidro nos ve avanzar, ya
con las piernas muy cargadas, hacia la fuente de los Rasos y el Collado del
Buey. ¡Uff!
La sierra empieza a despedirse sin prisa, como
si quisiera acompañarnos unos metros más.
Atravesamos la carretera M-614 y sentimos que ya
estamos de vuelta. No porque el recorrido haya
terminado, sino porque el paisaje empieza a recuperar esa familiaridad que
anuncia el final de la ruta.
El grupo avanza con esa mezcla serena de
esfuerzo y satisfacción, con la sensación de haber aprovechado bien la mañana.
Mientras escribo estas líneas, me llama Nacho
y resume:
—Tremenda ruta y nadie se
quejó.
La sierra queda detrás, pero nunca del todo. Sabemos que volveremos, y ella también.