jueves, 24 de septiembre de 2026

Detrás de la siguiente montaña

Últimamente, no hay día en que las noticias no mencionen la inteligencia artificial.

Nuevas aplicaciones, máquinas que aprenden, que escriben, que crean imágenes, que conversan… Cada poco tiempo surge algo nuevo y, a veces, cuesta seguir el ritmo.

Reconozco que algunas de esas noticias me generan cierta inquietud.

No sé hasta dónde llegará esta evolución, ni cómo transformará nuestras vidas en los próximos años, quizá en muy pocos. Puede que ni siquiera sepamos todavía qué preguntas deberíamos hacernos.

Hay otra manera de mirar todo esto.

Tengo 70, y he vivido una transformación tecnológica que, vista desde mi infancia, habría parecido ciencia ficción.

He pasado de un mundo sin internet, sin teléfonos móviles y sin GPS, a llevar hoy en la bicicleta un dispositivo que registra mi recorrido, mi frecuencia cardíaca, el desnivel, la velocidad… e incluso puede guiarme por un sendero de la Sierra de Guadarrama.

Y aquella bicicleta de nuestra infancia, tan simple y tan noble, hoy puede llevar un motor, una batería y una tecnología que nos permite afrontar caminos que antes quedaban fuera de nuestro alcance.

Lo que para un niño de entonces habría parecido imposible, hoy forma parte de una salida cualquiera en bicicleta.

Por eso, junto a cierta inquietud, surge otra sensación mucho más poderosa: la curiosidad.

Soy plenamente consciente de que no voy a conocer el desenlace de muchas cosas que ahora apenas están comenzando.

Y, sin embargo, me gustaría seguir siendo testigo de lo que venga.

Me interesa saber hasta dónde llegará esta revolución, qué cosas que hoy parecen imposibles acabarán formando parte de nuestra vida cotidiana y cómo será el mundo que encontrarán quienes vienen detrás.

Y quizá por eso me recuerda a cuando pedaleamos por la montaña.

Subimos una pendiente y, al coronar, aparece otra loma delante. A veces sabemos por dónde sigue el camino; otras, no. Desde lo alto intuimos un valle, un bosque o una pista que se pierde entre los árboles.

No sabemos exactamente qué encontraremos detrás.

Pero queremos seguir.

Quizá esa sea una de las cosas que no deberíamos perder con los años: las ganas de descubrir.

Cuando somos jóvenes creemos que tendremos tiempo para conocerlo todo. Después comprendemos que no es así. Hay demasiados caminos, demasiadas montañas y demasiadas cosas que quedarán fuera de nuestro alcance.

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Y entonces podría aparecer la resignación. O podría aparecer la curiosidad. Yo prefiero la segunda, porque hacerse mayor no debería significar dejar de preguntarse qué habrá un poco más allá.

No necesito conocer lo que hay detrás de cada montaña para disfrutar de la que tengo delante. 

Quizá algún día llegue un momento en que ya no pueda hacerlo en bicicleta. 

No sé qué habrá detrás de la siguiente montaña. Pero todavía tengo ganas de averiguarlo.

Domingo, 27 de septiembre de 2026

Tal vez esa sea la razón por la que seguimos montando en bicicleta.
Todavía nos apetece descubrir caminos que no conocemos, volver a otros que creíamos olvidados y comprobar qué queda un poco más allá.
M
ientras haya curiosidad, habrá un motivo para salir. 

Hora de encuentro: 🕣 8,45  

Lugar de encuentro:📍 Calle Almacenes - Cercedilla


sábado, 19 de septiembre de 2026

Sábado

Una ruta exigente hacia las Tres Provincias

Mientras tomo el café, abro la puerta de la calle. La mañana ha amanecido fresca. Dudo si abrigarme más o confiar en que, tras las primeras pedaladas, agradeceré haber salido ligero de ropa.

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Es sábado. No es nuestro día habitual para salir, pero hoy la bicicleta espera y habrá que ver quién acaba compartiendo camino.

La incertidumbre de siempre se despeja cuando nos encontramos: Andrés, Ángel, Enrique, Ernesto, Nacho, Pawel y Alfonso.

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Sin demoras, damos comienzo a la ruta desde el mismo lugar al que esperamos regresar para compartir unas cervezas. Pero todavía tenemos mucha mañana por delante.

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De San Rafael a El Espinar nos esperan unos kilómetros de camino y carretera, de fácil y rápido rodar, donde Andrés marca el ritmo. Tanto, que parece el más animoso de todos, incluso cuando tomamos el desvío hacia La Mata de Santo Domingo.

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A lo lejos distinguimos su viejo arco de piedra, los restos de la antigua ermita de Santo Domingo, que guarda memoria de los primeros asentamientos en estas tierras. No nos acercamos esta vez. Arco de la Ermita de Santo Domingo

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Reconozco que hacía tiempo que no rodaba por aquí. El verano no es la época más propicia: no hay sombras y todo está muy seco, pero eso ya no es novedad.

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Nuestro amigo, que sigue en cabeza, nos confirma que la puerta que en tantas ocasiones encontramos con candado, hoy nos permite el libre paso.

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Hacia las Tres Provincias

Tenemos por delante el ascenso por la Vereda de la Isabela, que desemboca en el caserío del mismo nombre. Pero, como en otras ocasiones, giramos a la izquierda hacia la Vereda de los Serrano. El terreno se endurece y gana desnivel.

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Kilómetros atrás tuvimos la impresión de que pasaríamos calor, pero, mientras luchamos con un firme muy roto, aparece una brisa fría de cara que, si bien alivia la temperatura, ralentiza la marcha.

Resulta difícil avanzar en grupo: cada cual elige su mejor ritmo y yo me pego a Enrique, que sabe marcar el adecuado.

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Ernesto ya pregunta por alguna fuente y, poco más adelante, a nuestra izquierda, aparecen el Refugio de la Majada de los Lobos (1.508 m) y su pilón, que apenas da agua, pero alcanza para llenar algún bidón.

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La ruta nos lleva hasta el mojón de Las Tres Provincias (1.568 m), en la Dehesa de La Cepeda. Estamos en un enclave madrileño, perteneciente a Santa María de la Alameda, aunque aquí Madrid se da la mano con Segovia y Ávila.

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El desvío exigente

Ofrezco la posibilidad de una ruta alternativa que nos aliviaría de algún kilómetro duro, pero la negativa es unánime.

¡Bravo! Seguimos adelante.

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Oculto a la vista, salvo que te acerques a su encuentro, se mantiene en pie un viejo puente de piedra, de estilo románico y de época medieval. Tenemos muchas fotos de hace años en ese punto, pero hoy no nos detenemos.

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Rodamos por pistas muy pedregosas, que castigan las piernas tanto en las subidas como en las bajadas, hasta alcanzar la puerta que nos saca del enclave.

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Poco más adelante, en una zona de búnkers, hay otro pilón, este más generoso. En lo alto alcanzamos una encrucijada de caminos ya habitual en nuestras salidas, pero hoy tomamos un trazado diferente hacia el Refugio de las Esquinillas (1.590 m), en un entorno muy agradable.

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La propuesta que hago a mis compañeros a partir de aquí es exigente: apenas un sendero de vacas que se adentra en el bosque, sinuoso y con un desnivel duro pero salvable. Cierro el grupo, viendo con orgullo cómo avanzamos en fila india, buscando el mejor trazado.

Con la sensación de haber exigido demasiado, digo en voz alta:

—Las cervezas corren por mi cuenta.

Y es Pawel quien responde al instante:

—¿Por qué? ¡Si está genial!

¡Bravo y bravo!

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Aparecemos en la zona de Las Lagunillas, que parecen ansiar la lluvia, y nos acercamos a la puerta de la cotera, en el Collado de las Lagunas (1.675 m). 

Camino de las Municiones

Iniciamos el descenso por el Camino de las Municiones, bastante limpio. En un suspiro perdemos de vista a Enrique y a Nacho; el resto bajamos a otro ritmo.

Avanzo bien, o eso creo, hasta que algo falla: un pedal choca al salvar un obstáculo, gira el manillar, el pie no encuentra dónde apoyarse y empiezo a caer de lado, sin remedio.

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Por suerte, quedo encajado entre unas rocas que me impiden rodar ladera abajo, aunque la e-bike queda sobre mí dejándome inmovilizado.

El primero en llegar es Ernesto. Para tranquilizarle, le digo que estoy bien: —Apártame la bici de encima.

Se suman Ángel y Pawel, y hace falta la ayuda de los tres para sacarme del agujero. Quedan a la vista los arañazos y el casco dañado (los moratones y los dolores ya darán la cara en casa).

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Han sido dos kilómetros intensos, pero volvemos a estar todos juntos para afrontar los últimos descensos que, no por conocidos, dejan de ser complicados.

Completamos 36 kilómetros con la sensación de haber recorrido muchos más. Cansados, pero muy satisfechos. No he oído ni una sola queja… o, si las ha habido, han sido en voz muy baja.

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A muy buena hora, sentados ante unas cervezas y refrescos, caen un par de rondas. Con la euforia y la adrenalina a flor de piel, empiezan a surgir las propuestas para próximas salidas.

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Ángel se acuerda de mi caída y comenta:

—Con lo grande que es, pero cuando le he visto ahí metido… ¡parecía el Niño Jesús en el pesebre!

Todos ríen. Yo, desde luego, también.


jueves, 17 de septiembre de 2026

Antes reíamos más

A veces, al revisar rutas antiguas, me sorprende pensar que antes nos reíamos más.

Así se lo he comentado a alguno de mis compañeros.

Lo dicen las fotografías, las crónicas, aquellos momentos que quedaron atrapados en una imagen y que hoy, al volver a mirarlos, parecen llenos de una alegría que quizá entonces ni siquiera supimos ver.

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Pero, ¿éramos realmente más felices?

Tal vez éramos simplemente más jóvenes.

Teníamos menos kilómetros en las piernas, menos achaques, menos preocupaciones… y también menos heridas en las rodillas. No solo en las rodillas.

Con los años vamos acumulando cosas. Algunas dejan marca y otras simplemente pesan. Cambian nuestras circunstancias, cambian nuestras prioridades y, sin darnos cuenta, cambia también la manera en que afrontamos una ruta, una subida o una conversación.

Quizá por eso, cuando volvemos a mirar aquellas fotografías, echamos de menos algo que no sabemos nombrar. Pensamos que añoramos aquellas rutas, aquellos compañeros o aquellas risas.

Y, sin embargo, seguimos aquí.

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Seguimos saliendo. Seguimos encontrando un camino, una subida que afrontar, un paisaje que fotografiar y algún motivo para reírnos.

No reímos menos. Quizá ahora reímos sabiendo todo lo que llevamos dentro. Y cuando miramos atrás, puede que no echemos tanto de menos aquellas rutas como a quienes éramos entonces.

Esa versión de nosotros que avanzaba sin darse cuenta de que el tiempo también pedaleaba a nuestro lado. 

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Esta semana cambiamos el domingo por el sábado. Una nueva oportunidad para compartir kilómetros, paisaje y conversación. Nos vemos en el camino.

Hora de encuentro: 8,45 

Lugar de encuentro: Calle Pinar - San Rafael (junto Volvoreta)


sábado, 12 de septiembre de 2026

Una llamada y dos bicicletas

Tenía comprometido el domingo, pero las ganas de montar no desaparecieron. Pensé en salir el sábado, quizá solo, quizá a explorar algún camino. Entonces sonó el teléfono. Era Santa.

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A veces basta con que uno tenga ganas de salir y otro diga: “Voy contigo”.

Ángel llega puntual. Hace fresquito mientras prepara la bicicleta, pero no importa. Se adapta a lo que hagamos, me dice. Yo sé lo que le gusta y procuro plantearle una ruta en la que pueda disfrutar.

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Alcanzamos el Alto del León y tomamos la zona de los toboganes. Dos de ellos son de bajada, pero el recorrido también nos lleva en busca de Peña del Águila, de la Cañada Real Leonesa y del Collado Hornillo.

Una parada en la fuente del Hornillo, que hoy apenas deja escapar un hilo de agua, y seguimos.

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Son terrenos muy conocidos por mí, pero hoy los veo de otra manera, como si pudiera mirarlos a través de sus ojos. A veces va detrás y otras le dejo pasar para no frenarle. Su entusiasmo se contagia y también me anima en los pasos más complicados, celebrando el esfuerzo cuando consigo salvarlos.

Poco más de treinta kilómetros, pero intensos y disfrutones.

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Nos detenemos un momento en el muro de la presa del pequeño embalse de Prado Toril, que hoy también muestra señales de alerta en rojo. Después, más arriba, atravesamos el prado del mismo nombre y me desvío para enseñarle unos búnkeres, trincheras y parapetos que él no había visto. Un pequeño trozo de historia escondido entre los caminos.

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Afrontamos en subida la trialera del arroyo Chuvieco y sus tramos más complicados. Voy siguiendo la estela de Ángel y los dos conseguimos superarlos con satisfacción hasta alcanzar el Collado de Gargantilla.

De nuevo en el descenso, Ángel anda fino y yo me vengo arriba al comprobar que consigo pasar por algunos tramos difíciles en los que otras veces he acabado poniendo pie a tierra.

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Regresamos pronto, pero todavía nos queda mañana.

Unas cervezas, unas hamburguesas y muchas historias de tiempos pasados que se escuchan con agrado: algunas suyas, otras mías.

Quizá eso sea lo mejor de algunas salidas.

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Que empiezan con una llamada, continúan con dos bicicletas y terminan alrededor de una mesa, compartiendo mucho más que una ruta.

A veces basta con que uno diga:
“
Voy contigo”
 


viernes, 11 de septiembre de 2026

Aquella primera página en blanco

Hay recuerdos que permanecen durante muchos años sin que uno sepa muy bien por qué.

Tenía diecisiete años cuando acudí a una entrevista de trabajo. En algún momento me pidieron que escribiera una redacción de tema libre. Supongo que querían comprobar mi facilidad para expresarme por escrito, mi conocimiento de la ortografía o, sencillamente, cómo era capaz de desenvolverme ante una hoja en blanco.

La situación se me quedó grabada: una hoja delante y la necesidad de empezar sin saber muy bien qué escribir.

Y entonces hice algo que, visto desde hoy, me resulta curioso. En lugar de buscar un tema sobre el que escribir, empecé a describir lo que estaba sucediendo: la hoja, aquel momento, la dificultad de encontrar un comienzo. No sabía entonces que acababa de encontrar una manera de salir del problema.

Han pasado más de cincuenta años y me sigue ocurriendo.

Me siento delante del ordenador. Tengo que escribir algo y, durante unos instantes, no sé qué. Busco una idea, una historia, algo que merezca la pena contar. Nada parece suficiente.

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Hasta que me doy cuenta de que estoy haciendo lo mismo que aquel muchacho de diecisiete años: cuando no encuentro qué escribir, empiezo por escribir sobre no saber qué escribir.

Es curioso comprobar que algunas cosas cambian mucho con los años y otras apenas lo hacen. La hoja de entonces se ha convertido en una pantalla. La entrevista quedó muy atrás. El muchacho de diecisiete años también. Pero el momento de empezar sigue siendo parecido.

Y vuelvo a mirar la pantalla.

Pienso en aquella redacción.

No recuerdo lo que escribí. Recuerdo que no sabía qué escribir. Y que, finalmente, escribí sobre ello.

Aquello pudo ser una pequeña lección aprendida sin darme cuenta: cuando no sabes por dónde empezar, puedes empezar precisamente por eso.

No hace falta tener una gran historia preparada. Basta con poner sobre el papel lo que tienes delante en ese instante: una duda, una historia, una dificultad, incluso el silencio que se ha instalado al otro lado de la pantalla. Después, la propia escritura irá diciendo si había algo más.

Eso es lo que hago ahora muchas veces. Empiezo sin saber exactamente a dónde voy y, mientras avanzo, aparecen ideas o sensaciones que no estaban del todo claras cuando me senté.

A veces descubro que no había nada. Otras, que sí.

Y empiezo a entender por qué aquella escena de los diecisiete años ha permanecido conmigo durante tanto tiempo. No por la redacción. Ni siquiera por aquella entrevista. Sino porque, sin saberlo, encontré una forma de empezar.

Cuando la página está en blanco y no sé qué decir, empiezo por contarlo.

Y después, ya veremos dónde nos lleva.

Cierras el ordenador.

La habitación vuelve a quedarse en silencio.