jueves, 23 de julio de 2026

Las Lanchas y una frase que me hizo cerrar un libro

Hay libros que se leen de un tirón y otros que, de vez en cuando, obligan a cerrarlos durante unos minutos. No porque sean difíciles de entender, sino porque una sola frase basta para detener la lectura y empezar a pensar.

Eso fue exactamente lo que me ocurrió una de estas tardes de verano, cuando retomaba la lectura de Álbumes de Familia. Conversaciones con San Rafael, de Luis López Rodríguez. Entre los testimonios que recoge el libro aparece el de Ángel Efrén Sanz, quien recuerda los años de su infancia en la antigua casa forestal de Las Lanchas.

Casa Las Lanchas

Su relato describe una niñez que hoy nos parecería muy dura: sin agua corriente, con la luz de un candil al caer la noche, el calor del hogar de leña y una vivienda compartida por dos familias en medio del monte.

En el pinar y entre las grandes lanchas de granito, los niños encontraban un escenario donde la imaginación hacía el resto.

Y entonces llegó la frase que me hizo detener la lectura.

Refiriéndose a aquellos años, el autor escribe:

Ángel Efrén los define como una de las etapas más felices de su vida

Me sorprendió.

No porque dudara de la sinceridad del recuerdo, sino porque, al leer todo lo anterior, yo esperaba una conclusión muy distinta. Pensé en las incomodidades, en el aislamiento, en todo aquello que hoy consideraríamos indispensable para vivir.

Pero el recuerdo que sobrevivió al paso del tiempo era otro.

He pasado junto a la Casa de las Lanchas innumerables veces. Como tantos ciclistas, senderistas o corredores que frecuentamos estos pinares, siempre la he visto como una construcción abandonada; un edificio en ruinas que forma parte del paisaje y que utilizamos, casi sin darnos cuenta, como mero punto de referencia en nuestras rutas.

Nunca había pensado que aquellos muros habían sido un hogar de verdad. Con voces, con humo saliendo por la chimenea, con el ir y venir de dos familias y con una infancia creciendo libre entre los pinos.

Bastó el recuerdo de Ángel Efrén para que aquellas piedras dejaran de ser simplemente unas ruinas.

Casa Las Lanchas

Vivimos rodeados de comodidades que generaciones anteriores ni siquiera podían imaginar. Sería absurdo negar todo lo que ha mejorado nuestra calidad de vida.

Pero la memoria parece obedecer a otras reglas.

Con el paso de los años no siempre recordamos con más cariño las etapas más confortables. Evocamos con especial cariño aquellas en las que hubo afecto, libertad, descubrimiento, amistad o capacidad de asombro. Los recuerdos no hacen inventario de lo que faltaba; conservan aquello que daba sentido a los días.

Tal vez por eso un niño que vivía en una casa forestal, sin apenas recursos, puede mirar hacia atrás y considerar esa época como una de las etapas más felices de su vida.

Desde que leí esa frase, sé que la próxima vez que pase junto a la Casa de las Lanchas ya no veré solo unas ruinas. Me será imposible no imaginar la vida que un día latió entre aquellos muros.

Hay frases que terminan cuando se leen. Otras siguen acompañándonos mucho tiempo después de haber cerrado el libro.

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Domingo, 26 de Julio de 2026

Y, como cada semana, tras la reflexión llega el momento de pensar en la próxima ruta. Aunque, en esta ocasión, Ángel ya lo ha hecho por nosotros. Aquí tenéis la ruta que propone.

Hora de encuentro: 8,45 

Lugar de encuentro: Plaza de la Fuente - Zarzuela del Monte

AlfonsoyAmigos

jueves, 16 de julio de 2026

Volver a reconocerse

 El espejo de casa y el que no te conoce

Hay días en los que uno deja de reconocerse. Basta un reflejo inesperado para sentirse, durante un instante, un poco extraño consigo mismo.

Te levantas, te lavas la cara y apenas necesitas pensar al mirarte al espejo. Hay una especie de acuerdo entre ese reflejo y tú.

Aceptas lo que ves porque ese espejo lleva mucho tiempo formando parte de tu vida. Ha estado ahí en los días buenos y en los malos, cuando sonreías y cuando no había motivos para hacerlo.

Horas después sales, te mezclas con el mundo, haces tus cosas y, sin buscarlo, un escaparate o el espejo de unos grandes almacenes te devuelve otra imagen.

Es la misma cara, pero no produce la misma sensación.

Ese espejo no sabe nada de ti. No conoce el día que llevas, ni el cansancio que arrastras, ni las preocupaciones con las que saliste de casa. Solo devuelve una imagen más severa, como si un simple cambio de luz bastara para que dejaras de reconocerte.

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Entonces descubres que la diferencia no estaba en el espejo.

Estaba en ti.

El día va dejando pequeñas huellas que apenas advertimos: las prisas, una conversación, una preocupación que vuelve sin avisar, la fatiga acumulada... Huellas que nos cambian el gesto casi sin darnos cuenta.

Hay lugares, sin embargo, donde esa distancia desaparece.

A mí me ocurre pedaleando. No siempre. Pero sí las suficientes veces como para reconocerlo.

En la subida, cuando el cuerpo encuentra su ritmo y la cabeza se serena, las preocupaciones empiezan a perder fuerza.

Ya no importa cómo te devuelve la imagen un escaparate. No hay luces que favorezcan ni otras que castiguen.

Solo el esfuerzo limpio, la respiración y ese diálogo antiguo con uno mismo que casi siempre dejamos para más tarde.

Cuando me detengo un instante —en un alto, en una curva cualquiera o simplemente apoyado en la bicicleta— comprendo que lo importante nunca fue la imagen. 

Tal vez por eso seguimos saliendo. Porque, a veces, basta un camino para volver a reconocernos sin necesidad de espejos.

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Domingo 19 de Julio de 2026 

En esta ocasión, es Fer el que se ha preparado la ruta que ahora nos propone:

Hora de encuentro: 8,45

Lugar de encuentro: Calle Menacho - San Rafael


jueves, 9 de julio de 2026

El camino empieza antes

Hay un instante que se repite casi cada semana después de publicar una convocatoria.

La ruta aún es solo una línea sobre el mapa. Faltan varios días para el domingo. Las bicicletas siguen guardadas y la montaña permanece donde siempre ha estado.

Entonces aparece un mensaje de Luis Ángel.

A veces es un simple "voy".

Otras, una frase que nunca pasa desapercibida:

"Ya estamos allí".

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Hace algún tiempo vi una película titulada Figuras ocultas. En una de sus escenas, alguien duda de que algún día lleguen a la Luna. Una de las matemáticas responde, con absoluta convicción:

"Ya estamos allí".

La frase se me quedó grabada. Desde entonces, nunca vuelve a sonar igual cuando aparece en el grupo.

Todavía no ha llegado el domingo. No sabemos quiénes acabaremos reuniéndonos en el punto de salida. Ni siquiera se ha dado la primera pedalada.

Y, sin embargo, algo ya ha comenzado.

Tal vez sea difícil explicarlo a quien no comparte esta afición. Pero quienes llevamos años recorriendo caminos juntos sabemos que algunas salidas empiezan mucho antes de arrancar.

Empiezan cuando reconocemos el nombre de un sendero, de un puerto o de un pueblo por el que volveremos a pasar. Cuando pensamos en quienes volverán a compartir la mañana del domingo.

Por eso me gusta esa respuesta, porque no habla de kilómetros ni de horarios.

Habla de pertenencia, de sentir que el camino ya nos está llamando antes incluso de haber salido de casa.

Quizá por eso, cuando aparece ese mensaje entre los primeros comentarios de una convocatoria, resulta tan fácil entender lo que quiere decir.

La sierra sigue donde siempre.

El domingo aún no ha llegado.

Pero de alguna manera, ya estamos allí.  

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Domingo, 12 de Julio de 2026

Enrique propone esta ruta y ya solo falta que llegue el domingo. 

¡Pasadlo bien!

Hora de encuentro: 🕣 8.45

Lugar de encuentro: 📍Aparcamiento junto a Restaurante El Tomillar – San Lorenzo de El Escorial


sábado, 4 de julio de 2026

Cuando un sendero se muestra diferente

Hay senderos por los que uno ha pasado tantas veces que podría recorrerlos casi de memoria. Sin embargo, basta hacerlo en compañía de quienes aún no los conocen para descubrir que siguen guardando la misma capacidad de sorprender.

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El calor anunciaba una mañana exigente, así que madrugamos. A las siete y media ya estábamos pedaleando Patrick, Eva y yo, buscando la sombra de los pinares y el frescor que todavía conservaban los caminos.

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La ruta no tenía otro propósito que disfrutar sin prisas. No importaban los kilómetros ni el ritmo. Me apetecía mostrarles algunos senderos que había ido descubriendo poco a poco, casi por casualidad, y que Patrick y Eva no conocían. Fue un placer comprobar cómo se detenían a mirar cada rincón y cómo disfrutaban de cada nuevo descubrimiento.

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Quizá por eso también disfruté tanto haciendo fotografías. La cámara no solo recogía paisajes; también captaba esa mirada nueva que devolvía vida a lugares que creía conocer de memoria.

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Poco antes del mediodía ya estábamos de regreso. El calor empezaba a imponerse y nosotros ya habíamos disfrutado de lo mejor del día.

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A veces no hace falta recorrer grandes distancias para volver a casa con la sensación de haber vivido una buena mañana. Quizá los senderos no cambian; cambia la mirada con la que nos acercamos a ellos.


jueves, 2 de julio de 2026

Cambio de ritmo

Hay semanas en las que uno abre el calendario y, casi sin darse cuenta, descubre que no solo marca días, también impone otro compás.

Julio nos ha alcanzado con ese calor que ya se ha instalado y con rutas que buscan la sombra casi con urgencia.

A ello se suman circunstancias conocidas: el cansancio acumulado de la temporada —quizá más de cabeza que de piernas—, la llegada de los nietos y un tiempo que, sin desaparecer, se fragmenta de otra manera.

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Pronto empezarán a notarse algunas ausencias de compañeros que disfrutan de unas merecidas vacaciones. Nada de eso es nuevo. Ya lo hemos vivido antes.

Como el año pasado, el cuerpo pide una pausa. No una pausa de distancia, sino de ritmo.

Seguiré saliendo en bicicleta, aunque será la vida familiar la que marque ahora la disponibilidad. Este verano serán otros quienes tomen la iniciativa.

Puede que las rutas largas y exigentes cedan protagonismo durante unas semanas. No desaparecen; simplemente dejan espacio a salidas más breves, más ligeras, más improvisadas. A veces incluso sin demasiada planificación, buscando simplemente el momento en que el calor afloja.

El grupo lo entiende sin necesidad de demasiadas palabras. Hay quien propone, quien ajusta, quien se suma cuando puede, y quien mantiene viva la llamada del camino.

Es un paréntesis. Un tiempo en el que el calendario afloja y las rutas encuentran nuevos impulsos, mientras yo ruedo como uno más, sin reloj y con la libertad de salir cuando encaja.

Lo esencial sigue siendo el movimiento. No los kilómetros, sino el simple hecho de reconocerse en el camino y en quienes lo comparten.

Y eso, por suerte, sigue intacto.