lunes, 20 de abril de 2026

La extraña ruta de La Mariposa “Filomena”

 

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El pasado día 12, al finalizar la ruta del Pantano de San Juan, surgió la idea. 

 Crónica: Fer

Luis Ángel comentó: “Podíamos hacer el domingo que viene La Mariposa. Te la conoces al dedillo y hace mucho que no la hacemos”.
Raúl añadió que sí, que adelante. Alfonso dijo —ya le conocemos— que luego se repetiría en los meses de verano, que siempre hay rutas que vuelven a lo largo del año. Yo mismo también lo veía bien, y Andrés y Santi terminaron de animar.

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Antes de la convocatoria del jueves, el miércoles por la tarde salí con la eléctrica a recorrer y revisar el trazado.

Todo iba bien… hasta que empecé a descender hacia Peguerinos desde el Collado Hornillos.

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Ahí cambió todo.

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Mis ojos empezaron a ver algo que la cabeza no terminaba de asimilar: ramas por todos lados, pinos tumbados, caminos ensanchados por maquinaria de arrastre… un destrozo difícil de explicar.

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A esos cuatro kilómetros los bauticé como La Filomena humana: una mezcla de la Filomena de 2021 —naturaleza en estado puro, aún sin limpiar— y otra más reciente, de 2026, provocada por la mano del hombre. Y me temo que será la propia naturaleza la que tenga que recomponerlo todo.

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Fui quitando ramas y abriendo paso, dejándolo ciclable. Aun así, en grupo siempre aumenta el riesgo, pero no dudé de que se podía hacer: al fin y al cabo, eran solo cuatro kilómetros… y en plazas peores hemos toreado.

Y la ruta salió adelante.

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En el punto de encuentro nos juntamos Andrés, Juan, Luis Ángel, Rafa, Raúl, Santi y yo, Fer.
Se echaron en falta algunos compañeros, unos en Sevilla viendo la final del Atleti (¡Aúpa Atleti, una lástima!), y otros por motivos personales.

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Siempre ha sido —y seguirá siendo— una gran ruta, con ese punto especial, ese “picante” que la hace distinta. Tiene de todo: tramos de apretar hacia arriba y bajadas que también exigen lo suyo.

Pero esta vez no pudo ser.

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Antes de llegar a la Casa de la Cueva, Andrés rompió el cambio y no había posibilidad de continuar. Decidimos dar la vuelta y desandar lo recorrido. Una pena, porque la ruta prometía, pero a veces es lo que toca.

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Aun así, me quedo con la satisfacción de haberla enseñado, poco a poco, a casi todo el grupo en distintas etapas.

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Siempre será un placer preparar rutas para este grupo, aunque ya las conozcamos de memoria. Esta la haremos completa en breve.

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Gran mañana, buen ambiente, buena climatología.

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No terminamos la ruta… pero nos ganamos las cervezas.


domingo, 19 de abril de 2026

San Rafael: la ruta que no se detiene

Cuando el cuerpo impone un paréntesis

La bicicleta lista desde hace días, como quien deja preparado un viaje pequeño pero necesario. La ruta en la cabeza, los nombres de siempre, ese punto de encuentro que no necesita reloj porque ya lo marca la costumbre.

Pero esta vez no.

El viernes, en una consulta cualquiera, el mundo se me vino un poco abajo. Sin aviso. Sin lógica. Un vértigo seco, de los que no permiten hacerte el fuerte. Luego vinieron las pruebas, las luces blancas, las indicaciones de que no te levantes todavía. Y ese susto reciente, todavía demasiado cerca, que hace que todo se mire de otra manera.

No fue nada grave, dicen. Y uno quiere creerlo.

Ayer me recolocaron por dentro, como si alguien hubiera movido con cuidado piezas que no se ven. Desde entonces todo va más despacio. El cuerpo, la cabeza, incluso el ánimo.

Mientras escribo estas líneas, los compañeros ya estarán en camino. Quizá subiendo algún tramo conocido, quizá deteniéndose junto al monumento a la Mariposa. Otros, más lejos, cambiaron la sierra por Sevilla y por una final que se decidió en los penaltis, como una moneda al aire. La ruta sigue a lo suyo.

Y yo aquí, parado.

Cuesta aceptar estos paréntesis. Todo sigue —como si nada— y uno se queda fuera. Quizá también haya que escuchar esto. Aunque ahora no sepamos cómo.

Mañana, cuando nos llegue el relato de los que hoy coronaron San Rafael, os contaremos cómo fue la ruta desde sus ojos. Hoy me toca escuchar al cuerpo.


jueves, 16 de abril de 2026

Las cicatrices del camino

Aprender a levantarse

A veces me da por recordar rutas que creía olvidadas. Días de sol cayendo a plomo y otros en los que la lluvia parecía querer borrarlo todo a nuestro paso. He tenido caídas de esas tontas… y otras de las serias, de las que dejan marca en el chasis y en la memoria.

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Antes de ser ciclista fui futbolista. De ahí me traje el gusto por el esfuerzo y una buena colección de esguinces, sobrecargas y algún susto. Pero las cicatrices de verdad, las que se ven y se cuentan entre amigos, me las ha ido regalando la bicicleta.

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Con los años uno acaba aceptando lo que trae el camino. Hay días para morder el polvo y otros para convivir con lo que queda después del golpe. El cuerpo no olvida: la barbilla abierta, la oreja colgando, aquel “cuerno” del manillar clavado en el muslo o el golpe seco al patinar en el hielo.

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Y también, cómo no, ese momento absurdo de verte atrapado en un zarzal, mientras una ardilla te observa desde una rama con cara de no entender nada, preguntándose qué haces ahí abajo lleno de espinas.

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Pero, al final, esas heridas son lo de menos. Lo que se queda es otra cosa: el miedo que aprendes a llevar contigo, la risa tonta que te sale cuando ya ha pasado el susto y esa cabezonería nuestra que te hace volver a la bici incluso antes de que el médico te dé permiso.

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Es algo que compartimos todos los que seguimos sumando años y kilómetros sin perder las ganas. Cada golpe deja su huella; a veces no se ve, pero está ahí, bien guardada. Son cicatrices que no se quedan solo en la piel, viven en algún sitio más adentro. Hablan de lo que hemos sido y de lo que seguimos siendo.

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Casi sin darte cuenta, esas marcas te enseñan a mirar distinto el camino: cada pedalada, cada silencio de la montaña, cada conversación a media respiración cuando la cuesta aprieta. Porque al final, la ruta nunca son solo kilómetros.

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Son historias que se quedan grabadas. Cicatrices que se cuentan —o se callan—, pero que ya no se borran. Son tuyas… y también nuestras. Compartidas, como todo lo bueno.

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Domingo, 19 de Abril de 2026

A fin de cuentas, cada cicatriz —visible o no— nos recuerda que seguimos en marcha. El camino no se detiene. Y siempre hay una pedalada más.

Nuestro amigo Fer, al que hemos visto disfrutar y caerse más de una vez, nos propone una nueva visita a La Mariposa.

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Hora de encuentro: 8,45

Lugar de encuentro: Paseo Rivera de San Rafael


domingo, 12 de abril de 2026

El paréntesis de la lluvia

Un día de esfuerzo, de viento y de esos senderos que no regalan nada

Teníamos prevista una escapada a Trillo, pero la lluvia nos obligó a cambiar de planes. Volvimos a una ruta ya conocida por algunos.

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La hicimos tras la Filomena, en enero de2021, cuando los caminos eran un laberinto de árboles caídos y pasos cerrados. La memoria de los cuatro que repetíamos había suavizado demasiado el recuerdo.

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De camino al punto de encuentro llovía, y también al regresar a casa, ya en el coche. Durante la ruta no cayó ni una sola gota.

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En las cercanías de Pelayos de la Presa nuestros coches buscan espacio antes de que podamos vernos las caras: Andrés, Enrique, Ernesto, Fer, Juan, Luis Ángel, Miguel Ángel, Nacho, Pedro, Rafa, Raúl, Santi y Alfonso. Antes de empezar, las sonrisas son fáciles, casi ligeras, como si todavía no hubiera peso en las piernas ni en el día.

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La ruta arranca en cuesta —a calentar toca— y pronto nos acercamos a las vistas del embalse de San Juan. Está tranquilo, sin gente a estas horas, con el agua alta y en silencio.

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Seguimos subiendo sin apenas tregua. Entre dos opciones, siempre elegimos la más empinada.

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Lo más duro llega después, cuando el trazado se rompe en canchales de piedra y senderos con demasiado desnivel. Ahí ya no hay épica posible: todos pie en tierra, empujando. Ni siquiera las e-bikes consiguen superarlo; se convierten, simplemente, en un peso muerto.

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Ver a los compañeros que van delante empujando anima más bien poco: te das cuenta de lo que todavía te queda por superar… y, aun así, seguimos.

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Tras el caos de los canchales, llegamos a los tramos de sendero estrecho donde las vistas al embalse aparecen a nuestra derecha, como un espejo de plata bajo el cielo plomizo.

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Arriba, el viento  sopla con otra intención. Ya no hay bromas. El grupo se estira y se encoge como un acordeón, y el único sonido es el roce de los neumáticos sobre la piedra y la respiración acompasada.

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Es curioso cómo la lluvia nos respetó, como si hubiera esperado en las nubes mientras trece amigos se empeñaban en conquistar un terreno que no regala nada.

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Solo hemos rodeado el Cerro de San Millán, pero hemos coronado el Cerro Cabrillas, donde el aire fresco nos despeja el ánimo. Al coronar, el esfuerzo se transforma: el "peso muerto" vuelve a ser inercia y control.

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Bajamos por senderos que exigen toda nuestra atención; la humedad de la noche anterior ha dejado el terreno en ese punto crítico donde la confianza y el freno deben negociar cada metro. Alguna rama partida amenaza nuestro paso.

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Son senderos que a ratos cuesta encontrar. Alambreras que quieren cortarnos el camino, pero en las que ya han abierto hueco quienes llegaron antes que nosotros.

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En pleno esfuerzo, subiendo por un sendero muy roto con profundos cortes abiertos por el agua, nos encontramos otro grupo. Ellos lo recorren en sentido contrario, disfrutando de la bajada. Se detienen para vernos, para cedernos el paso, y nos animan a probarlo en sentido contrario en una próxima ocasión. Tomamos nota, aunque ahora toque seguir apretando los dientes.

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Tras cada duro ascenso, llega la recompensa. Algunos descensos son complicados, otros más rápidos o sinuosos; algunos extremadamente rotos y otros suaves al paso. Aquí no hay forma de hacer una foto: o conduces o disparas.

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Es el momento de soltar frenos y dejar que la mente vuele a otros años, a otra ligereza. La montaña marca el ritmo y lo acepta todo: el esfuerzo, el silencio, la respiración cada vez más corta.

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En uno de esos descensos, plagados de senderos que se cruzan, Andrés se extravía unos minutos. La espera nos sirve para recuperar fuerzas y para recordar que, en estas rutas, perderse un instante también forma parte del juego.

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De nuevo el terreno se vuelve amable, engañosamente amable. Y a pesar de ello, los kilómetros no parecen correr. Nos ofrece pistas entre viñedos, pero el camino se inclina poco a poco, casi sin que te des cuenta. Las piernas ya se resienten.

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Nos acercamos a San Martín de Valdeiglesias, con el Castillo de la Coracera recortándose al fondo. Dicen que su nombre es fruto de una errata en documento antiguo. Lo que iba a ser "Corcuera" terminó siendo "Coracera".

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Nos viene al pelo: nosotros también teníamos un plan grabado a fuego (Trillo) y el día nos ha llevado a conquistar una fortaleza distinta. Cosas del directo.

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En la plaza del Ayuntamiento, bajo banderas agitadas por el viento y un reloj detenido a las 4:48 desde quién sabe cuándo, nos hacemos la foto de grupo y recuperamos aliento antes de emprender el último tramo de nuestra aventura.

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Finalmente, llega la ocasión de rebajar las pulsaciones, rodando por pistas y senderos amplios donde el cuerpo, al fin, descansa, soltando riendas y dejando que las bicicletas se desboquen.

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Mis compañeros seguramente miraban al frente, sin fijarse, a la izquierda, en donde están restaurando la antigua estación de tren de Pelayos de la Presa; y a la derecha, en el viejo Monasterio de Santa María la Real de Valdeiglesias, del siglo XII. Es lo que hay.

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Vuelven las sonrisas. Ya no son las mismas: llevan el cansancio encima, pero también algo más difícil de explicar.

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Y al salir de nuevo a la carretera, la lluvia.