Buscando un respiro entre avisos de tormenta
La convocatoria en Moralzarzal nació de la prudencia: alejarnos de los avisos climatológicos y buscar un respiro entre alertas, aunque late una intención arriesgada al sugerir llegar hasta el embalse de La Maliciosa.
Hay domingos en los que no se sale solo a
pedalear. Se sale también a comprobar que la montaña
sigue ahí, que el cuerpo responde, y que el ánimo, aunque a veces camine
despacio, encuentra su sendero.
En el punto de encuentro van apareciendo los
primeros abrazos. Faltan compañeros, aunque sus
coches los delatan: unos churros demorados retrasan la salida. Finalmente,
nos reunimos: Ángel, Asanta, Enrique, Jesús, Juan, Luis
Ángel, Rafa, Raúl y Alfonso.
Juan, que una vez más se atreve con su
bicicleta muscular, se ha adelantado, pero a los pocos minutos le damos
alcance: su cambio ha dicho basta. Por
muchas manos dispuestas y baterías de repuesto, debe regresar. Lo
lamentamos todos, pero nadie tanto como él.
Estas cosas, pequeñas e inevitables, te
recuerdan que la ruta nunca es solo el recorrido previsto: es también lo que se
tuerce, lo que se pierde y lo que se cuida.
El reto silencioso
Las primeras pedaladas nos acercan al Mirador
de la Dehesa de Arriba. La foto aquí es ineludible. Al
fondo, la sierra nos muestra sus picos nevados, medio velados por nubes, y
lanza un reto silencioso: “Os espero”.
Descendemos por el sendero trialerillo, convertido
hoy en cauce improvisado, hasta reunirnos en la Cañada Real Segoviana. Intentamos
el desvío hacia Cerceda, pero las huellas profundas de vehículos pesados en el
barro nos obligan a recortar y seguir adelante.
La máquina y el hombre
El domingo pasado, la bicicleta y yo éramos
dos extraños tanteando un terreno hostil. Ella,
impaciente y algo desajustada; yo, con sesenta y nueve inviernos a la espalda,
intentando descifrar su lenguaje electrónico bajo nubes amenazadoras.
Pero hoy es distinto. La
máquina ya conoce mi peso y el tacto de mis manos y, sobre todo, yo ya no soy
el mismo: estreno mi década de plata. Aun
así, siento que todavía no nos entendemos del todo: la asistencia quizá
demasiado baja me obliga a un esfuerzo que acabaré pagando.
Ascendemos hacia el Chaparral de las Viñas, disfrutando
arriba de sus senderos revirados entre vegetación alta y descendemos luego
hasta esas peñas que nos sirven siempre de mirador espectacular. Es el
decorado natural para la foto de grupo, y ese “book” que me regala Rafa para mi
colección personal.😉
Desde aquí, vemos el castillo de Manzanares el
Real, superviviente al paso de los siglos y, más allá, el embalse de Santillana
despliega su espejo de agua, recordándonos que la historia y la naturaleza
comparten la misma mirada.
A ratos se levanta un aire que no llega
cálido. Arrancamos
hacia una zona que suele encharcarse; la encontramos muy rota, pero la
superamos sin problemas.
Cruzamos el puente de piedra sobre el río
Samburiel, uno de los principales afluentes del río Manzanares, que nace
cerca del pico de La Maliciosa; hoy con sus aguas muy crecidas, casi superando
la piedra.
Seguimos por el Cordel de Campuzano, junto al arroyo del mismo nombre, dejando que el murmullo del agua acompañe al de nuestras ruedas. Es un espectáculo: todo corre y desborda, buscando tierras más bajas.
El agua sonaba como una conversación antigua. A
veces parecía acompañarnos, otras advertirnos. Y uno
pedalea distinto cuando el paisaje no solo se ve, sino que también se escucha.
Entre arroyos y repechos
Más adelante, enlazamos con la Colada de
Mataelpino a Manzanares el Real, un camino que nos lleva suavemente hacia el
valle, mientras la sierra permanece como testigo silencioso de nuestra ruta.
Mataelpino nos regala sus repechos duros, tan
suyos. El
exceso de agua nos obliga a abandonar algunos tramos de sendero y remontar por
encima de Vista Real. Mis compañeros no han dejado
de darme consejos para aprovechar mejor mi máquina, y yo presto atención, aprendiendo
con cada pedalada.
El arroyo de Peña Jardera es testigo de
nuestro paso por el Camino del Dedo (GR-10). Miro
a mis compañeros y admiro su destreza en pasos complicados y más aún la de
quienes, con muscular, redoblan el esfuerzo.
La retirada a tiempo
Enfilamos hacia La Maliciosa, pero yo
no voy bien. Un mareo leve y la sensación de bajada de
tensión me obligan a reconocer que hoy no es día para apurar.
Tomamos, hoy en descenso, el divertido sendero
entre pinos que discurre pegado a la M-607 y retomamos el track previsto,
avanzando rápidos por vías pecuarias que hacen buenas migas con charcos y
lagunas.
En Becerril de la Sierra, el río Navacerrada
no se deja vadear, obligándonos a buscar el puente de madera unos cientos de
metros más arriba. Y sin casi darnos cuenta, ya
estamos de nuevo en Moralzarzal.
El mejor cierre
Algo más de 42 km y 828 m de desnivel
acumulado, un sol que se ha agradecido y el gusto de invitar a mis compañeros a
unas cervezas por mi reciente cumpleaños.
Cerramos la jornada con el cansancio en las
piernas, la risa compartida y los charcos salpicando recuerdos. La montaña,
a su manera, nos recuerda que siempre hay un reto nuevo.
La sierra nos ha dejado marchar, pero no del
todo: algo de nosotros se queda en sus senderos, en el brillo del agua
desbordada, en el eco de una risa que se mezcla con el viento. El
embalse de La Maliciosa nos esperará sin prisa, como esperan las cosas
importantes.
Y nosotros, un poco más viejos, un poco más
vivos, seguiremos pedaleando hacia adelante, con la certeza de
que cada domingo es una forma de volver a empezar, y que mientras podamos seguir saliendo, el tiempo pasará de otra manera.