jueves, 2 de julio de 2026

Cambio de ritmo

Hay semanas en las que uno abre el calendario y, casi sin darse cuenta, descubre que no solo marca días, también impone otro compás.

Julio nos ha alcanzado con ese calor que ya se ha instalado y con rutas que buscan la sombra casi con urgencia.

A ello se suman circunstancias conocidas: el cansancio acumulado de la temporada —quizá más de cabeza que de piernas—, la llegada de los nietos y un tiempo que, sin desaparecer, se fragmenta de otra manera.

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Pronto empezarán a notarse algunas ausencias de compañeros que disfrutan de unas merecidas vacaciones. Nada de eso es nuevo. Ya lo hemos vivido antes.

Como el año pasado, el cuerpo pide una pausa. No una pausa de distancia, sino de ritmo.

Seguiré saliendo en bicicleta, aunque será la vida familiar la que marque ahora la disponibilidad. Este verano serán otros quienes tomen la iniciativa.

Puede que las rutas largas y exigentes cedan protagonismo durante unas semanas. No desaparecen; simplemente dejan espacio a salidas más breves, más ligeras, más improvisadas. A veces incluso sin demasiada planificación, buscando simplemente el momento en que el calor afloja.

El grupo lo entiende sin necesidad de demasiadas palabras. Hay quien propone, quien ajusta, quien se suma cuando puede, y quien mantiene viva la llamada del camino.

Es un paréntesis. Un tiempo en el que el calendario afloja y las rutas encuentran nuevos impulsos, mientras yo ruedo como uno más, sin reloj y con la libertad de salir cuando encaja.

Lo esencial sigue siendo el movimiento. No los kilómetros, sino el simple hecho de reconocerse en el camino y en quienes lo comparten.

Y eso, por suerte, sigue intacto.

 


domingo, 28 de junio de 2026

Ruta en bicicleta por San Rafael y la Garganta del Río Moros

Día de fiesta, amigos y final de jornada con granizo

El domingo nos encontró en La Estación de San Rafael, en un ambiente distinto al habitual.

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Coincidía la jornada con la celebración de FEMUKA y, aunque a primeras horas todavía no se escuchaba el bullicio de música y gente por las calles, ya se percibía un aire poco frecuente para quienes solemos iniciar aquí nuestras rutas en silencio y con calma.

Había poco movimiento; los vecinos más curiosos no habían madrugado, pero los adornos que nos rodeaban dejaban claro que era un día festivo en el pueblo.

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Poco a poco fuimos llegando: Andrés, Ángel, Enrique, Eva, Fer, Jesús, Juan, Luis Ángel, Patrick, Pawel, Rafa, Raúl y Alfonso.

Nos fuimos saludando sin prisa, disfrutando del momento, mientras las bicicletas esperaban pacientes y el grupo terminaba de tomar forma entre conversaciones cruzadas y preparativos.

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La mañana tenía desde el inicio un carácter algo distinto, más social que deportivo, más de encuentro que de exigencia.

Antes de abandonar La Estación, Fer quiso guiarnos por algunas de sus calles para que pudiéramos contemplar el trabajo que los vecinos realizan a lo largo del año y que estos días luce repartido por todo el pueblo.

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Después nos adentramos en la Garganta del Río Moros, cuyos accesos cierran a final de mes para quienes no dispongan del correspondiente permiso. Era, en cierto modo, la última oportunidad de recorrer esa zona antes del cierre estival.

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Las instalaciones de La Panera ya estaban abiertas, dejando pasar a los más madrugadores y también a nuestro grupo, que esta mañana avanzaba con más calma de lo habitual.

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La ruta, sencilla y bien conocida, iba a quedar en un segundo plano desde el primer momento. No era un día para descubrir caminos nuevos ni para buscar referencias distintas en la sierra, sino para rodar por terreno familiar y aprovechar esos kilómetros que permiten conversaciones que el ritmo de otras salidas rara vez deja mantener.

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Los caminos —los de siempre— siguen ahí y las ganas de pedalear también, pero cada vez es más difícil reunir al mismo grupo alrededor de ellos. Por eso las ocasiones en que conseguimos coincidir adquieren un valor especial.

A la vista, el embalse de El Espinar —o del Vado de las Cabras—, mostraba un buen nivel de agua… casi mejor no mirar hacia la presa del Tejo.

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Seguimos sin prisas, pero nos cuesta acompasar la marcha con el horario previsto para el regreso. Últimamente, las piernas no están muy acostumbradas a los paseos.

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Hacemos una parada en la fuente de La Chispa para aquellos que siempre prefieren un trago fresco, y desde ahí descendemos hasta la puerta de Las Campanillas.

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Aprovechamos para dar un rodeo y enseñar un sendero single, entretenido y divertido, aunque quizá no alcance la categoría de trialera.

Después, un saludo al Cristo del Tío Cheli, un pequeño altar popular en mitad del bosque, siempre bien adornado, e iniciamos el último descenso.

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Al llegar a La Estación, ahora sí, parece haber despertado todo el pueblo. El mercadillo, las voces, las batucadas empleándose a fondo y el bullicio de la gente con ganas de pasarlo bien.

Intercambio de felicitaciones, lavado de caras y búsqueda de unas cervezas. Ya sentados a la mesa, se nos olvida que hemos llegado muy pronto y acabamos convirtiendo los aperitivos en el inicio de la comida. Y hambre no nos falta.

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Risas, raciones que van llegando y música que no se detiene en el ambiente, mientras a nuestro alrededor mucha gente se anima a bailar, ajena a nosotros. La sobremesa avanza sin prisa, y hay también tiempo para la tarta y el canto de felicitación a Fer.

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Fue mientras tomábamos los cafés cuando el cielo se encapotó. Sonaron un par de truenos y la lluvia empezó a caer con fuerza, creciendo en intensidad hasta convertirse en un granizo grueso. Nos tocó guarecernos a toda prisa, pero sin perder las sonrisas.

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Vaya final de jornada, de esos que se recuerdan más por el momento compartido que por lo que cae del cielo. Fer lo recordará por su celebración… y nosotros, desde luego, también.


jueves, 25 de junio de 2026

Lo que queda en los caminos

Memoria, fotografías y caminos compartidos

Hay días en los que uno escribe pensando únicamente en el presente. En la ruta del domingo. En la fotografía recién tomada. En la subida que todavía pesa en las piernas o en la conversación que ha acompañado los últimos kilómetros.

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Se escribe para contar lo vivido y se publica sin imaginar demasiado qué ocurrirá después.

Sin embargo, el tiempo tiene costumbres extrañas.

A veces, muchos años más tarde, reaparece una fotografía que creíamos olvidada. Una crónica vuelve a ser leída por alguien que busca un camino. Una imagen tomada casi sin detenernos encuentra una segunda vida en la pantalla de un desconocido. Entonces comprendemos que los caminos no terminan siempre donde creemos.

La bicicleta deja huellas invisibles. También las palabras.

Mientras pedaleamos, pensamos que avanzamos. Y es cierto. Pero una parte de nosotros va quedando atrás, repartida entre senderos, miradores, fuentes y cruces de caminos, entre páginas escritas deprisa una noche cualquiera, entre fotografías que capturaron una luz irrepetible sin saber que lo hacían.

Con los años, uno descubre que la memoria no es un lugar: es una suma de pequeños rastros. Algunos desaparecen con la lluvia. Otros permanecen.

Seguimos saliendo. Seguimos fotografiando. Seguimos escribiendo. No para conservar el tiempo, que siempre acaba escapándose, sino para dejar constancia de que estuvimos aquí. De que una mañana cualquiera, en algún rincón de la sierra, hubo un grupo de amigos, unas bicicletas y un motivo para reunirse que mereció ser compartido.

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Este domingo volvemos a encontrarnos en uno de esos caminos. En esta ocasión, la ruta estará ligada a una celebración ya prevista entre nosotros. La ocasión nos invita a rodar juntos y a detenernos un poco más de lo habitual al final del recorrido.

Porque los caminos pasan. Pero algo de nosotros queda en ellos.

 


domingo, 21 de junio de 2026

La llegada del verano nos cogió en ruta desde San Rafael

Sombras, agua y senderos

Durante buena parte del año buscamos el sol en los claros y en las zonas altas, pero cuando junio se acerca a su fin y el calor aprieta desde primera hora, aprendemos a mirar el bosque de otra manera.

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La sombra deja de ser un accidente del camino para convertirse en compañera. Los pinares se vuelven más acogedores, las fuentes imprescindibles y los lugares de descanso adquieren un valor distinto.

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Partimos, como tantas veces, desde San Rafael, con la sensación de que el calor irá ganando terreno a medida que avance la mañana. De nuevo un grupo reducido, pero con las ganas intactas: Ángel, Asanta, Fer, Pedro, Raúl y Alfonso.

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Apenas unos metros y ya nos detenemos: la rueda de Ángel ha perdido aire. La bomba de última generación suena con ese zumbido que empieza a ser muy reconocible.

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Peña del Águila aparece como primera referencia, aunque esta vez solo nos concede una foto rápida. Desde allí, el ascenso por la Cañada Leonesa nos eleva de forma progresiva, enlazando tramos que, sin ser duros, exigen mantener la cadencia.

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La primera fuente del día nos recibe con su frescor. El Collado del Hornillo llega como punto natural de reagrupamiento, sea cual sea el número de compañeros.

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No hay aquí grandes vistas ni monumentos, y sin embargo el Hornillo tiene ese peso discreto de los lugares atravesados tantas veces que terminan formando parte de la memoria del grupo.

Me alegra ver que han limpiado la fuente del Hornillo, aunque en estas fechas apenas ofrezca un pequeño hilo de agua.

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Los senderos siguen siendo los de siempre; solo los restos de talas recientes alteran un paisaje que conocemos bien.

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Nos detenemos para abandonar la ruta habitual y tomar el sendero sinuoso que conduce al refugio Al Filo, construido con troncos y aún desconocido para algunos. Con el arroyo de Valle Enmedio cerca, propongo desviarnos del track previsto.

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Un corto ascenso por una pista pedregosa nos permite cruzar más arriba el arroyo y enlazar con otro de esos senderos que todavía conservan sabor a descubrimiento.

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Superamos el camping Valle Enmedio y, con el sol ya dejándose notar, nos dirigimos hacia el embalse de Cañada Mojada, uno de esos lugares que ya sentimos como de la familia.

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A derecha e izquierda van quedando caminos que conocemos bien y que nos llevarían a otros recorridos. Seguimos hasta una fuente que apenas deja escapar un hilo de agua, suficiente para recordarnos lo mucho que se agradece en estas fechas.

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Buscamos el amparo de la vegetación más densa cerca del arroyo Chuvieco. A estas alturas de la mañana, cada tramo donde las copas de los pinos se cierran sobre nuestras cabezas se recibe como un regalo.

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Hacemos una parada junto al refugio de Las Esquinillas, con su aspecto de búnker, sorprendentemente limpio y fresco por dentro.

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La mañana avanza y el calor empieza a pesar… para algunos más que para otros. Ya no se trata solo de sumar kilómetros o desnivel, sino de gestionar el esfuerzo, de saber cuándo apretar y cuándo dejar correr la bicicleta.

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Somos nosotros quienes rompemos el silencio del bosque con nuestras conversaciones; el resto lo ponen el viento entre los pinos y el murmullo de arroyos como el de los Hoyos.

Alternando un corto esfuerzo con un descenso rápido alcanzamos la cotera entre Segovia y Ávila.

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El Camino del Ingeniero nos espera y parece preguntar: ¿hacia San Rafael o hacia El Espinar? Solo nos ha dado tiempo de limpiar hacia El Espinar…

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Tomamos esa dirección y me lanzo sendero abajo. Curvas conocidas, alguna rama caída, alguna piedra suelta y la bicicleta encontrando su sitio entre ellas. Durante unos minutos, no existe nada más.

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Cuando el terreno se inclina de verdad y los frenos reclaman atención constante, cedo el paso a mis compañeros.

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El regreso hacia San Rafael se intuye cercano, pero la sierra siempre guarda un último repecho o un sendero revirado antes de dejarte volver al punto de partida. Volvemos por caminos conocidos, aunque nunca recorridos de la misma manera.

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La fuente de Las Barrancas se agradece casi más que las cervezas del final. Apetece sentarse y decir: hasta aquí hemos llegado.

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Aún queda ese último tramo que nos devuelve al inicio con el pulso acelerado. Ahora sí, las cervezas ponen el punto final a la ruta.


jueves, 18 de junio de 2026

La ruta que ya ha comenzado

Acabo de publicar la crónica de la salida del domingo. Las fotografías ya están colocadas en su sitio, los nombres revisados, los recuerdos todavía frescos. En teoría, la tarea está terminada.

Apenas unas horas después me descubro pensando en la próxima ruta: Qué recorrido podríamos hacer; si habrá calor en las zonas más expuestas; si las fuentes seguirán manando; qué senderos hace tiempo que no visitamos o qué lugares merecen una nueva mirada.

Durante algún tiempo pensé que aquello era una especie de obligación, una consecuencia inevitable de mantener durante tantos años un blog ciclista. Una rueda que nunca dejaba de girar del todo.

Deberías relajarte”, me decía a mí mismo. “Publica cuando te apetezca. No conviertas esto en un compromiso”.

Y tenía razón. Pero solo en parte.

Porque con los años he llegado a sospechar que hay algo más detrás de esa impaciencia por asomarme a la siguiente salida. Pensar en la próxima ruta es también una forma de disfrutarla.

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Pero hay algo que rara vez se ve desde fuera: mi propio orden interno.

Para mí, la ruta no termina cuando dejamos las bicicletas y levantamos las copas de cerveza. Mis compañeros se despiden ahí. Al mediodía estoy tan cansado como cualquiera, pero sé que me queda un tramo en solitario

Necesito cerrar un ciclo antes de abrir el siguiente.

Primero vienen las imágenes, los recuerdos se ordenan, más tarde la crónica va encontrando su forma, se publica, y solo entonces la siguiente ruta empieza a dibujarse con claridad.

Por eso, cuando en esas cervezas de fin de ruta alguien me pregunta con naturalidad: “¿Tienes ya ruta para la semana que viene?”, siento una especie de crujido. No porque la pregunta sea inoportuna, sino porque interrumpe un orden que aún no ha concluido para mí.

Ellos ya están en la siguiente semana. Yo todavía estoy terminando la anterior. No es una cuestión de ritmo ni de compromiso. Es simplemente una forma distinta de habitar el tiempo.

Mientras escribo estas líneas me doy cuenta de que no estoy pensando en la próxima ruta porque tenga que organizarla, sino porque todavía me gusta imaginarla.

Y tal vez ahí resida la diferencia: Las obligaciones pesan, las ilusiones acompañan. A veces se confunden, adoptan formas parecidas, pero basta detenerse un instante para saber que no es lo mismo cargar con algo que caminar hacia ello.

La próxima ruta aún no tiene fotografías ni recuerdos que ordenar y, sin embargo, de alguna manera, ya ha comenzado.

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Este fin de semana, algunos compañeros afrontarán nuevos desafíos lejos de casa. Para ellos: ¡Todo nuestro ánimo! Seguro que esa línea de meta sabrá a recompensa.

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Domingo, 21 de junio de 2026

Para el resto, la próxima salida ya asoma en el horizonte por algunos de los rincones de nuestra sierra. Nos vemos para seguir compartiendo camino:

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