domingo, 1 de febrero de 2026

Valdemorillo y el chirimiri que quiso hacerse mayor

Hay mañanas que ya llegan con respuesta. Otras no

Si cada domingo surgen incertidumbres, hoy no había razones para disimularlas. El cielo llevaba días avisando y la montaña, como casi siempre, no se escondía; estaba ahí, cubierta de nubes bajas, con el suelo húmedo y ese olor a invierno que no pide explicaciones.

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Llegamos sin prisa, con más preguntas que certezas, sabiendo que la decisión también forma parte de la ruta.

La churrería de Valdemorillo es hoy el punto de encuentro para quienes hemos ignorado las previsiones. A mi alrededor: Andrés, Enrique, Fer, Jesús, Juan, Luis Ángel, Rafa, Raúl… y yo, Alfonso, observando la escena.

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No es día para alejarnos de casa ni para buscar alturas donde la nieve aguarda. La densa niebla nos da un último aviso, pero ya hemos decidido salir a rodar. El café de primera hora cumple su función; aún hay que ganar temperatura en las piernas.

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La Cruz del Cristo de la Sangre, —ese crucero de granito plantado firme en la encrucijada— parece saludar y permitirnos la entrada a los caminos conocidos. Avanzamos por subidas moderadas y pistas que invitan al ritmo, sin sorpresas técnicas que obliguen a echar el pie a tierra.

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Poco a poco, dejamos atrás la charla trivial para entrar en la conversación silenciosa de los senderos. Las ruedas ganan ligereza con el frescor de la mañana y pronto sentimos que esta jornada nos dejará huella desde el primer kilómetro.

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Cruzamos los puentes sobre los arroyos de Fuentevieja y de la Moraleja, con agua abundante y charcos jugueteando con nuestras cubiertas. El grupo avanza compacto hasta que afrontamos una pendiente larga; cada uno la encara a su manera, ganando altura pedalada a pedalada, ahorrando aliento, sin dar conversación al compañero.

La humedad de la niebla deja paso al chirimiri. Y este a una lluvia ligera que hoy quiere hacerse mayor y reclama su protagonismo.

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Inevitable el recuerdo de aquella dura jornada anterior —aquella marmotada cuesta arriba donde nos tocó empujar y resbalar —, pero hoy no estamos para aceptar ese desafío. Apenas sumamos 17 kilómetros cuando la lluvia se intensifica. No hay duda: irá a más. La voz del grupo, se aúna en un solo eslogan: “Regresemos, que esto se pone feo”.

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La Cañada Real Segoviana nos permite desandar lo andado. Nos recuerda que no es solo un nombre en el GPS: estos caminos ya fueron tránsito mucho antes que ruta de recreo. La mañana es joven, pero las prisas aparecen como si cerráramos una etapa épica. No hay paisajes que merezcan la pausa y algunos regresamos sin haber dado un solo trago de agua.

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La lluvia es limpia, pero el camino salpica, arrastrando esa arena fina que se cuela por todos los resquicios. La funda de la cámara termina empapada, y la lente, salpicada, no consigue hacer su guiño habitual. Por eso, algunas de las imágenes llegan veladas, difusas. No es falta de pericia; es el rastro del agua empañando la mirada, el testimonio gráfico de una mañana en la que el camino se empeñó en no dejarse retratar.

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El regreso es rápido, sin trampas, salvo algún barro inesperado en ese diálogo constante entre rueda y sendero, entre cuerpo y máquina.

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Al cruzar la línea de llegada, la churrería vuelve a sonreírnos. Alguna cerveza cae, es cierto, pero hoy gana el chocolate caliente: la recompensa de quienes han sabido disfrutar sin sufrir en exceso.

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De regreso a casa, con la calefacción del coche luchando por devolverme el calor, un pensamiento asoma: “A mí no me pillan en otra igual

Pero la memoria… la memoria es tan frágil.


jueves, 29 de enero de 2026

La isla que construimos juntos

El lugar donde el ruido se apaga y deja paso a las risas


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Vivimos rodeados de estruendo. No solo del que se escucha, también del que se siente.

El de las prisas, las obligaciones, las pantallas que no descansan. Las noticias que crispan, los titulares que tensan, los debates que dividen. Ecos de guerras que se nos antojan lejanas, pero no cesan y el temor a las que puedan surgir. 

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Pero hay un lugar donde ese murmullo se desvanece: la montañaY hay un instante que lo transforma todo: cuando nos subimos a la bici. 

No importa si somos cinco o veinte; en ese momento, somos uno. 

Con cada pedalada, dejamos atrás la rutina y el ajetreo que nos impide mirar a los lados, esa aceleración que borra la memoria y los detalles que nos alejan de lo esencial. 

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El sendero se convierte entonces en un refugio natural.

Aire limpio, risas sinceras, silencios compartidos.

Nos libera de tensiones, nos carga de buen ánimo y nos recuerda que la vida también cabe ahí, en lo sencillo. 

Este espacio no se encuentra: se construye

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Con historias contadas entre curvas. Con gestos que susurran “aquí estoy”. Con la certeza de que lo que compartimos va más allá del pedaleo. 

Este domingo, volvemosNo por costumbre, sino por necesidad. Porque hay lugares que se sienten, que nos acogen y nos devuelven una calma que fuera cuesta encontrar. 

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En días como estos, uno agradece saber que las palabras también pueden unir. Que, entre tanto fragor, todavía hay quien se detiene a leer con calma.  

Allí estaremos, donde el ruido se apaga y la montaña nos reconoce. No para escapar, sino para reencontrarnos, una vez más, entre amigos. 


Domingo 1 de Febrero de 2026

Llega otro domingo, y con él, la oportunidad de respirar despacio, de compartir camino y de recordar por qué empezamos a pedalear juntos.

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Solo hay que olvidar el estrés, ajustar el casco y dejarse llevar, para que la montaña nos hable, una vez más, a su manera.

Volveremos a una ruta ya recorrida en otras fechas y con otra luz, y reconoceremos, casualmente, tramos visitados en las últimas salidas.

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Que no os engañe el desnivel acumulado. Habrá toboganes, de esos que no se ven en el perfil, pero se sienten en las piernas.

Y una cosa más: confío en haber trazado fino para borrar el recuerdo de cierta “marmotada”… aunque ya sabemos que la montaña, a veces, tiene la última palabra.

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⚠️ Importante: La borrasca ha dejado su huella y puede que el agua sea la gran protagonista. Valdemorillo nos espera con los arroyos vivos y algún que otro vadeo que pondrá a prueba nuestra pericia.

Si el cielo o el cauce se ponen imposibles, ya sabéis que la seguridad manda y adaptaremos el trazado sobre la marcha

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Hora de encuentro:  🕣 8,45

Lugar de encuentro: 📍Calle Eras Cerradas - Valdemorillo


jueves, 22 de enero de 2026

Del sándwich al gel en la Sierra: ¿Dónde se escondió el "hombre del mazo"?

A raíz de la última crónica sobre la ruta por Valmayor, nuestro amigo Enrique dejó un comentario que me dio que pensar:

¿Dónde están las pájaras y los calambres de antes? Tendrías que reflexionar sobre lo que llevabas en el bidón y en la mochila antes, y lo que llevas ahora”.

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Y cuánta razón tienes, Enrique. Sin darnos cuenta, en todos estos años de pedaladas compartidas en AlfonsoyAmigos, hemos vivido una auténtica revolución silenciosa.

Aquellos tiempos de "supervivencia"

Si miramos atrás, nuestras mochilas de hace una década parecían el equipaje de alguien dispuesto a cruzar el desierto. Sándwiches envueltos en papel Albal que acababan hechos un higo, plátanos y agua que, con el calor, sabía a plástico recalentado.

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En aquel entonces, el hombre del mazo salía siempre con nosotros. No fallaba. Los calambres eran el aviso traicionero de que nos habíamos pasado de rosca. Quedarse "seco" en mitad de la sierra era parte de la aventura.

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Hoy, ese viejo conocido parece que ya no encuentra hueco en nuestro grupo.

Más kilómetros, más destreza y menos paradas

¿Qué ha pasado?

Que nos hemos vuelto más aplicados. Ya es raro el que llega al domingo sin haberse dado una buena paliza entre semana. Ese entrenamiento constante se nota: vamos todos “con el gancho”, pero aguantamos.

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Y no solo es físico.

La técnica también ha mejorado. Esas trialeras que antes nos obligaban a echar pie a tierra ahora las recorremos con confianza, haciendo las rutas mucho más fluidas y menos accidentadas.

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El plátano contra la química

Incluso hemos cambiado la forma de alimentarnos.

Aquella imagen de parar, sentarse en una piedra y abrir la mochila parece pertenecer a otra época. Ahora sacamos del bolsillo el gel o la gominola, a veces sin dejar de pedalear, buscando la eficiencia máxima.

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Aun así, resiste un pequeño bando de irreductibles galos: los fieles al plátano de siempre. Para ellos, en este último bastión del romanticismo nutricional, la fruta sigue ganando por goleada a la química moderna.

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La ley de vida y el "clic" del litio

El grupo, como es lógico, va cumpliendo años.

Se nos unen jóvenes con una fuerza envidiable, pero el núcleo duro seguimos sumando eneros.

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Por eso, aunque convivimos musculares y eléctricas, el paso a la e-bike se ha vuelto natural, casi necesario para que los veteranos sigamos enseñando el camino sin que nadie se quede fuera de la foto por falta de fuerzas.

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Hoy compartimos rutas tres tribus muy claras:

  • Los "electrizados": Los que nos hemos despedido definitivamente de la muscular. El litio es nuestro aliado para seguir disfrutando sin que el corazón diga "basta" en la primera rampa.
  • Los "indecisos": Compañeros que estudian la ruta con lupa. Según el perfil, sacan la muscular o "la gorda". Es su manera de no rendirse, de pelear contra el paso del tiempo y medir sus fuerzas.
  • Los "puristas": Los que no quieren cables ni baterías. Suben a pulmón, como siempre, y se mantienen fieles a la esencia del esfuerzo puro.

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Lo que hemos perdido por el camino

Pero al despedir a las pájaras, también hemos perdido la pausa.

Antes, cuando el cuerpo pedía clemencia, parabas. Y en ese resuello surgía la charla de verdad, las risas recuperando el aliento y el silencio contemplando la sierra. A veces, la eficiencia nos roba el paisaje.

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Conclusión

Hemos ganado en salud y en rendimiento.

Es un orgullo ver cómo ha subido el nivel del grupo, pero espero que, entre tanto gel, tanto plátano, tanto entreno y tanta batería, nunca se nos olvide lo más importante: la ilusión de compartir el camino.

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Por cierto, Enrique... en mi bidón sigo llevando lo de siempre: un poco de agua y un montón de ganas de no perder vuestra rueda. 

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Y ahora os pregunto,

¿En qué bando pedaleas tú: electrizado, indeciso o purista? ¿Eres de gel o de plátano? ¿De los que comen en marcha o de los que aún buscan una piedra para sentarse?

¡Buenas a todos!

Os comparto la reflexión de esta semana y aprovecho para comentaros que para este domingo no haremos convocatoria oficial. Se alinean los astros en contra: el Atleti juega temprano, el tiempo va a estar complicado con lluvia o nieve y tengo compromisos familiares que atender.

¡Disfrutad mucho del fin de semana y nos vemos en la próxima! 


domingo, 18 de enero de 2026

Cuando las bicicletas se conocen el camino

Aroma a café y madrugón

Para algunos, la ruta no empezó con la primera pedalada, sino con el primer sorbo de café. 

Los fieles al ritual madrugaron unos minutos más para compartir ese pequeño refugio antes del frío.

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El amanecer: el frío que une

Sabíamos que el frío de Galapagar no iba a perdonar, pero aun así allí estábamos: Enrique, Ernesto, Fer, Galo, Jesús, Luis Ángel, Pedro, Raúl y Alfonso. Algunos, incluso, con nieve aún sobre los techos de sus coches.

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Bajo nubes de vaho y saludos breves, la propuesta voló en el aire y todos pensamos lo mismo: el Embalse de Valmayor. Mucho más que un trazado, es un símbolo, aunque esta vez no estuviera previsto dibujar su contorno completo.

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El ritmo de la tierra

La Ermita del Cerrillo quedó pronto atrás, con la Sierra nevada a nuestras espaldas y esa belleza que las fotos no alcanzan a explicar. Avanzamos por el Camino de Navalquejigo y la Calleja de las Latas hasta alcanzar la Cañada Real de las Merinas.

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Los primeros kilómetros por pista nos permitieron entrar en calor. El terreno, firme y generoso a pesar de los charcos, invitaba a un rodar rápido, casi automático. El grupo avanzaba compacto, con una urgencia no disimulada que dejaba que la mañana se acomodara en el cuerpo sin esfuerzo.

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Entre senderos conocidos

Ni siquiera hubo pausa junto a la Ermita de Colmenarejo. Nos dejamos caer por el Camino del Rey hasta la carretera de Valdemorillo. El Camino Vilanillo nos llevó hasta la pantalla del embalse, hoy con un formidable nivel de agua, allí donde el Aulencia parece detenerse un instante para mirarse a sí mismo.

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La carretera —poca y sin misterio— dio paso al Camino de Navalroble y más adelante a la Vereda de los Vaqueros. Tras su alegría juguetona, la pista volvió a estirarse ante nosotros, larga y franca.

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Rodábamos ligeros, dejando que el paisaje nos acompañara sin pedir nada a cambio. Prado Silva, la Colada de Fuentevieja, el Camino de Villalba, la Crucijada… nombres que ya forman parte de nuestra geografía íntima.

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Rumbo a Zarzalejo Estación, con una breve parada —hubo pocas—, el GR-10 y el Chicharrón nos conducen a El Escorial.

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Las huellas de la memoria

Pero rodar por caminos conocidos tiene una ventaja y un riesgo: la memoria. Al cruzar cierto punto, el silencio se volvió más denso.

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Quizá Enrique volvió a ver aquel apoyo traicionero, aquel resbalón reciente que dejó huella en su mano. A través del walkie señaló el lugar exacto. No hacía falta: todos lo recordábamos.

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La montaña guarda también el rastro de nuestras caídas para recordarnos que el respeto nunca debe abandonarse. Este domingo, sin embargo, la maniobra fue limpia y el miedo se disipó en la siguiente pedalada.

El viejo lenguaje de los charcos

Tras las lluvias, la Sierra se mostró sincera. Sabíamos dónde esperar los charcos obstinados y dónde el terreno exigiría una trazada más fina.

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Sin escalones ni bicis al hombro, fluimos entre cancelas abiertas, como si la montaña hoy no quisiera ponernos trabas.

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La esencia: rodar por el placer de rodar

En esta ruta, de todo menos tranquila, la convivencia entre musculares y e-bikes fue natural. No predominó el motor, sino la ligereza compartida y la certeza de que seguimos descubriendo matices nuevos en los mismos senderos de siempre.

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Aun así, confieso que reivindico en cada texto una forma de rodar más pausada y contemplativa, como las de antes… aquellas en las que, sin prisas, también alcanzábamos grandes logros. Lo echo de menos, aunque empiezo a sospechar que mi mensaje no termina de calar si no va acompañado de un vídeo.

El cierre: sin más rastro que el barro

Regresamos a los coches con las bicis y las espaldas salpicadas del barro de Valmayor, pero con el ánimo limpio. Ni un rasguño, solo anécdotas, sonrisas robadas al frío y la satisfacción de haber cumplido el ritual.

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Al concluir la ruta fui consciente de que —como le comenté a Jesús— esta vez mi rostro no aparecería en ninguna foto. Faltaron esos amigos que siempre se cuidan de que el fotógrafo también tenga su sitio en el encuadre. Pero acepté ese vacío con serenidad: a veces, mi presencia solo se certifica a través de la mirada que regalo a los demás.

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es que, al final, poco importa el registro si la vivencia perdura; la mejor ruta no es la más difícil, sino la que te deja esperando la próxima.


Nota: Registramos casi 53 km en tres horas y media. Estuvimos avanzando, solidarios con las prisas que Enrique tenía por llegar al partido del Atleti y le fuimos llevando en volandas… ¿o fue él el que nos llevó a nosotros con el gancho?