jueves, 9 de julio de 2026

El camino empieza antes

Hay un instante que se repite casi cada semana después de publicar una convocatoria.

La ruta aún es solo una línea sobre el mapa. Faltan varios días para el domingo. Las bicicletas siguen guardadas y la montaña permanece donde siempre ha estado.

Entonces aparece un mensaje de Luis Ángel.

A veces es un simple "voy".

Otras, una frase que nunca pasa desapercibida:

"Ya estamos allí".

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Hace algún tiempo vi una película titulada Figuras ocultas. En una de sus escenas, alguien duda de que algún día lleguen a la Luna. Una de las matemáticas responde, con absoluta convicción:

"Ya estamos allí".

La frase se me quedó grabada. Desde entonces, nunca vuelve a sonar igual cuando aparece en el grupo.

Todavía no ha llegado el domingo. No sabemos quiénes acabaremos reuniéndonos en el punto de salida. Ni siquiera se ha dado la primera pedalada.

Y, sin embargo, algo ya ha comenzado.

Tal vez sea difícil explicarlo a quien no comparte esta afición. Pero quienes llevamos años recorriendo caminos juntos sabemos que algunas salidas empiezan mucho antes de arrancar.

Empiezan cuando reconocemos el nombre de un sendero, de un puerto o de un pueblo por el que volveremos a pasar. Cuando pensamos en quienes volverán a compartir la mañana del domingo.

Por eso me gusta esa respuesta, porque no habla de kilómetros ni de horarios.

Habla de pertenencia, de sentir que el camino ya nos está llamando antes incluso de haber salido de casa.

Quizá por eso, cuando aparece ese mensaje entre los primeros comentarios de una convocatoria, resulta tan fácil entender lo que quiere decir.

La sierra sigue donde siempre.

El domingo aún no ha llegado.

Pero de alguna manera, ya estamos allí.  

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Domingo, 12 de Julio de 2026

Enrique propone esta ruta y ya solo falta que llegue el domingo. 

¡Pasadlo bien!

Hora de encuentro: 🕣 8.45

Lugar de encuentro: 📍Aparcamiento junto a Restaurante El Tomillar – San Lorenzo de El Escorial


sábado, 4 de julio de 2026

Cuando un sendero se muestra diferente

Hay senderos por los que uno ha pasado tantas veces que podría recorrerlos casi de memoria. Sin embargo, basta hacerlo en compañía de quienes aún no los conocen para descubrir que siguen guardando la misma capacidad de sorprender.

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El calor anunciaba una mañana exigente, así que madrugamos. A las siete y media ya estábamos pedaleando Patrick, Eva y yo, buscando la sombra de los pinares y el frescor que todavía conservaban los caminos.

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La ruta no tenía otro propósito que disfrutar sin prisas. No importaban los kilómetros ni el ritmo. Me apetecía mostrarles algunos senderos que había ido descubriendo poco a poco, casi por casualidad, y que Patrick y Eva no conocían. Fue un placer comprobar cómo se detenían a mirar cada rincón y cómo disfrutaban de cada nuevo descubrimiento.

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Quizá por eso también disfruté tanto haciendo fotografías. La cámara no solo recogía paisajes; también captaba esa mirada nueva que devolvía vida a lugares que creía conocer de memoria.

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Poco antes del mediodía ya estábamos de regreso. El calor empezaba a imponerse y nosotros ya habíamos disfrutado de lo mejor del día.

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A veces no hace falta recorrer grandes distancias para volver a casa con la sensación de haber vivido una buena mañana. Quizá los senderos no cambian; cambia la mirada con la que nos acercamos a ellos.


jueves, 2 de julio de 2026

Cambio de ritmo

Hay semanas en las que uno abre el calendario y, casi sin darse cuenta, descubre que no solo marca días, también impone otro compás.

Julio nos ha alcanzado con ese calor que ya se ha instalado y con rutas que buscan la sombra casi con urgencia.

A ello se suman circunstancias conocidas: el cansancio acumulado de la temporada —quizá más de cabeza que de piernas—, la llegada de los nietos y un tiempo que, sin desaparecer, se fragmenta de otra manera.

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Pronto empezarán a notarse algunas ausencias de compañeros que disfrutan de unas merecidas vacaciones. Nada de eso es nuevo. Ya lo hemos vivido antes.

Como el año pasado, el cuerpo pide una pausa. No una pausa de distancia, sino de ritmo.

Seguiré saliendo en bicicleta, aunque será la vida familiar la que marque ahora la disponibilidad. Este verano serán otros quienes tomen la iniciativa.

Puede que las rutas largas y exigentes cedan protagonismo durante unas semanas. No desaparecen; simplemente dejan espacio a salidas más breves, más ligeras, más improvisadas. A veces incluso sin demasiada planificación, buscando simplemente el momento en que el calor afloja.

El grupo lo entiende sin necesidad de demasiadas palabras. Hay quien propone, quien ajusta, quien se suma cuando puede, y quien mantiene viva la llamada del camino.

Es un paréntesis. Un tiempo en el que el calendario afloja y las rutas encuentran nuevos impulsos, mientras yo ruedo como uno más, sin reloj y con la libertad de salir cuando encaja.

Lo esencial sigue siendo el movimiento. No los kilómetros, sino el simple hecho de reconocerse en el camino y en quienes lo comparten.

Y eso, por suerte, sigue intacto.

 


domingo, 28 de junio de 2026

Ruta en bicicleta por San Rafael y la Garganta del Río Moros

Día de fiesta, amigos y final de jornada con granizo

El domingo nos encontró en La Estación de San Rafael, en un ambiente distinto al habitual.

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Coincidía la jornada con la celebración de FEMUKA y, aunque a primeras horas todavía no se escuchaba el bullicio de música y gente por las calles, ya se percibía un aire poco frecuente para quienes solemos iniciar aquí nuestras rutas en silencio y con calma.

Había poco movimiento; los vecinos más curiosos no habían madrugado, pero los adornos que nos rodeaban dejaban claro que era un día festivo en el pueblo.

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Poco a poco fuimos llegando: Andrés, Ángel, Enrique, Eva, Fer, Jesús, Juan, Luis Ángel, Patrick, Pawel, Rafa, Raúl y Alfonso.

Nos fuimos saludando sin prisa, disfrutando del momento, mientras las bicicletas esperaban pacientes y el grupo terminaba de tomar forma entre conversaciones cruzadas y preparativos.

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La mañana tenía desde el inicio un carácter algo distinto, más social que deportivo, más de encuentro que de exigencia.

Antes de abandonar La Estación, Fer quiso guiarnos por algunas de sus calles para que pudiéramos contemplar el trabajo que los vecinos realizan a lo largo del año y que estos días luce repartido por todo el pueblo.

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Después nos adentramos en la Garganta del Río Moros, cuyos accesos cierran a final de mes para quienes no dispongan del correspondiente permiso. Era, en cierto modo, la última oportunidad de recorrer esa zona antes del cierre estival.

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Las instalaciones de La Panera ya estaban abiertas, dejando pasar a los más madrugadores y también a nuestro grupo, que esta mañana avanzaba con más calma de lo habitual.

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La ruta, sencilla y bien conocida, iba a quedar en un segundo plano desde el primer momento. No era un día para descubrir caminos nuevos ni para buscar referencias distintas en la sierra, sino para rodar por terreno familiar y aprovechar esos kilómetros que permiten conversaciones que el ritmo de otras salidas rara vez deja mantener.

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Los caminos —los de siempre— siguen ahí y las ganas de pedalear también, pero cada vez es más difícil reunir al mismo grupo alrededor de ellos. Por eso las ocasiones en que conseguimos coincidir adquieren un valor especial.

A la vista, el embalse de El Espinar —o del Vado de las Cabras—, mostraba un buen nivel de agua… casi mejor no mirar hacia la presa del Tejo.

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Seguimos sin prisas, pero nos cuesta acompasar la marcha con el horario previsto para el regreso. Últimamente, las piernas no están muy acostumbradas a los paseos.

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Hacemos una parada en la fuente de La Chispa para aquellos que siempre prefieren un trago fresco, y desde ahí descendemos hasta la puerta de Las Campanillas.

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Aprovechamos para dar un rodeo y enseñar un sendero single, entretenido y divertido, aunque quizá no alcance la categoría de trialera.

Después, un saludo al Cristo del Tío Cheli, un pequeño altar popular en mitad del bosque, siempre bien adornado, e iniciamos el último descenso.

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Al llegar a La Estación, ahora sí, parece haber despertado todo el pueblo. El mercadillo, las voces, las batucadas empleándose a fondo y el bullicio de la gente con ganas de pasarlo bien.

Intercambio de felicitaciones, lavado de caras y búsqueda de unas cervezas. Ya sentados a la mesa, se nos olvida que hemos llegado muy pronto y acabamos convirtiendo los aperitivos en el inicio de la comida. Y hambre no nos falta.

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Risas, raciones que van llegando y música que no se detiene en el ambiente, mientras a nuestro alrededor mucha gente se anima a bailar, ajena a nosotros. La sobremesa avanza sin prisa, y hay también tiempo para la tarta y el canto de felicitación a Fer.

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Fue mientras tomábamos los cafés cuando el cielo se encapotó. Sonaron un par de truenos y la lluvia empezó a caer con fuerza, creciendo en intensidad hasta convertirse en un granizo grueso. Nos tocó guarecernos a toda prisa, pero sin perder las sonrisas.

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Vaya final de jornada, de esos que se recuerdan más por el momento compartido que por lo que cae del cielo. Fer lo recordará por su celebración… y nosotros, desde luego, también.


jueves, 25 de junio de 2026

Lo que queda en los caminos

Memoria, fotografías y caminos compartidos

Hay días en los que uno escribe pensando únicamente en el presente. En la ruta del domingo. En la fotografía recién tomada. En la subida que todavía pesa en las piernas o en la conversación que ha acompañado los últimos kilómetros.

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Se escribe para contar lo vivido y se publica sin imaginar demasiado qué ocurrirá después.

Sin embargo, el tiempo tiene costumbres extrañas.

A veces, muchos años más tarde, reaparece una fotografía que creíamos olvidada. Una crónica vuelve a ser leída por alguien que busca un camino. Una imagen tomada casi sin detenernos encuentra una segunda vida en la pantalla de un desconocido. Entonces comprendemos que los caminos no terminan siempre donde creemos.

La bicicleta deja huellas invisibles. También las palabras.

Mientras pedaleamos, pensamos que avanzamos. Y es cierto. Pero una parte de nosotros va quedando atrás, repartida entre senderos, miradores, fuentes y cruces de caminos, entre páginas escritas deprisa una noche cualquiera, entre fotografías que capturaron una luz irrepetible sin saber que lo hacían.

Con los años, uno descubre que la memoria no es un lugar: es una suma de pequeños rastros. Algunos desaparecen con la lluvia. Otros permanecen.

Seguimos saliendo. Seguimos fotografiando. Seguimos escribiendo. No para conservar el tiempo, que siempre acaba escapándose, sino para dejar constancia de que estuvimos aquí. De que una mañana cualquiera, en algún rincón de la sierra, hubo un grupo de amigos, unas bicicletas y un motivo para reunirse que mereció ser compartido.

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Este domingo volvemos a encontrarnos en uno de esos caminos. En esta ocasión, la ruta estará ligada a una celebración ya prevista entre nosotros. La ocasión nos invita a rodar juntos y a detenernos un poco más de lo habitual al final del recorrido.

Porque los caminos pasan. Pero algo de nosotros queda en ellos.