domingo, 8 de febrero de 2026

El día de las baterías

El bendito olvido del ciclista

El parte anunciaba lluvia, frío y un domingo poco amable, de esos que invitan a quedarse en casa y mirar la Sierra desde lejos pensando: hoy no toca.

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Pero yo tenía más motivaciones. Ignoré los avisos, a sabiendas de que alguien más se animaría a compartir el desafío.

Era día de estreno. Mi nueva bicicleta se mojaría y se ensuciaría por primera vez —no sería la última— y yo necesitaba intimar con ella cuanto antes.

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La memoria selectiva

Afortunadamente, el ciclista tiene una memoria extraña: olvida rápido la dureza de la semana anterior —el barro en la transmisión, el agua en las botas, el temblor en las manos— y recuerda, en cambio, lo otro: el camino compartido, la conversación entre la niebla, la certeza de que siempre merece la pena volver.

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Con esa convicción aparecimos un grupo reducido: Andrés, Enrique, Ernesto, Fer, Jesús, Luis Ángel, Raúl, Santi y Alfonso. Éramos pocos, pero bastaba con ver sus sonrisas madrugadoras para que el día pareciera menos gris.

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Tras el cruce de abrazos, todas las miradas se centraron en la montura. Había curiosidad, alegría y quizá un punto de sana envidia. Fer, cumpliendo nuestro rito particular, fue el primero en dar unas pedaladas orgullosas, como quien bendice la máquina antes de que yo la estrene de verdad.

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El baile del estreno

Entre ajustes de última hora —el cambio electrónico sin sincronizar, alguna roldana rebelde y el olvido del móvil— iniciamos la marcha con retraso. Aprovechamos una de esas ventanas entre borrascas que Enrique detectó para darnos cuartelillo.

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En los primeros minutos, la bici mostró su timidez. No conocía a nadie, y yo tampoco a ella. Aun así, parecía olisquear los charcos y las primeras curvas con curiosidad, lista para descubrir lo que la montaña le tenía reservado.

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La ruta fue rodadora, pero el frío no invitaba a paradas. Al fondo, la Sierra nos observaba con sus picos nevados, enviándonos un aire gélido que intentaba ralentizar nuestro avance. La montaña, silenciosa y blanca, parecía vigilarnos con esa mezcla de dureza y cariño que solo ella sabe ofrecer.

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Si nos hacíamos fotos muy agrupados no era solo por el encuadre, sino por buscar refugio del viento en el grupo. Pero estos amigos están en forma y olvidan que yo voy limitado a 25 km/h. Mientras ellos rodaban con naturalidad, yo me iba conociendo con la bici y sus porcentajes, haciendo fácil una mañana difícil.

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Administrar el aliento

Sentía a la bicicleta feliz, derrochando una energía que se reflejaba en el display de la MasterMind. Cada modo de asistencia es un mundo, casi como si ella tuviera su propio carácter. Yo todavía estaba aprendiendo a escuchar.

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Hubo que acortar. Y el recorte nos empujó a la carretera, ese terreno sin alma que ninguno busca. Pero incluso ahí, rodando juntos, el domingo seguía teniendo sentido antes de volver a buscar los caminos.

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Cerca del embalse de Pedrezuela, Enrique —siempre atento a lo práctico— me ayudó a rebajar la asistencia. Un pequeño ajuste, casi insignificante, pero que en estas bicicletas es como administrar el aliento.

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Allí estaba el embalse, desaguando a borbotones, impaciente por abandonar su prisión de hormigón. El agua salía con una fuerza que recordaba que todo, incluso lo contenido, busca su camino.

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El límite de la energía

El camino todavía tenía algo que decirnos, así que dejamos que las ruedas siguieran contando la historia, con esas prisas propias de los finales de rutas.
Llegamos a los coches y la pantalla sentenció con frialdad matemática: 7% de batería. Había llegado por los pelos.

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La bicicleta se comportó de maravilla: aplomo en lo húmedo, frenos firmes y una amortiguación excelente, aunque mi cuerpo detectó enseguida los cambios de geometría. Como si tuviera que reajustar no solo la máquina, sino mi manera de estar sobre ella.

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Y entonces, el epílogo del domingo. Cuando ya nos disponíamos a celebrar la jornada, mi coche se negó a arrancar: La batería.

Llamada a Fer, que ya se había marchado, pero volvió con los cables de arranque, que por suerte llevaba. Un gesto sencillo, casi doméstico, pero con algo de rescate providencial.

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Así terminó la ruta: con la bici estrenada, el cuerpo entero y amigos siempre dispuestos a echar una mano, compartiendo la alegría del camino… y unas cervezas.

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A veces, la energía que realmente importa no es la que se mide en voltios, sino la que se comparte en el camino.


jueves, 5 de febrero de 2026

Pedalear más ligero

Unas palabras en voz baja

A veces uno necesita que le recuerden —o recordarse— algo sencillo: que también tiene derecho.

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Derecho a que el camino pese un poco menos.
Derecho a disfrutar de lo que llega sin sentirse atrapado.
Derecho a dejar de mirarse por dentro con severidad, como si la alegría fuera una traición.

He aprendido, despacio, que buscar algo de ligereza no borra nada de lo vivido. Que seguir adelante no es olvidar. Es, quizá, la forma más honesta de cuidar lo que permanece.

Y tal vez ya no se trata de sufrir más, sino de aprender otra manera de vivir.

Una nueva década, una nueva montura… y menos culpa

Se acerca para mí una cifra redonda: los 70 años. Los cumpliré a mediados de la semana próxima. Me descubro asomado a esa frontera con una confesión que me ha costado muchos kilómetros admitir.

Mi historia con el deporte no empezó sobre dos ruedas. Durante gran parte de mi vida, mi pasión fue la práctica del fútbol aficionado; ese deporte de equipo, de compañerismo, en el que me mantuve hasta que el sentido común dictó sentencia. Fue entonces cuando la bicicleta se convirtió en mi nuevo refugio.

Pero en este viaje he arrastrado un peso que no aparece en el GPS: la culpa del “e-biker”.

He pasado los últimos años pedaleando eléctricas con el freno de mano echado en el alma; pendiente del retrovisor, midiendo la cadencia para no alejarme demasiado, para no sentir que el motor me empujaba más allá del ritmo del grupo. 

He sido muchas veces más guardián de la cohesión que dueño de mi propia fluidez.

Y ese lastre pesa más que cualquier batería.

Esta semana he recogido en Escapa mi nueva Turbo Levo Expert G4. Desde allí ha ido directa a Pellejo, donde la están vistiendo con su armadura de vinilo. Esta bicicleta es mi regalo de aniversario.
Y
con ella reclamo, por fin, el derecho a sentir su empuje sin pedir perdón.

Sé que no es fácil cambiar la naturaleza de uno mismo de la noche a la mañana. Soy consciente de que, en las próximas rutas, habrá momentos en los que el “viejo Alfonso” se detenga a esperar por pura inercia; y otros en los que me deje llevar por el motor y por la música del sendero.

Pero el primer paso es reconocerlo: Tengo derecho al disfrute, también.

Al borde de los 70, tras inviernos del alma y fatigas del cuerpo, empiezo a darme permiso para aflojar por dentro, aunque siga exigiéndome por fuera. Porque no voy a dejar de buscar el esfuerzo. Mi cuerpo y mi mente necesitan sentir que todavía pueden.

Seguiré saliendo con mis amigos; al final, son ellos los que trazan el verdadero mapa de mis rutas y la amistad el único puerto donde siempre quiero llegar. Pero quizá, poco a poco, deje de ser siempre el “pastor” constante. Habrá días en los que espere por costumbre, y otros en los que me deje llevar sin mirar tanto hacia atrás.

No se trata de cambiar de golpe, sino de aprender a disfrutar sin culpa, con más calma y menos vigilancia. Llegaré a la cima con aliento para sacar la cámara y regalaros mi mejor mirada…pero también con la sensación de haber pedaleado, por fin, un poco más ligero por dentro.

Hoy dejo que las palabras rueden solas, sin el apoyo de las imágenes que suelen acompañar mis crónicas. El domingo volveré a sacar la cámara… pero esta vez, para capturar la luz de un nuevo comienzo.

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Domingo, 8 de febrero de 2026

Antes de nada, dar las gracias a mis compañeros... que dicen que esta nueva montura también es un poco suya. Porque la alegría de empezar algo nuevo siempre se comparte.

Si el tiempo nos da tregua y las nubes lo permiten, podremos abrir juntos este nuevo capítulo.

Elegimos de nuevo San Agustín de Guadalix precisamente por sus pistas, que nos garantizan rodar con seguridad, aunque el cielo se ponga gris. Un poco de aire fresco para limpiar los pulmones y mucho ritmo para que el frío no nos alcance

Y si la lluvia decide ser la protagonista, buscaremos otro momento para que la montura muerda el barro... lo importante sigue siendo el camino compartido. 

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Hora de encuentro: 8,45

Lugar de encuentro: Calle Camino de Valdeolivas - San Agustín de Guadalix


domingo, 1 de febrero de 2026

Valdemorillo y el chirimiri que quiso hacerse mayor

Hay mañanas que ya llegan con respuesta. Otras no

Si cada domingo surgen incertidumbres, hoy no había razones para disimularlas. El cielo llevaba días avisando y la montaña, como casi siempre, no se escondía; estaba ahí, cubierta de nubes bajas, con el suelo húmedo y ese olor a invierno que no pide explicaciones.

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Llegamos sin prisa, con más preguntas que certezas, sabiendo que la decisión también forma parte de la ruta.

La churrería de Valdemorillo es hoy el punto de encuentro para quienes hemos ignorado las previsiones. A mi alrededor: Andrés, Enrique, Fer, Jesús, Juan, Luis Ángel, Rafa, Raúl… y yo, Alfonso, observando la escena.

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No es día para alejarnos de casa ni para buscar alturas donde la nieve aguarda. La densa niebla nos da un último aviso, pero ya hemos decidido salir a rodar. El café de primera hora cumple su función; aún hay que ganar temperatura en las piernas.

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La Cruz del Cristo de la Sangre, —ese crucero de granito plantado firme en la encrucijada— parece saludar y permitirnos la entrada a los caminos conocidos. Avanzamos por subidas moderadas y pistas que invitan al ritmo, sin sorpresas técnicas que obliguen a echar el pie a tierra.

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Poco a poco, dejamos atrás la charla trivial para entrar en la conversación silenciosa de los senderos. Las ruedas ganan ligereza con el frescor de la mañana y pronto sentimos que esta jornada nos dejará huella desde el primer kilómetro.

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Cruzamos los puentes sobre los arroyos de Fuentevieja y de la Moraleja, con agua abundante y charcos jugueteando con nuestras cubiertas. El grupo avanza compacto hasta que afrontamos una pendiente larga; cada uno la encara a su manera, ganando altura pedalada a pedalada, ahorrando aliento, sin dar conversación al compañero.

La humedad de la niebla deja paso al chirimiri. Y este a una lluvia ligera que hoy quiere hacerse mayor y reclama su protagonismo.

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Inevitable el recuerdo de aquella dura jornada anterior —aquella marmotada cuesta arriba donde nos tocó empujar y resbalar —, pero hoy no estamos para aceptar ese desafío. Apenas sumamos 17 kilómetros cuando la lluvia se intensifica. No hay duda: irá a más. La voz del grupo, se aúna en un solo eslogan: “Regresemos, que esto se pone feo”.

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La Cañada Real Segoviana nos permite desandar lo andado. Nos recuerda que no es solo un nombre en el GPS: estos caminos ya fueron tránsito mucho antes que ruta de recreo. La mañana es joven, pero las prisas aparecen como si cerráramos una etapa épica. No hay paisajes que merezcan la pausa y algunos regresamos sin haber dado un solo trago de agua.

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La lluvia es limpia, pero el camino salpica, arrastrando esa arena fina que se cuela por todos los resquicios. La funda de la cámara termina empapada, y la lente, salpicada, no consigue hacer su guiño habitual. Por eso, algunas de las imágenes llegan veladas, difusas. No es falta de pericia; es el rastro del agua empañando la mirada, el testimonio gráfico de una mañana en la que el camino se empeñó en no dejarse retratar.

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El regreso es rápido, sin trampas, salvo algún barro inesperado en ese diálogo constante entre rueda y sendero, entre cuerpo y máquina.

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Al cruzar la línea de llegada, la churrería vuelve a sonreírnos. Alguna cerveza cae, es cierto, pero hoy gana el chocolate caliente: la recompensa de quienes han sabido disfrutar sin sufrir en exceso.

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De regreso a casa, con la calefacción del coche luchando por devolverme el calor, un pensamiento asoma: “A mí no me pillan en otra igual

Pero la memoria… la memoria es tan frágil.


jueves, 29 de enero de 2026

La isla que construimos juntos

El lugar donde el ruido se apaga y deja paso a las risas


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Vivimos rodeados de estruendo. No solo del que se escucha, también del que se siente.

El de las prisas, las obligaciones, las pantallas que no descansan. Las noticias que crispan, los titulares que tensan, los debates que dividen. Ecos de guerras que se nos antojan lejanas, pero no cesan y el temor a las que puedan surgir. 

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Pero hay un lugar donde ese murmullo se desvanece: la montañaY hay un instante que lo transforma todo: cuando nos subimos a la bici. 

No importa si somos cinco o veinte; en ese momento, somos uno. 

Con cada pedalada, dejamos atrás la rutina y el ajetreo que nos impide mirar a los lados, esa aceleración que borra la memoria y los detalles que nos alejan de lo esencial. 

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El sendero se convierte entonces en un refugio natural.

Aire limpio, risas sinceras, silencios compartidos.

Nos libera de tensiones, nos carga de buen ánimo y nos recuerda que la vida también cabe ahí, en lo sencillo. 

Este espacio no se encuentra: se construye

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Con historias contadas entre curvas. Con gestos que susurran “aquí estoy”. Con la certeza de que lo que compartimos va más allá del pedaleo. 

Este domingo, volvemosNo por costumbre, sino por necesidad. Porque hay lugares que se sienten, que nos acogen y nos devuelven una calma que fuera cuesta encontrar. 

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En días como estos, uno agradece saber que las palabras también pueden unir. Que, entre tanto fragor, todavía hay quien se detiene a leer con calma.  

Allí estaremos, donde el ruido se apaga y la montaña nos reconoce. No para escapar, sino para reencontrarnos, una vez más, entre amigos. 


Domingo 1 de Febrero de 2026

Llega otro domingo, y con él, la oportunidad de respirar despacio, de compartir camino y de recordar por qué empezamos a pedalear juntos.

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Solo hay que olvidar el estrés, ajustar el casco y dejarse llevar, para que la montaña nos hable, una vez más, a su manera.

Volveremos a una ruta ya recorrida en otras fechas y con otra luz, y reconoceremos, casualmente, tramos visitados en las últimas salidas.

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Que no os engañe el desnivel acumulado. Habrá toboganes, de esos que no se ven en el perfil, pero se sienten en las piernas.

Y una cosa más: confío en haber trazado fino para borrar el recuerdo de cierta “marmotada”… aunque ya sabemos que la montaña, a veces, tiene la última palabra.

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⚠️ Importante: La borrasca ha dejado su huella y puede que el agua sea la gran protagonista. Valdemorillo nos espera con los arroyos vivos y algún que otro vadeo que pondrá a prueba nuestra pericia.

Si el cielo o el cauce se ponen imposibles, ya sabéis que la seguridad manda y adaptaremos el trazado sobre la marcha

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Hora de encuentro:  🕣 8,45

Lugar de encuentro: 📍Calle Eras Cerradas - Valdemorillo