domingo, 1 de marzo de 2026

La Maliciosa: el día que la Sierra nos cambió el guion

Hay rutas que ya habitan en la memoria y otras que se diseñan con mucho mimo sobre el papel

La de este domingo pertenece a las segundas; de esas que he ido trazando palmo a palmo, reconociendo en la pantalla cada sendero e imaginando, casi sintiendo, el terreno bajo las ruedas.

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El objetivo estaba claro: llegar hasta el embalse de La Maliciosa. Se lo debíamos a esa lámina de agua paciente, y yo también a mis compañeros. Pero el trazado hoy es diferente, buscando la sorpresa dentro de lo conocido. Y, en verdad, la hubo.

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Partimos desde Cerceda. Allí, con el ánimo alto, nos reunimos los sospechosos habituales: Andrés, Ángel, Gonzalo, Jesús, Juan, Luis Ángel, Pedro, Raúl, Santi y Alfonso. Un grupo dispuesto a cobrarle a la mañana su promesa de buen tiempo. Contamos, además, con el regalo de Fer que, aunque no podía rodar, se acercó para fundirse con nosotros en un abrazo de salida.

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El día amanece con una temperatura agradable, pero bajo cielos que no nos dejarán ver el sol en todo el trayecto. Los primeros kilómetros nos reciben con el rastro de las últimas lluvias: charcos que salpican la marcha y nos obligan a buscar la trazada limpia mientras avanzamos hacia nuestro primer reto: la subida al Mirador de Moralzarzal, solo para ir calentando.

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Sin embargo, pronto empezamos a cruzarnos con ciclistas que lucen dorsales, subiendo y bajando con esa urgencia de quien se prepara para competir. La Sierra hoy no está sola.

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Si hace apenas unas fechas disfrutamos de la adrenalina descendiendo por su trialera, hoy el guion es distinto. Ascenderemos con la pausa que ofrece la pista, saboreando el ascenso y dejando que la montaña se fije en nuestras espaldas.

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Casi sin darnos cuenta, saludamos de pasada a Moralzarzal antes de emprender una nueva subida hacia las Laderas de Matarrubia, mientras el Pico Martillo nos observa. Un poco más de desnivel. ¡Vamos allá!, pero reservad fuerzas. Nos aguardan cinco kilómetros en los que la conversación interior se impone y cada uno negocia con su propia respiración. No hay épica, solo constancia.

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¿Es posible que nos detengamos en el mirador de La Maliciosa? Parece que hoy lo consigo, aunque las nubes bajas nos impiden disfrutar de la vista de las cumbres nevadas. No conviene demorarse; la ruta aún guarda preguntas.

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Ya estamos en el Cerro del Telégrafo (1331 m), un lugar que hemos compartido con el viento, la lluvia, el frío e incluso el calor intenso. Con esta cumbre nos une una vieja amistad. Allí arriba siempre pienso en señales remotas, en mensajes que cruzaban montes mucho antes que nosotros.

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Ahora nos toca descender. El "Camino del Somier" será siempre, para muchos de nosotros, el camino del somier. Poco importa que hace años sustituyeran aquella puerta improvisada de alambres viejos por la actual. La memoria ciclista es terca y fiel a sus nombres originales.

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Un descenso de casi dos kilómetros por cortafuegos nos lanza directos hacia Becerril de la Sierra, donde la competición nos corta el paso. Nos topamos de frente con la organización de "La Rocosa MTB", el Campeonato de Madrid de XCM. Los senderos que debían ser nuestros estaban tomados por la cinta de balizamiento y el esfuerzo ajeno, obligándonos a replantear el destino sobre la marcha.

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Nos ha costado llegar hasta el embalse de Navacerrada, donde nos detenemos un instante para contemplar el espejo de agua. Luce generoso. Verlo así transmite una paz necesaria, pero la prueba deportiva nos impide seguir el track previsto, convirtiendo nuestro avance en un laberinto de tramos cortados.

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Lo mejor, rodear el embalse y atravesar la localidad. Por el camino, un pinchazo y algún extravío, mientras el reloj sigue acumulando minutos para algunos compañeros con compromisos.

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Iniciamos nuevo ascenso, esta vez hacia el embalse de La Maliciosa, a muy buen ritmo mantenido por todos y sin detenernos a rastrear el estruendo del agua. Siento alivio al superar el punto que, en la anterior ocasión, marcó nuestro retorno.

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Cruzamos el puente sobre el río Navacerrada y, más adelante, cuando aumenta el desnivel, la Fuente de la Beceilla nos ofrece agua, pero solo Jesús se detiene por un instante. Aún queda el tramo exigente hasta el Collado de Majaespino, un nombre que evoca antiguos majanos y espinos resistentes al viento.

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Las rampas, sin ser extremas, saben buscar el cansancio exacto y tras el último esfuerzo, aparece el embalse de La Maliciosa (1408 m), ese espejo irregular donde el agua guarda la luz como un tapiz de recuerdos, suyos y nuestros. Hoy, pletórico, mostrando su mejor imagen.

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No puede faltar la foto de grupo con este escenario, aunque confieso que siempre es una batalla perdida conseguir que todos sonrían a la vez a la cámara.

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Ya de regreso, por un camino más al sur, alcanzamos el collado de los Escondidos; un lugar que guarda entre sus piedras historias de huidos y senderos de estraperlo, recordándonos que estos parajes que hoy recorremos por placer fueron una vez rutas de supervivencia. La cuesta es empinada, a veces rota, con arena o gravilla suelta. ¡Ojo a los resbalones!, grito al ver a Juan perderse por delante de mí.

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En curva nos desviamos hacia la Vereda de Mataelpino y, antes de llegar al pueblo, cruzamos la M-617. No puedo remediarlo, busco con la mirada aquel rincón donde un espino me arrancó un trozo de maillot. Un pequeño tributo que se quedó en el monte. Nos restan pocos kilómetros. El Alcornoque de Prado Guerrero intenta saludarnos, pero ya solamente pensamos en un rápido rodar hacia el final, ni lo vemos.

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Lo que queda es otra cosa: la sensación de haber atravesado un territorio que no solo se recorre con las ruedas, sino también con lo que cada uno trae dentro.

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Me invade una euforia serena: por haber sintonizado con la bicicleta como hacía tiempo, por comprobar con alivio que la nueva medicación no ha podido con mis ganas y, sobre todo, por el orgullo que siento hacia mis compañeros. Han aceptado cada kilómetro extra y cada metro de desnivel —llegando a esos 1043 m finales— con la elegancia de quien sabe que lo importante no es la meta, sino el viaje.

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Como siempre, el mapa solo marca el camino, pero es la amistad la que le da sentido a cada pedalada.


jueves, 26 de febrero de 2026

Somos invitados en la sierra

Cuando la montaña habla

He estado releyendo algo que escribí hace cinco años. Por aquel entonces, me encendía defendiendo nuestro derecho a rodar por el monte como quien saca las uñas por un hijo. 

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Me reconozco en ese Alfonso batallador, pero hoy, con la perspectiva que me permite la edad, noto que mis piernas han perdido algo de chispa; mi mirada, en cambio, ha ganado en calma.

Aquella vez decía que "hablando se entiende la gente".

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Y es verdad. Pero estos días, siguiendo las noticias y viendo cómo las borrascas castigaban nuestra sierra, he vuelto a comprender que la montaña y la naturaleza tienen su propio lenguaje, incluso cuando no podemos estar allí para escucharlo de cerca.

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Estamos viviendo un respiro desde la semana pasada, una tregua que aceptamos sin rencor, animándonos a disfrutar de cada kilómetro antes de que los nubarrones vuelvan a cerrarse sobre nosotros. Ya nos avisan: la mejoría será efímera.

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He visto imágenes de pinos centenarios arrancados de cuajo, ríos recuperando lo que fue suyo, embalses a punto de desbordarse y caminos que hoy son simples cicatrices de lodo.

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A veces nos enredamos en discusiones sobre quién tiene más derecho a pisar este suelo, si el de las botas o el de las ruedas. Y de pronto llega la naturaleza, nos da un revolcón —aunque la observemos desde la distancia— y nos recuerda quién decide realmente. No somos los dueños del monte; somos, con suerte, sus invitados.

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Mañana, mientras el barro se asienta un poco más y los montes reverdecen, seguiremos saliendo. Seremos nosotros, los de siempre, los que avisemos de un desprendimiento o apartemos esas ramas que cortan el paso. No por reclamar privilegio alguno, sino por puro respeto.

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Al final, los que amamos la sierra sabemos que da igual quién tiene la razón si el camino desaparece. Hablando se entiende la gente, sí; pero es el respeto por el terreno que pisamos lo que de verdad nos hace compañeros de ruta.

 Domingo, 1 de Marzo de 2026

Por eso, con ese respeto aprendido, volvemos a mirar hacia adelante. Ya estamos en paz con Valdemorillo, pero nos queda una cuenta pendiente. La última vez, la ruta hasta el embalse de La Maliciosa se quedó a medias y tuvimos que regresar. Y, para ser justos, no fue por culpa del tiempo.

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Este domingo volvemos a por ella, por un camino diferente, pero con las fuerzas renovadas y el mismo espíritu de siempre. Nos vemos en el camino. 

Hora de encuentro: 🕣 8,45

Lugar de encuentro: 📍Aparcamiento Público en la calle Colmenar 43 - Cerceda  


domingo, 22 de febrero de 2026

Valdemorillo y el arte de mirar alrededor

Regreso a casa tras la ruta. En el coche escucho una canción cuyo estribillo repite una y otra vez: Look around you.

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Y esas palabras, de repente, rescatan lo que acaba de pasar: al terminar la ruta he mirado a mi alrededor y he visto caras —no sé si cansadas, pero desde luego satisfechas— que no perdían la sonrisa.

Tal vez la más cansada fuera la mía, que sigo reñido con una tensión que quiere volar sola, pero hoy ese agotamiento me ha traído un consuelo extraño. Es un cansancio de los buenos, de los que no pesan porque nacen de haber habitado las horas de verdad, no solo de verlas pasar.

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Dicen que la montaña siempre espera. Pero a veces es el destino el que te obliga a volver sobre tus pasos para que comprendas cuánto has cambiado.

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Hace apenas unas semanas, Valdemorillo nos recibió con un chirimiri impertinente que quiso hacerse mayor y nos cortó las alas. Aquel día rodamos bajo un cielo de plomo y la incertidumbre de quien mira las nubes temiendo su enojo. Hoy, sin embargo, la mirada era otra.

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Ahí estábamos Andrés, Ángel, Enrique, Ernesto, Jesús, Juan, Rafa, Raúl, Santi y Alfonso. Bastante menos abrigados, por cierto, porque la mañana se ha portado y nos ha regalado una cara casi primaveral.

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Eso sí, echamos de menos a los que hoy, por percances, lesiones o viajes, se han quedado lejos del manillar. Ausencias que se notan, pero que te acompañan en cada pedalada: el grupo siempre es mucho más que la suma de sus bicicletas.

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La Cruz del Cristo de la Sangre nos observa desde su pedestal de granito y parece alegrarse de vernos allí de nuevo, dispuestos a completar lo que dejamos a medias. Tal vez sin prisas —¿he dicho sin prisas? —, saboreando el aire limpio como quien apura un buen vino.

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Avanzamos por caminos conocidos, amplios, con el paisaje aguardándonos a la vera de la senda como un viejo amigo. Destacaba la nitidez del cielo y la sorpresa de un terreno que parece haber absorbido gran parte de las abundantes lluvias.

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En el camino, cruzamos los puentes sobre los arroyos de Fuentevieja y de la Moraleja, donde el agua corre generosa, recordándonos el invierno que queremos dejar atrás, pero sin convertirse en esos temidos barrizales que otras veces nos han frenado.  

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Rodamos juntos durante un buen rato, manteniendo esa charla que solo se interrumpe cuando el desnivel asoma. Pero hoy el grupo se siente fuerte y lo demuestra en cada recodo, en cada rampa que la ruta nos va mostrando.

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En un momento dado, miro a mis compañeros y pregunto: “¿No vamos muy rápido?”. Solo recibo caras de incredulidad como respuesta. A estas alturas, está claro que ya no controlo yo el ritmo: lo controla la ilusión de todos cada domingo.

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Si hoy hay pocas fotos, que nadie me lo tenga en cuenta: con esta marcha endiablada, cada vez que intentaba sacar la cámara el grupo ya estaba dos curvas por delante. Mejor seguir pedaleando y guardar las imágenes en la memoria.

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En la crónica de octubre de 2025 —alcanzando el Cerro de San Pedro— ya lo decía: “Estoy asustado… he creado monstruos”. Ruta tras ruta se confirma el buen estado físico del grupo. Hoy, con una sucesión interminable de toboganes y repechos que solo el perfil puede reflejar, la marcha se ha mantenido a muy buen ritmo.

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Incluso tuvimos un pequeño extravío de Andrés y Rafa, que nos obligó a detenernos. Pero lejos de ser un contratiempo, nos regaló un momento de reposo necesario, un alto en el camino para reconocer el paisaje y retomar el aliento.

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Al final, no se trataba solo de completar el track, sino de volver a mirarnos. La montaña nos ha devuelto lo que la lluvia nos quitó y lo ha hecho con buen talante, con el gusto de habernos visto disfrutar.

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Valdemorillo ya no nos debe nada… y las cervezas, por supuesto, quedaron pagadas.

Horas después, ya en casa, la canción seguía repitiendo en mi cabeza: Look around you. Y sí… bastaba con recordar lo vivido para saber que la mañana había merecido la pena.