Aroma a café y madrugón
Para algunos, la ruta no empezó con la primera pedalada, sino con el primer sorbo de café.
Los
fieles al ritual madrugaron unos minutos más para compartir ese pequeño refugio
antes del frío.
El amanecer: el frío que une
Sabíamos que el frío de Galapagar no
iba a perdonar, pero aun así allí estábamos: Enrique,
Ernesto, Fer, Galo, Jesús, Luis Ángel, Pedro, Raúl y Alfonso. Algunos,
incluso, con nieve aún sobre los techos de sus coches.
Bajo nubes de vaho y saludos breves, la
propuesta voló en el aire y todos pensamos lo mismo: el Embalse de Valmayor.
Mucho
más que un trazado, es un símbolo, aunque esta vez no estuviera previsto
dibujar su contorno completo.
El ritmo de la tierra
La Ermita del Cerrillo quedó pronto atrás, con
la Sierra nevada a nuestras espaldas y esa belleza que las fotos no alcanzan a
explicar. Avanzamos por el Camino de Navalquejigo y la Calleja
de las Latas hasta alcanzar la Cañada Real de las Merinas.
Los primeros kilómetros por pista nos
permitieron entrar en calor. El terreno, firme y generoso
a pesar de los charcos, invitaba a un rodar rápido, casi automático. El
grupo avanzaba compacto, con una urgencia no disimulada que dejaba que la
mañana se acomodara en el cuerpo sin esfuerzo.
Entre senderos conocidos
Ni siquiera hubo pausa junto a la Ermita de
Colmenarejo. Nos dejamos caer por el Camino del Rey hasta
la carretera de Valdemorillo. El Camino Vilanillo nos llevó
hasta la pantalla del embalse, hoy con un formidable nivel de agua, allí donde
el Aulencia parece detenerse un instante para mirarse a sí mismo.
Rodábamos ligeros, dejando que el paisaje nos
acompañara sin pedir nada a cambio. Prado
Silva, la Colada de Fuentevieja, el Camino de Villalba, la Crucijada… nombres
que ya forman parte de nuestra geografía íntima.
Rumbo a Zarzalejo Estación, con una
breve parada —hubo pocas—, el GR-10 y el Chicharrón nos conducen a El
Escorial.
Las huellas de la memoria
Pero rodar por caminos conocidos tiene una
ventaja y un riesgo: la memoria. Al
cruzar cierto punto, el silencio se volvió más denso.
Quizá Enrique volvió a ver aquel apoyo traicionero, aquel resbalón reciente que dejó huella en su mano. A través del walkie señaló el lugar exacto. No hacía falta: todos lo recordábamos.
La montaña guarda también el rastro de
nuestras caídas para recordarnos que el respeto nunca debe abandonarse. Este
domingo, sin embargo, la maniobra fue limpia y el miedo se disipó en la
siguiente pedalada.
El viejo lenguaje de los charcos
Tras las lluvias, la Sierra se mostró sincera.
Sabíamos
dónde esperar los charcos obstinados y dónde el terreno exigiría una trazada
más fina.
Sin escalones ni bicis al hombro, fluimos
entre cancelas abiertas, como si la montaña hoy no quisiera ponernos trabas.
La esencia: rodar por el placer de rodar
En esta ruta, de todo menos tranquila, la convivencia entre musculares y e-bikes fue natural. No predominó el motor, sino
la ligereza compartida y la certeza de que seguimos descubriendo matices nuevos
en los mismos senderos de siempre.
Aun así, confieso que reivindico en cada texto
una forma de rodar más pausada y contemplativa, como las de antes… aquellas en
las que, sin prisas, también alcanzábamos grandes logros. Lo
echo de menos, aunque empiezo a sospechar que mi mensaje no termina de calar si
no va acompañado de un vídeo.
El cierre: sin más rastro que el barro
Regresamos a los coches con las bicis y las
espaldas salpicadas del barro de Valmayor, pero con el ánimo limpio. Ni un
rasguño, solo anécdotas, sonrisas robadas al frío y la satisfacción de haber
cumplido el ritual.
Al concluir la ruta fui consciente de que —como le comenté a Jesús— esta vez mi rostro no aparecería en ninguna foto. Faltaron esos amigos que siempre se cuidan de que el fotógrafo también tenga su sitio en el
encuadre. Pero acepté ese vacío con serenidad: a veces, mi presencia solo se
certifica a través de la mirada que regalo a los demás.
Y es que, al final, poco importa el registro si la vivencia perdura; la mejor ruta no es la más difícil,
sino la que te deja esperando la próxima.
Nota: Registramos
casi 53 km en tres horas y media. Estuvimos avanzando, solidarios con las prisas que Enrique tenía por llegar al partido del Atleti y
le fuimos llevando en volandas… ¿o fue él el que nos llevó a nosotros con el
gancho?
Yo tan solo me limité a seguir la rueda de Galo, que me la ofrecía y el resto, con tal de no pasar frío se venían detrás. Nunca sabes dónde se va a romper la cadena, averiar el buje o esa rueda que falla. Tampoco estaba la mañana como para pararse y quedarse frío.
ResponderEliminarEl sol nos acompañó y además algunos hasta pudimos lavar las bicis.
Antes teníamos la necesidad de parar, pero no para contemplar el paisaje, sino para coger resuello. El grupo ha mejorado mucho y se nota. Tendrías que hacer una reflexión sobre lo que llevabas en el bidón y en la mochila de alimentación antes y lo que llevas ahora. Toquemos madera, pero ¿dónde están las pájaras y los calambres de antes?
Saludos.