domingo, 22 de febrero de 2026

Valdemorillo y el arte de mirar alrededor

Regreso a casa tras la ruta. En el coche escucho una canción cuyo estribillo repite una y otra vez: Look around you.

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Y esas palabras, de repente, rescatan lo que acaba de pasar: al terminar la ruta he mirado a mi alrededor y he visto caras —no sé si cansadas, pero desde luego satisfechas— que no perdían la sonrisa.

Tal vez la más cansada fuera la mía, que sigo reñido con una tensión que quiere volar sola, pero hoy ese agotamiento me ha traído un consuelo extraño. Es un cansancio de los buenos, de los que no pesan porque nacen de haber habitado las horas de verdad, no solo de verlas pasar.

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Dicen que la montaña siempre espera. Pero a veces es el destino el que te obliga a volver sobre tus pasos para que comprendas cuánto has cambiado.

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Hace apenas unas semanas, Valdemorillo nos recibió con un chirimiri impertinente que quiso hacerse mayor y nos cortó las alas. Aquel día rodamos bajo un cielo de plomo y la incertidumbre de quien mira las nubes temiendo su enojo. Hoy, sin embargo, la mirada era otra.

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Ahí estábamos Andrés, Ángel, Enrique, Ernesto, Jesús, Juan, Rafa, Raúl, Santi y Alfonso. Bastante menos abrigados, por cierto, porque la mañana se ha portado y nos ha regalado una cara casi primaveral.

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Eso sí, echamos de menos a los que hoy, por percances, lesiones o viajes, se han quedado lejos del manillar. Ausencias que se notan, pero que te acompañan en cada pedalada: el grupo siempre es mucho más que la suma de sus bicicletas.

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La Cruz del Cristo de la Sangre nos observa desde su pedestal de granito y parece alegrarse de vernos allí de nuevo, dispuestos a completar lo que dejamos a medias. Tal vez sin prisas —¿he dicho sin prisas? —, saboreando el aire limpio como quien apura un buen vino.

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Avanzamos por caminos conocidos, amplios, con el paisaje aguardándonos a la vera de la senda como un viejo amigo. Destacaba la nitidez del cielo y la sorpresa de un terreno que parece haber absorbido gran parte de las abundantes lluvias.

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En el camino, cruzamos los puentes sobre los arroyos de Fuentevieja y de la Moraleja, donde el agua corre generosa, recordándonos el invierno que queremos dejar atrás, pero sin convertirse en esos temidos barrizales que otras veces nos han frenado.  

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Rodamos juntos durante un buen rato, manteniendo esa charla que solo se interrumpe cuando el desnivel asoma. Pero hoy el grupo se siente fuerte y lo demuestra en cada recodo, en cada rampa que la ruta nos va mostrando.

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En un momento dado, miro a mis compañeros y pregunto: “¿No vamos muy rápido?”. Solo recibo caras de incredulidad como respuesta. A estas alturas, está claro que ya no controlo yo el ritmo: lo controla la ilusión de todos cada domingo.

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Si hoy hay pocas fotos, que nadie me lo tenga en cuenta: con esta marcha endiablada, cada vez que intentaba sacar la cámara el grupo ya estaba dos curvas por delante. Mejor seguir pedaleando y guardar las imágenes en la memoria.

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En la crónica de octubre de 2025 —alcanzando el Cerro de San Pedro— ya lo decía: “Estoy asustado… he creado monstruos”. Ruta tras ruta se confirma el buen estado físico del grupo. Hoy, con una sucesión interminable de toboganes y repechos que solo el perfil puede reflejar, la marcha se ha mantenido a muy buen ritmo.

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Incluso tuvimos un pequeño extravío de Andrés y Rafa, que nos obligó a detenernos. Pero lejos de ser un contratiempo, nos regaló un momento de reposo necesario, un alto en el camino para reconocer el paisaje y retomar el aliento.

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Al final, no se trataba solo de completar el track, sino de volver a mirarnos. La montaña nos ha devuelto lo que la lluvia nos quitó y lo ha hecho con buen talante, con el gusto de habernos visto disfrutar.

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Valdemorillo ya no nos debe nada… y las cervezas, por supuesto, quedaron pagadas.

Horas después, ya en casa, la canción seguía repitiendo en mi cabeza: Look around you. Y sí… bastaba con recordar lo vivido para saber que la mañana había merecido la pena.


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