Hay senderos por los que uno ha pasado tantas veces que podría recorrerlos casi de memoria. Sin embargo, basta hacerlo en compañía de quienes aún no los conocen para descubrir que siguen guardando la misma capacidad de sorprender.
El calor anunciaba una mañana exigente, así
que madrugamos. A las siete y media ya
estábamos pedaleando Patrick, Eva y yo, buscando la sombra de los pinares y el
frescor que todavía conservaban los caminos.
La ruta no tenía otro propósito que disfrutar
sin prisas. No importaban los kilómetros ni el ritmo. Me
apetecía mostrarles algunos senderos que había ido descubriendo poco a poco,
casi por casualidad, y que Patrick y Eva no conocían. Fue
un placer comprobar cómo se detenían a mirar cada rincón y cómo disfrutaban de
cada nuevo descubrimiento.
Quizá por eso también disfruté tanto haciendo fotografías. La cámara no solo recogía paisajes; también captaba esa mirada nueva que devolvía vida a lugares que creía conocer de memoria.
Poco antes del mediodía ya estábamos de
regreso. El calor empezaba a imponerse y nosotros ya
habíamos disfrutado de lo mejor del día.
A veces no hace falta recorrer grandes
distancias para volver a casa con la sensación de haber vivido una buena
mañana. Quizá
los senderos no cambian; cambia la mirada con la que nos acercamos a ellos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Gracias por dejar vuestros mensajes.
Son importantes para nosotros.