Desafiando a la borrasca en los senderos de Valmayor
Hay quien ve una borrasca con nombre propio en
el mapa del tiempo y da el domingo por perdido. Se
encierra en casa, pone la cafetera y observa los cristales empañados con el
alivio del que se sabe a salvo.
Nosotros, en cambio, publicamos la
convocatoria el jueves bajo un cielo color arcilla que no auguraba nada bueno. Pero
el destino era Valmayor, nuestra zona fetiche, y allí, entre el polvo
sahariano y el viento caprichoso, las nubes siempre parecen jugar a otra cosa.
Este domingo, al levantarme, la lluvia
golpeaba con ganas los cristales. Hay
rutas que se ganan en ese instante: cuando apagas la alarma y decides plantarle
cara al nombre que le hayan puesto a la borrasca de turno. Hay
algo magnético en nuestras citas; siempre preferimos comprobar nosotros mismos
si el lobo —o en este caso, Regina— es tan fiero como lo pintan.
Y fuimos: Andrés, Enrique, Ernesto, Jesús,
Luis Ángel, Rafa, Raúl, Santi y Alfonso.
Empezamos con calma tanteando el terreno y
esquivando charcos, pero pronto soltamos frenos bajando hacia Navalquejigo.
Allí nos llevamos el sobresalto del día cuando
un perro suelto, fuera de sí —quizá asustado por nuestro paso—, le lanzó un
viaje a Jesús y le marcó el gemelo con un colmillo. Un
lance feo que pudo ser peor pero que, tras la lógica preocupación por el
compañero, decidimos dejar atrás para no perder el ritmo.
Tuvimos un paso complicado al vadear el arroyo
Ladrón, justo por debajo del embalse de Las Lagunas, lo que nos puso
a prueba antes de enfilar hacia Valmayor.
Todos disfrutamos recorriendo las sendas que nos acercan al embalse, bastante más crecido de lo recordado en años. Esa crecida nos obligó a improvisar alternativas sobre la marcha para esquivar las zonas inundadas, pero mereció la pena.
Ver a los cormoranes y las gaviotas dueños de
las rocas, tan tranquilos, nos confirmó que habíamos acertado viniendo. Y
nosotros, mientras tanto, disfrutando de un privilegio raro: ¡Ni gota, ni
gota! El grito de guerra de los que terminamos secos
a pesar de los malos augurios. Parece que Regina se
achicó al vernos llegar.
Atravesamos la zona urbana de Galapagar
y rodamos por terrenos que Raúl se conoce de memoria. No
escatimó al proponernos algún sendero "disfrutón" e incluso descender
hasta el Puente de la Alcanzorla, sobre el río Guadarrama.
Ese arco musulmán, vestigio del siglo IX,
parte de la antigua vía militar andalusí que unía Toledo con el valle del Duero,
impresiona: ahí sigue ese arco de herradura aguantando el tipo frente a las embestidas
del tiempo.
Dejamos atrás la historia y seguimos devorando
kilómetros por La Navata. Los
toboganes del terreno marcaron un ritmo de esos que no matan, pero que te
obligan a llevar el pulso alegre.
Entre que la ruta volaba y que mi cámara
empieza a pedir la jubilación —ya no sabe ni dónde enfocar con tanto trote—,
esta vez las fotos escasean.
Pero no hizo falta más. Volvemos
a casa con las piernas calientes, el gemelo de Jesús en proceso de cura y esa
satisfacción que solo conocemos quienes no nos quedamos en el sofá cuando el
cielo amenaza.
Al final, Regina resultó ser mucho ruido y
pocas nueces. O quizá es que, cuando rodamos juntos, hasta
las borrascas se lo piensan dos veces antes de estropearnos el domingo. Mientras
otros esperan a que escampe, nosotros ya estamos de vuelta.
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