Entre Peguerinos, trialeras y cuentas pendientes
Hay rutas que no tienen edad; basta un suave maquillaje y algún retoque para que vuelvan frescas y lozanas.
“La Mariposa” llevaba tiempo revoloteando
alrededor del grupo sin llegar a posarse del todo. La
primera vez fue una avería. La segunda, la lluvia.
Siempre
aparecía algo capaz de dejarnos otra vez con la sensación de ruta pendiente.
Por eso este domingo tenía un aire distinto
incluso antes de empezar. Había cierta curiosidad por
comprobar si, esta vez sí, lograríamos completar por fin ese recorrido.
Acudimos 14 curiosos: Andrés, Ángel, Carlos, Enrique,
Fer, Fernando, Galo, Jesús, Luis Ángel, Pawel, Rafa, Raúl, Santi y Alfonso. Y
aunque la mañana parecía conceder una tregua, algún chubasquero aún daba
colorido, como quien todavía no termina de fiarse del todo del cielo ni de la
suerte.
Salimos desde San Rafael y el primer tramo nos
llevó, casi sin darnos cuenta, hasta el puente de madera y metal sobre el Arroyo
Mayor. El río, bajo y contenido, parecía más tránsito
que obstáculo.
Después, el camino comenzó a ganar altura
hacia el Mirador de la Peña del Águila, donde el paisaje se abre y siempre
termina reteniendo a alguien para una foto.
El ascenso hasta el Collado del Hornillo
es conocido y familiar, cada uno ya sabe dónde aguantar y dónde apretarse. Arriba,
punto de cruce y respiro; de esos lugares donde el grupo se recompone antes de
volver a dejarse caer por la vertiente.
Los restos de algunas cortas recientes aparecen
durante buenos trechos de la ruta, dando pie a que unos tomemos el sendero
habitual y otros prefieran bajar por la pista.
Nos adentramos en una zona boscosa, entre
senderos que se entrecruzan, ramas caídas y algún árbol seco que ya se rindió. Avanzamos
haciendo regates a cada metro. Incluso el arroyo del
Collado del Hornillo y el arroyo de la Aceña quieren jugar con
nosotros, poniendo trabas a nuestro paso.
Aquí apenas entra el sol, lo que le da a la
zona un encanto especial. Vamos pendientes del
compañero y del GPS, atentos al trazado y, aun así, habrá un par de caídas. Afortunadamente,
solo quedaron en algún golpe y el susto.
Y entonces, casi sin anunciarse, cuando
Enrique pregunta aquello de: “pero ¿dónde está?, nos topamos con el Monumento
a la Mariposa. Un punto discreto en el mapa,
pero con la carga simbólica suficiente como para que uno se detenga y deje
reposar las prisas.
¿Nueva foto de grupo?... O casi
de grupo. Jesús hace la foto y Fer ya aguarda más
adelante, indicando por dónde sigue el trazado, con un descenso técnico hacia
el arroyo de Navalacuerda. Habrá
quienes optemos por bajar más rápidos por la pista.
El Embalse de la Aceña, a los pies de Peguerinos,
aparece entonces sereno, reteniendo con calma toda el agua que es capaz de
guardar, con una calma que invita a bajar un punto el pulso.
No estamos todavía todos juntos. Los
compañeros van llegando poco a poco y empiezan los comentarios:
“Yo
voy tirando…”,
“Voy a
subir muy despacio; te vas a aburrir si me acompañas”,
“Me
encantan las trialeras, pero aquí lo paso mal…”.
En el fondo, distintas maneras de decir lo
mismo: que cada uno subirá a su ritmo.
Atravesamos la Majada del Viento, que hoy no concede ni una brizna de alivio y deja abiertas las puertas a un sol que quiere hacerse notar. Un breve descanso para reagrupar y… adelante.
La ruta aún guardaba kilómetros. Avanzamos
por el Camino de los Trampales, siempre reteniendo agua… ¿verdad, Pawel?
Después,
una pista nos aleja del embalse de Cañada Mojada y nos empuja, siempre
en ascenso, hacia la fuente de Fernando Benito, donde el agua fresca
sabe mejor que nunca.
Bajamos el ritmo… o no, porque ya sabemos que
lo más duro ha quedado atrás y el Collado de la Gargantilla nos aguarda.
Pero
no conseguimos volver a reunir al grupo. Unos
se han despedido y otros parecen tener prisa… o prefieren afrontar el
complicado descenso sin compañía.
Un respiro antes de pasar junto a la fuente
de Juan Belver e iniciar el descenso, muy roto, por el camino de los
Arteseros, donde cada uno pondrá a prueba su memoria del mejor trazado, con
el resto de los sentidos trabajando al cien por cien.
Algunos pondremos pie en tierra en algún
momento, pero también nos sorprenderá vernos capaces de superar zonas muy
pedregosas, de fuerte pendiente, que quizá hace tiempo habríamos evitado.
Junto al puente sobre el arroyo Gargantilla,
llegan los suspiros de alivio y de satisfacción… Cruce
de sonrisas y felicitaciones.
Fer todavía se atreve a sugerir que la ruta podría ser un poco más larga, pero la respuesta general es inmediata: “Está bien como está… ¡uf!”
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