domingo, 6 de septiembre de 2026

Septiembre vuelve a la montaña

Un camino conocido, unas fuentes diferentes y una imagen difícil de olvidar

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Septiembre ha llegado casi sin avisar. Agosto quedó atrás hace apenas unos días y la vuelta a la rutina empieza a hacerse notar. Unos ya la han retomado; otros todavía apuran sus últimos días. Nosotros seguimos encontrando buenas razones para volver a la montaña.

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Esta mañana, en Revenga, nos reunimos Alfonso, Andrés, Ángel, Enrique, Fer y Santi. A nosotros se une Galo, que ha llegado en bici desde El Espinar. Siete amigos y por delante una nueva mañana de montaña.

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¿He dicho siete…? Cuando ya estamos dispuestos a arrancar, llega Nacho, que ha apurado el sueño al máximo. Pero no es el único: mientras esperamos a que se prepare, aparecen Ernesto y Pawel.

Ahora sí.

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La primera referencia vuelve a ser la antigua Casa de Esquileo y Venta de Santillana. Sus ruinas permanecen allí, vencidas por el tiempo.

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Cuesta no pensar en todo lo que ha sucedido alrededor de estas piedras. Hubo un tiempo en que aquí había actividad, viajeros, pastores, animales y conversaciones. Hoy apenas quedan muros y recuerdos, pero nosotros seguimos adelante.

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En la Fuente de San Pedro hay compañeros que hacen una primera parada para reponer los bidones, sin saber que no tendremos demasiadas oportunidades más adelante. El agua fresca siempre encuentra una buena excusa para detener una bicicleta.

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Después, la Cruz de la Gallega y el camino hacia la Fuente de los Pastores, donde el terreno empieza a ganar altura y el grupo se estira. Pero sabemos que acabará juntándonos la excusa de una fotografía. 

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De nuevo en marcha. Unos encuentran su ritmo con facilidad; otros prefieren tomárselo con algo más de calma. No hay prisa… bueno, para algunos. Sabemos que más adelante volveremos a encontrarnos. Galo, que ha compartido con nosotros este primer tramo, se despide en este punto y continúa su camino.

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El camino nos lleva hacia La Camorquilla, uno de esos lugares que, después de tantos años, han dejado de ser simplemente un punto más en el recorrido. Nos desviamos para acercarnos a ella y, cuando llegamos, el valle de Valsaín vuelve a abrirse ante nosotros.

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Peñalara, las Cabezas de Hierro, Siete Picos y el Montón de Trigo aparecen una vez más en el horizonte. Los mismos nombres, las mismas montañas y, sin embargo, nunca exactamente el mismo paisaje. Las hemos visto cambiar con las estaciones, bajo el sol del verano, envueltas en niebla y, alguna vez, cubiertas de nieve. Quizá por eso seguimos volviendo.

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Hoy apenas conseguimos la fotografía deseada. Hemos coincidido con un grupo de andarines y todos quieren su foto. Habrá que volver.

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Desde aquí el camino avanza entre la Majada del Cochino y la Majada del Escorial, junto al nacimiento del arroyo de las Pamplinas. El paisaje hace que el esfuerzo pase casi inadvertido y, poco después, alcanzamos la Fuente de la Reina, otro de esos lugares que forman parte de nuestra particular geografía ciclista.

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Hemos llegado hasta aquí muchas veces y, sin embargo, nunca parece una parada rutinaria. La fuente, que tantas veces nos ha dado consuelo con su agua fresca, hoy nos duele verla haciendo un último esfuerzo: apenas sale agua y, además, sale sucia.

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Retomamos la marcha y, unos metros antes de tomar el desvío, aparecen las ruinas de la antigua Venta de la Fuenfría. Durante siglos un lugar de paso para viajeros, arrieros e incluso comitivas reales que cruzaban la Sierra. Hoy, apenas unas piedras desperdigadas y algún resto de muro nos recuerdan que aquí hubo un lugar lleno de vida.

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Tomamos el desvío junto a las antiguas ruinas y el camino comienza a perder nivel. Ahora toca disfrutar de la bajada, aunque sin confiarse demasiado: una piedra, una raíz o una curva pueden recordarnos en cualquier momento que seguimos en la montaña.

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El descenso nos conduce hasta la Fuente de Palominos, donde volvemos a reagruparnos con la esperanza de conseguir agua. Apenas nos ofrece un hilillo. La falta de agua es evidente.

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Continuamos por el camino de Cabezagatos, rodando con tranquilidad y reservando fuerzas para lo que todavía queda. El grupo vuelve a estirarse. Los que van delante saben que les tocará esperar y los que vienen detrás saben que, tarde o temprano, volverán a encontrarse con los demás. Una pequeña coreografía que repetimos tantas veces que ya forma parte de nuestras rutas.

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El terreno nos lleva hasta el arroyo del Horcajo, que desciende desde las laderas del Montón de Trigo. Superamos el paso sin problemas y, al otro lado, comienza uno de esos tramos que ya conocemos de sobra: el Camino Forestal de Empalado, que desde hace años llamamos «matahombres».

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Aquí la pendiente aprieta y, durante unos setecientos metros, cada uno se concentra en sus pedales, en la rueda que lleva delante y en encontrar el mejor sitio para superar el desnivel. Esta vez no nos reunimos todos arriba; algunos aguardamos a los más rezagados. Recuperamos el aliento y aparece alguna sonrisa de satisfacción.

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Vadeamos después el arroyo del Retamar, al pie del Collado de Río Peces, y nos internamos en el Pinar de la Acebeda. Aquí la ruta cambia de carácter. El bosque nos envuelve y las bicicletas avanzan entre árboles, sombras y pequeños repechos que ya no parecen tener demasiada importancia.

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Durante un buen rato dejamos de pensar en pendientes, kilómetros, desniveles. Simplemente rodamos. El pinar tiene algo especial, quizá por la sombra, el silencio, el olor de la tierra y de los árboles, o simplemente porque llevamos muchos años pasando por aquí y ha terminado siendo parte de nuestra memoria.

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Después llega la Senda de la Desesperada, que siempre encuentra alguna manera de recordarnos que el monte no entiende de nombres amables. Tomamos el Camino Forestal Río Peces y dejamos atrás el Puente de Vado de Arrastraderos.

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Comenzamos un descenso rápido por el Camino a Cabezagatos. La mañana empieza a quedarse atrás y todavía nos queda camino hasta Revenga, pero lo más importante ya está hecho.

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Tomamos un desvío por la Senda del Acueducto y nos plantamos junto al embalse de Puente Alta para la última fotografía.

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Pero lo que vemos nos deja sin palabras.

Sus aguas están al nivel más bajo que hemos conocido en muchos años.

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Durante la mañana hemos pasado junto a fuentes que intentaban disimular la realidad y hemos cruzado arroyos cuyo caudal tampoco era el de otras veces. Hasta llegar aquí han sido pequeñas señales que quizá preferíamos no interpretar.

Ahora ya no hay forma de mirar hacia otro lado.

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Hace pocos días llorábamos por el monte herido por los incendios. Hoy volvemos a mirarlo y encontramos otra herida: la falta de agua. Son dos formas distintas de perder lo que queremos, pero las dos duelen cuando conocemos estos caminos, cuando hemos bebido de sus fuentes y hemos cruzado sus arroyos tantas veces.

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Nos vamos, sin embargo, con la satisfacción de una buena mañana. Hemos vuelto a encontrarnos, hemos compartido caminos, conversaciones y risas; hemos esperado a los que venían detrás y hemos vuelto a reunirnos delante.

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Volvemos hacia Revenga. La ruta termina, pero queda esa imagen en la memoria, una de esas que uno guarda sin saber muy bien por qué y que, con el tiempo, acaba adquiriendo otro significado.

Ojalá la próxima vez que pasemos por aquí tengamos que esforzarnos para recordar cómo encontramos Puente Alta este domingo.


2 comentarios:

  1. Para ir a la sierra hay que disfrazarse de Indurain?

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    1. Jajaja… Supongo que te refieres a la foto de portada, Agus. 😂 Para ir a la sierra no hace falta disfrazarse de Induráin. Lo nuestro es más sencillo: ropa de ciclista, cara de sufrimiento… y las bicis descansando.

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