domingo, 24 de mayo de 2026

Entre puentes medievales y senderos revirados: Regreso al Valle del Lozoya

La ruta regresa a nosotros disfrazada de conocida

Todo parece ocupar el lugar de otras veces: caminos, pinares, puentes sobre el Lozoya… pero hoy el día habla con otra voz.

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Llego el primero al punto de encuentro. Siempre disfruto de esa calma previa, de ese tiempo extra para preparar la bicicleta mientras saboreo la alegría de ver llegar a los compañeros.

Nos juntamos Juan, Pedro, Raúl y un servidor.
Hace dos años estrené bicicleta en este mismo escenario; hoy, con una montura diferente, el entorno se descubre ante mí con otra mirada.

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Avanzamos e inevitablemente rescatamos la memoria de la ocasión anterior, buscando instintivamente las diferencias en el trazado: menos agua, pero bastante más calor.

Las altas temperaturas aprietan ya, aunque el valle todavía conserva algunos grados menos, tanto que dudo si ponerme los manguitos antes de salir.
Por suerte, el cielo permanece a medias cubierto y terminamos agradeciendo esa tregua silenciosa mientras empezamos a pedalear.

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Una puerta aquí, otra allá… la próxima vez las contaré. Pedro y Raúl se van alternando casi sin decirlo, como si el gesto ya fuera parte del recorrido. Más adelante, cuando el cansancio empieza a notarse, el relevo se vuelve inevitable. Las portillas van abriendo paso a las dehesas que nos acompañan durante buena parte de la ruta.

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El Camino Natural del Valle del Lozoya hacia Canencia nos acerca al Puente de Matafrailes (siglos XIV-XV), sobre el arroyo de Canencia, donde hacemos una breve parada para la foto.

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Unos kilómetros más allá, cruzamos el Puente del Congosto, de la Baja Edad Media. Encajonado sobre una estrecha garganta del río Lozoya, nos regala el sonido del agua brava y ese alivio fresco que el cuerpo siempre agradece cuando el calor aprieta y se busca un respiro.

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Coronamos el Mirador del Valle (1108 m) y nos detenemos unos minutos. El embalse de Pinilla se extiende espectacular en el horizonte.

Mirador del Valle

Bicicletas apoyadas unas junto a otras, fotos y miradas queriendo retenerlo todo… pequeñas pausas que no interrumpen la ruta, sino que la sostienen.

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Embalse de Pinilla

El trazado nos guía bordeando el embalse, que luce pletórico, antes de afrontar los tramos más exigentes: casi cinco kilómetros de continuo ascenso hacia el Collado de los Espinosos (1321 m).

Aquí el aire es más ligero, aunque abajo el verano ya ha empezado a imponerse.

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Nos hemos juntado cuatro amigos con tres e-bikes y una sola bicicleta muscular. Hay que quitarse el sombrero ante Raúl: en la mayor parte de la ruta ha sido él quien ha marcado el ritmo, evitando que se notara diferencia alguna entre unas máquinas y otras. Pundonor y piernas a partes iguales.

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Tras el collado iniciamos un rápido descenso hacia Navarredonda, donde Raúl, siempre sediento, aprovecha para cargar agua, y continuamos hacia el Mirador de San Mamés.

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A partir de aquí, el paisaje alterna pinares, claros y senderos cada vez más rápidos y entretenidos.

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Cruzamos de nuevo dehesas donde el ganado pace tranquilo. Las vacas y yeguas apenas se inmutan a nuestro paso, mucho más atentas a los terneros y potrillos recién nacidos que empiezan a poblar estos hermosos prados verdes.

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Tras superar un repecho conocido y un cruce de caminos, afrontamos ese kilómetro duro que sirve de peaje para alcanzar el refugio de montaña. Sabemos que desviarnos hasta la Chorrera de San Mamés nos restará tiempo, pero la visita termina imponiéndose.

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Y merece la pena: el agua baja todavía con fuerza suficiente para romper el silencio del pinar y obligarnos a contemplarla unos minutos más de lo previsto.

Chorrera de San Mamés
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Al reanudar la marcha, el calor ya se deja notar, pero la recompensa es inmediata. Comienzan los momentos más divertidos de la mañana.

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Los descensos se suceden por senderos estrechos y muy revirados, dejándonos disfrutar casi como críos, enlazando curvas una tras otra sin necesidad de pedalear. Bajamos rápidos, muy pegados, confiando ciegamente en la trazada y en la pericia del compañero que rueda delante.

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A nuestra izquierda, el embalse de Riosequillo aparece y desaparece siguiendo los giros del trazado, como si jugara también a acercarse y alejarse de nosotros.

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La última parte nos lleva hacia el entorno de la Poza y la Reguera del Caz, por la Colada de la Solana. Aquí el cauce ha desaparecido, dejando paso a una densa vegetación que casi engulle el sendero que recorremos por intuición.

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Al cruzarlo, es imposible no sonreír al recordar a nuestro amigo Fer, rebozado en barro en este mismo punto y lavándose en el arroyo Robles.

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En una última parada, los compañeros no dejan de repetir lo mismo con una sonrisa de oreja a oreja:

—¡Vaya rutón nos hemos marcado…!

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Rodamos rápidos por la Cañada de la Cerrada de Garay, dejando atrás la Ermita de Santiago en Gargantilla de Lozoya, del siglo XV.

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Pero las últimas callejas reclaman su cuota de protagonismo. Hasta este momento apenas habíamos encontrado algún charco despistado y parecía que nos íbamos a salvar.

Sin embargo, en esta zona el terreno parece incapaz de absorber toda el agua recibida durante la primavera.

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Nada que ver con la ocasión anterior, pero aun así no nos queda más remedio que terminar manchándonos de barro pegajoso y sucio, y lo que es peor, también las bicicletas si queremos seguir adelante. Si me detengo para una foto el suelo me espera.

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Al fin y al cabo, el barro en las piernas no es más que el trofeo que nos recuerda que la verdadera amistad, como las buenas rutas, siempre deja huella.

O, al menos, una buena historia que contar.


1 comentario:

  1. Un rutón sin ninguna objeción. Mis respetos a Raúl que no se amilanó ante nuestras electrificadas cabalgaduras. Final embarrado y superado sin incidencias. Gracias Alfonso por las fotos y la crónica. Se echó de menos al resto de amigos.

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