La ruta regresa a nosotros disfrazada de conocida
Todo
parece ocupar el lugar de otras veces: caminos, pinares, puentes sobre el
Lozoya… pero hoy el día habla con otra voz.
Llego el primero al punto de encuentro. Siempre
disfruto de esa calma previa, de ese tiempo extra para preparar la bicicleta
mientras saboreo la alegría de ver llegar a los compañeros.
Nos juntamos Juan, Pedro, Raúl y un servidor.
Hace
dos años estrené bicicleta en este mismo escenario; hoy, con una montura
diferente, el entorno se descubre ante mí con otra mirada.
Avanzamos e inevitablemente rescatamos la
memoria de la ocasión anterior, buscando instintivamente las diferencias en el
trazado: menos agua, pero bastante más calor.
Las altas temperaturas aprietan ya, aunque el
valle todavía conserva algunos grados menos, tanto que dudo si ponerme los
manguitos antes de salir.
Por
suerte, el cielo permanece a medias cubierto y terminamos agradeciendo esa
tregua silenciosa mientras empezamos a pedalear.
Una puerta aquí, otra allá… la próxima vez las
contaré. Pedro y Raúl se van alternando casi sin
decirlo, como si el gesto ya fuera parte del recorrido. Más
adelante, cuando el cansancio empieza a notarse, el relevo se vuelve
inevitable. Las portillas van abriendo paso a las dehesas
que nos acompañan durante buena parte de la ruta.
El Camino Natural del Valle del Lozoya hacia
Canencia nos acerca al Puente de Matafrailes (siglos XIV-XV), sobre el
arroyo de Canencia, donde hacemos una breve parada para la foto.
Unos kilómetros más allá, cruzamos el Puente
del Congosto, de la Baja Edad Media. Encajonado
sobre una estrecha garganta del río Lozoya, nos regala el sonido del
agua brava y ese alivio fresco que el cuerpo siempre agradece cuando el calor
aprieta y se busca un respiro.
Bicicletas apoyadas unas junto a otras, fotos
y miradas queriendo retenerlo todo… pequeñas pausas que no interrumpen la ruta,
sino que la sostienen.
El trazado nos guía bordeando el embalse, que
luce pletórico, antes de afrontar los tramos más exigentes: casi cinco
kilómetros de continuo ascenso hacia el Collado de los Espinosos (1321
m).
Aquí el aire es más ligero, aunque abajo el
verano ya ha empezado a imponerse.
Nos hemos juntado cuatro amigos con tres
e-bikes y una sola bicicleta muscular. Hay
que quitarse el sombrero ante Raúl: en la mayor parte de la ruta ha sido él
quien ha marcado el ritmo, evitando que se notara diferencia alguna entre unas
máquinas y otras. Pundonor y piernas a partes
iguales.
Tras el collado iniciamos un rápido descenso
hacia Navarredonda, donde Raúl, siempre sediento, aprovecha para cargar
agua, y continuamos hacia el Mirador de San Mamés.
A partir de aquí, el paisaje alterna pinares,
claros y senderos cada vez más rápidos y entretenidos.
Cruzamos de nuevo dehesas donde el ganado pace
tranquilo. Las vacas y yeguas apenas se inmutan a nuestro
paso, mucho más atentas a los terneros y potrillos recién nacidos que empiezan
a poblar estos hermosos prados verdes.
Tras superar un repecho conocido y un cruce de
caminos, afrontamos ese kilómetro duro que sirve de peaje para alcanzar el
refugio de montaña. Sabemos que desviarnos hasta
la Chorrera de San Mamés nos restará tiempo, pero la visita termina
imponiéndose.
Y merece la pena: el agua baja todavía con
fuerza suficiente para romper el silencio del pinar y obligarnos a contemplarla
unos minutos más de lo previsto.
Al reanudar la marcha, el calor ya se deja
notar, pero la recompensa es inmediata. Comienzan
los momentos más divertidos de la mañana.
Los descensos se suceden por senderos
estrechos y muy revirados, dejándonos disfrutar casi como críos, enlazando
curvas una tras otra sin necesidad de pedalear. Bajamos
rápidos, muy pegados, confiando ciegamente en la trazada y en la pericia del
compañero que rueda delante.
A nuestra izquierda, el embalse de
Riosequillo aparece y desaparece siguiendo los giros del trazado, como si
jugara también a acercarse y alejarse de nosotros.
La última parte nos lleva hacia el entorno de
la Poza y la Reguera del Caz, por la Colada de la Solana. Aquí
el cauce ha desaparecido, dejando paso a una densa vegetación que casi engulle
el sendero que recorremos por intuición.
Al cruzarlo, es imposible no sonreír al
recordar a nuestro amigo Fer, rebozado en barro en este mismo punto y lavándose
en el arroyo Robles.
En una última parada, los compañeros no dejan
de repetir lo mismo con una sonrisa de oreja a oreja:
—¡Vaya rutón nos hemos
marcado…!
Rodamos rápidos por la Cañada de la Cerrada de
Garay, dejando atrás la Ermita de Santiago en Gargantilla de Lozoya,
del siglo XV.
Pero las últimas callejas reclaman su cuota de
protagonismo. Hasta este momento apenas habíamos encontrado
algún charco despistado y parecía que nos íbamos a salvar.
Sin embargo, en esta zona el terreno parece
incapaz de absorber toda el agua recibida durante la primavera.
Nada que ver con la ocasión anterior, pero aun
así no nos queda más remedio que terminar manchándonos de barro pegajoso y
sucio, y lo que es peor, también las bicicletas si queremos seguir adelante. Si me
detengo para una foto el suelo me espera.
Al fin y al cabo, el barro en las piernas no
es más que el trofeo que nos recuerda que la verdadera amistad, como las buenas
rutas, siempre deja huella.
O, al menos, una buena historia que contar.
Un rutón sin ninguna objeción. Mis respetos a Raúl que no se amilanó ante nuestras electrificadas cabalgaduras. Final embarrado y superado sin incidencias. Gracias Alfonso por las fotos y la crónica. Se echó de menos al resto de amigos.
ResponderEliminar