Hay mañanas que ya llegan con respuesta. Otras no
Si cada domingo surgen incertidumbres, hoy no había razones para disimularlas. El cielo llevaba días avisando y la montaña, como casi siempre, no se escondía; estaba ahí, cubierta de nubes bajas, con el suelo húmedo y ese olor a invierno que no pide explicaciones.
Llegamos sin prisa, con más preguntas que
certezas, sabiendo que la decisión también forma parte de la ruta.
La churrería de Valdemorillo es hoy el punto
de encuentro para quienes hemos ignorado las previsiones. A mi
alrededor: Andrés, Enrique, Fer, Jesús, Juan, Luis Ángel, Rafa, Raúl… y yo, Alfonso,
observando la escena.
No es día para alejarnos de casa ni para buscar alturas donde la nieve aguarda. La densa niebla nos da un último aviso, pero ya hemos decidido salir a rodar. El café de primera hora cumple su función; aún hay que ganar temperatura en las piernas.
La Cruz del Cristo de la Sangre, —ese crucero de granito plantado firme en la encrucijada— parece saludar y permitirnos la entrada a los caminos conocidos. Avanzamos por subidas moderadas y pistas que invitan al ritmo, sin sorpresas técnicas que obliguen a echar el pie a tierra.
Poco a poco, dejamos atrás la charla trivial
para entrar en la conversación silenciosa de los senderos. Las
ruedas ganan ligereza con el frescor de la mañana y pronto sentimos que esta
jornada nos dejará huella desde el primer kilómetro.
Cruzamos los puentes sobre los arroyos de
Fuentevieja y de la Moraleja, con agua abundante y charcos jugueteando con
nuestras cubiertas. El grupo avanza compacto
hasta que afrontamos una pendiente larga; cada uno la encara a su manera, ganando
altura pedalada a pedalada, ahorrando aliento, sin dar conversación al
compañero.
La humedad de la niebla deja paso al chirimiri.
Y este
a una lluvia ligera que hoy quiere hacerse mayor y reclama su protagonismo.
Inevitable el recuerdo de aquella dura jornada
anterior —aquella marmotada cuesta arriba donde nos tocó empujar y
resbalar —, pero hoy no estamos para aceptar ese desafío. Apenas
sumamos 17 kilómetros cuando la lluvia se intensifica. No hay
duda: irá a más. La voz del grupo, se aúna en
un solo eslogan: “Regresemos, que esto se pone
feo”.
La Cañada Real Segoviana nos permite desandar
lo andado. Nos recuerda que no es solo un nombre en el
GPS: estos caminos ya fueron tránsito mucho antes que ruta de recreo. La
mañana es joven, pero las prisas aparecen como si cerráramos una etapa épica. No
hay paisajes que merezcan la pausa y algunos regresamos sin haber dado un solo
trago de agua.
La lluvia es limpia, pero el camino salpica,
arrastrando esa arena fina que se cuela por todos los resquicios. La
funda de la cámara termina empapada, y la lente, salpicada, no consigue hacer su
guiño habitual. Por eso, algunas de las
imágenes llegan veladas, difusas. No es
falta de pericia; es el rastro del agua empañando la mirada, el testimonio
gráfico de una mañana en la que el camino se empeñó en no dejarse retratar.
El regreso es rápido, sin trampas, salvo algún
barro inesperado en ese diálogo constante entre rueda y sendero, entre cuerpo y
máquina.
Al cruzar la línea de llegada, la churrería vuelve
a sonreírnos. Alguna cerveza cae, es cierto, pero hoy gana
el chocolate caliente: la recompensa de quienes han sabido disfrutar sin sufrir
en exceso.
De regreso a casa, con la calefacción del
coche luchando por devolverme el calor, un pensamiento asoma: “A mí no me pillan
en otra igual”
Pero la memoria… la memoria es tan frágil.