Hay recuerdos que permanecen durante muchos
años sin que uno sepa muy bien por qué.
Tenía diecisiete años cuando acudí a una
entrevista de trabajo. En algún momento me pidieron
que escribiera una redacción de tema libre. Supongo
que querían comprobar mi facilidad para expresarme por escrito, mi conocimiento
de la ortografía o, sencillamente, cómo era capaz de desenvolverme ante una
hoja en blanco.
La situación se me quedó grabada: una hoja
delante y la necesidad de empezar sin saber muy bien qué escribir.
Y entonces hice algo que, visto desde hoy, me
resulta curioso. En lugar de buscar un tema
sobre el que escribir, empecé a describir lo que estaba sucediendo: la hoja,
aquel momento, la dificultad de encontrar un comienzo. No
sabía entonces que acababa de encontrar una manera de salir del problema.
Han pasado más de cincuenta años y me sigue
ocurriendo.
Me siento delante del ordenador. Tengo
que escribir algo y, durante unos instantes, no sé qué. Busco
una idea, una historia, algo que merezca la pena contar. Nada
parece suficiente.
Es curioso comprobar que algunas cosas cambian
mucho con los años y otras apenas lo hacen. La
hoja de entonces se ha convertido en una pantalla. La
entrevista quedó muy atrás. El muchacho de diecisiete
años también. Pero el momento de empezar sigue siendo
parecido.
Y vuelvo a mirar la pantalla.
Pienso en aquella redacción.
No recuerdo lo que escribí. Recuerdo
que no sabía qué escribir. Y que, finalmente, escribí
sobre ello.
Aquello pudo ser una pequeña lección aprendida
sin darme cuenta: cuando no sabes por dónde empezar, puedes empezar
precisamente por eso.
No hace falta tener una gran historia
preparada. Basta con poner sobre el papel lo que tienes
delante en ese instante: una duda, una historia, una dificultad, incluso el
silencio que se ha instalado al otro lado de la pantalla. Después,
la propia escritura irá diciendo si había algo más.
Eso es lo que hago ahora muchas veces. Empiezo
sin saber exactamente a dónde voy y, mientras avanzo, aparecen ideas o
sensaciones que no estaban del todo claras cuando me senté.
A veces descubro que no había nada. Otras,
que sí.
Y empiezo a entender por qué aquella escena de
los diecisiete años ha permanecido conmigo durante tanto tiempo. No
por la redacción. Ni siquiera por aquella
entrevista. Sino porque, sin saberlo, encontré una forma
de empezar.
Cuando la página está en blanco y no sé qué
decir, empiezo por contarlo.
Y después, ya veremos dónde nos lleva.
Cierras el ordenador.
La habitación vuelve a quedarse en silencio.
Bonita forma de empezar para iniciar la escritura de un libro me gusta un abrazo Alfonso
ResponderEliminarMuchas gracias. Quién sabe… quizá aquella primera página en blanco fuera, sin saberlo, el principio de todo. Un abrazo.
EliminarBonito texto, Alfonso.
ResponderEliminarUn abrazo.
Salud y pedales.
Santa
Gracias, Santa. Un abrazo grande.
EliminarSalud y pedales.
A veces lo más difícil no es escribir una historia……lo más difícil es no poder acudir a una ruta de AlfonsoyAmigos.
ResponderEliminarMuy pronto de vuelta con vosotros, muy pronto.
Un abrazo!!.
Luis Angel.