Crónica de una ruta sin fotos
Esta vez no hay imágenes. No
porque no las hubiera, sino porque decidí no tomarlas. Dejé
la cámara en casa, y con ella, la costumbre, el rito, de capturar lo visible. Quería
rodar sin la presión de documentar, sin la urgencia de compartir. Solo
estar.
La ruta era conocida, pero se sentía distinta. El sendero serpenteaba entre robles y pinos, como siempre, pero algo había cambiado: yo.
Sin el visor interponiéndose, el bosque se
mostró más íntimo. El verde de los helechos era
más profundo, los sonidos más cercanos, el tiempo más lento. Me
crucé con unos caminantes: saludos breves, sin poses ni testigos. Nadie
pidió una foto. Nadie posó.
El silencio tenía textura. El
crujido de las ramas secas bajo las ruedas, el murmullo del viento jugando con las
hojas, el canto lejano de algún pájaro, el mugido de un becerro llamando a su
madre. Todo
estaba ahí, sin necesidad de ser capturado.
Me di cuenta de que, al no pensar en el
encuadre, podía pensar en mí. En lo que traía dentro. En lo
que quería dejar atrás.
Al llegar al claro, me detuve. Me senté.
No
para descansar, sino para dejarme estar. El
sol filtrado entre las ramas parecía saber que no iba a ser fotografiado. Y en
ese momento, entendí que hay cosas que solo se revelan cuando no se buscan. Que
hay rutas que se recorren mejor sin testigos. Que
hay memorias que no necesitan píxeles para permanecer.
La ausencia de imágenes no es vacío. Es
espacio. Es libertad. Es
una forma distinta de mirar, más lenta, quizá más honesta.
Esta crónica no tiene fotos. Pero guarda lo esencial: lo que no se ve.
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