Un día de esfuerzo, de viento y de esos senderos que no regalan nada
Teníamos prevista una escapada a Trillo,
pero la lluvia nos obligó a cambiar de planes. Volvimos
a una ruta ya conocida por algunos.
La hicimos tras la Filomena, en enero de2021, cuando los caminos eran un laberinto de árboles caídos y pasos
cerrados. La memoria de los cuatro que repetíamos había
suavizado demasiado el recuerdo.
De camino al punto de encuentro llovía, y también al regresar a casa, ya en el coche. Durante la ruta no cayó ni una sola gota.
En las cercanías de Pelayos de la Presa
nuestros coches buscan espacio antes de que podamos vernos las caras: Andrés,
Enrique, Ernesto, Fer, Juan, Luis Ángel, Miguel Ángel, Nacho, Pedro, Rafa,
Raúl, Santi y Alfonso. Antes de empezar, las
sonrisas son fáciles, casi ligeras, como si todavía no hubiera peso en las
piernas ni en el día.
La ruta arranca en cuesta —a
calentar toca— y pronto nos acercamos a las vistas del embalse de San Juan.
Está
tranquilo, sin gente a estas horas, con el agua alta y en silencio.
Seguimos subiendo sin apenas tregua. Entre
dos opciones, siempre elegimos la más empinada.
Lo más duro llega después, cuando el trazado
se rompe en canchales de piedra y senderos con demasiado desnivel. Ahí
ya no hay épica posible: todos pie en tierra, empujando. Ni
siquiera las e-bikes consiguen superarlo; se convierten, simplemente, en un
peso muerto.
Ver a los compañeros que van delante empujando
anima más bien poco: te das cuenta de lo que todavía te queda por superar… y,
aun así, seguimos.
Tras el caos de los canchales, llegamos a los
tramos de sendero estrecho donde las vistas al embalse aparecen a nuestra
derecha, como un espejo de plata bajo el cielo plomizo.
Arriba, el viento sopla con otra intención. Ya no hay bromas. El grupo se estira y se encoge como un acordeón, y el único sonido es el roce de los neumáticos sobre la piedra y la respiración acompasada.
Es curioso cómo la lluvia nos respetó, como si
hubiera esperado en las nubes mientras trece amigos se empeñaban en conquistar
un terreno que no regala nada.
Bajamos por senderos que exigen toda nuestra atención;
la humedad de la noche anterior ha dejado el terreno en ese punto crítico donde
la confianza y el freno deben negociar cada metro. Alguna
rama partida amenaza nuestro paso.
Son senderos que a ratos cuesta encontrar. Alambreras
que quieren cortarnos el camino, pero en las que ya han abierto hueco quienes
llegaron antes que nosotros.
En pleno esfuerzo, subiendo por un sendero muy
roto con profundos cortes abiertos por el agua, nos encontramos otro grupo. Ellos
lo recorren en sentido contrario, disfrutando de la bajada. Se
detienen para vernos, para cedernos el paso, y nos animan a probarlo en sentido
contrario en una próxima ocasión. Tomamos
nota, aunque ahora toque seguir apretando los dientes.
Tras cada duro ascenso, llega la recompensa. Algunos
descensos son complicados, otros más rápidos o sinuosos; algunos extremadamente
rotos y otros suaves al paso. Aquí no hay forma de hacer
una foto: o conduces o disparas.
Es el momento de soltar frenos y dejar que la
mente vuele a otros años, a otra ligereza. La
montaña marca el ritmo y lo acepta todo: el esfuerzo, el silencio, la
respiración cada vez más corta.
De nuevo el terreno se vuelve amable, engañosamente amable. Y a pesar de ello, los kilómetros no parecen correr. Nos ofrece pistas entre viñedos, pero el camino se inclina poco a poco, casi sin que te des cuenta. Las piernas ya se resienten.
Nos acercamos a San Martín de Valdeiglesias, con el Castillo de la Coracera recortándose al fondo. Dicen que su nombre es fruto de una errata en documento antiguo. Lo que iba a ser "Corcuera" terminó siendo "Coracera".
En la plaza del Ayuntamiento, bajo banderas
agitadas por el viento y un reloj detenido a las 4:48 desde quién sabe cuándo, nos hacemos
la foto de grupo y recuperamos aliento antes de emprender el último tramo de
nuestra aventura.
Finalmente, llega la ocasión de rebajar las
pulsaciones, rodando por pistas y senderos amplios donde el cuerpo, al fin,
descansa, soltando riendas y dejando que las bicicletas se desboquen.
Mis compañeros seguramente miraban al frente, sin
fijarse, a la izquierda, en donde están restaurando la antigua estación de tren
de Pelayos de la Presa; y a la derecha, en el viejo Monasterio de Santa
María la Real de Valdeiglesias, del siglo XII. Es lo
que hay.
Vuelven las sonrisas. Ya no
son las mismas: llevan el cansancio encima, pero también algo más difícil de
explicar.
Y al salir de nuevo a la carretera, la lluvia.
Pues al final sacamos una buena ruta, con un buen par de bajaditas y llaneos a velocidad, que tal como pintaba el inicio pintaba muy feo... Buenísimas fotos Alfonso, espero que no tires de IA, no lo necesitamos 🤣
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