domingo, 27 de septiembre de 2026

No hemos venido a buscar atajos

 Una ruta dura, nuevos caminos y una mañana para recordar


Mirador de Las Canchas

Lo desconocíamos, pero este domingo se celebraba en Cercedilla la XXXIX edición de la Carrera de las Dehesas, con sus tres modalidades.

Aparcar en nuestro punto de encuentro habitual resulta imposible, así que no queda más remedio que hacerlo en una zona pública habilitada. Quienes no pueden pasar sin el primer café tendrán que tomarlo con más rapidez de lo acostumbrado, para no demorar nuestra partida.

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Hasta allí vamos llegando, como tantas veces: Ángel, Enrique, Fer, Juan, Luis Ángel, Nacho, Pawel, Pedro, Rafa, Raúl y Alfonso. No hace falta decir mucho. El saludo, la mirada y el gesto de los últimos ajustes contienen todo lo necesario.

La temperatura acompaña, el aire se mueve sin prisa y la montaña nos brinda un comienzo amable. Ya habrá tiempo para que las piernas nos recuerden que la amabilidad nunca dura demasiado.

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Apenas hemos avanzado un kilómetro cuando aparece el cartel del Camino del Calvario. Ese nombre despierta recuerdos de otras rutas, algunas duras, otras épicas y todas con algo que contar. No hace falta que nadie diga nada. Sabemos lo que significa.

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El camino se empeña en hacernos entrar en calor mientras nos acercamos al embalse de Navalmedio. Los muros de piedra de la presa destacan entre los árboles, aunque el agua apenas se deja ver. Hace tiempo que no venimos por aquí y, sin embargo, los parajes resultan familiares.

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Seguimos el cauce del río Navalmedio y Enrique y Pawel ya se han destacado.

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La parada junto al Pino de la Cadena es inevitable. Su historia ya forma parte de la sierra y también de nosotros. En 1924, Nicolás María de Urgoiti recibió, bajo este árbol, la noticia de la muerte de su padre. El pino iba a ser talado; él decidió comprarlo y salvarlo, colocando alrededor de su tronco la cadena que todavía hoy lo abraza.

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Ha sido testigo de muchas rutas de AlfonsoyAmigos y no puede faltar una foto actual. El árbol sigue creciendo y, con él, la cadena que lo abraza y nuestra historia.

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Retomamos la marcha y dejamos a la izquierda el desvío que da pie a la broma recurrente:

—¿Cambiamos el trazado y subimos a La Bola del Mundo?

Siempre hay alguno que sonríe y dice estar dispuesto.

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Avanzamos hasta cruzar la carretera de Villalba a Navacerrada y recorremos 600 metros antes de desviarnos a la izquierda, junto a la fuente del Ventorrillo, que ofrece un hilo de agua. La mañana sigue avanzando y nosotros con ella.

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Casi cuatro kilómetros de ascenso por buena pista forestal, con tramos al 12 y al 13 %. Es un tipo de subida que no admite prisas: te obliga a encontrar tu ritmo, a escuchar cómo responden las piernas y a aceptar la exigencia de cada tramo. El grupo se estira, pero no se rompe; cada uno busca su manera de avanzar mientras el bosque se abre y se cierra a nuestro paso.

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Hacemos una primera parada, con unas estupendas vistas como pretexto. Unos minutos para recuperar el aliento, mirar alrededor y continuar.

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Cuando alcanzamos el Mirador de las Canchas (1751 m), entendemos de inmediato que el esfuerzo ha merecido la pena. No es solo la vista —que siempre sorprende, aunque la conozcas—, sino esa sensación de haber llegado a un lugar que te recibe con calma. El aire es distinto y la sierra se despliega ante nosotros.

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No podemos marcharnos sin las fotos de recuerdo. Es algo sencillo, casi un ritual, pero quizá por eso mismo tiene algo especial. Las bicicletas apoyadas, las miradas cómplices y nosotros delante del paisaje. Una foto más para esa colección que, sin darnos cuenta, lleva tantos años creciendo. Seguimos aquí.

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Hemos alcanzado el punto más alto de la ruta y podríamos pensar que, a partir de ahora, todo será bajada. Pero la sierra nunca se entrega tan fácilmente.

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Dejamos atrás el Mirador de las Canchas. Las bicicletas ruedan con alegría mientras la pista pierde altura.

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Poco después encontramos el Mojón de la Puerta de la Maliciosa. Frenamos casi por obligación, como si el propio lugar nos pidiera el alto. Una foto de grupo reducido y el tiempo justo para mirar alrededor. Otro lugar que queda incorporado a nuestra memoria de los caminos.

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Junto al puente del Regajo del Pez abandonamos la pista principal, que ahora se convierte en un sendero limpio que sigue el trazado del río Navacerrada. Es un tramo que invita a disfrutar con precaución. El bosque se estrecha, esta vez no escuchamos el rumor del agua, y, casi sin darnos cuenta, terminamos ante la presa del Ejército del Aire.

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El descenso por la zona de Los Almorchones nos lleva hasta el cruce con la M-607, donde podríamos recortar considerablemente el recorrido. Pero… no hemos venido a buscar atajos.

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Seguimos hacia Mataelpino por el camino del Cerrillo del Caño, disfrutando de un tramo rápido y cómodo que anima a apretar la marcha.

—¿No nos estamos alejando mucho de Cercedilla? —pregunta Luis Ángel.

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La pregunta tiene sentido. Después de los kilómetros que llevamos, sabemos que todavía tenemos que regresar y el trazado parece llevarnos cada vez más lejos. Pero todo está previsto.

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El regreso lo haremos por vías pecuarias y zonas que no solemos recorrer. Otra manera de descubrir caminos que, aunque estén cerca, todavía no forman parte de nuestras rutas habituales.

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La Ponderosa de la Sierra y El Berrocal van quedando atrás cuando ponemos rumbo a Becerril de la Sierra y al embalse de Navacerrada. El paisaje se abre y el grupo recupera un ritmo cómodo, alternando conversación y silencio mientras seguimos acumulando kilómetros.

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Bordeamos un embalse que jamás hemos visto con tan poca agua y que ahora muestra playas inmensas.

—¿Qué tal? —pregunto a Ángel.

—Ruta dura, pero me está gustando mucho.

Luego me dirijo a Enrique. Su respuesta llega rápida y sin explicaciones:

—Sobrado.

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Seguimos hacia la zona urbana de Navacerrada, con ese contraste siempre curioso entre la calma y el ritmo del pueblo, animado por su enorme rastro y el mercadillo.

Nuestro avance nos lleva hacia el Collado de la Peña del Guijo y, más adelante, la ermita de San Isidro nos ve avanzar, ya con las piernas muy cargadas, hacia la fuente de los Rasos y el Collado del Buey. ¡Uff!

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La sierra empieza a despedirse sin prisa, como si quisiera acompañarnos unos metros más.

Atravesamos la carretera M-614 y sentimos que ya estamos de vuelta. No porque el recorrido haya terminado, sino porque el paisaje empieza a recuperar esa familiaridad que anuncia el final de la ruta.

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El grupo avanza con esa mezcla serena de esfuerzo y satisfacción, con la sensación de haber aprovechado bien la mañana.

Mientras escribo estas líneas, me llama Nacho y resume:

—Tremenda ruta y nadie se quejó.

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La sierra queda detrás, pero nunca del todo. Sabemos que volveremos, y ella también.


5 comentarios:

  1. Fer
    Tremenda ruta y yo no me queje.
    Por la tarde sentí que seguramente estuviera montando en camello por la mañana, por los dolores de aquí y allá, serían por el bamboleo del camelido.
    La próxima vez me llevo la bici.

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    1. 😂😂😂 Lo del camello me ha hecho reír.
      Este es el Fernando que me gusta ver: disfrutando, tomándoselo con filosofía y sentido del humor.
      Ahora solo falta que la próxima vez te acuerdes de llevar la bici. 😉

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    2. Si el domingo por la tarde no te dolía todo el cuerpo, es que no montaste en bici.

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  2. Está siendo dura pero, me está gustando el recorrido, con los tramos conocidos y los que no conocíamos cómo La Ponderosa de la Sierra.
    Le respondo a Alfonso, sintiendo como las piernas se quejaban y mandaban señales a mi cerebro pidiéndome mirar cuánto quedaba...
    Pero me voy a repetir, es difícil que no salga satisfecho de la ruta propuesta cada Domingo.
    Gracias Alfonso
    Ser Felices Un Abrazo

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    1. Ángel, gracias a ti por la compañía y por disfrutar también de esos caminos que todavía nos quedan por descubrir. Las piernas pueden protestar durante la ruta, pero parece que, al final, hasta ellas se quedan con lo bueno. Y eso es lo que importa: seguir compartiendo caminos y terminar con ganas de volver. Un abrazo, amigo. ¡Sé feliz!

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