Hay cosas que damos por sentadas. Por ejemplo, que una Coca-Cola sabe a Coca-Cola. Parece difícil discutirlo, ¿verdad?
Pues últimamente he empezado a sospechar que
no es exactamente así.
En Madrid, una Coca-Cola me sabe de una
manera; en
Segovia la encuentro algo diferente y, cuando voy a Altea a visitar a mis nietos en
vacaciones, la cosa vuelve a cambiar.
No sabría explicar en qué consiste la diferencia. No tengo un paladar especialmente preparado, pero yo noto algo. Y, a estas alturas, tampoco voy a discutir conmigo mismo por una Coca-Cola.
Naturalmente, he empezado a buscar explicaciones.
No es lo mismo tomarla tranquilamente en una
terraza que hacerlo después de una buena ruta en bicicleta, con las piernas
cansadas y la garganta seca. En esos momentos, con las
bicicletas apoyadas contra la pared y los compañeros dispuestos a alargar la
conversación, una Coca-Cola bien fría puede sabernos a gloria.
Pero eso no explica por qué también hay
diferencias entre unas localidades y otras.
En Altea residen muchos alemanes y, en una de
esas charlas de vacaciones, fue mi yerno quien lanzó la hipótesis: ¿y si parte
de la Coca-Cola que consumimos allí es importada de Alemania?
No tenemos pruebas ni nos hemos detenido a
mirar la etiqueta, pero la sospecha pronto se convirtió en parte de mi
investigación particular.
Después surgió otro sospechoso: el hielo. El
agua utilizada para hacer los cubitos no tiene por qué ser la misma en Madrid,
Segovia y Altea. ¿Y si la explicación estuviera
también ahí?
Admito que esa posibilidad me hizo
ilusionarme. Pero la alegría me duró poco: también noto
diferencias cuando bebo directamente de la lata, sin hielo ni vaso.
Así que el hielo es sospechoso, pero no puede
ser el único responsable.
A este paso, cualquier día pediré una Coca-Cola en un bar y empezaré el interrogatorio: ¿de dónde viene la bebida?, ¿dónde la han conservado?, ¿y de dónde procede el agua de los cubitos? No sé cómo reaccionará quien me atienda, pero sospecho que la próxima Coca-Cola me la tomaré en otro establecimiento.
Y lo más curioso es que no es la primera vez
que me pasa algo parecido.
También me ocurre con las galletas María
Fontaneda, que consumo desde que era un crío. Hace
años ya les dediqué una entrada en el blog, “¿Cuál
es tu manía?”. Entonces me preocupaba otra
cuestión. Parece que, con el tiempo, he encontrado
nuevos motivos para seguir dándoles vueltas.
Son muchos años de experiencia y ya han pasado
unas cuantas galletas por mis manos. No
pretendo presumir, pero quizá sea yo quien pueda hablar con conocimiento de
causa sobre una María Fontaneda.
También les encuentro diferencias según dónde
las consuma. Siempre he pensado que una misma receta puede
dar resultados distintos si cambian los hornos, el grosor o el punto de tueste.
No sé
si será así, pero, de momento, seguiré disfrutando de ellas.
Aunque empiezo a pensar que mi paladar tiene
más trabajo del que imaginaba.
He comenzado con una Coca-Cola y ya voy por
las galletas. Como siga así, tendré que abrir un cuaderno de
campo y clasificar las muestras por localidad. Quizá
hasta necesite algún voluntario.
Lo malo es que, si al final descubro que todo
sabe igual y que el problema está en mí, habré trabajado para nada.
O quizá no.
Porque cuanto más vueltas le doy, más sospecho
que estoy buscando la respuesta en el sitio equivocado. Quizá
la Coca-Cola sea siempre la misma. Quizá
las galletas también. Y quizá lo que cambia no esté
en la lata ni en el paquete, sino en el momento.
Puede que no sea solo cuestión de sabores. También
cuentan el lugar, la compañía y los recuerdos.
De momento, seguiré disfrutando de mis
Coca-Colas y mis galletas María Fontaneda donde me apetezca. Pero
la próxima vez que vaya a Altea, miraré la etiqueta.
No vaya a ser que, después de tantas vueltas,
resulte que los alemanes tenían algo que ver desde el principio.
A los que os vais a Santa Pola este fin de semana, que lo paséis muy bien y disfrutéis de estos días.
Y, cambiando de asunto, este domingo nos
regalan una hora más de sueño. Algo bueno tenía que traer el
otoño.



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