domingo, 11 de octubre de 2026

La Pedriza sigue ahí. La Nava queda para otro día

Mismos caminos, distintas miradas

Hay rutas que se recorren una vez y quedan guardadas en la memoria. Otras te vuelven a llamar y es difícil resistirse. Hoy regresamos a una de ellas.

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En Cerceda nos reunimos Andrés, Ángel, Enrique, Fer, Jesús, Juan, Luis Ángel, Rafa, Raúl y Alfonso. Algunos llegamos directamente desde casa; otros hacen una escala técnica en la churrería más cercana para completar la puesta a punto a base de café, porras y conversación. A estas alturas nadie discute la eficacia de ese procedimiento.

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Poco después estamos todos junto a las bicicletas, preparados para otra “vuelta alrededor de La Pedriza”.

Los collados, las pistas, los puentes y los interminables repechos siguen donde los dejamos. Lo que cambia es la manera de afrontar el recorrido, especialmente cuando algunos lo conocemos bien y otros se estrenan. Para estos últimos, la referencia es la crónica de febrero de 2025 y las cifras del track: 53 kilómetros y unos 1.200 metros de desnivel.

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Sobre el papel parecen cifras razonables. Sobre la bicicleta, como de costumbre, adquieren otro significado.

Nos ponemos en marcha.

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La Cañada Real Segoviana nos recibe con esa amplitud que invita a conversar mientras cada uno encuentra su ritmo. Pero pronto descubrimos que el Chaparral de las Viñas ha cambiado. Una amplia labor de poda y desbroce ha despejado buena parte de la vegetación baja y ofrece una imagen muy distinta de la que recordábamos.

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Las peñas dispersas por la ladera y las vistas hacia La Pedriza y el embalse de Manzanares siguen invitándonos a detenernos para hacer las primeras fotografías.

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El descenso hacia el río Samburiel por la Ladera de las Viñas y el Camino de Campuzano nos acerca a las puertas del Parque Nacional. El terreno todavía parece amable, pero sabemos que más adelante tocará trabajar. Hoy venimos a darle la vuelta a La Pedriza y a apechugar con lo que se nos ponga por delante.

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Poco después de alcanzar el Collado de Campuzano (996 m), el grupo se ha estirado. A través del walkie llega un aviso: avería en la bicicleta de Ángel. Nos detenemos mientras los compañeros que vienen detrás intentan solucionar el problema.

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Resuelto el contratiempo, seguimos hasta el monolito de la Puerta de La Pedriza y nos reagrupamos junto al Puente del Francés, sobre el río Manzanares.

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Desde allí, Enrique y Luis Ángel salen a buena marcha. Pronto desaparecen de nuestra vista y ya no volveremos a encontrarnos con ellos hasta el cruce de La Nava. Parece que hoy llevan las piernas especialmente dispuestas a trabajar.

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Los demás continuamos a nuestro ritmo. La pista gana altura, las conversaciones cesan y cada cual se concentra en mantener una cadencia cómoda. Los kilómetros empiezan a pesar y las curvas se suceden sin revelar cuánto queda todavía por subir.

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Llegamos al desvío hacia La Nava. Estamos a 1.574 metros y volvemos a reunirnos con Enrique y Luis Ángel.

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Durante unos instantes, más de uno dirige la mirada hacia la pista que asciende hasta los 1.963 metros. No es una dificultad desconocida; la hemos subido —y sufrido— unas cuantas veces.

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Precisamente por eso, al comprobar que hoy seguimos recto, casi puede escucharse un suspiro colectivo. De esos profundos.

La Nava tendrá que esperar.

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Continuamos por la pista de Las Losillas y pasamos junto al Pino Albar de la Sierra del Francés, catalogado como árbol singular. Ninguno se detiene. Nos esperan nuevos repechos.

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Llegan unas zetas interminables, esas que parecen insignificantes en el perfil altimétrico, pero que duelen cuando se afrontan con tantos kilómetros acumulados en las piernas. Cuando creemos que la subida está a punto de terminar, siempre aparece otra curva.

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Alcanzamos el puente de los Manchegos, sobre el río Manzanares. Apenas lleva agua y nos llama la atención la cantidad de grandes piedras que ocupan el cauce. Por su disposición, parece que algunas pudieran haber sido colocadas para encauzar el río o frenar la fuerza del agua durante las crecidas. Una curiosidad más de este recorrido.

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Queda apenas un kilómetro para alcanzar el Collado de los Pastores, pero las piernas ya llevan tiempo protestando. Mi bicicleta es eléctrica, aunque me empeño en realizar prácticamente toda la ruta en modo Eco, intentando no perder el ritmo de mis compañeros de bicicletas musculares. Y eso, después de tantos kilómetros de subida, también acaba pasando factura.

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En ese último tramo decido cambiar el modo de asistencia y me emparejo con Enrique, que, sin saber que he hecho el cambio, encuentra fuerzas para lanzar un sprint.

Lo siento, Enrique. Acabo de meter el modo Trail.

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Y así, con una pequeña ayuda de última hora, por fin culminamos.

Collado de los Pastores (1.748 m). Ahora sí.

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Llegan las sonrisas, las felicitaciones y las fotografías de rigor. Pero hay algo más que reclama nuestra atención: un grupo de siete u ocho cabras montesas nos observa desde muy cerca, sin mostrar el menor temor. 

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Durante unos minutos las contemplamos mientras se mueven entre las rocas y trepan con una facilidad que choca bastante con el esfuerzo que acabamos de realizar para llegar hasta aquí. 

Después de disfrutar de este encuentro inesperado, toca regresar.

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La pista invita a dejarse llevar cuesta abajo, aunque conviene mantener la atención en las curvas y controlar la velocidad. Mientras encadeno frenadas, no puedo evitar alegrarme de haber cambiado las pastillas de freno antes de salir. Es de esas decisiones de las que solo te acuerdas en bajadas como esta.

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Alcanzamos de nuevo las puertas del Parque Nacional y allí nos espera otra sorpresa.

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Gonzalo aparece junto a Jesús y Andrés. Había llegado tarde al punto de encuentro por la mañana y, lejos de dar la jornada por perdida, ha ido persiguiendo nuestras ruedas hasta conseguir alcanzarnos.

Así que, aunque empezamos diez, terminamos siendo once.

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Abandonamos el Parque y giramos a la derecha por el Camino de El Boalo a Manzanares. La marcha se anima y las conversaciones regresan, hasta que dos cuestas en zona urbana nos recuerdan que todavía queda algo de esfuerzo por hacer. Después de tantos kilómetros, se hacen notar. Y mucho.

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Superadas esas últimas dificultades, continuamos por el camino de Los Berrocales. El cansancio sigue ahí, pero Cerceda está cada vez más cerca y eso ayuda a encontrar las últimas fuerzas.

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En Cerceda termina otra vuelta a La Pedriza. Casi los mismos kilómetros y los mismos caminos que recorrimos en febrero de 2025, aunque esta vez con otros compañeros, una avería, un sprint inesperado, unas cabras montesas y un reencuentro que no estaba previsto.

La ruta ya la conocíamos. La mañana de hoy, no.

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1 comentario:

  1. Alfonso Lo tuyo tiene mérito: aparezco al final de la ruta y aun así me haces un hueco en la crónica. ¡Eres un artista!». Gracias.

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