jueves, 8 de enero de 2026

Cabeza Reina: El saludo al viejo centinela de piedra de San Rafael

Cabeza Reina siempre estuvo ahí, erguida como un centinela que se niega a rendirse ante el paso de los inviernos. Su torre de piedra, de origen incierto y manos anónimas, ha desafiado al olvido durante décadas.

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Es mucho más que una construcción: es la brújula emocional de San Rafael y el faro de nuestras rutas. Mucho antes de que el cambio climático y los incendios se escribieran con la urgencia de las mayúsculas, ella ya miraba lejos, guardando el secreto de los pinares.

Subir a Cabeza Reina es, para los ciclistas de AlfonsoyAmigos, un rito de paso. El esfuerzo del ascenso encuentra su recompensa al alcanzar esa cima donde el horizonte muda de piel con cada estación.

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Para nosotros, y para los andarines que comparten el polvo del camino, esa torre representa algo casi sagrado. Es el “puerto seguro” donde detenerse, donde los pulmones recuperan el ritmo y donde se espera con generosidad al compañero que se acerca más lento.

Es el lugar de la foto inevitable, del trago de agua o la barrita que saben a gloria y de esos silencios compartidos que solo el monte sabe inspirar. Cuántas veces, en pleno ascenso, hemos pronunciado un "hasta la torre" con el mismo alivio con el que se dice "hasta casa".

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Allí arriba, la luz parece tener otro peso. Cuando el sol comienza a caer, las sombras de los pinos se estiran como gigantes y el aire, cargado de aroma a resina, parece contener el aliento.

Si uno presta atención, el entorno susurra historias. Alrededor de la torre quedan ocultas cicatrices de otros tiempos: zanjas, parapetos y piedras alineadas de forma extraña, con alguna inscripción ilegible, que hablan de una sierra que fue refugio y frontera.

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Son huellas que la montaña se resiste a borrar, como si guardara en sus entrañas la memoria de lo que ya nadie cuenta. La vieja torre de piedra lo vio todo.

Fue testigo del devastador incendio de finales del siglo XIX: vio el avance de las llamas, el negro de la ceniza, el silencio del día después y, con paciencia mineral, la lenta vuelta de los brotes verdes.

Por eso nunca fue solo un mirador; es un testigo paciente de la constancia del monte y de la resiliencia de quienes lo amamos.

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Hoy, el paisaje ha cambiado. Junto a la veterana de piedra se alza ahora una nueva torre de vigilancia. Alta, robusta, eficiente; una estructura nacida para los veranos de fuego que nos acechan.

Cumplirá su función con precisión técnica, no hay duda. Pero mientras la nueva mira al futuro, la vieja sigue sosteniendo el pasado.

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La nueva torre vigila el bosque; la antigua custodia la memoria de nuestras charlas al viento, los brindis con el bidón y los lazos de amistad forjados en cada pedalada.

No busquéis esta torre en los grandes catálogos de patrimonio nacional. Su valor no es arquitectónico, sino sentimental. Es un hito que encarna la historia vivida en la sierra, un lugar donde la presencia de quienes nos precedieron sigue latiendo en silencio.

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A 1.479 metros de altitud, el punto geodésico nos regala una cifra fría y exacta. Nosotros sabemos que medir el monte no es cuestión de números ni de GPS, sino de la intensidad de las miradas que se cruzan al llegar arriba.

Cabeza Reina seguirá siendo nuestro faro. Seguiremos subiendo, midiendo nuestras fuerzas contra la pendiente y buscando la paz de sus vistas.

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Y puede que algún día, cuando el verano vuelva a templar las noches, regresen también aquellas nocturnas deleitadas por el canto de los grillos, en las que ascendíamos en silencio —con menos años, es verdad— guiados por la luna y la certeza de que la torre nos aguardaba despierta.

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Por eso, al pasar junto a la vieja torre de piedra, casi sin darnos cuenta bajamos la voz. Como quien saluda a un abuelo sabio que, tras toda una vida vigilando el camino, nos da permiso para seguir pedaleando hacia el próximo horizonte. 


Domingo, 11 de Enero de 2026

Con el latido de Cabeza Reina aún presente, es momento de poner rumbo a nuestro próximo encuentro. Este domingo la montaña vuelve a abrir sus caminos; nosotros solo tenemos que pedalear hacia ellos. 

Hora de encuentro: 8,45

Nos vemos en: Plaza Cuatro Caminos - Navalafuente

Nuestra propuesta:


domingo, 4 de enero de 2026

AlfonsoyAmigos: el año empieza rodando juntos (2026)

El calendario ya no es una promesa colgada en la pared. Hoy el año ha cobrado vida entre barro esquivado, frío contenido y el sonido metálico de la cadena buscando su sitio.

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La lluvia, que amenazaba con empañar el estreno, decidió darnos tregua. En su lugar quedaron los charcos —muchos al principio, casi ninguno después—, como si el propio camino necesitara desperezarse con nosotros.

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Salimos al encuentro del 2026 siendo catorce; un grupo que pronto se estiró en esa danza habitual: delante, los del "yo voy tirando"; detrás, quienes preferían paladear el ritmo o descubrir los nuevos matices de sus bicicletas. El año empieza así, algo descompensado, sin esperarnos a todos a la vez.

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Había en el ambiente ese aroma limpio de las mañanas de enero, cuando el aliento se hace visible y cada pedalada le gana un pulso al invierno. No buscábamos el récord, pero el ritmo se impuso solo, dictado por las ganas.

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Los artesanos del camino

Dando cuerpo a ese impulso estábamos Andrés, Asanta, Enrique, Fer, Galo, Gonzalo, Jesús, Juan, Luis Ángel, Patrick, Rafa, Raúl, Samuel y yo mismo. No somos solo nombres, aunque a veces rodemos como si lo fuéramos: una hilera que avanza, cada cual en su burbuja, compartiendo el terreno más que la palabra.

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Ascender para comprender

La Fuente del Huerto fue apenas un suspiro antes de encarar el Alto de los Lanchares. Allí las piernas recordaron su oficio sin necesidad de discursos. El año no se va a regalar; habrá que ganárselo. Coronar fue asomarse un instante a lo que vendrá y seguir, porque el día pedía avanzar.

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Granito, agua y senderos

La ruta nos sumergió en un laberinto de pistas y trialeras. La Senda de los Elefantes, a pesar del barro y la pendiente, mantenía un compás casi musical, como si la tierra respirara con nosotros. La cantera de granito rosa pasó de largo, sólida y silenciosa, esperando otro día para ser mirada.

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Cruzamos Hoyo de Manzanares por sus calles altas para conectar con el monte de El Ejido y su mirador, que nos regaló perspectiva, pero no pausa.

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Enlazamos senderos veloces hasta la Academia de Ingenieros de Navallera, donde el campo de fútbol sirvió de puente y breve respiro para la foto de rigor. A nuestra derecha, la Senda del Arco Verde corría paralela a la carretera, recordándonos que nuestro sitio estaba en la tierra.

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Lugares con memoria

La Cañada del Zahurdón y el Cordel de Cantalojas nos acercaron al Puente del Batán, ese viejo conocido que nos vio pasar sin reclamar protagonismo.

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Luego, unos metros de la Colada de los Gallegos y el Cordel de Fuente Las Liebres; tramos largos que picaban en las piernas hace años y que hoy siguen doliendo igual. Todo estaba donde siempre; éramos nosotros los que habíamos cambiado.

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26 de Enero de 2014

La Fuente de las Liebres nos ofreció el último trago antes de cerrar el círculo en Moralzarzal y los recuerdos en la mente de los más veteranos. De nuevo en marcha, unos rodaban al “tran tran”, otros apretaban el paso, como queriendo demostrarse que el transcurrir de los años no va con ellos.

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La esencia, aun en movimiento

En la convocatoria hablaba de la risa cuando falta el aire, y hoy volvió a aparecer, mezclada con el crujir de las cubiertas y ese silencio que se instala cuando cada uno pedalea a su ritmo interior.
Eso también es AlfonsoyAmigos: no siempre la foto, no siempre la charla; a veces es, simplemente, la certeza de compartir el mismo camino.

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La propuesta de Patrick fue un acierto pleno. Logró enlazar lo conocido con pistas surgidas del tiempo, regalándonos esa ligera sensación de estreno que mantiene despierta la pedalada.

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La pausa necesaria

No todos teníamos prisa. Al final, los que aún conservábamos tiempo en los bolsillos nos quedamos a tomar una cerveza para celebrar el nuevo año. Fue una pausa sencilla, necesaria, de esas que bajan las pulsaciones y ordenan la mañana.
Asanta, adelantándose al calendario, nos invitó por su cumpleaños. Un gesto fuera del camino que, sin embargo, es de los que sostiene al grupo.
 

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Reflexión final

Cada pedalada llevaba su propio compás, y cada ciclista su manera de escuchar la ruta. Algunos se perdían en la conversación, otros en la concentración, y todos encontrábamos el mismo aire frío de enero, la misma luz que dibuja sombras sobre la tierra húmeda.

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Así, en esa mezcla de silencios, risas y respiraciones compartidas, el grupo se hacía uno sin dejar de ser muchos, y la montaña nos devolvía su reflejo más sencillo: rodar, juntos y en libertad.

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Espero que hayamos dejado méritos suficientes a lo largo del 2025 para que los Reyes Magos se acuerden de nosotros esta noche.

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jueves, 1 de enero de 2026

2026: El mapa que aún no hemos trazado

El calendario afloja sus últimas hojas, como si también él necesitara un respiro antes de empezar de nuevo


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Se va un año cuajado de huellas y, frente a nosotros, se despliega un territorio prometedor: ese espacio aún sin trazar que solo existe cuando alguien se atreve a recorrerlo.

El horizonte como destino

Un nuevo año no es solo una cifra que cambia; es una invitación a mirar un poco más lejos, a imaginar lo que se esconde tras la siguiente loma. En AlfonsoyAmigos, el 2026 no lo contaremos en días, sino en las cumbres que aún aguardan, en los senderos que todavía no han sentido nuestras ruedas y en los abrazos que el camino reserva para cuando más se necesiten.

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Un pacto con la aventura

Para este ciclo que comienza, mi propuesta para ti —que compartes conmigo el polvo del camino o el silencio de estas letras— es sencilla y exigente a la vez: no elijas siempre lo cómodo.

    Busca la ruta que te haga dudar; en esa duda suele asomarse lo mejor de nosotros.

    Busca la compañía que arranque una risa cuando falte el aire; ahí se reconoce la esencia del grupo.    

    Busca el tiempo para detenerte, porque la velocidad sin contemplación termina convirtiéndose en una prisa vacía.

Seguiremos aquí, dejando que el camino marque el compás y que las palabras lleguen cuando tengan algo verdadero que decir.

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No le pido al 2026 que el camino sea llano; le pido manos firmes en el manillar y a los mejores amigos a mi lado para descubrir juntos lo que de verdad importa.”

Que el nuevo año nos encuentre con el ánimo despierto, el corazón disponible y la salud suficiente para seguir compartiendo sendas, risas y silencios.

¡Feliz Año Nuevo a tod@s

Nos veremos, como siempre, donde empiece el sendero, allí donde el horizonte se convierte en promesa. 

Y como las promesas solo cobran vida cuando se ponen en marcha, no dejaremos que la tinta del nuevo calendario se seque sin haber manchado antes nuestras cubiertas. El 2026 nos reclama y el mapa, todavía mudo, espera nuestro primer trazo.  

Domingo, 4 de enero de 2026

Inauguramos el año con el cálido abrazo de nuestros amigos Eva y Patrick, quienes nos brindan sus mejores deseos para este ciclo que comienza y nos invitan a estrenar los senderos con esta ruta. Que el cielo sea cómplice y nos regale el temple necesario para este primer encuentro:

Quedamos a las: 🕣 8,45


domingo, 28 de diciembre de 2025

Cerrar el año: el pretexto de estar juntos

El domingo amaneció con ese aire de reconciliación que solo la sierra sabe ofrecer después de una semana de encierro climatológico

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La montaña, que siete días antes nos cerró el paso con un portazo de viento y frío, parecía hoy recibirnos sin reproches, dejando que una luz tamizada hiciera olvidar el rigor pasado, aunque el sol nunca llegara a imponerse.

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Nos reunimos en San Agustín de Guadalix. Allí, con el frío aún prendido al amanecer, los saludos recuperaron su música habitual. Había ganas de pedalear, sí, pero sobre todo una necesidad casi física de vernos, de comprobar que el grupo seguía ahí, intacto, con esa complicidad silenciosa de quienes han compartido mil lances. 

Éramos diez: Andrés, Ángel, Enrique, Fer, Jesús, Juan, Luis Ángel, Rafa, Raúl y yo mismo, Alfonso.

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El aroma de la tierra viva

Desde los primeros metros, tal vez los más duros de la ruta, el ritmo se fue asentando como una respiración compartida. Al dejar atrás el asfalto, nos internamos en esas pistas amplias y generosas donde las cubiertas parecen entenderse a la perfección con el terreno. El firme, aún marcado por las cicatrices de las lluvias recientes, obligaba a elegir trazada en algunos puntos, buscando el paso más claro entre el barro y la piedra, pero sin romper nunca el ritmo del avance.

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El aire olía a tierra viva, profunda y recién lavada, que solo se percibe cuando el campo despierta después de la tormenta. Al alcanzar el kilómetro tres, más de uno dejó escapar la mirada hacia el desvío de la Cascada del Hervidero.

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Pero hoy la voluntad era otra: nos aguardaba el Camino del Monte de Valdeoliva. La ruta pedía continuidad, devorar metros sin alardes, y nadie discutió la decisión. El grupo fluía en silencio, apenas roto por la voz entrecortada de algún walkie mal apagado.

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Vigías en la Atalaya

Las pistas se sucedían ondulantes, invitando a mantener una cadencia constante, ese mantra discreto del ciclista de fondo. El paisaje cambiaba sin brusquedad; los campos abiertos se fundían con lomas suaves y los árboles empezaban a recuperar un color que el gris les había arrebatado

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Coronamos una de esas lomas para detenernos junto a la Atalaya de El Molar y su punto geodésico, a 831 metros de altitud. Allí el viento soplaba con una verdad distinta. La mirada se abría en dos direcciones que parecían darse espacio: al norte, la sierra, insinuando ya las primeras sombras del invierno, pero sin nieve; al sur, la llanura castellana extendiéndose sin urgencia, casi infinita.

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Desde allí nos lanzamos en un descenso rápido hacia El Molar. Las ruedas zumbaban sobre la pista y, en pocos minutos, la altura quedó atrás. Al entrar en el pueblo, la Navidad se dejaba ver sin estridencias: alguna luz discreta, algún adorno sobrio, ese aire de víspera tranquila. Pasamos casi de puntillas, sin querer romper el equilibrio del momento.

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El pulso de la piedra y el agua

Por delante quedaban unos kilómetros engañosos, entre restos de antiguas calerizas, que invitan a apretar la marcha y que, tras cruzar la N‑320, desembocan en el ascenso que te devuelve a la realidad. Dejamos atrás la ETAP de Torrelaguna y nos dejamos caer por el tramo pedregoso que conduce a la M‑124, un descenso corto pero que exige atención.

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El camino, al principio muy roto, no disimulaba que teníamos por delante un nuevo ascenso hacia Venturada. Una subida de paciencia más que de fuerza, donde cada uno buscó su propio compás mientras el paisaje se iba abriendo poco a poco. Coronamos en el entorno de la iglesia de Santiago Apóstol con una pausa breve, apenas un respiro compartido y un trago de agua.

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Desde Venturada iniciamos el descenso hacia el valle. El embalse de Pedrezuela apareció con un primer gesto de calma: una superficie inmóvil, de azul acerado, que invitaba a detenerse un instante para ensanchar la mirada.

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Unos metros más adelante, junto a la pantalla de la presa, el desagüe rompía esa serenidad con un torrente impetuoso que se precipitaba valle abajo, antes de retomar el camino de Servicio del Canal Alto.

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El Torreón y el viento en la cara

Aún quedaba el ascenso hacia el Torreón de la Retuerta, ese aviso claro de que la montaña, aunque te reciba con hospitalidad, nunca regala nada. Una suma paciente de metros ganados en armonía.

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El regreso nos llevó por la Dehesa de Moncalvillo y después por la vereda del Carril de las Mentiras, ese camino que parece inventado para conversar sin prisa. Pero lo cierto es que a los cuerpos todavía les quedaban ganas de sentir el viento rápido en las caras; un último pulso de velocidad antes de dar por concluida la jornada.

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Al terminar, el GPS marcaba 64 kilómetros y 1.074 metros de desnivel acumulado. Una ruta rápida y engañosa, de las que castigan con constancia y dejan un cansancio profundo al bajarte de la bici.

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Hubo pocas paradas, casi las imprescindibles para reagrupar, y aun así Andrés y Enrique prefirieron seguir avanzando en más de una ocasión, como si la mañana les llevara en volandas.

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Cuando ya se intuía el final de la ruta y los últimos repechos se hacían notar, Jesús y Raúl reconocían —entre risas forzadas— que las piernas se resentían tras no haber escatimado esfuerzos. Ese cansancio compartido, tan nuestro, fue quizá el mejor termómetro de que la jornada había merecido la pena.

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Y así, con esta salida cerramos también la crónica del año: un año de pedaladas, de encuentros, de silencios en mitad del monte y de conversaciones que solo nacen cuando uno rueda acompañado.

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Que el final de año os llegue sereno y con ganas de seguir compartiendo caminos. Y que el próximo nos encuentre cerca, disfrutando de nuevas rutas, pedaladas y buenos momentos. A quienes montáis a mi lado y a quienes seguís nuestras aventuras desde la distancia: gracias por formar parte de esta historia. Sigamos escribiéndola —juntos—.

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