Hay libros que se leen de un tirón y otros que, de vez en cuando, obligan a cerrarlos durante unos minutos. No porque sean difíciles de entender, sino porque una sola frase basta para detener la lectura y empezar a pensar.
Eso fue exactamente lo que me ocurrió una de
estas tardes de verano, cuando retomaba la lectura de Álbumes de Familia.
Conversaciones con San Rafael, de Luis López Rodríguez. Entre
los testimonios que recoge el libro aparece el de Ángel Efrén Sanz, quien recuerda los años de su infancia en la antigua casa forestal de Las Lanchas.
Su relato describe una niñez que hoy nos
parecería muy dura: sin agua corriente, con la luz de un candil al caer la
noche, el calor del hogar de leña y una vivienda compartida por dos familias en
medio del monte.
En el pinar y entre las grandes lanchas de
granito, los niños encontraban un escenario donde la imaginación hacía el
resto.
Y entonces llegó la frase que me hizo detener la lectura.
Refiriéndose a aquellos años, el autor escribe:
“Ángel Efrén los define como una de las etapas más
felices de su vida”
Me sorprendió.
No porque dudara de la sinceridad del
recuerdo, sino porque, al leer todo lo anterior, yo esperaba una conclusión muy
distinta. Pensé en las incomodidades, en el aislamiento,
en todo aquello que hoy consideraríamos indispensable para vivir.
Pero el recuerdo que sobrevivió al paso del
tiempo era otro.
He pasado junto a la Casa de las Lanchas
innumerables veces. Como tantos ciclistas,
senderistas o corredores que frecuentamos estos pinares, siempre la he visto
como una construcción abandonada; un edificio en ruinas que forma parte del
paisaje y que utilizamos, casi sin darnos cuenta, como mero punto de referencia en
nuestras rutas.
Nunca había pensado que aquellos muros habían
sido un hogar de verdad. Con voces, con humo saliendo
por la chimenea, con el ir y venir de dos familias y con una infancia creciendo
libre entre los pinos.
Bastó el recuerdo de Ángel Efrén para que
aquellas piedras dejaran de ser simplemente unas ruinas.
Vivimos rodeados de comodidades que generaciones anteriores ni siquiera podían imaginar. Sería absurdo negar todo lo que ha mejorado nuestra calidad de vida.
Pero la memoria parece obedecer a otras
reglas.
Con el paso de los años no siempre recordamos
con más cariño las etapas más confortables. Evocamos con especial cariño aquellas en las que hubo afecto, libertad, descubrimiento,
amistad o capacidad de asombro. Los
recuerdos no hacen inventario de lo que faltaba; conservan aquello que daba
sentido a los días.
Tal vez por eso un niño que vivía en una casa
forestal, sin apenas recursos, puede mirar hacia atrás y considerar esa
época como una de las etapas más felices de su vida.
Desde que leí esa frase, sé que la próxima vez
que pase junto a la Casa de las Lanchas ya no veré solo unas ruinas. Me
será imposible no imaginar la vida que un día latió entre aquellos muros.
Hay frases que terminan cuando se leen. Otras siguen acompañándonos mucho tiempo después de haber cerrado el libro.
Domingo, 26 de Julio de 2026
Y, como cada semana, tras la reflexión llega
el momento de pensar en la próxima ruta. Aunque,
en esta ocasión, Ángel ya lo ha hecho por nosotros. Aquí
tenéis la ruta que propone.
Hora de encuentro: 8,45
Lugar de encuentro: Plaza de la Fuente - Zarzuela del Monte
Muy bueno Alfonso , como un simple relato de una vivencia puede cambiar la percepción de una ruina.
ResponderEliminarGracias, Miguel Ángel. Eso era precisamente lo que pretendía transmitir. Después de conocer su historia, la próxima vez que pasemos por allí seguro que la miraremos con otros ojos.
EliminarYo, José María en cierta medida fui participe de esa vida de aquella familia que tenía dos hijos más o menos de mi edad y cuando iba con mi padre en alguna ocasión, pues durante muchos años estuvo sacando piedra de las manchas, con lo cual no era un lugar exento de vida, pude compartir algunos momentos con esa familia que si no recuerdo mal había algún tipo de parentesco. Estoy completamente de acuerdo que esa etapa de nuestra vida fue para una gran mayoría de chavales de la época fue una etapa feliz.
EliminarMuchas gracias, José María. Comentarios como el tuyo son los que dan continuidad a una publicación como esta. El libro despertó una reflexión y ahora eres tú quien añade un recuerdo vivido de Las Lanchas, cuando todavía era una casa llena de vida. Quizá esa sea la mejor prueba de que la memoria nunca pertenece a una sola persona. Me alegra comprobar que esa sensación de haber disfrutado de una infancia feliz, incluso con muchas menos comodidades que las actuales, es un recuerdo compartido por quienes la vivisteis. Gracias por aportar un nuevo fragmento de esa memoria.
EliminarAlfonso, me alegra mucho saber que un libro como Álbumes de familia haya sido capaz de aflorar esas emociones. Ojalá escuchásemos más a nuestros mayores. Gracias por la reseña. Un abrazo.
ResponderEliminarLuis López
Muchas gracias, Luis. El agradecimiento es mutuo. Tu libro tiene la virtud de detener al lector y hacerle descubrir que detrás de muchos lugares cotidianos hay historias que merecen ser recordadas. Las Lanchas fue una de ellas. Un abrazo.
EliminarMuy buen relato Alfonso. Cuando menos se tiene mas se aprecia las cosas pequeñas que nos hacen felices y que no siempre van asociadas a lo material! Empiezan mis vacaciones de verano... nos veremos en Septiembre! Un abrazo
ResponderEliminarMuchas gracias, Patrick. A veces son precisamente las cosas más sencillas las que terminan dejando el recuerdo más profundo. Disfruta mucho de las vacaciones y recarga energías. ¡Un abrazo!
EliminarAhí pasé mi más tierna infancia
ResponderEliminarMuchas gracias, Teresa. Qué bonito saberlo. Las Lanchas debieron de guardar algo muy especial para quienes crecisteis allí, y tu comentario lo resume de la manera más auténtica: la infancia es, al final, el lugar al que siempre regresamos con la memoria.
EliminarMe ha gustado que cites el libro. Habrá que buscarlo.
ResponderEliminarHe leído la entrada dos veces. La segunda, más despacio. Y me ha llegado aún más. Paz P.
ResponderEliminarMuchas gracias, Paz. Me alegra especialmente que hayas vuelto a leerla más despacio y que esa segunda lectura te haya llegado aún más. Creo que hay textos que también necesitan su propio ritmo. Un saludo.
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