Senderos desde Navalafuente
Navalafuente no es solo un punto de partida;
es un lugar que reconoce nuestros pasos. Un
refugio adoptado para celebraciones y una promesa de caminos que ya sentimos
como propios.
Allí nos reencontramos más abrigados de lo
habitual, con los –2 ºC que nos dejaba la borrasca Goretti. La mañana no invitaba a
detenerse, sino a buscar ese calor que llega cuando el cuerpo entra en
movimiento.
Éramos nueve frente al invierno: Ángel,
Enrique, Ernesto, Fer, Jesús, Juan, Luis Ángel, Santi y Alfonso. Nos
une esa certeza aprendida con los años: el esfuerzo compartido acaba poniendo
cada cosa en su sitio.
Juan había salido antes. El
resto seguimos su estela por el Camino de Miraflores, enlazando pronto con el
Camino de las Viñas. Quizá por las ganas o por el
frío, la marcha se acelera pese a los toboganes, aunque quienes conocemos estos
tramos sabemos que es un espejismo: pronto será la propia montaña la que acabe
dictando el ritmo.
Cruzamos el puente del tren sin detenernos,
dejando atrás esa melancolía que siempre acompaña a las viejas estructuras
ferroviarias, con sus huellas de infinitos sueños. Tras reagrupar, nos
adentramos en una preciosa senda que comienza a ganar altura con decisión.
El terreno se inclina mientras seguimos el
curso del arroyo de los Tejos, que fluye allá abajo, a nuestra izquierda,
recordándonos con su murmullo que, mientras el agua busca el valle, nosotros
buscamos la cumbre.
El desnivel crece y el terreno se rompe en
zanjas que exigen precisión. Nada se regala aquí: cada
metro es una pequeña victoria.
Alcanzamos la Cañada Real Segoviana. Hay una nobleza silenciosa en estas vías pecuarias: caminos que no pertenecen a nadie y nos pertenecen a todos.
Bajo nuestras ruedas late la memoria de la trashumancia, y parece que la propia historia nos empuja mientras afrontamos ese tramo por encima del 10 % que nos lleva al techo de la ruta (1.282 m).
Me uno a quienes ruedan en cabeza: Ángel y
Enrique, o Enrique y Ángel —que tanto monta, monta tanto— si no fuera porque
uno devuelve la charla a pesar del esfuerzo y el otro prefiere vigilar sus
pulsaciones… No diré quién es quién.
Valoré desviarnos hacia la Senda Partebielas. Su
nombre lo dice todo: porcentajes de desnivel que no dan tregua, más propios
para e-bikes con la batería y la potencia a tope. Sin
embargo, decidí descartarla…
“Senda Partebielas”, “Senda
Ultraflow”… nombres bautizados por otros ciclistas para identificar senderos
que carecen de ellos en los mapas, pero que en nuestro lenguaje definen el alma
de lo que pisamos.
En el punto más alto de la ruta nos detenemos:
reagrupamos, pausa de hidratación y alguna foto. Allí
nos sorprende Galo, que ha salido a nuestro encuentro. A
Juan aún no lo alcanzamos, seguramente inmerso en sus pensamientos y en la
compañía de su “muscular”.
La recompensa llega en la Senda Ultraflow, que
nos lleva con suavidad hacia Bustarviejo, pueblo frontera entre el valle
y la alta montaña, de canteros y ganaderos, que nos ve pasar con agrado. Ahora
sí, el grupo se ha reunido al completo.
Puede que el Cerro del Pendón (1.544 m), viejo conocido y sufrido en otras lides, aguardara hoy nuestra visita; sin embargo, no todos los compañeros lo recuerdan con el mismo cariño.
Hay
cumbres que se graban en las piernas antes que en la memoria, y hoy hemos
preferido dejar su silueta como testigo mudo de nuestro paso, sin entrar en sus
dominios.
Nuestro avance nos lleva a la laguna de
Navalengua, un espejo efímero que la borrasca ha dejado como regalo en la
dehesa. Es un
punto de contraste: mientras algunos capturamos la belleza del reflejo, otros
pasan de largo, prefiriendo no romper el ritmo ahora que el terreno concede un
respiro.
Valdemanco nos tienta con las laderas de Mondalindo
y el puerto del Medio Celemín. Lugares
que otras veces nos han puesto a prueba, pero hoy la sonrisa se dibuja en el
grupo al pasar de largo. Hay una victoria silenciosa
en saber declinar un desafío.
Un último repecho en Cabanillas de la
Sierra y un sendero single nos confirma que el viaje está llegando a
su fin. Rodamos
ya con la calma de quien ha cumplido con la montaña, dejando que la inercia nos
devuelva a Navalafuente.
Al cargar las bicis queda esa satisfacción
tranquila de haber disfrutado de senderos con nombre propio y de haber
esquivado, por una vez, a los grandes colosos.
Llegan las cervezas, la charla, las risas y la invitación adelantada de Luis Ángel por su cumpleaños. Al final, es esto lo que permanece: diez amigos que han compartido una mañana de invierno, el aire limpio de la Sierra y la certeza —simple, suficiente— de haber cumplido una semana más con la vida y con el camino.
Nos cruzamos en Ultraflow viniendo de Portabielas. Da gusto leer una crónica que no va de competir, sino de disfrutar. Respeto máximo.
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